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Las Oraciones sin respuesta y el Amor de Dios

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10 octubre, 2016

Por Eduardo J. Echeverria

Mi corazón está roto. Mi querida nieta Penelope Grace Deely, de tan sólo 2 años y medio de edad, murió la madrugada del domingo 25 de septiembre en el Hospital de Niños de Filadelfia. Yo estaba allí junto a la familia. Al final, su cuerpo quedó indefenso contra una cepa virulenta de la meningitis. Esta la atacó de repente y con rapidez. Murió luego de 36 horas. Mientras escribo esto, mi hija Genevieve y su marido John están en este momento perplejos y desean saber cómo seguir con sus vidas luego del dolor producido por esta pérdida.

Mi hija menor, Christine, planteó la cuestión de la oración sin respuesta en relación con la muerte de la dulce Penny. ¿Por qué Dios no contesta las oraciones de tantas personas que rezaron por la vida de Penny? ¿La oración sin respuesta cuenta contra el amor de Dios? Esa es la pregunta crucial. Todo lo considerado como una oración sin respuesta no cuenta contra el amor de Dios por la razón fundamental de que nuestro lamento ya ha sido contestado en la cruz de Jesucristo y a través de su resurrección.

Sin duda, esta no es la respuesta que queremos pero es la única respuesta que tenemos y que pone nuestro lamento por la muerte de Penny en una perspectiva adecuada y esperanzadora. “Por Cristo y en Cristo se iluminan los enigmas del dolor y de la muerte. Aparte de su Evangelio, estos nos abruman. Cristo ha resucitado, destruyendo la muerte con Su muerte “(GS § 22).

Aún así, poner la pregunta de esta manera deja claro que para algunas personas no se trata de si Dios existe, o es soberano en el poder y el conocimiento. Sino más bien se trata de la bondad de Dios, sobre todo de Su amor.

Como un cristiano comprometido, ¿cómo debo responder a la perplejidad espiritual ocasionada por esta situación, no sólo para mi hija Christine y otras personas como ella que tienen esta enojosa cuestión, sino para mí mismo? Caminamos por fe y no por vista, nos dice San Pablo (2 Corintios 5: 7). Y añade, vemos por espejo, oscuramente; conocemos en parte (1 Corintios 13: 12). Una consecuencia de esta limitación es que no conozco la respuesta a la pregunta que responde el por qué de la muerte de esta niña.

Esta niña que fue amada incondicional y profundamente. Esta niña que respondió incondicionalmente a su madre y su padre, Genevieve y John, con un amor igualmente profundo. Esta niña, que era rubia, con ojos de color verde/avellana, y que para todos los que la conocían era hermosa, maravillosa, un regalo y llena de promesas. Esta niña, mi Penelope, cuya voz nunca volveré a escuchar de nuevo en esta vida. Esta niña, que es irrepetible, única, insustituible, nos deja con un agujero en la realidad que nunca podrá ser llenado.

Sí, caminamos por fe y no por vista. Por lo tanto, teniendo en cuenta esta limitación de lo que puedo saber, aquí y ahora, estoy perplejo, pero no perturbado. Mi creencia firme en la bondad de un Dios de amor, del Dios de Abraham, Isaac y Jacob, del Dios y el Padre de nuestro Señor Jesucristo, no es sacudida por la muerte de mi amada Penelope. Sé quién es Dios, y la Biblia me dice varias cosas que me ayudan a través de mi perplejidad.

Lo que sigue es más una confesión de fe, de una reflexión sobre ciertas verdades que no puedo mantener juntas en una síntesis racional pero que, sin embargo, proporcionan luz en nuestro camino que tenemos por delante. Ves que las verdades de la fe “son luces en el camino de la fe; lo iluminan y hacen que sea seguro” (Catecismo de la Iglesia Católica §89).

