Infovaticana
Fundando aspersiones
The Calumny of Apelles by Sandro Botticelli, c. 1495 [Uffizi Gallery, Florence] Based on a lost work by the Greek painter Apelles, the painting shows, left to right: Truth, Repentance, Perfidy, the victim knocked down, Calumny pulls him by the hair, Fraud (dressing Calumny’s coif), Rancor (in black) reports to the seated King Midas, with Ignorance to his right and Suspicion on his left.
The Catholic

Fundando aspersiones

thecatholic
16 abril, 2018

The Calumny of Apelles by Sandro Botticelli, c. 1495 [Uffizi Gallery, Florence] Based on a lost work by the Greek painter Apelles, the painting shows, left to right: Truth, Repentance, Perfidy, the victim knocked down, Calumny pulls him by the hair, Fraud (dressing Calumny’s coif), Rancor (in black) reports to the seated King Midas, with Ignorance to his right and Suspicion on his left.

Por Randall B. Smith

He tenido el placer de discutir el maravilloso libro de Joseph Pieper, “Las Cuatro Virtudes Fundamentales”, con mis alumnos este semestre. A veces me pregunto si la mejor educación que podría darles a mis alumnos es simplemente tomar la lista de libros en “Otro tipo de Conocimiento”, de Fr. Schall y empezar a realizar nuestro camino a través de ellos.
¡Qué cielo!

Cada página del libro de Pieper trae nuevas visiones, pero fui golpeado por ésta el otro día. La justicia es uno de ellos, muy presentes en las noticias en estos tiempos, ya sea “justicia política”, “justicia económica” o “justicia social”. Previamente en esta discusión de la “justicia” Pieper hace esta desafiante observación: “Pues no sería arriesgado sostener que palabras tales como «detracción», «juicio temerario», «sospecha», «maledicencia», «susurro», apenas continúan revelando hoy al general entendimiento lo que deben significar”.

En efecto, ninguno de mis estudiantes había escuchado el término “susurro”, que ciertamente no es muy usado en el inglés americano. Afortunadamente Pieper lo define: “Los antiguos entendían por tal la acción de difamar secretamente a otro ante un amigo suyo; acción, agregaban, que constituye una falta de especial gravedad contra la justicia, porque nadie puede vivir sin amistad”. El autor al que Pieper cita no es una escritura socio-consciente británica de la época de Jane Austen o John Henry Newman; fue realizado por un fraile italiano al que no le importaba lo que la sociedad pensara: Tomás de Aquino.

En latín, el término que Tomás y sus contemporáneos usarían para definir este tipo de disposición para destruir personas era <<derisio>>, de donde viene la palabra <<burla>>. Es el acto el que viola la justicia “trayendo vergüenza al otro a través de la burla”. Pieper se pregunta ¿cómo podríamos designar la forma especial de justicia “por la que se ahorra vergüenza al prójimo?” Ya no tenemos una palabra para esa virtud, quizás porque ha desaparecido ampliamente de la sociedad.

¿Qué harían los cómicos de los programas de televisión nocturnos si decidieran dejar de burlarse de la gente y ahorrarles la vergüenza ante el público? Como realmente no hacen comedia, ya que lo mejor de este género está basado en el humor en la vida diaria, y requiere talento real, y como ellos compiten todas las noches para ver quién obtiene el mejor rating, para ser representados a través de grandes clips por “YouTube” o “Netflix”, lo mejor que ellos y sus guionistas pueden hacer es mirar el noticiero y pensar en burlas para hacer a personas que tuvieron la valentía de aparecer en las noticias públicamente.

