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Adviento y Reforma

The Nativity by Domenico Ghirlandaio, 1492 [Vatican Pinacoteca]
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Por Stephen P. White

La reunión de noviembre de la Conferencia de Obispos Católicos de EEUU ha terminado, a diferencia de la frustración que esta conlleva. La reunión del Papa Francisco con los jefes de las conferencias episcopales del mundo no se llevará a cabo durante casi tres meses. Después de Año Nuevo, los obispos estadounidenses se reunirán en el Seminario de Mundelein para un retiro de una semana de duración sobre el tema de la misión de los Apóstoles y sus sucesores. Todo lo cual quiere decir que el escándalo de los últimos meses está lejos de resolverse. Persiste y se extiende.

La semana pasada, la policía allanó los archivos de la Arquidiócesis de Galveston-Houston como parte de una investigación sobre acusaciones de abuso contra el padre Manuel La Rosa López. La Arquidiócesis de Santa Fe acaba de anunciar que se declarará en bancarrota debido a las pérdidas financieras ocasionadas por la crisis de abuso.

Escándalo. Crisis. La gente está harta. Algunos se están yendo de la iglesia. Hay una sensación de que las cosas se están desintegrando, o al menos deshilachando. Recientemente, y más a menudo de lo que me gustaría, se me ha recordado acerca de una pieza de humor eclesiástico del patíbulo que aprendí de un viejo amigo: “El Señor tiene mucho por lo que responder al iniciar esta Iglesia suya”.

La temporada de Adviento llega, como suele suceder, cuando más se la necesita.

El Adviento es una temporada de penitencia, pero también de esperanza. Es fácil mirar más allá de ella, incluso más allá de Navidad, y ver el viaje a Belén como solo una pequeña parte del gran drama de la Encarnación y la Redención. Por supuesto que lo es, pero hay algo en el Adviento que pide calma y tranquilidad y una reflexión cuidadosa sobre la pequeñez de las cosas en todos sus detalles.

Para los cristianos que sabemos cómo termina la historia, podemos fácilmente dar por sentado la desolación y el quebrantamiento en que Cristo entró voluntariamente. El pequeño Cristo nació en este  mundo (o, en todo caso, en un mundo aún peor que el nuestro, ya que todavía no había sido redimido). Llegó a un mundo que, como era entonces, no tenía remedio sin él. Y vale la pena reflexionar sobre esa desesperanza, aunque solo sea para apreciar plenamente la escandalosa gratificación de la fiesta para la que nos estamos preparando.

El rey de reyes está llegando a un mundo cargado de pecado que, por cualquier medida humana, no está preparado para darle la bienvenida: sabe que no hay lugar en la posada, que tendrá un pesebre para su cama y pastores humildes para saludarlo. Él sabe que morirá por nosotros, no porque seamos santos, sino precisamente porque no lo somos. Y sin embargo viene.

Mientras luchamos por ordenar nuestras vidas en preparación para la llegada de nuestro invitado divino, debemos recordar que él sabe lo que sufrimos y que conoce cada injusticia que hemos padecido. Él sabe de nuestra ira y frustración, y conoce mucho mejor que nosotros el terrible precio del pecado: nuestro pecado. Y sin embargo viene.

Tan absurdo como debe sonar a oídos que no han escuchado la noticia antes, él viene por todos nosotros como un niño recién nacido. Viene por nosotros de una manera tan escandalosamente vulnerable como para pedir como un mendigo por la fe. En un sentido, la historia de la natividad es tan evidentemente absurda (¿Dios como un bebé real?) que debe ser cierta. Él viene de la manera más sorprendente.

Viene por el bien de las víctimas de sacerdotes y obispos que abusaron de su autoridad, traicionaron sus llamados y se aprovecharon de sus rebaños. Él viene para aquellos que no ven más que desesperanza a su alrededor y para aquellos que se consideran indignos de amor. Incluso está viniendo por el bien de los Theodore McCarricks del mundo, por el bien de aquellos a quienes podemos sentirnos tentados a considerar como personas sin remedio.

Si todo esto no es realmente cierto, no tiene sentido enojarse con la crisis de abuso o la reforma, no sirve para hacer nada al respecto. Si es verdad, entonces contemplar la desesperanza de la agencia humana y la escandalosa gratificación de la Encarnación en el contexto de nuestra situación actual no es más que un ejercicio del realismo cristiano. Y si se debe hacer algo en nuestra Iglesia deshilachada, algo que sea útil al menos, debe construirse sobre ese realismo. Nada que nosotros (o los obispos) hagamos tendrá éxito a menos que Él lo lleve a buen término.

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Entonces, en esta temporada de escándalos, de expectativas, vale la pena preguntarnos qué es lo que pensamos que estamos esperando. ¿Creemos que sabemos de qué se trata Dios o tenemos la humildad de esperar lo inesperado? ¿Estamos preparados para ver al Señor hacer algo sorprendente y nuevo? ¿Estamos preparados para ver la reforma y el rejuvenecimiento, quizás, de los lugares o personas – ingrese el nombre de su prelado menos favorito, aquí- que consideramos menos capaces de cambiar?

El realismo cristiano no es de ninguna manera ingenuo. Y (en otro de sus esquemas sorprendentemente extravagantes) el Señor ha optado por depender de nuestra cooperación libre para la edificación del reino. Pero si esta temporada de expectativas nos recuerda algo, es  que, dejados a nuestra suerte, a nuestra propia sabiduría, estamos sin esperanza.

Que “Dios es un Dios de sorpresas” es un cliché que puede usarse para excusar todo tipo de tonterías. También sucede que es verdad. El Adviento, especialmente éste, cuando la reforma está tan presente en nuestras mentes, es un buen momento para recordar que todo lo que hagamos depende de un Dios que pensaba que los pastores alrededor de un niño envuelto en un pesebre de Belén sería lo mejor.

Aquellos de nosotros que deseamos reforma y renovación debemos tomarnos el tiempo de prepararnos… y estar listos para lo inesperado:

¡Voy a hacer algo nuevo!

Ya está sucediendo, ¿no se dan cuenta?

Estoy abriendo un camino en el desierto,

Y ríos en lugares desolados.

Acerca del autor:

Stephen P. White es miembro de “Catholic Studies” en el “Ethics and Public Policy Center”en Washington.

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