La primera verdad que sé es que la muerte es un enemigo en el esquema cristiano de las cosas, de hecho, es el último enemigo a destruir (1 Corintios 15: 26). Por otra parte, en la muerte de Penelope (en la muerte de cualquier niño), veo al enemigo de Dios. Además, el mismo Jesús nos asegura que los “niños” pertenecen al Reino de Dios. “Dejen que los niños vengan a mí y no se lo impidan, porque el reino de los cielos es de quienes son como ellos” (Mateo 19:14; Marcos 10:14; Lucas 18:16). Por lo tanto, creo que podemos decir aquí, sin duda alguna, de que el sufrimiento de los niños es contrario a la voluntad de Dios y a la ley de su reino en Cristo.

En ese sentido, tengo el consuelo de que Penny está en paz porque ella está en la presencia del Señor, viendo el rostro de Dios.  Lo que también trae consuelo es la esperanza bien fundamentada de que por la gracia misericordiosa de Dios cuando esté delante de Él le escucharé decir (adaptando a Luc Ferry), “Ven rápido, tu nieta Penelope te espera con impaciencia.”

La segunda verdad que sé (y que sigue muy de cerca a la primera) es que no puedo encontrar en la muerte de los niños, en la muerte de esta niña, Penelope, un último sentido o propósito. La tradición cristiana ha reconocido desde hace tiempo que hay profundidades insondables al mal que sólo son respondidas por la cruz y la resurrección de Cristo.  En pocas palabras, el mal radical es racionalmente inescrutable.

Por favor, no me malinterpreten. No creo que la muerte y el mal tengan la última palabra, como si la vida no tuviera sentido o fuera una cuestión de destino ciego o del azar salvaje. El Evangelio nos trae la buena noticia de que en última instancia la voluntad de Dios no podrá ser derrotada. De hecho, me asegura (y confío en esta verdad con todo lo que hay en mí) que la victoria sobre el mal y la muerte (y, por lo tanto, la victoria sobre la muerte de Penelope) ya ha sido alcanzada por Cristo a través de su cruz y resurrección (1 Corintios 15: 54-55).

La tercera verdad que sé es que existe una batalla entre el bien y el mal (y la muerte es el mal, un enemigo de Dios), entre la oscuridad y la luz, entre la verdad y la mentira, entre la vida y la muerte que asola a nuestro alrededor. Pero como cristianos vivimos en previsión del día en que Dios hará nuevas todas las cosas (Apocalipsis 21:5). Esta promesa incluye la morada de Dios con su pueblo, con “Dios enjugando toda lágrima de los ojos; y no habrá más muerte, ni llanto, ni clamor, ni habrá más dolor” (Apocalipsis 21:3-4).

Por ahora, debemos tomar nuestra cruz y seguir a Cristo (Mateo 16:24) a su muerte en la cruz y su resurrección. Sabemos que la vida tiene la última palabra y no la muerte. Tenemos la promesa de que su gracia es suficiente para ayudarnos a llevar la carga de esta cruz de la muerte de mi amada Penny (2 Corintios 12:9).

Por último, he estado escuchando mucho últimamente al grupo cristiano y australiano Hillsong United. Tal vez me estaba preparando para esta lamentación porque he estado particularmente impresionado por su canción “Oceans (Where Feet May Fail).” (Océanos (Donde los pies pueden fallar) Aquí, también, existe un énfasis sobre la suficiencia de la gracia de Dios. Es su gracia lo que nos ayudará a todos, especialmente a los padres de Penny, Genevieve y John, a afrontar su dolor y su pérdida. Así que terminaré mi breve reflexión con un poco de esa canción:

Me llamas sobre las aguas
Ese gran desconocido donde los pies pueden fallar

Y allí te encuentro en el misterio
En lo profundo de los océanos
Mi fe se mantendrá

Y diré Tu nombre
Y mantendré los ojos por encima de las olas
Cuando los océanos se eleven
Mi alma descansará en Tu abrazo
Porque yo soy Tuyo y Tú eres mío

Tu gracia abunda en las aguas más profundas
Tu mano soberana
Será mi guía
Donde los pies pueden fallar y el miedo me rodea
Tú nunca has fallado y no lo harás ahora

Así que diré Tu nombre.

Sobre el autor:

Eduardo Echeverria es profesor de filosofía y teología sistemática en el Seminario Arquidiocesano de Detroit, Míchigan.

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