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El amor y la dignidad

The Christian Soul Accepts the Cross by an unknown artist, c. 1630 [Museo del Prado, Madrid]
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Por P. Paul D. Scalia

«Quien ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí.» (Mateo 10: 37) Ahora, ¿qué es más impactante en esta afirmación? ¿Que el hombre Jesús, un simple carpintero de un pueblo apartado, exigió que lo amáramos más que a nuestros parientes más cercanos? ¿O que Jesús, el Hijo de Dios engendrado eternamente, insinúa que podemos ser dignos de él?

Ambas cosas son chocantes y están destinadas a serlo. Sin embargo, lo primero distorsiona nuestra forma natural de pensar, de modo que podríamos no apreciar suficientemente lo segundo. Y es lo segundo lo que proporciona la clave del pasaje.

Ser digno de Él parece un absurdo. Estrictamente hablando, no podemos ser dignos de Dios. Sólo Dios es digno de Dios. Y aún así, a diferencia de otras declaraciones, nuestro Señor no quiere decir esto como una hipérbole o una figura retórica. No debemos arrancarnos los ojos, cortarnos las manos u odiar a nuestros padres. (cf. Mateo 5:29-30; Lucas 14:26) Pero debemos ser – o hacernos – dignos de Cristo.

Esta es la simple y asombrosa verdad sobre la gracia de Dios. Por la gracia Él nos da una participación en su propia vida, haciéndonos «partícipes de la naturaleza divina». (2 Pedro 1:4) Describimos la gracia como deificante. Su poder y propósito no son simplemente hacernos mejores personas sino divinizarnos, darnos la capacidad de amar como Dios ama y – por sorprendente que suene – ser dignos de Él. De hecho, este es el propósito y el escándalo de la Encarnación: «El Hijo de Dios se hizo hombre para que nosotros nos convirtiéramos en Dios.» (San Atanasio)

Como tal, encontramos oraciones para la dignidad en toda nuestra fe. San Pablo escribe a los Tesalonicenses, «Pensando en esto, rogamos constantemente por ustedes a fin de que Dios los haga dignos de su llamado.» (2 Tesalonicenses 1:11) El Rosario concluye con la petición de que seamos dignos de las promesas de Cristo. La colecta [oración de apertura] para la fiesta del Sagrado Corazón pide igualmente que nosotros (…) seamos dignos de recibir una desbordante medida de gracia.

Esto no es mera poesía o metáfora, sino la apelación a lo que Dios mismo desea. Su gracia nos ha dado una participación en su vida; pedimos la gracia adicional de vivir de una manera digna de ella. O bien su gracia tiene este poder, o estamos rezando por un absurdo.

Si pensamos en la fe en términos naturales – como una mera ayuda para vivir una vida plena en este mundo – entonces las palabras de nuestro Señor en el Evangelio de hoy no sólo están equivocadas sino que son verdaderamente ofensivas. Pero cuando apreciamos el don de la gracia – que nos eleva para participar en su vida – entonces sus palabras emergen como totalmente razonables. No son órdenes extremas, sino la consecuencia lógica de la gracia.

Vivir de acuerdo a la gracia requiere un reordenamiento radical de nuestros amores: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí, y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí.» Si queremos amar como Dios ama (lo que la gracia nos capacita para hacer), entonces debemos amarlo primero – por encima e incluso a veces en contra de nuestros más importantes amores naturales.

Todos los demás amores deben ceder a lo divino. Si ponemos el afecto o la lealtad humana por delante – o incluso igual – de la gracia de Cristo, entonces hemos perdido la perspectiva sobrenatural. Hemos empezado a considerarlo desde un punto de vista humano. (cf. 2 Corintios 5:16)

Más aún, la vida de la gracia requiere la renuncia a nuestro propio ser: «Quien no tome su cruz y me siga no es digno de mí. Quien encuentre su vida la perderá, y quien pierda su vida por mí la encontrará». Todo se reduce a esto: ¿Sacamos fuerza de nosotros mismos o de su gracia? ¿Encontramos nuestro valor en nosotros mismos o en su gracia? Tomar la cruz y perder la vida significa transferir nuestra fuerza y valor de nosotros mismos a Él.

La vida de la gracia también requiere receptividad. De hecho, este es el propósito de la abnegación cristiana. La renuncia y la abnegación no existen por sí mismas. Las practicamos para crear espacio para Dios, para liberar los pasajes del alma para el fluir de su gracia. Nos vaciamos de orgullo y autosuficiencia para tener espacio para recibirlo. Su gracia viene a nosotros libremente, pero su eficacia depende de nuestra voluntad de recibir y responder.

Por consiguiente, después de hablar de renunciar nuestro Señor habla de recibir: «Quien te recibe a ti, me recibe a mí». Recibir significa aceptar un regalo no según nuestros propios criterios y requisitos, sino tal y como se da. «Quien reciba a un profeta porque es un profeta, recibirá la recompensa de un profeta». Tener nuestras propias necesidades o expectativas de la gracia de Dios establece un obstáculo para su trabajo en nosotros. Lo recibimos en sus términos, o no lo recibimos en absoluto.

La oración del Apóstol no es vana: «A fin de que Dios los haga dignos de su llamado». Por su gracia, Dios nos ha hecho dignos de Él, partícipes de su propia naturaleza divina. Este es un gran regalo. Una tarea de seguimiento es reconocer el don – «¡Cristiano, reconoce tu dignidad!» y «llevar una vida digna de la vocación». (Efesios 4:1)

Acerca del autor

El padre Paul Scalia es sacerdote de la Diócesis de Arlington, Virginia. Se desempeña como Delegado del obispo para el clero.

1 comentarios en “El amor y la dignidad
  1. Entiendo entonces que las personas que comulgan en la mano y se desinfectan frenéticamente las manos antes de tocar a Jesucristo,pensando que Dios puede ser transmisor de enfermedad,a parte de carecer de Fe,aman mas su vida que a Jesucristo.

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