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La Ascensión continúa

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Por Fr. Robert P. Imbelli

Hay libros que te enriquecen al leer y luego los abandonas. Si algunos años después volvés a leerlos, muchas veces parecen menos enriquecedores de lo que recordás. Otros, por supuesto, como el buen vino proverbial, se vuelven más ricos con la edad. O quizás sea el lector quien maduró y ahora estima más precisamente la estatura del libro.

Recientemente volví, a través de la sugerencia providencial de un amigo, a TheWellspringofWorship (“Liturgia Fontal”) de Jean Corbon. Como inscribo la fecha y el lugar de mis lecturas en la portada de un libro, veo que lo había leído en noviembre de 1988. Volver a leerlo durante el Triduo Pascual de este año fue nada menos que una experiencia reveladora. Era como si gran parte de todo lo que me costaba expresar en los años siguientes, teológica y pastoralmente, ya estuviese gentilmente presente en el espléndido volumen de Corbon.

Corbon, un dominico francés, pasó gran parte de su vida en el Líbano, donde se convirtió en sacerdote de la eparquía católica griega y enseñó liturgia en Beirut. Influyó mucho en la presentación de la liturgia en la Segunda Parte del Catecismo de la Iglesia Católica: “La celebración del Misterio Cristiano”. También fue el autor principal de la Cuarta Parte del Catecismo: “Oración Cristiana”. La escribió en la Beirut desgarrada por los conflictos, trabajando a veces en medio de bombardeos.

La “Fuente de la Adoración” (WellspringofWorshipen inglés, Liturgie de Sourceen francés) es la vida misma del Dios Triuno, esa vida fecunda de comunión que fluye eternamente entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Es esta vida supremamente interpersonal la que se manifiesta en la encarnación sacramental en la liturgia de la Iglesia, en particular en la Eucaristía. Aquí el cielo y la tierra se encuentran, constelados alrededor del Cristo ascendido que lleva a la humanidad al mismo corazón de la Deidad.

Por su Encarnación, Jesucristo une la divinidad con la humanidad. Por su Ascensión, lleva a la humanidad a la casa de Dios. “La Ascensión”, escribe Corbon, “es el punto de inflexión decisivo…el comienzo de un nuevo tiempo: la liturgia de los últimos tiempos.” Esta liturgia escatológica es celebrada en plenitud por el Cristo ascendido “sentado a la derecha” del Padre. Pero en la tierra se celebra in via, ya verdaderamente, en ese sacrumconviviumin quo Christussumitur: el banquete santo en el que se recibe a Cristo. Una liturgia terrenal que es, inseparablemente, memoria passionisejus y pignusfuturaegloriae: recuerdo de la pasión de Cristo y promesa de gloria futura.

Aquí el pasado, el presente y el futuro convergen y encuentran su orientación y cumplimiento último en el Cristo ascendido. Porque él mismo es el “eschatos“: el “último” Adán, la humanidad querida por Dios y finalmente realizada en Cristo: Hijo amado.

Al comentar los grandes mosaicos del Señor ascendido en los ábsides de las antiguas basílicas, Corbón dice: “Cuando los fieles se reunieron para manifestarse y convertirse en el cuerpo de Cristo, vieron a su Señor tanto presente como venidero. Él es la cabeza y su cuerpo atrae hacia el Padre mientras le da vida a través de su Espíritu”.

Si las liturgias terrenales que celebramos parecen desanimadas, puede tener menos que ver con himnos sentimentales o traducciones prosaicas (aunque éstas sonlamentables sin duda), que con una falta de conciencia y apreciación real de lo que en realidad se está revelando a través de Cristo en el Espíritu.

Porque el movimiento de la Ascensión está en curso y solo se completará cuando los miembros del cuerpo estén totalmente unidos con su cabeza. Por lo tanto, es peligroso, si no pérfido, separar en catequesis y teología (mucho menos en nuestras mentes y corazones) el Pentecostés de la Ascensión. Porque el trabajo del Espíritu es precisamente para configurarnos a Cristo. Las energías del Espíritu están dirigidas a promover el evento continuo de la Cristificación, transfigurando la humanidad y el cosmos en Cristo, en el sentido pleno Paulino de en Christoi. Lafuente de la liturgia no tiene otro fin.

“La Ascensión”, insiste Corbon, “es el siempre nuevo ‘momento’ de la venida de Cristo.” Tal vez en ninguna parte la venida del “testigo verdadero y fiel” sea más poderosamente evocada que en el Libro de Apocalipsis. Es el Jesús ascendido que viene a dar palabras de aliento, exhortación y juicio a las iglesias. Él no es un Señor ausente; Él está presente como Aquel que siempre viene.

El Papa Francisco emitió recientemente una Exhortación Apostólica, Gaudete et Exsultate, cuyo tema y urgencia se derivan del capítulo cinco de la Constitución sobre la Iglesia del Concilio Vaticano II, Lumen gentium. Tanto el capítulo como la exhortación se refieren a “la llamada universal a la santidad” de todo el pueblo de Dios.

Sugiero que lo que más necesitamos desesperadamente es recuperar y volver a comprometernos con un capítulo aún más abandonado de Lumen gentium: el capítulo siete sobre “El carácter escatológico de la Iglesia peregrina y su unión con la Iglesia celestial”. Necesitamos reavivar a la imaginación católica escatológica: realizar de nuevo la Ascensión de Jesucristo como la inauguración de la transfiguración de la humanidad y para concebir con audacia el alcance cósmico y las implicaciones de ese evento decisivo y continuo.

Si Jesucristo vive en virtud de su Resurrección, él reina en virtud de su Ascensión. Por lo tanto, profesar y celebrar la Ascensión inevitablemente conlleva una carga política, por más que hábilmente camuflamos ese desafío detrás de misales endebles e himnos sin carácter. En medio del discurso degradado y de las acciones mezquinas de nuestra sociedad contemporánea y nuestra “cultura”, la Ascensión proclama una palabra integral de promesa y estimula el compromiso contemplativo y la acción generosa.

El anhelo escatológico y la imaginación de los primeros cristianos encontraron una expresión conmovedora en la oración colocada al final de la Biblia, en el Libro de Apocalipsis: “Amén. ¡Ven, Señor Jesús!” En cualquier lugar que elevemos nuestros corazones al Señor, ya sea la antigua Laodicea o el contemporáneo Los Ángeles, descubrimos, con Corbon, que “el verdadero espacio del corazón que reza es el evento continuo de la Ascensión”.

Sursumcorda— ¡Hacia arriba, corazones!

 

 

Acerca del Autor:

Robert Imbelli, sacerdote de la Arquidiócesis de Nueva York, es profesor asociado de teología emérita en el Boston College. Él es el autor de Rekindling the Christic Imagination: Meditaciones teológicas para la Nueva Evangelización.

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