Sobre la unidad en la Iglesia

The First Four Articles of the Creed (tapestry) by unknown Flemish artists/weavers, about 1475–1500 [Museum of Fine Arts Boston]
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Por Stephen P. White

Creemos en una Iglesia santa, católica y apostólica. Esta es una verdad que profesamos cada vez que recitamos el Credo. Dadas las evidentes divisiones entre las Iglesias y denominaciones cristianas, e incluso dentro de la Iglesia Católica, merece la pena reflexionar: ¿En qué consiste esta unidad?

La respuesta más sencilla es que la Iglesia es una en virtud de nuestro único bautismo y del único Cristo en el que hemos sido bautizados. Profesamos una sola fe, en comunión con los obispos en sucesión ininterrumpida de los apóstoles, y éstos con y bajo el sucesor de Pedro, el obispo de Roma.

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En última instancia, la unidad de la Iglesia es la unidad de Cristo mismo. Por esta razón, la división en la Iglesia es siempre una herida en el Cuerpo de Cristo. De ahí el imperativo urgente de la obra de un auténtico ecumenismo, tan subrayado en el Concilio Vaticano II y por el Papa Juan Pablo II en su encíclica de 1995, Ut unum sint («Que sean uno»), en la que insistía: «Creer en Cristo significa querer la unidad; querer la unidad significa querer la Iglesia; querer la Iglesia significa querer la comunión de gracia que corresponde al designio del Padre desde toda la eternidad».

Nosotros no somos los primeros agentes de la unidad de la Iglesia; lo es Dios. Pero podemos cooperar, o no, en el fortalecimiento y preservación de esa unidad. Separarnos de nuestros obispos, de Pedro o de la fe recibida a través de la Tradición daña nuestra unidad. Consideremos las amonestaciones de Pablo a los Corintios, en las que atribuye la rivalidad entre ellos a su «ser de la carne». El pecado y la mundanidad no son sólo ocasiones de culpa personal, sino causas concretas de división dentro del Cuerpo de Cristo.

Siempre ha sido así, como leemos en la Carta a los Hebreos:

Acuérdense de quienes los dirigían, porque ellos les anunciaron la Palabra de Dios: consideren cómo terminó su vida e imiten su fe. Jesucristo es el mismo ayer y hoy, y lo será para siempre. No se dejen extraviar por cualquier clase de doctrinas extrañas… (13:7-9)

La credibilidad del testimonio de la Iglesia disminuye cuando falta la unidad, no sólo en el espacio -de una diócesis a otra-, sino en el tiempo. Como si el Evangelio de hoy fuera un Evangelio distinto del de ayer; como si el Espíritu que anima a la Iglesia hoy fuera un Espíritu distinto del que la animaba el siglo pasado, o en el último milenio, o en el mismo Pentecostés. El Espíritu que se cernía sobre las aguas de la creación es el mismo Espíritu Santo que anima hoy a la Iglesia.

Hoy en día, la idea del desarrollo de la doctrina se reduce a menudo a una especie de casuística, un medio para justificar cualquier tipo de desviación de lo que nos ha sido transmitido. El desarrollo de la doctrina es un corolario de la profunda unidad de la fe a través del tiempo y del espacio. El auténtico desarrollo doctrinal no es una técnica para manipular la Tradición, un medio para doblegar la Tradición a nuestros propósitos o a los del mundo.

Pero no somos dueños de la Palabra de Dios. Ni siquiera los obispos lo son. El Concilio Vaticano II lo dejó perfectamente claro cuando declaró, en Dei Verbum:

Pero el oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios escrita o transmitida ha sido confiado únicamente al Magisterio vivo de la Iglesia, cuya autoridad se ejerce en el nombre de Jesucristo. Este Magisterio, evidentemente, no está sobre la palabra de Dios, sino que la sirve, enseñando solamente lo que le ha sido confiado, por mandato divino y con la asistencia del Espíritu Santo la oye con piedad, la guarda con exactitud y la expone con fidelidad, y de este único depósito de la fe saca todo lo que propone como verdad revelada por Dios que se ha de creer.

Nunca se repetirá lo suficiente: El magisterio de la Iglesia, ejercido en nombre de Jesucristo, no está por encima de la Palabra de Dios, escrita o transmitida, es decir, tanto de la Escritura como de la Tradición – sino que está a su servicio. La unidad de la Iglesia no es ajena a la Palabra de Dios revelada en las Escrituras y en la Tradición, sino que es totalmente inseparable de ella.

Permanecer fieles a lo que hemos recibido es más que una cuestión de asentimiento intelectual. La unidad con Cristo se manifiesta en la caridad. La fe misma, vivida en las circunstancias concretas de nuestro tiempo, representa una garantía muy real y concreta de la unidad eclesial en el espacio y en el tiempo. El Cuerpo de Cristo, el Pueblo de Dios, incluye esa gran multitud de testigos que nos han precedido; aquellos que, como dice San Pablo, han competido bien, han terminado la carrera y han conservado la fe.

El Papa Pablo VI amplía este punto en Evangelii Nuntiandi. La Iglesia debe conservar su herencia, pero nunca basta con poseer la Buena Nueva. La Iglesia también debe compartirla. Y eso requiere la sabiduría de comprender a aquellos con quienes queremos compartirla:

necesitamos absolutamente ponernos en contacto con el patrimonio de fe que la Iglesia tiene el deber de preservar en toda su pureza, y a la vez el deber de presentarlo a los hombres de nuestro tiempo, con los medios a nuestro alcance, de una manera comprensible y persuasiva. Esta fidelidad a un mensaje del que somos servidores, y a las personas a las que hemos de transmitirlo intacto y vivo, es el eje central de la evangelización.

 

Y aquí, como suele decirse, es donde el caucho se encuentra con el camino. La Iglesia está obligada a proteger y defender la Verdad de la que es depositaria. De ello depende y en ello resplandece su unidad. Pero también es verdad que, precisamente por este tesoro que posee, la Iglesia debe dar testimonio de la Buena Nueva de modo convincente, no tanto para nosotros mismos como para aquellos con quienes queremos compartir la Buena Nueva.

La unidad de la Iglesia, como la evangelización, debe construirse sobre la verdad y el amor.

Acerca del autor:

Stephen P. White es Director Ejecutivo de The Catholic Project de la Universidad Católica de América y profesor de Estudios Católicos en el Ethics and Public Policy Center.

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