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No cerrarle la puerta a Cristo (I)

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Meditación sobre la Navidad

«Sucedió que por aquellos días salió un edicto de César Augusto ordenando que se empadronase todo el mundo. Este primer empadronamiento tuvo lugar siendo gobernador de Siria Cirino. Iban todos a empadronarse, cada uno a su ciudad. Subió también José desde Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por ser él de la casa y familia de David, para empadronarse con María, su esposa, que estaba encinta. Y sucedió que, mientras ellos estaban allí, se le cumplieron los días del alumbramiento, y dio a luz a su hijo primogénito, le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en el alojamiento»[1].

¿Qué es lo que buscamos en la vida? Ser felices. Pero esto nos lleva a preguntarnos: qué es la felicidad y dónde encontrarla. Preguntas que se vuelven a veces unos dramas porque en no pocas oportunidades nos vemos tentados por el demonio a buscar en lugares errados la felicidad. Y no pocas veces, como el hijo pródigo, erramos el camino y el resultado es terrible: el hambre fuerte que no se ve saciada. Como describe terriblemente el profeta Isaías: «Esperábamos la luz, y hubo tinieblas, la claridad, y anduvimos en oscuridad. Palpamos la pared como los ciegos y como los que no tienen ojos vacilamos. Tropezamos al mediodía como si fuera al anochecer, y habitamos entre los sanos como los muertos»[2].

La pregunta por la felicidad y su búsqueda son trascendentales. Pero ¿Cómo hacer? ¿Dónde hallarla? ¿Qué tengo que hacer para ser feliz? ¿Dónde debo buscar? Aunque parezca contradictorio, no hay que ir lejos para encontrarla; no hay que recorrer grandes distancias. Si no, hay que escuchar: «Le dijo: «Sal y ponte en el monte ante el Señor». Y he aquí que el Señor pasaba. Hubo un huracán tan violento que hendía las montañas y quebrantaba las rocas ante el Señor; pero no estaba el Señor en el huracán. Después del huracán, un temblor de tierra; pero no estaba el Señor en el temblor. Después del temblor, fuego, pero no estaba el Señor en el fuego. Después del fuego, el susurro de una brisa suave. Al oírlo Elías, cubrió su rostro con el manto, salió y se puso a la entrada de la cueva. Le fue dirigida una voz que le dijo: «¿Qué haces aquí, Elías?»[3]. Sí, oír, ya que la respuesta es la que toma la iniciativa y nos busca: «No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca»[4]. I. Dios toma la iniciativa   El Señor dice en el Apocalipsis una verdad fundamental, que es Él quien nos busca: «Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo»[5]. El Señor, el Dios de todo el universo, se ha inclinado y se ha abajado para buscar al hombre ¿Por qué? Por amor, pues «en esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados»[6]. Dios Amor tomó la iniciativa, primero en crearnos por sobreabundancia de amor, pero luego en rescatarnos. «Dios, sin embargo, no se dio por vencido; más aún, el “no” del hombre fue como el impulso decisivo que lo indujo a manifestar su amor con toda su fuerza redentora…En el misterio de la cruz se revela plenamente el poder irrefrenable de la misericordia del Padre celeste. Para reconquistar el amor de su criatura, aceptó pagar un precio muy alto: la sangre de su Hijo unigénito… En la cruz Dios mismo mendiga el amor de su criatura: tiene sed del amor de cada uno de nosotros»[7]. Él nos ha buscado, ha venido hasta cada uno a tocarle la puerta. A decirle, casi como mendigo, que le abramos para entrar a nuestra vida, a nuestros corazones, y hacernos felices. Ahora bien ¿Qué significa que toca la puerta? Que Dios es reverente y que nos creó con un don llamado libertad, y la respeta incluso cuando la usamos mal. Y por eso, respetando nuestra libertad (pues el amor se basa en la libertad), nos pide, como una invitación, que lo aceptemos ¡Qué grandeza la del Señor! ¡Qué humildad y amor! Dios como a los discípulos de Emaús, casi como que pide permiso para entrar a nuestra vida. Qué contradicción a veces. Eso hace también en esta Navidad: «Y sucedió que, mientras ellos estaban allí, se le cumplieron los días del alumbramiento, y dio a luz a su hijo primogénito, le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en el alojamiento». Vuelve a tocar a la puerta para nacer en cada uno. Para traernos felicidad, luz y reconciliación. Cuando uno se abre a la verdad, escucha los propios anhelos, se da cuenta de la felicidad que busca y ve a Dios, escucha su voz a la puerta, se da cuenta inmediatamente que es a Él quien uno busca, que es de Él de quien habla el propio corazón: «Dice de ti mi corazón: «Busca su rostro». Sí, Señor, tu rostro busco: No me ocultes tu rostro»[8]. Y quiere abrirle la puerta y dejarlo pasar. II. ¿Cómo abrir la puerta?   