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La amistad por sobre todo

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Emil Kapaun (sacerdote, atleta y soldado) enseñando baseball en Kansas, c. 1940
Emil Kapaun (sacerdote, atleta y soldado) enseñando baseball en Kansas, c. 1940

Por Anthony Esolen

Hay tres instituciones en la vida americana que reúnen de forma más eficiente a las personas entre sí para forjar fuertes lazos de amistad, reduciendo las diferencias de raza, etnia, educación y riqueza. Los tres son despreciados por liberales seculares.

¿Qué no son? No son instituciones que aíslen a las personas afirmando identidades de acuerdo a categorías vagas o arbitrarias. Colegios de todo el país tienen «centros» muy definidos; nosotros podríamos terminar con algo similar a Providence College, si varios profesores ayudasen a esta idea. Esto es un error, por más buen intencionado que sea, si el objetivo es el poder político en lugar de la amistad.

Sabemos lo que es la amistad cuando se trata de personas. Más allá de una cierta comunidad de intereses – que les guste las novelas de Dostoievski, que sean fanáticos del béisbol, que toquen jazz – la amistad consiste en querer lo que es bueno para tu amigo, compartiendo un noble reto u objetivo, disfrutando de una visión común de lo que es verdadero y bello. En otras palabras, como dice Cicerón, la verdadera amistad sin virtud es una contradicción en los términos.

No le pides una disculpa a tu amigo por cada uno de sus defectos. No dejas que tu amigo sepa que va a perder tu amistad si tienen opiniones cruzadas. Si tu amigo habla imprudentemente, lo pasas por alto, y no permites que lastime tus sentimientos. No debes entender las palabras o hechos de tu amigo de la peor manera posible. No debes seguir a tu amigo como equipo forense en busca del error y del pecado. No debes dejar que tu amigo cargue con los pecados de sus antepasados.

Da mucho y perdona el resto, porque tú tampoco eres un santo. Si te equivocas sos como el ángel de la guarda del Purgatorio de Dante. Cuando San Pedro le dio las llaves de ese reino de la expiación, dijo que “debería inclinarse más por mantenerla abierta que cerrada”. Te equivocas si no ves las cosas a través de los ojos de tu amigo, mirando solo tu parte y no la de él.

Esto no es fácil. Tenemos la tendencia de hacer precisamente lo contrario, a menos que algo mucho más grande que nosotros mismos nos conduzca fuera de nuestros espacios seguros a la arena de peligro, a la arena del amor. Los objetivos políticos no son suficientes. Ellos premian a la ambición en lugar de la humildad y por eso tenemos esa vieja historia, que cuenta que tan pronto los políticos alcanzan su victoria, caen entre sí por el botín; lo que explica por qué el mundo académico, donde los liberales seculares han barrido el campo, sigue siendo un nido de serpientes de avaricia, ambición, simulación, celos y traición.

Hemos oído decir que la amistad no puede subsistir sin igualdad. También esto es un error, aunque uno natural debido a nuestro justo compromiso con la igualdad ante la ley y nuestra creencia de que a los ojos de Dios ningún ser humano en sí mismo posee mayor dignidad que otro.

Pero el lenguaje de la igualdad es inestable. Tiembla cuando tiene su punto de apoyo en la realidad. Dante fue mejor poeta que su amigo Guido Cavalcanti. Scipio Aemilianus fue mejor político de lo que fue su amigo Lelio. George Washington fue mejor héroe de lo que fue su amado protegido, el Marqués de Lafayette. Igualdad, dice C. S. Lewis, es la medicina para nosotros, no el alimento. El verdadero amigo no necesita el medicamento. Él disfruta de la excelencia del otro.

¿Cuáles son las tres instituciones principales generadoras de amistad en nuestro tiempo? Como las veo, son los militares, los deportes de equipo y la Iglesia.

No puedo ahondar en todas las razones porque esto es así, pero me puedo concentrar en una. De diferentes maneras, cada uno lleva a cabo las palabras de Jesús, que se aplican no sólo a nuestro destino eterno, sino a nuestra prosperidad en la tierra como seres hechos para saber lo que es verdadero y amen lo que es bello. La ley está sencillamente dada. El que quiera salvar su vida debe perderla.

El buen sargento vela por el bienestar de sus hombres y es por eso que los disciplina, porque de lo contrario no es más que un matón. El cabo obedece a su sargento fácilmente, incluso anticipando comandos, porque intuye que la autoridad legítimamente ejercida es un regalo para los que se someten a ella: compartimos en ella por la obediencia.

El hombre en la línea ofensiva probablemente no va a tocar una pelota de fútbol en vivo durante todo el año y sólo los mejores fans recordarán su nombre, pero permite que su cuerpo reciba una paliza por el bien de los hombres que reciben la gloria. Ellos por su parte saben que no son nada sin él.

El hombre a tu lado en la zanja es tu compañero. Pedirle a él que vote de la misma manera en que lo harías tu es totalmente impertinente. Jesús no dijo, “No hay mayor amor que dejarse convencer por la mayoría de los actores políticos y votar en consecuencia”.

Jesús no dijo, “Si amas a tu hermano, aprobarás la astilla en su ojo y le ayudarás a otros además”. Las balas silban sobre tu cabeza. Te recuerdan la realidad. El hombre a tú lado es tu hermano. Él se daría a sí mismo por vos. Todas las demás consideraciones se desvanecen en importancia.

Así también es en la Iglesia. Sólo el hombre rico debe caer de rodillas al lado del pobre hombre, reconociendo que él no es nada. Si afirma su superioridad allí, es un tonto. Lo hacen personas de todas las edades, hombres y mujeres, niños y niñas, corredores de bolsa y trabajadores de las calles, amas de casa y profesores; todos se unen en la alegría y el dolor, en la gratitud y en la petición al Señor, en la consternación por nuestras faltas y en la maravilla para la misericordia de Dios. ¿Cómo puede no sentir un vínculo con la persona que se arrodilla con vos?

Ese político consumado por debajo lo sabe. De esta manera inspira a las personas, que hablan sobre la unidad, a olvidar la amistad en el calor de la acción política y a despreciar al Señor, en quien sólo podemos llegar a ser verdaderamente uno.

Anthony Esolen es disertante, traductor y escritor. Sus últimos libros son Reflections on the Christian Life: How Our Story Is God’s Story y Ten Ways to Destroy the Imagination of Your Child. Enseña en Providence College.

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