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Formas de espiritualidad laica
The Catholic

Formas de espiritualidad laica

thecatholic
23 Mayo, 2016
Statue of Montfort, St. Peter’s, Rome

Statue of Montfort, St. Peter’s, Rome

Por Howard Kainz

Muchas personas, incluidos los católicos y excatólicos, buscan la «espiritualidad» en el budismo, la meditación del yoga, los movimientos New Age, el movimiento de Conciencia Cósmica y otras fuentes parecidas. Para mí, uno de los acontecimientos más tristes en la «exploración» espiritual surgió en una carta del antiguo provincial jesuita de Wisconsin, un buen amigo de muchos de nosotros en la Universidad Marquette, quien fue pastor en la Universidad de Creighton durante catorce años. Hoy en día un octogenario, les escribió a sus compañeros jesuitas y amigos que había decidido dejar el sacerdocio jesuita y todas las «jerarquías» para conseguir «la unidad con el cosmos» y además, «Es hora de que la Iglesia cambie su foco de atención de salvar su reputación a salvar la tierra, de salvar almas a salvar al planeta».

Los sentimientos de «trascendencia» han sido propios de los seres humanos en todo el planeta desde tiempos inmemoriales y dieron lugar a religiones en su totalidad. Sin embargo, en el catolicismo el estudio de la espiritualidad (la teología ascética) está mucho más avanzada más allá de experiencias religiosas básicas y hasta las prácticas meditativas sistemáticas orientales.

La presentación tradicional de las etapas espirituales, que se encuentra en las obras de Juan de la Cruz, Buenaventura, Bernard de Clairvaux y otros, con frecuencia son en tres etapas: los estados «de purificación, de iluminación y de unidad»; aunque algunos escritores como Santa Teresa, quien habla de siete «moradas», incorporan subdivisiones.

La etapa de purificación se caracteriza por la conversión, una firme decisión de evitar el pecado y la ocasión de pecado, la práctica regular de la oración y, en algunos casos, la consolación sensorial o deleite con los temas espirituales.

La etapa de iluminación lleva a la oración más profunda, frecuentemente acompañada por pruebas y tentaciones y/o experiencias ocasionales de presencia divina y, pocas veces, algunos regalos especiales (visiones, sueños, etc.) Algunos escritores espirituales usan la figura de un escultor que trabaja con un bloque de madera o mármol con mucho esfuerzo y poco a poco para crear una figura similar a Cristo.

La etapa de unidad trae la constante hasta razonable experiencia de la presencia de Dios, que Dios Padre describe para Santa Catalina de Siena en su Diálogo: «Estos seguro que nunca sentirán mi ausencia. Te conté cómo me alejo de otros (solo en sentimiento, no en gracia) y luego regreso. No actúo entonces con estos más perfectos que logaron gran perfección y están muertos por completo a cada impulso egoísta». Las almas en esta etapa son inmunes al ataque del demonio y no temen sufrir. Al leer esto, pienso en las palabras de San Pablo: «Ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí» y «con Cristo estoy crucificado» (Gal 2, 19-20)

En un retiro reciente en un monasterio trapense, decidí refrescar mi memoria de las tres etapas leyendo el gran y excelente libro de Ralph Martin, The Fulfillment of All Desire, que presenta citas de los santos que mencioné así como también de Teresita de Lisieux y Francisco de Sales.

Aparte de darme cuenta de que no había ido muy lejos en mi viaje espiritual, mi lectura estimuló dos líneas principales de pensamiento:

1) ¿Qué decir de la Madre Teresa? ¿No hay sensación de la presencia de Dios durante cerca de los últimos cincuenta años de su vida? ¿Cómo explicamos lo que parece ser una tremenda excepción a la «regla» del progreso espiritual? ¿Quizás las diferencias relacionadas con su personalidad, temperamento, fuerza interna? ¿Quizás un reflejo de una tremenda oscuridad de la fe en el mundo contemporáneo? Al menos tenemos la impresión de que no hay una fórmula clara para llegar a la perfección espiritual.

2) ¿Qué decir de las personas laicas? ¿Qué decir acerca de las personas como yo, con torpes intentos en la plegaria, horarios de trabajo, temas familiares, problemas con el auto, computadoras, plomeros, problemas de salud persistentes, y, en la mayor parte, un ambiente fuertemente secular? A lo largo de las 500 páginas del libro de Martin, todas las exposiciones (excepto aquellas basadas en San Francisco de Sales) eran relevantes solo para los religiosos consagrados.

¿Hay nuevos santos laicos que se hayan aproximado a lo que los doctores de la teología ascética llaman el estado «de unión»? Solo puedo pensar en algunas mujeres santas recientes como Gemma Galgani (1878-1903) quien probablemente llegó a esa etapa, pero no en un hombre (lo que puede deberse a mi falta de conocimiento de hagiografía).

Pero no se preocupe; San Luis de Montfort está del lado del laico.

En Carta a los amigos de la cruz, Montfort se dirige a valientes cristianos laicos: «Ustedes son un grupo de cruzados unidos para pelear contra el mundo, no como aquellos religiosos, hombres y mujeres, quienes dejan el mundo por miedo a ser vencidos, pero como valientes, intrépidos guerreros en el frente de batalla mientras se niegan a retroceder o aun a ceder una pulgada».

Santo Tomás de Aquino seguramente estaría casi en desacuerdo. Argumenta en la Summa que aquellos que se unen a órdenes religiosas para salvar sus almas estaban haciendo lo más correcto, huir de las tentaciones y distracciones del mundo. El equivalente de Montfort a la «etapa de unidad», por el contrario, es simplemente la gracia de seguir peleando por la verdad cristiana y el bien, y ocuparse de manera prudente y valiente de las cruces que llegan a nuestra vida, hasta de las que nos imponemos nosotros mismos.

No obstante, la sobrada alabanza a la cruz de Montfort se entiende mejor en el contexto de la advocación de toda su vida a «la consagración total» a María, como se detalla en su libro, Tratado de la verdadera devoción a la Virgen María. Montfort critica a los escritores espirituales y los directores que están influidos por la analogía tradicional (en la etapa «de iluminación») del escultor que cuidadosamente cincela partes de un bloque para crear una figura similar a Cristo. Con una total consagración a María, afirma, se puede dejar de lado a los cinceles y picos dado que son reemplazados con un molde que de manera gradual y precisa recrea la imagen del Hijo divino de María.

Las cruces están hechas a medida, asignadas con un toque maternal a las capacidades de los súbditos de María lo cual, afirma Montfort, es la forma «más rápida y fácil» de lograr la perfección.

«Fácil» y «rápido» son incentivos fuertes, si tal vez términos relativos; por lo tanto, no deberíamos desalentarnos fácilmente. Aquellos que toman este sendero hacia la perfección espiritual no tendrán noción de la «etapa» en la que se encuentran; pero sabrán, seguro, que están en buenas manos.

Acerca del autor:

Howard Kainz es profesor emérito de Filosofía en la Universidad Marquette. Sus últimas publicaciones incluyen Natural Law: an Introduction and Reexamination (2004), Five Metaphysical Paradoxes (The 2006 Marquette Aquinas Lecture), The Philosophy of Human Nature (2008) y The Existence of God and the Faith-Instinct (2010).

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