La primera pregunta es ésta ¿Qué es la puerta? ¿A qué nos referimos cuando decimos que debemos abrir la puerta? Es más ¿Dónde está la puerta para ir a abrirla? Y cuando la halle ¿Cómo la abro? Por algo hay que empezar. Entonces ¿Dónde buscar la puerta para abrirla? Empieza por buscar dentro. «Si alguno pregunta cómo puede adquirirse el amor divino, diremos que el amor divino no se aprende. No aprendemos de otro a alegrarnos de la presencia de la luz, ni a amar la vida, ni amar a nuestros padres, ni a nuestros amigos, ni mucho menos podemos aprender las reglas del amor divino. Sino que hay en nosotros cierto sentimiento íntimo, que tiene sus causas intrínsecas, que nos inclina a amar a Dios; y el que obedece a ese sentimiento, practica la doctrina de los divinos preceptos y llega a la perfección de la divina gracia. Amamos naturalmente el bien; amamos también a nuestros prójimos y parientes, y además damos espontáneamente a los bienhechores todo nuestro afecto. Si, pues, el Señor es bueno, y todos desean lo bueno, lo que se perfecciona por nuestra voluntad reside naturalmente en nosotros»[9]. Hay que buscar dentro el deseo de bien, de felicidad, de amar, de verdad, de paz. Y ver qué significa este deseo, qué pide, qué necesita. Cuáles son sus características y requisitos para saber qué le responde. Cuáles son sus medidas, pesos, espesores y anchura. Abrir la puerta será buscar respuestas de la dimensión que nuestras necesidades tienen. Jesús, en uno de los momentos donde revela su identidad divina, nos habla del Pastor. Y Él se autoproclama como el Buen Pastor. Sabemos bien lo que esto significa, pues Dios por medio del profeta Ezequiel, había profetizado que Él sería el Pastor de Israel. Jesús, al declararse como Pastor, se declara a la vez como Dios. Y al inicio de este discurso, dirá algo que es relevante para nosotros en esta meditación. «Yo soy la puerta de las ovejas»[10]. Sin embargo, esta revelación no puede ser totalmente entendida sin otro pasaje del Señor. Uno que parece ser muy duro. Ante la pregunta de uno por la salvación («Uno le dijo: «Señor, ¿son pocos los que se salvan?»»[11]), el Señor responde algo que parece reducir mucho las posibilidades de la salvación: «Luchad por entrar por la puerta estrecha, porque, os digo, muchos pretenderán entrar y no podrán»[12]. El paralelo en Mateo van en la misma línea: «Entrad por la entrada estrecha; porque ancha es la entrada y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella; mas ¡qué estrecha la entrada y qué angosto el camino que lleva a la Vida!; y poco son los que lo encuentran»[13]. Y como que nos vemos remontados hacia el inicio de los salmos: «¡Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los impíos, ni en la senda de los pecadores se detiene, ni en el banco de los burlones se sienta, mas se complace en la ley del Señor, su ley susurra día y noche!»[14]. El Señor Jesús es la puerta, pero es la puerta estrecha. Entonces ¿Es difícil vivir lo que nos plantea? De hecho el mismo dice que sí: «Jesús, mirándolos fijamente, dijo: «Para los hombres eso es imposible, mas para Dios todo es posible»»[15]. Jesús es la puerta, pero la puerta estrecha. Esto significa ¿Qué nadie puede entrar? No, eso no significa. Entonces ¿Significa que solo algunos escogidos pueden entrar por ella y salvarse? No. Entonces ¿Qué significa? Que para ir al cielo y salvarse, hay que entrar por la puerta que es Jesús, por la única puerta. No por otro lado, pues sólo Él salva: «»En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que escala por otro lado, ése es un ladrón y un salteador; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas… Entonces Jesús les dijo de nuevo: «En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas»[16]. Buscar otros caminos nos alejan de la verdad y la felicidad, pues sólo Él es el camino. Pero que sea estrecha, no significa que nadie podrá entrar o solo algunos, sino que esta puerta