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Las dos preposiciones de la libertad

Salvator Mundi by Andrea Previtali, 1519 [National Gallery, London] Oil on poplar, 61.6 x 53 cm Salting Bequest, 1910 NG2501 https://www.nationalgallery.org.uk/paintings/NG2501
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Por el P. Paul D. Scalia

«Para la libertad os ha liberado Cristo». (Gal 5,1) Es una frase curiosa de San Pablo. ¿Qué significa ser liberado para la libertad? ¿Es una tautología? ¿Un razonamiento circular? Como siempre, es necesario un poco de contexto.

San Pablo escribe para recordar a los gálatas que el Evangelio les ha liberado de la Ley de Moisés y para advertirles de que no vuelvan a caer en la esclavitud del legalismo. Al mismo tiempo, les amonesta a no utilizar su libertad «como una oportunidad para la carne». Su libertad era para la caridad, para «servirse unos a otros por medio del amor». Fueron liberados de la esclavitud para poder vivir libremente para Cristo. Para la libertad, Cristo los había liberado.

La verdadera libertad es tanto de como para. Nuestros errores sobre la libertad niegan una de esas preposiciones o la otra. En un extremo está el miedo a ser liberados de lo que conocemos. Es la preferencia por el legalismo que, aunque es gravoso, sólo requiere una obediencia servil y ninguna inversión personal. No es tan glorioso como la filiación divina, pero al menos lo conocemos y requiere menos de nosotros. En el otro extremo está la violación de la libertad por exceso, es decir, pensar que no sirve para nada más que para lo que queramos.

Sólo Jesucristo confiere la verdadera libertad, esa «libertad gloriosa de los hijos de Dios». (Rom 8,21) Esta libertad es ante todo interior, del pecado y para la santidad. Con su verdad nos libera del error y de las mentiras del maligno. Por su gracia, rompe los lazos de la muerte y del pecado que nos esclavizan interiormente.

Además, con su verdad da estructura, sentido y finalidad a nuestra libertad. Tiene un destino y un telos. Es para algo: «Esta es la voluntad de Dios, vuestra santidad». (1 Tes 4,3) Por su gracia nos fortalece para vivir esa libertad. No es demasiado para nosotros porque él mismo vive su libertad filial en nosotros.

En Cristo, somos liberados del pecado para que podamos perseguir libremente -es decir, con plenitud, alegría y generosidad- la santidad. Sin él, la libertad se convierte primero en licencia y luego en miedo. Si no vivimos la libertad que él nos da por su gracia y su verdad, entonces retrocederemos por miedo a vivir como personas libres. Eso es lo que advierte el Apóstol. Y eso es lo que observamos hoy.

Nuestra cultura ofrece una «libertad» que esclaviza. Es sólo libertad de cualquier restricción percibida, incluyendo cualquier limitación de la criatura. Para que esta libertad se conserve, debe ser ampliada. Así que siempre busca más restricciones que derribar. Las mujeres deben liberarse de la maternidad. Los adolescentes deben liberarse de su sexo «asignado al nacer». Los transhumanistas prometen que podemos liberarnos de nuestros propios cuerpos.

Esa libertad no sirve para nada. No es para nada, sólo de todo. Esto es atractivo al principio porque entonces conseguimos estar al mando. Conseguimos establecer nuestro propio curso y decidir nuestras propias reglas. Tenemos, como dijo infamemente Planned Parenthood v. Casey, «el derecho a definir el propio concepto de la existencia, del significado del universo y del misterio de la vida humana».

Definir tu propia realidad suena divertido, hasta que te das cuenta de la enorme responsabilidad que supone definir tu propia realidad. ¿Quién puede soportar eso?

Cada revolución se devora a los suyos. Esta falsa libertad acaba siendo insoportable y conduce de nuevo a la esclavitud. Sin la gracia y la verdad de Cristo para integrar y dirigir nuestras pasiones, éstas se convierten en nuestros grilletes. Esta esclavitud espiritual conduce inevitablemente a la esclavitud política. Cuando nuestra debilidad interior hace que no podamos gobernarnos a nosotros mismos, entonces pedimos a gritos que otro lo haga.

Además, el carácter extraordinario de esta falsa libertad nos hace retroceder, volver a la esclavitud. ¿Quién puede soportar la carga de definir la existencia, el sentido del universo y el misterio de la vida humana? ¿Quién está a la altura de esa tarea? No es de extrañar que veamos una duda sobre el autogobierno y una creciente disposición a ser controlados, especialmente entre los jóvenes.

Les hemos impuesto la carga de definir la realidad, pero les hemos negado cualquier verdad y dirección. ¿Debemos sorprendernos de que corran hacia el socialismo, que al menos promete cierta certidumbre y seguridad?

El Gran Inquisidor de Dostoievski tenía razón. La gente no puede soportar la libertad que se le otorga. Sólo que no es el inquisidor católico sino los sumos sacerdotes del progresismo quienes esclavizan. Derriban toda limitación para hacer a la gente «libre» y luego les piden que vengan a encontrar seguridad en el control del Estado. Las palabras del Gran Inquisidor son justamente las de ellos: «La gente está más persuadida que nunca de que tiene una libertad perfecta, pero nos ha traído su libertad y la ha puesto humildemente a nuestros pies».

En Braveheart, el William Wallace de Mel Gibson pregunta a los rebeldes escoceses: «¿Qué haréis con esa libertad?». Ahora bien, probablemente no tenía a San Pablo en mente. Pero su pregunta proporciona otra (y divertida) forma de entender las palabras del Apóstol.

Cristo nos ha hecho libres. ¿Qué haremos con esa libertad? Esto tiene implicaciones personales y políticas. Si no usamos nuestra libertad interior para su propósito – para buscar la perfección cristiana, para servir en el amor – entonces seremos gobernados por nuestras pasiones o caeremos de nuevo en el legalismo. Si no usamos nuestra libertad religiosa para vivir y proclamar el Evangelio, entonces permitimos que el Estado nos la quite.

Acerca del autor:

P. Paul Scalia es sacerdote de la Diócesis de Arlington, VA, donde se desempeña como Vicario Episcopal para el Clero y Pastor de Saint James en Falls Church. Es el autor de That Nothing May Be Lost: Reflections on Catholic Doctrine and Devotion y editor de Sermons in Times of Crisis: Twelve Homilies to Stir Your Soul.

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