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Por Anthony Esolen

La política, en nuestra época de medios intrusivos, no es la ciencia de gobernar la polis. Queda apenas poco que se asemeje a lo que Aristóteles hubiera identificado como una polis: una ciudad estado autónoma más bien pequeña en el que casi todos se conocen con todos o de vista o por reputación o por su familia. La política actual no es ni siquiera una forma, aunque incompleta, de mirar al mundo. Por el contrario, es una manera de no mirar el mundo en lo absoluto, de rehusarse a creer lo que está justo frente a nuestros ojos.

Probablemente nos equivoquemos si suponemos que todos los buenos estalinistas en Ucrania eran mentirosos, cuando le presentaban al mundo una imagen optimista de niños que veían tractores por primera vez y se enamoraban, y de granjeros arrancándole la tierra a los kulaks y convirtiéndolas en cooperativas de prodigalidad material y alegría soviética. Eran mejores y peores que eso. Millones estaban hambreados, adrede, por Stalin y su maquinaria política. Él mismo sabía que era un mentiroso; pero imagino que la mayoría de los miembros del séquito del supuesto Hombre de Acero no sabían que ellos lo eran. Pensaban que decían la verdad porque se habían entrenado para simplemente no ver.

Ahora, si la universidad conlleva la búsqueda de la verdad, y si estoy en lo correcto acerca de la política como un esfuerzo concertado para no ver o ni siquiera aceptar que existe algo llamado verdad en temas morales, estéticos e intelectuales, entonces una universidad politizada no es para nada una universidad, así como un pintor que se ciega a sí mismo ya no puede ser más un pintor. Es una monstruosa autocontradicción o estafa.

Déjeme explicarlo.

Cuando el presidente Trump salió con su orden ejecutiva con respecto de la inmigración, el rector del que pronto será mi antigua facultad envió a los profesores, el personal y todo el cuerpo estudiantil una carta en la que les aseguraba que el presidente no respondía al pensamiento católico y que él y su personal iban a trabajar mucho para garantizar que se ayudaría a los dos alumnos que estaban de algún modo afectados por la orden.

Aplaudo que ayuden a los estudiantes en cuestión. Me preocupa la divulgación del tema, lo que al menos pudo haber puesto a estos alumnos en un mayor riesgo.

Lo que era extraño, sin embargo, fue que el rector anunció que habría una marcha «en solidaridad» en el campus esa noche (solidaridad para las mujeres, musulmanes, personas de color y LGBT).

Recuperemos el aliento ahora. Es como si las mujeres no hubieran conformado la mayoría de los alumnos en la facultad, cuyo nombre no mencionaré, durante al menos los últimos treinta años. Es como si el trato justo a los refugiados implicara aprobar la sodomía y confusión sexual. Eso sin mencionar la negativa a reconocer el peligro que implica el Islam para justamente aquellos a los que dicen defender los que protestan.

No obstante, hay más. ¿No hay acaso solidaridad para aquellos niños a los que les vuelan la cabeza los musulmanes radicales por rehusarse a negar que Jesús es el Hijo de Dios? ¿No hay solidaridad con los cristianos en Palestina, Irak e Irán (aquellos pocos que todavía sobreviven allí)?

Hace muchos años, una congregación de cristianos coptos construyó una nueva iglesia grande a pocas millas de la mencionada facultad. Yo mismo he dado clases a algunos de estos cristianos. ¿Alguno de los honrados secularistas del cuerpo de profesores intentó tender su mano a los coptos de nuestra propia comunidad? ¿El rector de esta facultad alguna vez lo hizo?

Estoy orgulloso de pertenecer a la institución más culturalmente diversa en la historia del mundo: la Iglesia Católica. Sin embargo, pasé toda mi vida profesional entre personas que cada dos por tres en su conversación utilizaban la palabra «diversidad» —la palabra, no la realidad— y que no se daban cuenta de lo que estaba frente a ellos. Solía atribuir ese defecto a la falta de atención. Ahora lo hago a la política y concluyo que en una sala llena de los defensores de la diversidad más comprometidos yo podría ser la única persona que en realidad cree que es bueno aprender de un estilo de vida que no es el suyo.

Suponga que no tiene ninguna fe religiosa y su visión del mundo es por completo secular. Se encuentra a sí mismo en una universidad católica entre personas que cantan himnos y ven al sufrimiento posiblemente como un regalo y se consideran en comunión real con compañeros creyentes que transitaron el planeta siglos atrás. ¡Qué bueno debe ser para usted, si cree lo que dice acerca de la diversidad! No obstante, pasa su carrera profesional en la facultad que no nombraré quejándose de que los alumnos son «todos iguales», en el sentido de que son demasiado católicos para su gusto y que desearía que, en cambio, más fueran como usted.

Suponga que perteneciera a un grupo racial que no es prominente en esta universidad debido a su ubicación y por ser católica en vez de bautista o metodista. Ahora usted está allí, entre miles de estudiantes que son diferentes de usted, a veces de manera trivial (por la tez) y a veces de manera significativa (por la fe).

¿Por qué no dice, «¡Oh, estoy en el paraíso de la diversidad!»? Así podría defender una mayor diversidad entre el cuerpo estudiantil, no para usted, dado que ya obtiene sus beneficios, sino para la mayoría. No se quejaría si le dieran de beber brandy cuando todo el resto estuviera tomando pulpa de naranja rebajada con agua, por el contrario, elogiaría el brandy.

Ningún profesor secular nunca dijo «¿por qué no buscamos más cristianos convertidos para nuestro cuerpo estudiantil?», ¿pero por qué no? En efecto, eso también traería una mayor cantidad que la usual de alumnos afroamericanos y latinoamericanos. La respuesta es fácil de encontrar. Los profesores seculares no pertenecen a la institución más culturalmente diversa en el mundo. Afirman «diversidad» pero quieren decir uniformidad.

Debo tener cuidado, no vaya a ser que me enseñen a apreciar la diversidad cultural más de lo que ellos lo hacen.

Acerca del autor:

Anthony Esolen es profesor universitario, traductor y escritor. Sus libros más recientes son Ten Ways to Destroy the Imagination of Your Child y Out of the Ashes: Rebuilding American Culture. Dirige el Center for the Restoration of Catholic Culture en el Thomas More College of the Liberal Arts.

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