tiene un tamaño exacto que no es negociable, agrandable. Tiene una medida y ésta debe respetarse. Jesús tiene un tamaño, una medida, unas dimensiones que no pueden alterarse. La vida cristiana, el seguimiento del Señor o es fiel o no es; no se puede servir a dos señores y querer estar con Cristo pero teniendo otras mediadas que no sean las suyas. Pero ¿Cómo hacer? Los discípulos, dice Juan, cuando el Señor les habló de esto, no entendieron: «Jesús les dijo esta parábola, pero ellos no comprendieron lo que les hablaba»[17]. Entonces buscará el Señor ser aún más claro: «Yo soy la puerta; si uno entra por mí, estará a salvo; entrará y saldrá y encontrará pasto»[18]. Hay una puerta, una medida, y esa nos lleva a ser felices, a tener peso. No sea que os sucede lo que el Señor le dice al rey Baltasar de Babilonia por medio del profeta Daniel: «Dios ha medido tu reino y le ha puesto fin; has sido pesado en la balanza y encontrado falto de peso»[19]; Jesús ha venido a decirnos la verdad, a mostrarnos el camino. A rescatarnos del error. Y lo hace no con ideas lejanas, con planteamientos abstractos, sino por medio de su vida. Él es la respuesta: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí»[20]. Él es la respuesta que el hombre buscaba, porque en Él fuimos hechos y de ese modo es el hombre perfecto, el paradigma de la humanidad. Él es la medida exacta, el tamaño perfecto del hombre. Por eso «tan sólo en el misterio del Verbo se aclara verdaderamente el misterio del hombre…Cristo… manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre su altísima vocación…es también el hombre perfecto que ha restituido a los hijos de Adán la semejanza divina, deformada ya desde el primer pecado. Puesto que la naturaleza humana ha sido en El asumida, no aniquilada; por ello mismo también en nosotros ha sido elevada a una sublime dignidad sin igual»[21]. Él le dice al hombre cómo ser de verdad hombre, le dice quién es y que debe hacer, qué aspira y cómo ser feliz. Jesús es el modelo de humanidad, el ejemplo de cómo debemos ser. Él enseña  cada uno de modo personal cómo vivir plenamente, pues «Él no quita nada y lo da todo»[22]. Por eso puede decir con autoridad: «Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas»[23]. El único que guía y sabe por dónde llevarnos. Que sea la puerta estrecha no significa que nos hace el camino difícil y a veces imposible o negativo. Todo lo contrario. Al ser la puerta estrecha, lo que hace es llevarnos a que, siendo como Él, teniendo su medida perfecta y exacta, seamos otros Cristos, y de ese modo, seamos nosotros mismos, y así podamos decir «no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí; la vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí»[24]. Esto es lo que llamamos conformación con Jesús, ser otros Cristos. Pues Él es el modelo de cada uno. Jesucristo es el acceso al Padre y al Cielo; sólo Él puede darnos el camino hacia lo que buscamos, sólo Él, con su propia vida, se muestra como la conexión con lo que esperamos. Sólo Él se muestra como la reconciliación, como la vuelta a la casa.  «Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia»[25]. Por ello, «Él se llama puerta por ser el que nos conduce al Padre, y se llama pastor por ser el que nos guía»[26]. Amoldarnos al amaño de la puerta, a Jesús, no renunciamos a ser nosotros mismos, pues no nos quita nada; no hace nuestra vida infeliz, sino nos hace reconocer quiénes somos y lo grande que podemos vivir: «Entra por la puerta el que entra por Cristo, el que imita la pasión de Cristo, el que conoce la humildad de Cristo, que siendo Dios se ha hecho hombre por nosotros. Conozca el hombre que no es Dios, sino hombre, porque el que quiere parecer Dios siendo hombre, no imita a Aquel que siendo Dios se hizo hombre. Porque no se te ha dicho: seas algo menos de lo que eres; sino, reconoce lo que eres. “A éste abre el portero”»[27]. Entrando por Él, que es la puerta, me hago como Él, me uno a Él; no como una imitación formal, no teniendo algunos rasgos suyos, sino siendo otro Él, participado íntimamente de Su vida: «Observar el mandamiento del Señor es imposible si se trata de imitar desde fuera el modelo divino. Se trata de una participación, vital y nacida “del fondo del corazón”, en la santidad, en la misericordia y en el amor de nuestro Dios. Sólo el Espíritu que es “nuestra vida” (Gal 5, 25) puede