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La verdad, no el estilo: pedirle más a Notre Dame
The Catholic

La verdad, no el estilo: pedirle más a Notre Dame

thecatholic
3 octubre, 2016

Por R.J. Snell

En un reciente artículo de opinión en el Wall Street Journal, el padre John Jenkins, rector de la Universidad de Notre Dame, respondió a la decisión de la Asociación Nacional de Atletismo Colegial (NCAA, por sus siglas en inglés) de retirar los eventos deportivos del campeonato nacional de Carolina del Norte para protestar contra la legislación del estado sobre la transexualidad y las «leyes del baño».

El padre Jenkins menciona que la NCAA excedió «sus propios principios constitucionales» y afirmó que dicha acción amenaza con usurpar el «papel decisivo» que las universidades «tienen en promover la reflexión, la discusión y el debate informado». Las asociaciones de atletismo, sostiene, existen para «fomentar la competencia atlética que es justa y que sirve al bienestar de los estudiantes atletas», y «hay mucho trabajo para ellos en esa esfera sin asumir el rol de vocero de sus miembros con respecto de temas políticos y sociales polémicos».

En la superficie, la intervención del padre Jenkins en el debate parece ser notablemente valiente. En estos días turbulentos, disentir de las ortodoxias sexuales, sobre todo acerca de la transexualidad, requiere entereza. Sin embargo, el padre Jenkins limita, en vez de promover, el lugar de la universidad católica en el sentido común público. Al eludir los argumentos con respecto de la verdad fundamental, debilita los intentos futuros de refrenar las instituciones como la NCAA o las empresas como PayPal cuando amenazan con tomar medidas disciplinarias contra estados como Carolina del Norte o Indiana sobre la moralidad sexual o la libertad religiosa.

Para ser claro, no tengo objeción con que el padre Jenkins manifieste su respeto hacia los derechos de «ciudadanos que sean lesbianas, gays, bisexuales y transexuales». Todos los ciudadanos tienen derechos y usar el término «ciudadanos» en vez de «personas» es encomiable en la medida en que se evite reivindicar tanto que las personas sean LGBT (en vez de autoidentificarse como tales) como que derechos específicos acompañen dicha autoidentificación.

A la vez, el padre Jenkins contribuye a un desequilibrio moral en el debate cuando encuadra los derechos de los ciudadanos LGBT contra los sentimientos de aquellos que objetan a la «nueva normalidad». Escribe: «En tanto cuidemos los derechos y sensibilidades de las personas transexuales, es importante asimismo tomar en cuenta los sentimientos de aquellos que podrían estar incómodos al desvestirse frente a un miembro del sexo opuesto biológico».

Esto es hacer un mal negocio. Si el debate solo es entre «sensibilidades» y «sentimientos», entonces le falta cualquier tipo de fundamento lógico, porque ¿cómo podemos juzgar entre respuestas subjetivas? Lo más probable, sin embargo, es que las «sensibilidades» hacia los transexuales ganarían en la opinión pública dada la forma en que nuestras normas sociales tienden a tomar el lado de la «víctima» o el «alienado». Los «sentimientos» de los que piensan de manera convencional simplemente deberán ceder ante las «sensibilidades» de los desfavorecidos históricos.

Eso ya es lo suficientemente malo, pero el debate ni siquiera existirá cuando se lo plantee como «derechos» contra «sentimientos». Los derechos genuinos de una persona están por encima de los sentimientos de otra y realmente deberían estarlo. Los sentimientos de los racistas de ninguna manera justifican negar el debido proceso o la libertad de expresión de las personas a las que aborrecen. La aprensión de una persona con respecto de las armas de fuego no invalida los derechos que la 2da Enmienda le confiere al propietario legal de un arma.

De la misma manera, los derechos auténticos de los ciudadanos, cualquiera sea su sexo o identidad sexual, no dependen de las emociones de aprobación o desaprobación de los otros. El debate debería ser acerca de si una persona de hecho tiene el derecho real de invadir la privacidad íntima de otra en un baño.

Una vez que se concedió ese derecho, sin embargo, como la retórica del padre Jenkin admite, entonces todos los sentimientos e incomodidad en el mundo son simplemente irrelevantes. La justicia supera el sentimiento, y esto debería ser así. Por esto que el debate debe ser acerca de lo que la justicia exige. Al plantear el problema como lo hace, el padre Jenkins logra que el resultado sea casi inevitable.

Una falta similar de fundamento es evidente en su defensa del papel de la universidad en los debates públicos. Nunca afirma que la universidad sirve a la verdad o que una universidad católica tiene una obligación de presentar la verdad como la entiende la tradición católica, pero opta por argumentos más débiles acerca del procedimiento y la forma. Tiene razón acerca de que la NCAA es inadecuada para promover la conversación pública real, pero reduce a la universidad a un mero árbitro de estilo.

Señala que «los tuits, las consignas y los fragmentos de entrevistas parecen definir el contenido de nuestro discurso político», afirma, «la nación necesita universidades que levanten el tono intelectual de las discusiones de los estadounidenses más que nunca». Esto puede ser cierto pero la universidad debería hacer más que «elevar el estilo intelectual». La universidad debería buscar y proclamar la verdad.

Por mucho que anhelemos la verdadera civilidad, y en cuanto nos lamentemos de nuestra crueldad pública actual, un estilo elevado no es la demanda rigurosa y obstinada por la verdad. La búsqueda de ella requiere sobriedad, equidad, honestidad y buena fe. Las personas en debate deben ser respetadas como imágenes de Dios, y la búsqueda de la verdad requiere escuchar con atención y colaboración con otros. La civilidad es la condición contextual para el razonamiento público pero no es igual ni suficiente para el uso correcto de la razón. Un estilo cortés sin compromiso con la verdad no llega muy lejos.

El padre Jenkins apela a La idea de la universidad, donde John Henry Newman escribe acerca de «dar expansión y seriedad a las ideas de la era». Sí, la universidad debería hacer eso, pero Newman también espera «proveer los verdaderos principios al entusiasmo popular». Él pensaba que la universidad que olvida a la teología provocaría que las otras disciplinas se mutilaran a sí mismas mientras intentaban cumplir funciones para las cuales estaban poco preparadas. De manera similar, cualquier debate público que ignore o rechace la verdad teológica de « hombre y mujer los creó» será uno atrofiado y mutilado, por más elevado y civilizado que sea el estilo.

A menudo, nos conformamos con normas mínimas de debate público. Lo comprendo porque estoy cansado como cualquiera de la estridencia y la falta de resultados de muchas luchas culturales en la actualidad. A pesar de que deberíamos trabajar para mantener un estilo amable, esto no alcanza. Los sofisticados que nos detestan niegan la verdad de las cosas y se necesita más que un buen tono para responder. Necesitamos la búsqueda constante para recuperar la verdad y que la universidad, católica o no, recuerde el propósito que sirve. No se necesita nada más que la verdad.

Acerca del autor:

R.J. Snell dirige el Center on the University and Intellectual Life en el Witherspoon Institute en Princeton, New Jersey, y es profesor emérito en el Agora Institute for Civic Virtue and the Common Good. Entre sus libros se encuentran The Perspective of Love: Natural Law in a New Mode y Acedia and Its Discontents: Metaphysical Boredom in an Empire of Desire.

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