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El florecimiento católico en oscuras quebradas

The Descent of the Holy Spirit by Anthony van Dyck, [Sanssouci Picture Gallery, Potsdam, Germany]
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Por Bevil Bramwell

En el amado Salmo 23, están las conmovedoras y familiares frases: «El Señor es mi pastor»; «Me conduce a las aguas tranquilas»; «y repara mis fuerzas»; «Aunque cruce por oscuras quebradas»; y mucho más. Estas palabras provienen de un texto inspirado y describen la vida de una persona fiel.

Tal vez en nuestra forzada mitigación viral, algunos de nosotros podríamos dar un paso atrás en el caos inducido por los escándalos y el malestar sobre el Papa Francisco y los otros asuntos que preocupan a la Iglesia. En cambio, gracias a la Cruz de Cristo, pasemos tiempo con algo de la rica y floreciente vida que nos trae el Señor, incluso en la complicada y desordenada crisis de hoy en día. El Señor es nuestro enfoque diario o debería serlo. Después de todo, con el Señor, «Nada me puede faltar». ¡Eso garantiza mucho!

Estamos bautizados. Estamos confirmados. Y buscamos la misa y la comunión espiritual semanalmente o tal vez diariamente, aunque nos limitamos a participar por streaming. A pesar de las limitaciones, el «Señor nos hace conocer las maravillas invisibles de su amor para que el hombre aprenda a dar gracias a su Creador». (Rito de bautismo)

Eso puede suceder a través de la lectura de la Escritura, o la Liturgia de las Horas, o a través de la luz de los bautizados que nos rodean. Esto está floreciendo en términos reales. En términos católicos. Es la constante recepción de regalos y gracias. «Caminamos en su luz». Lo mejor es que «se te pide que confíes en su sabiduría» no en la sabiduría del mundo secular.

El bautismo nos lleva a confiar en el Señor. En su esfera, «podemos vivir siempre por su poder salvador». Se nos entrega en el sacramento.

En última instancia, esperamos que nuestra salvación esté en la unión con Dios. Pero de hecho, todos los días experimentamos la cercanía de Dios «en quien vivimos, nos movemos y tenemos nuestro ser». Pero Dios no sólo nos mantiene en existencia, sino que «cada día sentimos los efectos de su amor». Sólo tenemos que mirar. El lugar donde ocurra nos sorprenderá.

El sacramento de la Confirmación da más indicaciones sobre cómo es el verdadero florecimiento. El obispo dice: «el don del Espíritu Santo… os hace más parecidos a Cristo y más perfectos miembros de su Iglesia». Esto es vivir. La gente vive con el «Espíritu de sabiduría y entendimiento, el Espíritu de juicio correcto y coraje, el Espíritu de conocimiento y reverencia, …maravilla y asombro en tu presencia».

Un conjunto redondeado de regalos del Espíritu. Purifican y mejoran todos los diferentes aspectos de nuestras mentes y corazones. Esto es esencial porque en los seres humanos, a causa del pecado, nuestra «razón está privada de su orden a la verdad, hay una herida de ignorancia» (Tomás de Aquino). No sabemos lo que no sabemos. Así que, a menos que alguien señale nuestra ignorancia, podríamos estar cometiendo un error.

Y en cuanto a la voluntad: en la medida en que es «privada de su orden de bien [por el pecado], existe la herida de la malicia». (Aquino de nuevo)

La gracia de los sacramentos y nuestras oraciones liberan el intelecto y la voluntad de los estragos del pecado. Esto da una nueva forma de florecer en el mundo. La gente sabe mejor y elige mejor. Estas mejoras son recibidas con gratitud por quienes les rodean.

Pero nada de la sabiduría, el juicio y la maravilla son sin sentido o meramente mundano. De lo contrario, confundimos la sabiduría cristiana con la de las celebridades, que a menudo se hacen famosas y ganan fortunas leyendo palabras que alguien más ha escrito. La gente puede llegar a confundir el asombro cristiano con el asombro por las posesiones o la personalidad de alguien.

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De hecho, la verdadera sabiduría, juicio y maravilla vienen del Dios «que hizo brillar su luz en nuestros corazones para que resplandezca el conocimiento de la gloria de Dios, reflejada en el rostro de Cristo». (II Corintios 4:6)

Nuestro mundo, tan cerrado como es a veces – y especialmente ahora, por cierto – y tan inexorable y agotador como puede parecer, se abre al «conocimiento de la gloria de Dios en la cara de Jesucristo».

Gloria es un nombre maravilloso para todo lo que es divino. Dios es la plenitud de la vida, la plenitud de la alegría, la plenitud del entendimiento amoroso.

San Pablo, sin embargo, nos hace notar con palabras de especial relevancia actual que «llevamos ese tesoro en recipientes de barro, para que se vea bien que este poder extraordinario no procede de nosotros, sino de Dios. Estamos atribulados por todas partes, pero no abatidos; perplejos, pero no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, pero no aniquilados». (II Corintios 4:7-9)

El regalo de la visión de la gloria de Dios desborda incluso nuestras limitaciones que provienen de estar hechos de la arcilla de la tierra. Reconocer y vivir plenamente de acuerdo con esta visión es un florecimiento en el sentido más profundo posible, un florecimiento que ni siquiera una crisis global puede prevenir.

Acerca del autor:

Fray Bevil Bramwell, OMI, es doctor en filosofía y ex rector universitario en la Catholic Distance University. Sus libros son: Laity: Beautiful, Good and True; The World of the Sacraments; y, más recientemente, Catholics Read the Scriptures: Commentary on Benedict XVI’s Verbum Domini.

1 comentarios en “El florecimiento católico en oscuras quebradas
  1. Excelente artículo. Muy apropiado para estos tiempos. Esto SIIIII que es magisterio, ayuda espiritual, esperanza en medio de caos y tinieblas, no peor CONFUSIÓN, OSCURIDAD, RELATIVISMO… y el «todo vale»… GRACIAS. Es provechoso el leerlo. Demos gracias a Dios que existen fieles a El sin que ocupen CARGOS Eclesiales, ni falta que les hacen. Dios nos juzgará a cada uno, según capacidad y CARGO!!!

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