hacer nuestros los mismos sentimientos que hubo en Cristo Jesús»[28]. Y eso me hace crecer a su estatura, revestirme de los bueno, de Cristo, pero a la vez, recortar y renunciar a lo que sobra y no me deja entrar por esa puerta que tiene una medida, no la mía, sino la de Jesús. Y así, necesita este proceso también del despojarme. «Despojaos del hombre viejo con sus obras, y revestíos del hombre nuevo, que se va renovando hasta alcanzar un conocimiento perfecto, según la imagen de su Creador»[29] ¿Cómo? «Por encima de todo esto, revestíos del amor, que es el vínculo de la perfección»[30]. San Agustín dice al respecto: «Todo aquel que quiere entrar en el redil, entre por la puerta; y no solamente predique a Cristo, sino busque su gloria y no la gloria propia. Pero Cristo es una puerta humilde; el que entra por esta puerta debe bajar su cabeza para que pueda entrar con ella sana. Más aquel que no se humilla sino que se ensalza, ése quiere escalar el muro; por tanto, se eleva para caer. Muchas veces tales hombres pretenden persuadir a los demás a que vivan bien sin ser cristianos; éstos quieren subir por otra parte, robar y matar. Son, pues, ladrones, porque se apropian lo ajeno; son salteadores, porque matan lo que roban»[31]. Lo cual, implicará muchas veces el vivir la cruz: «Porque para entrar en estas riquezas de su sabiduría, la puerta es la cruz, que es angosta»[32]. El acceso legítimo y único es por Cristo, pues «el que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que escala por otro lado, ése es un ladrón y un salteador»[33]. Por eso dice el salmista: «Aquí está la puerta de Yahveh, por ella entran los justos»[34]. Los que e el fondo quieren. Este proceso, que dura la vida entera, es el camino de la santidad, del hacernos como Cristo y alcanzar el sueño de Dios, lo que esperó de nosotros y vivir así según las máximas capacidades que nos dio para ser felices. Este proceso nos lleva a tener la estatura del Señor y ser felices. Así podremos comprender «con todos los santos cuál es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad, y conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que os vayáis llenando hasta la total Plenitud de Dios»[35]. La grandeza de nuestra vida con Cristo. «Yo soy la puerta de las ovejas»[36]. Él es pues, el camino, el molde, el tamaño que debemos tener. Sin embargo, aún no hemos respondido a la pregunta que nos concierne ¿Cómo abrirle la puerta al Señor que ha tomado la iniciativa de buscarnos para hacernos felices? Uniéndonos a la puerta; acercándonos a Él, que es la puerta y haciendo todo lo que esté de nuestra parte, ayudados por su gracia, por tomar la forma de la puerta, por tomar la forma de Cristo. Por fuera y por dentro. Podré abrir la puerta de mi corazón, podré dejar que Cristo entre y sea yo feliz, cuando le crea, lo ame y lo siga. Cuando me mida con Él, y vea qué me sobra y necesito cortar; vea qué me falta y tengo que crecer. Abriré la puerta cuando haga lo que Él me dice, pues si guardamos sus mandatos, estaremos con Él: «Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor»[37]. La única manera de ser feliz, de abrirle a Dios la puerta, es ser como Cristo, pues en Él me manifestó la plenitud de la revelación. Así podré exclamar como Pablo, «para mí la vida es Cristo»[38]. Esto ¿Lo puedes decir tú? Porque en la honestidad de esta respuesta podrás descubrir si estás a la altura del Señor, si mides y pesas como Él, si te estás conformando con Él y si eres feliz. En última instancia, si le as abierto o no la puerta al Señor que como mendigo toca para hacerse uno contigo en el amor. Entonces, para ti ¿La vida es Cristo? Volvamos a las preguntas con las que iniciamos este capítulo ¿Qué es la puerta? Jesucristo ¿A qué nos referimos cuando decimos que debemos abrir la puerta? A que debemos ser como Él para vivir felices y ser nosotros mismos, libres ¿Dónde está la puerta para ir a abrirla? «Dios es más íntimos que yo mismo», decía Agustín; por ello, busca en ti, dado que la puerta está al frente de nosotros, porque Él ha tomado la iniciativa de venir a buscarnos ¿Cómo la abro? «Y ellos al instante, dejando las redes, le siguieron»[39]. Pero hagámoslo ya si queremos ser felices ya. «Él es la puerta; entremos, pues, y nos alegraremos de haber entrado»[40]. SEGUNDA PARTE DE LA MEDITACIÓN



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