Es como volver a la secundaria otra vez. Muchos chicos trataron de pasar desapercibidos para no ser notados, a excepción de unos pocos “niños cool” y sabios chicos que contaban chistes. Pero en el momento en que alguien “no cool” fuera notado por (a) ser lo suficientemente “estúpido” como para tratar de hacer algo bueno, o (b) habiendo sido lo suficientemente “torpe” como para dejar caer una bandeja en la cafetería, en ese momento, válgame Dios, empezaban las peleas. El abuso era interminable. Hacer y crear es difícil; destruir a otros es fácil. Cada escuela tiene docenas de idiotas que saben cómo.

Recuerdo que años antes vi una entrevista con Al Franken, antes de que fuera el senador de Minnesota. En ella habló sobre un programa de comedia que había hecho años atrás en “Saturday Night Live” en el que se burlaba del líder de la NBC, Fred Silverman. La NBC no estaba en su mejor momento en lo que a ratings respecta, pero como Silverman tomaba una limusina todos los días hacia y desde el trabajo, Franken lo apodó “limo for a lam-o”. Silverman estaba mirando ese show con sus hijos esa noche y se sentía furioso.

Cuando vi a Franklin siendo entrevistado, estaba un poco avergonzado porque no había pensado que el programa podría llegar a ser visto por los hijos de Silverman. No estoy seguro de cómo no pensó que esto podría afectarle en algún momento; era, después de todo, una importante cadena de televisión, cuando eso significaba algo. Pero algo que ni Franken ni Silverman parecieron haber tenido en consideración fue: ¿A cuántas otras tantas personas  “Saturday Night Live” había atacado, para el agrado de su audiencia de jóvenes, con comentarios que seguramente llegarían y afectarían a sus hijos? Si Silverman encontró el trato burlón e inaceptable, ¿por qué no cambió el estilo de su show? Quizás Franken ahora entiende un poco más acerca del dolor de la burla, ya que muchos de sus colegas en el senado lo abandonaron cuando fue públicamente humillado.

No estoy diciendo que nunca hay lugar para la humillación pública. La gente que realiza actos moralmente malos deberían sentir culpa. Deberían sentirse avergonzados. Aunque no está claro que la humillación pública sea la forma de ocasionar esta transformación en ellos. A menos que tenga un sentido general  establecido por la sociedad sobre ciertos actos, como aquellos que involucraron a Harvey Weinstein o a Bill Clinton, pero probablemente no.  La “vergüenza” debería establecer los límites morales de una cultura. Convertirla en arma y usarla en contra de un individuo es como usar una bazooka cuando se necesita un gentil bisturí.

En el mismo capítulo sobre la justicia, Josef Pieper agrega otro comentario interesante. Sosteniendo que puede ser posible para una persona justa equivocarse sobre algún tema en particular y proponer una objetiva solución “injusta” a un problema, Pieper hace esta pregunta: ¿no podría extraerse de lo antedicho una consecuencia de innegable interés para el estilo o tono interno de las discusiones políticas, las cuales versan por naturaleza sobre lo justo y lo injusto? ¿Acaso no significa ello que en modo alguno carecería de sentido, por ejemplo, rechazar e incluso combatir con el más extremo rigor una dirección política por considerarla «objetivamente injusta» sin que los argumentos que en este sentido se esgriman rocen para nada la integridad moral del adversario?

Me pregunto. Evidencia concreta sostiene que no. Nuestros oponentes no solo están equivocados, son o tontos o canallas, o ambas. Y la habilidad clave que buscamos en el discurso político es la burla. Esto es lo que vende, tanto en los comentarios de las noticias como en las revistas en las cajas de los supermercados. ¿Están las instituciones justas sostenidas sobre palabras injustas? ¿Será la constante recriminación la causa de la reconciliación? ¿Enserio pensamos que podemos recrear una nación virtuosa dándonos a nosotros mismos repetidamente a un vicio lingüístico?

Acerca del autor:

Randall B. Smith es el profesor de Teología de Scanlan en la Universidad de St. Thomas en Houston. Su libro más reciente, “Leyendo los sermones de Tomás de Aquino: Una guía para pri

thecatholic


Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *