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Católico y «católico»

He Sent Them Out Two by Two (Il les envoya deux à deux) by James Tissot, c. 1890 [Brooklyn Museum]
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Por Paul D. Scalia

En el Evangelio de hoy, nuestro Señor compara el Reino de los Cielos con «una red lanzada al mar, que recoge peces de todo tipo». Esta red, que recoge no sólo una clase de peces sino peces de toda clase, sirve como una buena descripción de lo que confesamos cada domingo: la Iglesia es católica.

Ahora, la mayoría de la gente probablemente piensa en «católica» como la marca de una denominación cristiana en particular. Sí, hablamos coloquialmente de la Iglesia Católica como algo distinto de las iglesias luteranas, episcopales, metodistas, etc. Pero esa es una designación bastante reciente, sólo desde la Reforma. Antes de que la Iglesia fuera «Católica» ya era «católica». Es una verdad que encontramos expresada en los primeros años de la Iglesia. La palabra «católica» significa universal, que abarca y reúne todas las cosas en una unidad (del griego kata holos, «a través del todo»).

Ahora bien, la distinción y relación de «Católico» y «católico» es importante: no se puede ser Católico sin ser también católico. Ser miembro de la Iglesia significa compartir su catolicidad. Entonces, ¿qué implica eso?

Primero, la Iglesia es católica – universal – en el sentido más obvio: para todas las personas. «Aquí viene todo el mundo» es la famosa descripción de James Joyce de la Iglesia. Ella da la bienvenida a todos los que vienen, abraza e incorpora a todas las personas – «de todas las naciones, familias, pueblos y lenguas». (Apocalipsis 7:9) No deja a ningún grupo o clase de personas fuera de su misión y solicitud.

Ahora bien, católico en este sentido no significa que todos sean arrojados juntos caóticamente, como se podría arrojar toda la ropa en el armario. Más bien, significa que todas las personas se reúnen como una sola, como un todo unificado. En los Estados Unidos, estamos siendo testigos de lo que le sucede a una sociedad cuando sus diversos pueblos han perdido su principio de unidad. La Iglesia, sin embargo -y, al final, sólo la Iglesia- es verdaderamente universal porque abraza a todas las personas y las hace un solo cuerpo en Cristo.

Las implicaciones de esta universalidad deben ser claras. Significa, en primer lugar, que acogemos a todas las personas en la Iglesia. Cualquiera que se arrepienta y crea es bienvenida sin importar sus cualidades accidentales. Además, esta catolicidad requiere que busquemos activamente llevar el Evangelio a todos los pueblos, y todos los pueblos a la Iglesia.

En segundo lugar, la Iglesia es católica en el sentido de que perdona todos los pecados. Esto es una consecuencia de que ella es la presencia continua de Cristo mismo en el mundo. Nuestro Señor la ha autorizado a actuar y hablar en su nombre. Confió a sus ministros su propio poder de perdonar, un poder limitado sólo por el deseo de una persona de ser perdonada.

A través del ministerio de la Iglesia, cualquiera de nuestros pecados, desde los más triviales hasta los más graves, pueden ser perdonados cuando nos arrepentimos y pedimos perdón. Lo que también significa que debemos desear la extensión de ese perdón y reconciliación. De hecho, deberíamos participar en el ministerio de reconciliación de la Iglesia. Como tal, nuestra misericordia personal debería extenderse tanto como el de la Iglesia, desde el más trivial hasta el más grave pecado contra nosotros. En lo que respecta al perdón nunca podemos decir, «hasta acá y no más allá».

A lo largo de su historia, desde Tertuliano a Calvino, la Iglesia ha visto muchos rigoristas que quisieron acortar el alcance de su misericordia. Como los esclavos de la parábola del trigo y la cizaña (Mt 13, 24-43), quieren una Iglesia de santos, no de pecadores. En la actual «cultura de la cancelación», las turbas de rigoristas seculares nos dan una idea de lo brutal que es una sociedad que desea justicia pura (o lo que ocurre por ella) y ninguna misericordia.

Finalmente, la Iglesia es católica en el sentido de que posee toda la verdad. Todo lo necesario para la salvación se encuentra en su doctrina. Todas las religiones poseen algunos aspectos de la verdad. Sólo la Iglesia de Cristo posee la plenitud de la verdad.

Noten que la red de la parábola trae «toda clase de peces», tanto los deseados como los no deseados. De manera similar, la Iglesia posee tanto verdades agradables (dignidad humana, perdón, cielo) como verdades duras (pecado, juicio, infierno). Ser católico significa consentir todo lo que la Iglesia enseña – no sólo las partes que nos gustan.

La historia de la Iglesia está llena de herejías, una palabra que indica la elección de una verdad en detrimento de otras (en griego haerisis, no kata holos). Los que lo hacen dejan de ser católicos, porque no están abrazando la plenitud de la verdad sino sólo las partes que les gustan. Si nos llamamos católicos, debemos mostrarnos como verdaderamente católicos, abrazando todas las verdades – no sólo las convenientes.

Los hijos de la Madre Iglesia deberían tener un parecido con ella. Así es que debemos esforzarnos por ser católicos en nuestro celo por las almas, en el alcance de nuestra misericordia y en nuestro abrazo de la verdad.

Acerca del autor

El padre Paul Scalia es sacerdote de la Diócesis de Arlington, Virginia. Se desempeña como Delegado del obispo para el clero. Su último libro es That Nothing May Be Lost: Reflections on Catholic Doctrine and Devotion.

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