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¿Enseñar la conducta Católica?
The Catholic

¿Enseñar la conducta Católica?

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5 septiembre, 2016

Por Randall Smith

 

Girando y girando en el creciente círculo

el halcón no puede oír al halconero;

todo se deshace; el centro no puede sostenerse;

mera anarquía es desatada sobre el mundo,

la oscurecida marea de sangre es desatada, y en todas partes

la ceremonia de la inocencia es ahogada;

los mejores carecen de toda convicción, mientras los peores

están llenos de apasionada intensidad.

W.B. Yeats

 

Se aproxima el Día del Trabajo y la gente con hijos sabe lo que eso significa; los chicos están por volver al colegio. Incluso algunos padres enviarán a sus adolescentes al primer año de universidad. Sea la escuela católica o no, como los profesores bien pueden confirmar, también significa algo más: hacer trampa en los exámenes en forma generalizada.

Una joven amiga está en su segunda semana de enseñanza en una secundaria católica de la zona. Su desafío más difícil y agotador mentalmente (y su sorpresa más grande) fue la gran cantidad de alumnos que hacían trampa. En un caso, un curso completo recibió las respuestas del examen diario de alguien que lo había rendido más temprano ese mismo día. Se supone que copiarse en un examen de ética es irónico: el paradigma del mal comportamiento. Sin embargo, pareciera que simplemente se convirtió en un procedimiento operativo estándar en la «táctica» de la escuela.

En un libro importante titulado The First Year Out: Understanding American Teens after High School, Tim Clydesdale con ingenio compara la situación de los adolescentes que dejan atrás la secundaria con sentarse en una mesa inestable, apoyada en dos pedestales.

Un pedestal representa a las nuevas realidades económicas de la economía mundial: tercerización, contratos de corta duración en vez de empleo a largo plazo y jornadas extensas que con frecuencia se espera que cumplan aquellos que poseen títulos de postgrado y de especialización.

El otro pedestal representa a la cultura estadounidense popular. La mesa se tambalea porque la estructura moral del primer pedestal se está resquebrajando y las nuevas realidades económicas del mundo operan en el segundo como un ascensor hidráulico que eleva o baja el borde de la mesa en forma caprichosa.

«Los adolescentes que se juntan alrededor de esta inestable mesa encuentran dos cosas en ella», comenta Clydesdale. La primera es lo que llama una verdadera caja fuerte de personalidad «dentro de la cual pueden guardar su identidad crítica, religiosa, política, racial, de género y de clase para salvaguardarla durante el primer año (y más allá)». Los adolescentes también encuentran en la mesa «un juego de mesa complicado pero interesante conocido como la administración de la vida cotidiana», un juego con infinidad de piezas y reglas complicadas: las relaciones con compañeros, familia y diversas figuras de autoridad; ganar, administrar y gastar dinero; actividades sociales para elegir y surcar, y reabastecer provisiones (comida, ropa y salud).

«Dada la intensidad del juego», comenta Clydesdale, «su naturaleza interactiva y la variedad de estrategias que se pueden aplicar a medida que se juega», el intrincado juego de la gestión de la vida diaria se convierte en el objetivo primordial de los adolescentes y la mayoría «ni se acuerda de usar el contenido de la caja fuerte y se olvidan de que existe en la mesa». Como la mayoría de los profesores de la secundaria y universidad pueden dar fe, pocos adolescentes demuestran algún interés real en el compromiso intelectual o cultural porque eso requeriría «una exploración de las virtudes más generales que afectan el objetivo principal de los adolescentes en la administración de la vida cotidiana».

En consecuencia, la mayoría de los adolescentes en tanto se comportan como «rebeldes culturales», pocas veces cuestionan los supuestos básicos de la cultura predominante. La caja fuerte de personalidad «preserva la identidad estadounidense dominante de una alteración intelectual o moral que los pondría en contradicción con las comunidades que los formaron o dificultaría sus esfuerzos de ir tras el éxito que habían imaginado para sus vidas». En pocas palabras, están efectivamente aislados del tipo de educación que las mejores escuelas católicas buscarían darles.

¿Por qué hacer trampa de manera generalizada? Porque lo que la cultura estadounidense enseña cada vez más a los adolescentes es que hay ganadores y perdedores: los ganadores son dioses y los perdedores desaparecen en el olvido, nunca más se sabe de ellos. (¿Y las olimpíadas? ¿Los deportes profesionales? ¿Alguien se acuerda cuando algo llamado buen espíritu deportivo prohibía burlarse de su oponente?) Entonces es mejor «ganar a cualquier costo».

Hay una visión cada vez mayor con respecto de la educación no como un medio para el desarrollo de capacidades significativas, el cultivo de la prudencia o para ampliar la perspectiva moral propia. Es simplemente otro «sistema» para sortear con «tácticas», otra pieza en la mesa para ser «administrada». La educación es considerada por los adolescentes, Clydesdale afirma, «como una gran burocracia con la que hay que ser precavidos». Saben que es «el sendero común para conseguir logros laborales», pero también es «una institución en la que solo se confía para proveer la acreditación necesaria».

Los alumnos saben que necesitan algo llamado «diploma», pero no representa nada más que un pasaje a algo más, como comprar una entrada a un juego en un parque de diversiones. Se paga el dinero; a veces se sufren movimientos desagradables (arriba, abajo, alrededor, hasta cabeza abajo); y luego se obtiene la recompensa.

No obstante, ¿cuál es la recompensa? No se invirtió ningún esfuerzo real nada más que para presentarse y enfrentar a la montaña rusa, aparte del sentimiento compartido de «atravesamos esto juntos», ¿qué pueden esperar los adolescentes al final? No se puede obtener nada que valga la pena sin disciplina y la palabra «disciplina» tiene su raíz en el latín y se refiere a alguien al que «se le puede enseñar».

G.K. Chesterton distingue el hombre práctico del hombre pensante: «El hombre práctico es un hombre acostumbrado a meras prácticas diarias, a la forma en que las cosas en general funcionan. Cuando las cosas no andan, se necesita al pensador, el hombre que tiene alguna doctrina acerca de por qué funcionan en absoluto».

Si el viejo orden se está resquebrajando cada vez más (y así es) y si podemos decir acerca de nuestra era, lo que W. B. Yeats predijo acerca de la suya, que «el centro no puede sostenerse», entonces necesitaremos algo más que los empresarios, los hombres vacíos, los hombres embalsamados, los «hombres sin pecho», sin un sentido de asombro y porqué, producido por formas modernas de educación «práctica», se llame «católica» o «pública».

Pagar dinero a personas para que enseñen a nuestros hijos sin inculcarles primero la conducta y el deseo necesarios para aprender es como plantar una roca en un terreno caro y esperar que crezca. No lo hará, no importa cuán costosa sea la tierra.

Acerca del autor:

Randall Smith es profesor de Teología en la Universidad de St. Thomas en Houston Texas.

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ONE COMMENT ON THIS POST To “¿Enseñar la conducta Católica?”

  1. Lorenzo dice:

    No, enseñar la Ley Natural, que es todo lo contrario al evolucionismo darwinista, como se enseñan las leyes de la naturaleza y descubrir en cada generación al verdadero nazi exterminador, siempre oculto en las entretelas de la religión. Con eso es suficiente. La Fe siempre ha sido un regalo para el hombre que eleva su pensamiento por encima de las cosas de este mundo.

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