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Jayber Crow y la Iglesia

Wendell Berry [Photo by Guy Mendes, The New Yorker]
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Por Casey Chalk

Wendell Berry, poeta y novelista de Kentucky, es querido por muchos católicos que aprecian su espiritualismo bíblico, tradicionalismo y perspectiva sobre las vocaciones, entre otras cosas. Particularmente Jayber Crow, uno de los personajes más populares de Berry de la novela homónima, es un hombre de fe, comunidad e introspección.

Incluso Anthony Esolen en su ensayo «Si Dante fuera un barbero de Kentucky», compara al personaje de ficción con Dante. Yo también amo a Berry y a Jayber Crow. Sin embargo, no puedo dejar de pensar que mucho de lo que Berry comunica a través de Jayber sólo encuentra su debida realización en la Iglesia Católica.

Jayber, un barbero en el pueblo rural ficticio de Port William, Kentucky, tiene una relación complicada con la religión. Después de la muerte de sus padres y su familia, es enviado a un orfanato. Durante un tiempo se siente llamado al ministerio, pero las dudas sobre la Biblia y el cristianismo le llevan a abandonar los estudios pastorales. Eventualmente regresa a su ciudad natal y establece una barbería. 

Jayber también acepta un trabajo como conserje en la iglesia de Port William y comienza a asistir a los servicios dominicales. Escuchando los sermones allí es donde percibe un problema en las iglesias evangélicas:

Estos predicadores de los que hablo pensaban que el alma no podía hacer nada malo, pero siempre tenían la cara lavada y los pantalones puestos, y agonizaban con tener que asociarse con la carne y el mundo. Y sin embargo, estas mismas personas creían en la resurrección.

Jayber percibe con razón el gnosticismo dualista de gran parte del protestantismo, que considera explícita o implícitamente el mundo material, incluso el cuerpo humano, como inherentemente malo. La doctrina calvinista de la «depravación total», por ejemplo, concibe la naturaleza humana como enteramente pecaminosa, en lugar de buena, aunque corrupta, como enseña el catolicismo.

Estas tendencias gnósticas parecen irreconciliables con la vida humana. Jayber explica:

En Port William, más que en cualquier otro lugar en el que hubiera estado, esta religión que despreciaba la belleza y la bondad de este mundo era un rompecabezas para mí. Para empezar, no creía que nadie lo creyera. Todavía no lo creo.

Jayber reconoce que si Dios llama a la creación buena, sería extraño condenarla como mala, incluso dañada por el pecado. Tales personas tienen contradictoriamente «una muy alta opinión de Dios y una muy baja opinión de sus obras».

Además, nuestra experiencia como almas encarnadas testifica que muchas cosas son realmente buenas: pastel de nuez, un atardecer de otoño, un bourbon bien añejo. «Ellos [los habitantes de Port William] sabían que el mundo tarde o temprano les privaría de todo lo que les había dado, pero aún así les gustaba», dice Jayber. Un Dios-hombre que convierte el agua en vino y cocina pescado fresco para sus apóstoles estaría sin duda de acuerdo.

Hay, sin embargo, algunas cualidades de la iglesia que Jayber llega a amar, incluyendo los «silencios naturales». Estos crean momentos de contemplación tranquila y hasta de unión mística imperfecta entre los feligreses. «Pero siempre demasiado pronto el predicador se avergonzaba (después de todo, le pagaban por hablar) y empezaba una oración, y el bello momento terminaba.»

Esto muestra una profunda diferencia entre una liturgia protestante centrada en la predicación de la Palabra de Dios, y una liturgia católica centrada en el sacrificio de la Misa. De hecho, Jayber parece expresar un deseo natural de adoración eucarística, en la que la Iglesia se une en la contemplación y el culto silencioso del Cuerpo y la Sangre de Cristo.

El culto católico no sólo es vertical sino también horizontal. También esto lo intuye Jayber: «Parecía amarlos a todos con un amor que era mío simplemente porque me incluía a mí». Jayber anhela una Iglesia encarnada, en la que los miembros se amen los unos a los otros por su unión con Cristo, algo que los católicos poseen por medio del bautismo. De hecho, sus anhelos apuntan a una cristiandad anterior donde toda la sociedad estaba unida en Cristo.

Por otra parte, debido a que Jayber es protestante, se confunde con la Biblia. Observa cómo los predicadores protestantes pueden debatir los puntos más sutiles de la teología mientras son incapaces de explicar, «por qué, si tomamos parte de la Biblia literalmente, no la tomamos toda literalmente». Separado del Cristianismo histórico y patrístico, Jayber carece de una rica tradición que lea las Escrituras de acuerdo a diferentes sentidos que se unen en un todo unificado.

Él reconoce: «Ni una sola de mis dudas y problemas sobre las Escrituras me había abandonado. De hecho, han empeorado. (…) no puedo evitarlo; las preguntas las tengo todavía». Sin un intérprete autorizado, Jayber es dejado a su propia experiencia subjetiva para darle sentido a la Biblia.

En sus reflexiones sobre la religión, quizás las más absurdas y cuestionadoras, Jayber comenta:

No quiero discutir con nadie sobre religión. No quiero discutir sobre ello aunque pensara que es discutible, o incluso si pudiera ganar. Soy un lector literal de las Escrituras, y por eso veo las dificultades… Pues al leer los Evangelios a lo largo de los años, ha crecido en mí la creencia de que Cristo no vino a fundar una religión organizada sino que vino a fundar una no organizada… Bueno, puedes leer y ver qué opinas.

Por supuesto, el análisis teológico de Jayber presume la sola escritura y la «perspicacia», doctrinas protestantes que asignan autoridad e interpretación religiosa al cristiano individual. Esto también va en contra del deseo de Jayber de algo orgánico e inherentemente comunitario, en lugar de un sistema de creencias ligado a un libro y una interpretación que es en última instancia auto-referencial.

Y, en verdad, esto es exactamente lo que ofrece el catolicismo. Es una forma familiar, tradicional, litúrgica, encarnada y sacramental del cristianismo que une a sus miembros no por consenso en la interpretación bíblica, sino por la unión con una antigua institución apostólica de culto rico e inculturado.

Tristemente para el personaje de ficción Jayber, su historia ya está escrita y la conversión parece improbable. Para el ahora Wendell Berry, de 86 años de edad, eso puede ser otro asunto completamente distinto.

Acerca del autor:

Casey Chalk es colaborador de Crisis Magazine, The American Conservative y New Oxford Review. Tiene títulos en historia y enseñanza de la Universidad de Virginia y una maestría en teología de Christendom College.

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