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El sueño de los ignorantes

The Enemy Who Sows (L’Ennemi qui sème) by J.J. Tissot [Brooklyn Museum]
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Por Elizabeth A. Mitchell

En la tradición anglosajona, el gran salón de hidromiel de Herot, el palacio del noble rey Hrothgar, ha caído en el caos y la ruina. Las risas alegres y las canciones de entusiasmo han cesado, mientras la bestia demoníaca Grendel acecha la tierra todas las noches. Al amparo de la oscuridad el monstruo acecha, los salones dorados se oscurecen por su destrucción, y una palidez mortal se ha instalado sobre todo.

La miseria del rey Hrothgar ante la desaparición de su reino «salta los mares», y es escuchada por el gran guerrero Beowulf, quien, de forma verdaderamente heroica, llega para enfrentarse a Grendel y rescatar este reino asediado. Consciente de las astutas tácticas del enemigo y sin querer comprometerse con el mal, Beowulf se acuesta en una litera para esperar la lucha, alerta y consciente, un «dormilón despierto» preparado. Cuando Grendel ataca, la fuerza pura y noble de Beowulf prevalece, empujando al demonio de vuelta a las profundidades del Infierno, para no volver a amenazar al Reino.

Tal vigilancia es la forma en que los héroes de antaño protegían sus reinos.

¿Nosotros, que guardamos la Iglesia y su patrimonio, un bien mayor que cualquiera en la tierra, vigilamos así atentamente? ¿Estamos, en nuestra bendita y próspera tierra, dispuestos a descubrir al enemigo que acecha en su obra, y desafiar su intromisión en todo lo que consideramos bueno y santo? ¿O hemos estado durmiendo el sueño de los inconscientes, los despreocupados, los negligentes o los temerosos?

Si un devoto católico de antaño despertara en la Iglesia hoy, encontraría una escena desorientadora y perturbadora. Un cambio ha llegado al palacio. Una palidez mortal se ha instalado. Los sacramentos están inactivos, los patios descuidados, los frutos de los Concilios están llenos de espinas y las fuentes del Espíritu están llenas de maleza. ¿Ha producido el tiempo por sí solo este efecto, o hay fuerzas más nefastas trabajando?

Nuestro Señor mismo predijo cómo sucedería esto.

En el Evangelio de Mateo, Cristo identifica el trabajo de las tinieblas que se arraiga cuando las fuerzas del bien se duermen. El excesivo crecimiento del mal, nos dice, no es simplemente el resultado de una negligencia pasiva, sino de una siembra intencional de semillas subversivas.

«El Reino de los Cielos», explica Cristo, «es como un hombre que sembró buena semilla en su campo. Pero mientras todos dormían, su enemigo vino y sembró cizaña entre el trigo, y se fue.»  (Mateo 13:24-25)

Mientras todos estaban durmiendo.

«Cuando el trigo brotó y dio grano, entonces apareció también la cizaña», continúa Nuestro Señor.  «Los sirvientes del dueño se acercaron a él y le dijeron: ‘Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde, pues, salió la cizaña?’.

«Un enemigo hizo esto», respondió.»  (Mateo 13:26-28)

Un enemigo hizo esto.

Mientras todos dormían, el enemigo estaba al acecho. Mientras la Iglesia dormía, el enemigo sembraba la disensión y el desorden. La clave del éxito del enemigo, de hecho, es nuestro sueño somnoliento, permitiendo que sus retorcidos tratos, sin obstáculos y sin oposición, invadan el castillo.

Entonces, ¿qué sucede?

En el mundo en general, vemos y tememos las malas hierbas que se extienden. Vemos nuestras ciudades en llamas, la juventud abrazando la violencia, el discurso público ahogado por las multitudes que gritan. Las catedrales de toda Europa arden y las otrora vibrantes salas de la fe se ven invadidas por una palidez mortal. Parece que una bestia demonio nos ha acechado hasta la sumisión.

Entonces, ¿qué hacemos?

Corremos a nuestro Señor, y le avisamos del abrumador crecimiento de la maleza. ¿Cómo lidiamos con esta intrusión del mal? ¿Arrasamos el campo? ¿Plantamos de nuevo? Gritamos con angustia, con los sirvientes de la parábola: «¿Quieres que vayamos a arrancar la maleza?» (Mateo 13:28)

Sorprendentemente, presenta una estratagema diferente: «No», responde, «porque mientras arrancan las malas hierbas, pueden arrancar el trigo con ellas. Dejen que ambos crezcan hasta la cosecha».  (Mt 13:29-30)

En el periodismo, los medios de comunicación y los académicos, el trigo está amenazado por muchas malas hierbas.

Nosotros nos centramos en las malas hierbas, mientras que Él se preocupa ferozmente por el trigo. No podemos estar consternados, distraídos o paralizados por la presencia de las nefastas ortigas. Debemos concentrarnos en la cosecha, que, como Cristo nos dice «es mucha, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha». (Mateo 9:37-38)

En la educación, en la catequesis, en el cultivo vocacional, el trigo requiere nuestro cuidado. En la causa pro-vida, los frutos están madurando. Las preciosas semillas de la vida cristiana, para ser regadas y protegidas, se aferran al suelo del Medio Oriente, y emergen en los campos ocultos de China. En nuestros centros urbanos, los niños que quieren ir a la escuela y volver a casa con una familia por la noche, están vivos y deben ser nutridos. En nuestras iglesias, los pastores plantan la Palabra, nutren con la Eucaristía y el agua a través de la Confesión, y piden al Señor que traiga el fruto. Todo esto importa, desesperadamente.

Y cada campo misionero, pequeño o grande, debe ser atendido con la tenacidad de Beowulf el valiente. Las amenazas imprevistas de pestilencia, de inundaciones, de sequía y de intrusión son constantes. La maleza brota implacablemente, poniendo a prueba nuestro temple para perseverar. Y finalmente, en la cosecha, el juicio maduro es esencial.

«En ese momento», declara nuestro Señor, «le diré a los cosechadores: Primero recoged la cizaña y atadla en manojos para quemarla; luego recoged el trigo y traedlo a mi granero». (Mateo 13:30)

La oscuridad prevalece sólo hasta la luz de la mañana. «Gracias a la misericordiosa ternura de nuestro Dios, que nos traerá del cielo la visita del Sol naciente, para iluminar a los que están en las tinieblas y en la sombra de la muerte, y guiar nuestros pasos por el camino de la paz» (Lucas 1:78-79) Despiertos a nuestra tarea, vivos con alegre coraje, perseverantes en la fe durante el terror de la noche, escucharemos la orden del Rey, y recogeremos la cosecha prometida en toda su abundancia en la plenitud de su almacén celestial.

Acerca del autor:

La Dra. Elizabeth A. Mitchell, S.C.D., recibió su doctorado en Comunicación Social Institucional en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz, en Roma, Italia, donde trabajó como traductora para la Oficina de Prensa de la Santa Sede y L’Osservatore Romano. Ella sirve como Decana de Estudiantes para Trinity Academy, una escuela católica privada K-12 en Wisconsin. Su disertación, «Artist and Image: Artistic Creativity and Personal Formation in the Thought of Edith Stein«, se centró en la comprensión de San Edith Stein del papel de la belleza en la evangelización. Mitchell también es miembro de la Junta Directiva del Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe en La Crosse, WI, y es asesora del St. Gianna and Pietro Molla International Center for Family and Life.

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