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Briznas, vigas y vista despejada

The Parable of the Mote and the Beam by Domenico Fetti, c. 1619 [The Met, NYC]
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The Parable of the Mote and the Beam by Domenico Fetti, c. 1619 [The Met, NYC]
Por Anthony Esolen

Jesús nunca dijo «Si ve una brizna en el ojo de su hermano ignórela, porque usted probablemente tenga una en el suyo también, o algo peor». Una brizna en el ojo duele. Nos advierte del orgullo espiritual, de creernos mejores que nuestro prójimo porque no sufrimos esa brizna en particular. Por eso llama hipócrita al hombre orgulloso en la parábola que contó en realidad. Sin embargo, preste atención a lo que agrega: «Primero saque la viga de su propio ojo, y luego verá lo suficiente para sacar la brizna del ojo de su hermano».

Jesús no levanta el estandarte de las briznas, quiere que desaparezcan. Ordena un serio examen de nuestras conciencias, una limpieza espiritual; debemos ser misericordiosos con los pecadores pero intolerantes con el pecado, en principio con el nuestro. ¿Estamos enojados con nuestro hermano? ¿Miramos con lujuria a esa mujer? ¿Buscamos el lugar de honor en una mesa? ¿Oramos en forma llamativa para ser vistos? ¿Abrigamos la venganza en contra de aquellos que nos hirieron?

La hipocresía, el orgullo, la ira, la lujuria, la codicia, la vanidad, el afán de venganza: son todos pecados o modos de ser pecaminosos que deben ser odiados como lo hacemos con las enfermedades del cuerpo dado que ellas, como el cáncer, en verdad hacen daño a la constitución moral real con la cual Dios nos dotó. Considere a los pecados serios como cuerpos extraños alojados en los huesos, la sangre, el cerebro y el corazón. Jesús no los quiere allí.

Podemos trazar una marcada distinción entre el realismo de la Iglesia y lo que llamaré el «irrealismo» de nuestro tiempo, la imposibilidad de entender la realidad del pecado. Cuando digo, «La crítica es pecado», no solo quiero decir que ella hiere la reputación de la víctima, o que Dios la rechazó, o, para ser sofista, que «la sociedad» la mira con malos ojos. Me refiero a que Dios la deplora de la misma manera en que un médico odia al cáncer.

Platón entendía la cuestión, ¿cómo pueden pasarla por alto los cristianos? La crítica en verdad consume las entrañas del que la profiere: el pecador es la primera y más terrible víctima del pecado. No seguimos la ley moral como un conjunto arbitrario de restricciones culturales. Dios nos creó para prosperar obedeciéndola y para enfermarnos, deteriorarnos y morir al ignorarla o violarla.

Esto va más allá de la opinión. Es la ley escrita en nuestros corazones; la ley por medio de la cual estos funcionan, y en este aspecto cada una de las personas es como los otros. No hay dos o tres tipos de corazón humano que bombeen sangre a cada célula en el cuerpo; solo hay uno. No hay dos o tres testimonios separados de ley moral escrita en el corazón; solo hay uno. El corazón físico fue creado para la sangre, no para el agua o el pegamento. El corazón moral fue hecho para lo que es realmente bueno, no para la hipocresía, el orgullo, la ira, la lujuria, la codicia, la vanidad, o el afán de venganza.

Por supuesto, si usted está rodeado de personas que llenan sus corazones morales con pegamento al cual llaman una clase diferente de sangre, y se deja llevar por su ejemplo, usted puede no ser culpable de una violación consciente y desafiante a la ley de Dios. Su culpa está mitigada por su estupidez; pero el pegamento aun así es pegamento. Llámelo como quiera; el pecado no cede ante el rótulo que le ponga. Diga que el melanoma en la mejilla de su hermano es un lunar; sus peligrosos tentáculos funcionarán de todos modos.

Asimismo, ¿por qué lo llamaría así? Quizás usted en verdad no cree lo que la Iglesia enseña. Puede seguirlo en su persona misma, pero no le da crédito verdadero. Es el residuo de un hábito cultural; usted es como un judío que sigue las leyes kosher pero no insiste en que sus hijos lo hagan porque ya no percibe ninguna conexión entre ellas y la alianza entre Dios e Israel. No es real para él.

Entonces usted afirma que cree que fornicar es incorrecto, ya que Dios lo repudia, pero en verdad usted no piensa que esté mal y que entonces el rechazo de Dios es una barrera de protección, una alarma. Dios, usted se dice, hará caso omiso de la equivocación, igual que usted lo hace, porque es más cómodo de esa manera.

Usted no es un hipócrita moralista, es un hipócrita no prejuicioso que se felicita a sí mismo por una apertura mental que en realidad es solo indiferencia o cobardía.

Diga que es un lunar sino, ya que todos lo llaman así, y de alguna manera espere que Dios también siga la corriente. Usted dice que dado que todos son pecadores, casi no importa qué pecado lo desfigure a usted o a su hermano. Dios los eliminará a todos al final.

No obstante, esa actitud no se puede reconciliar con las palabras y el ejemplo de Jesús, ni puede entender a la cruz. ¿Por qué molestarse en morir por las personas paralizadas con el pecado cuando sería mucho más fácil encogerse de hombros ante esto, agitar una varita mágica en la resurrección de los muertos y, listo, todos se vuelven santos?

No hay amor en eso. Si ve al cáncer, usted no dice, «Bueno, al fin y al cabo todos van a morir de algo, ¿entonces cuál es el problema?» Si ve al hombre en la zanja, golpeado casi a punto de morir, usted no dice, «Bueno, si no fuera esto sería algo más», y sigue su camino.

¿Importa si el hombre en la zanja se arrojó dentro de esta? ¿Importa si su hermano está anudando una cuerda para ahorcarse? ¿La voluntad altera la realidad del daño? Si dos personas que juegan a la ruleta rusa aceptan las reglas, ¿eso la hace menos letal? La autorización mutua del mal puede tanto agravar la culpa como mitigarla. Los duelistas prestan su consentimiento.

Es hora, queridos lectores, de volver a la realidad.

Acerca del autor:

Anthony Esolen es profesor universitario, traductor y escritor. Sus libros más recientes son Ten Ways to Destroy the Imagination of Your Child y Out of the Ashes: Rebuilding American Culture. Dirige el Center for the Restoration of Catholic Culture en el Thomas More College of the Liberal Arts.

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