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La venganza de los amargados
The Catholic

La venganza de los amargados

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14 noviembre, 2016
Their turn now

Their turn now

Por Francis J. Beckwith

Deberíamos haber sabido que algo estaba por suceder. Los Cavaliers se quedaron con el campeonato de la NBA, los Cubs ganaron la Serie Mundial, el Reino Unido votó a favor de la salida de la Unión Europea y Bob Dylan ganó el Premio Nobel de Literatura; este no es un año común.

El miércoles por la mañana, luego de que las cadenas de televisión declararan que Donald J. Trump se convertirá en el presidente número 45 de los Estados Unidos, las palabras del más reciente laureado del Nobel vinieron a mi mente, «Algo está ocurriendo, y no sabes lo que es, ¿no es así Mr. Jones?»

Como la mayoría de los intelectualoides, la victoria de Trump me tomó completamente desprevenido. Casi todos mis amigos —incluso muchos que se autodenominan conservadores— no apoyaban a Trump. Sostenían —como manifesté en varios lugares— que había firmes razones morales y prácticas para no votarlo (o a Hillary Clinton, si vamos al caso).

Creíamos que dadas las indiscreciones privadas y públicas de Trump, su impulsividad e imprevisibilidad, y sin mencionar sus comentarios poco delicados acerca de los inmigrantes, su elección condenaría al Partido Republicano así como también al país. Sin embargo, la realidad es que virtualmente ninguno de nosotros pensó que tendría que preocuparse por el país, ya que también pensábamos que Trump sería inelegible. Oh, qué equivocados estábamos.

Como el «Mr. Jones» de Dylan, no teníamos ni idea de lo que estaba ocurriendo. Mis amigos y yo vivimos en el equivalente cultural de un barrio privado protegido: suburbano, profesional, con formación académica superior, de clase media, con movilidad social y cosmopolita. Somos personas con medios, mayormente aislados del cotidiano de la mayoría de los estadounidenses blancos, religiosos, sin educación universitaria, de clase trabajadora, los que con sus votos pusieron a Trump en lo más alto en Pensilvania, Iowa, Ohio, Michigan y Wisconsin.

Ellos son acerca de los cuales Barack Obama habló de manera tan condescendiente en 2008 mientras se dirigía en privado a un grupo de donantes en San Francisco:

Uno va a estas ciudades pequeñas en Pensilvania y, como en muchas en el Medio Oeste, hace ya 25 años que los puestos de trabajo no existen y nada los reemplazó; y fracasaron en el gobierno de Clinton y en el de Bush, y cada gobierno sucesivo dijo que de alguna manera estas comunidades se iban a regenerar y no lo hicieron.

Y no sorprende que se hayan amargado, se aferren a las armas o a la religión o a la antipatía hacia las personas que no son como ellos, o al sentimiento en contra de los inmigrantes o en contra del comercio como una forma de explicar sus frustraciones.

A pesar de estos comentarios, Obama ganó una considerable proporción de estos «amargados». Aparentemente estaban dispuestos a soportar los insultos elitistas si esto significaba mejores prospectos para ellos y sus familias; pero luego de ocho años, no resultó de ese modo. No solo empeoraron sino que sus preocupaciones acerca de la inmigración, política de comercio, seguridad policíaca y nacional, y libertad religiosa eran reformuladas en forma no caritativa por aquellos que eran «superiores» como meras expresiones viscerales de xenofobia, fascismo, racismo, islamofobia y odio. Uno siempre podía, por supuesto, encontrar entre esta gente a los que usan términos que hacen que estas descripciones parezcan creíbles. No obstante, mi sensación es que en una vasta mayoría de ellos, estas ansiedades provenían de un profundo amor por sus familias y su nación.

El único candidato que parecía abordar esos malestares y tomarlos en serio era Donald Trump. Por supuesto, era rimbombante, a veces inarticulado, y usaba un lenguaje que con frecuencia era repelente, innecesariamente brusco y con estridencias ofensivas; pero ¿a quién más iban a acudir estos ciudadanos? ¿A Hillary Clinton?

Recuerden, ella es la que dijo esto acerca de los seguidores de Trump en una manifestación de la comunidad LGBT en septiembre: «Saben, solo para generalizar en extremo, podrían poner a la mitad de los seguidores de Trump en lo que llamo la “canasta de deplorables”. ¿Cierto?… Los racistas, sexistas, homofóbicos, xenófobos, islamofóbicos, por mencionar algunos». Al condenar de manera pública como deplorables a los amargados de Obama y deleitarse en la risa que vino a continuación, Clinton y su audiencia de adoradores sellaron su destino de manera involuntaria.

No solo eso, gracias a Wikileaks, los «deplorables» también dieron un vistazo detrás de la cortina. Lo que vieron fue a las élites —mayormente de las mismas escuelas, los mismos barrios, con los mismos niveles de ingresos, y con los mismos amigos— usando sus conexiones e influencia para darle a Clinton lo que le parecía a la gente común como ventajas injustas. Cuando uno ve a los autoproclamados guardianes de la justicia social aprovecharse del sistema por sus amigos, mientras lo llaman a usted y sus vecinos «deplorables» (sin mencionar el ataque verbal gratuito a los católicos), la indignación parece ser la respuesta emocional apropiada.

También pronto veremos si Trump cumplirá con un par de cosas que cualquier católico serio debe considerar: nombramientos a la Corte Suprema y protección de la libertad religiosa, no solo en la forma de mandatos del Departamento de Salud y Servicios Sociales de los Estados Unidos en Obamacare contra grupos como las Hermanitas de los Pobres, sino también en la presión más general del gobierno federal a los creyentes tradicionales que resisten un fomento agresivo al aborto y a la concepción de la sexualidad humana intrínsecamente hostil a su teología moral.

Me inclino a pensar que lo hará.

Nada de esto significa que cambié mi opinión acerca de Trump y cómo su carácter personal y ejemplo público pueden afectar el carácter de los ciudadanos de la nación y asimismo la trayectoria del Partido Republicano; pero sinceramente espero estar equivocado.

Quizás la concientización del presidente electo con respecto de la asombrosa responsabilidad del Despacho Oval, combinada con la selección de excelentes personas en posiciones de liderazgo y asesoramiento en su gobierno, resulten en un presidente menos propenso al ejercicio indisciplinado de lo que Santo Tomás de Aquino llamaba los apetitos concupiscentes e irascibles.

¿Quién sabe? En un año en que los Cubs ganan la Serie Mundial y Dylan el Premio Nobel, cualquier cosa es posible; y, dado que todo lo es con Dios, el señor Trump y la nación a la que servirá deberían estar constantemente en nuestras plegarias ahora.

Acerca del autor:

Francis J. Beckwith es profesor de Filosofía y Estudios de la Iglesia-Estado en la Universidad Baylor, y profesor invitado durante 2016-2017 de Pensamiento Tradicional y Normas en la Universidad de Colorado, Boulder. Entre muchos de sus libros se encuentra Taking Rites Seriously: Law, Politics, and the Reasonableness of Faith (Cambridge University Press, 2015).

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3 COMMENTS ON THIS POST To “La venganza de los amargados”

  1. Denisovic dice:

    literalmente cierto.

  2. Annete dice:

    nada de esto significa que cambié mi opinión acerca de Trump y cómo su carácter personal y ejemplo público pueden afectar el carácter de los ciudadanos de la nación y asimismo la trayectoria del Partido Republicano; pero sinceramente espero estar equivocado.

  3. Echenique dice:

    ¡ Buen artículo, con mucha riqueza de matices ! La soberbia le pasó factura a la Hilaria !

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