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Fundamentos del celibato sacerdotal a partir de la lectura de Presbyterorum Ordinis 16 (V)

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En la Patrística

La reflexión sobre el celibato como exigencia para el sacerdocio irá madurando en el transcurso de la naciente Iglesia; madurez que se irá plasmando en comentarios, escritos y tratados hasta su posterior legislación magisterial. Una paulatina vivencia y comprensión desde los primeros siglos:   «En los tres primeros siglos no hay autor que afirme que haya una ley general de celibato para todos los clérigos. Sin embargo, muchos autores exaltan cada vez más en los siglos sucesivos la virginidad, como Tertuliano, Eusebio, Cirilo de Alejandría, Epifanio, Jerónimo, Ambrosio y Agustín. Estos tres últimos afirman la incompatibilidad entre ministerio sagrado y vida conyugal»[1].   Muchos Padres de la Iglesia han sido testigos de cristianos que ya desde el siglo II renunciaban al matrimonio y permaneciendo en sus familias sirvieron a la Iglesia desde una particular consagración a Dios. Muchos de estos casos fueron relatados por Clemente de Roma, Ignacio de Antioquía, Hermas de Roma entre otros[2].   Es importante entender que varias de las opiniones de los Padres de la Iglesia irán acordes al progresivo y lento desarrollo de la doctrina y vivencia del celibato sacerdotal. En muchos casos sus opiniones no serán tan claras y precisas, sino que se entremezclarán con opiniones y recomendaciones a la vivencia de la pureza en general o de la castidad perfecta en cualquier estado de vida. En la medida que el tiempo transcurrió y con ello la idea y disciplina del celibato sacerdotal, las opiniones de estos hombres serán más claras y contundentes. Por eso los testimonios que aquí hemos recogido, tratan de ir directamente al tema del celibato sacerdotal, pero en algunos casos (en particular la doctrina de los Padres más cercanos al inicio de la Iglesia) éstos abordan temas semejantes o que están como en semilla en cuanto a la doctrina y vivencia del celibato sacerdotal. Esto es una muestra más de la progresiva vivencia de este consejo del Señor. Lo expresa S.S. Pablo VI:   «La íntima relación que los Padres de la Iglesia y los escritores eclesiásticos establecieron a lo largo de los siglos entre la vocación al sacerdocio ministerial y la sagrada virginidad, encuentra su origen en mentalidades y situaciones históricas muy diversas de las nuestras. Muchas veces en los textos patrísticos se recomienda al clero, más que el celibato, la abstinencia en el uso del matrimonio, y las razones que se aducen en favor de la castidad perfecta de los sagrados ministros parecen a veces inspiradas en un excesivo pesimismo sobre la condición humana de la carne, o en una particular concepción de la pureza necesaria para el contacto con las cosas sagradas»[3].   Buscamos presentar a continuación tanto los silencios como las opiniones  a favor (directa o indirectamente) que los algunos Padres de la Iglesia y escritores  eclesiásticos fueron dando sobre el celibato sacerdotal.   En los escritos patrísticos más antiguos (y por ende más cercanos a la época apostólica) no encontramos afirmaciones claras sobre el celibato sacerdotal. Si hay una invitación constante a vivir la castidad, mas no expresiones directas sobre el celibato sacerdotal. Para esto hemos revisado la Didajé[4] y Hermas con El Pastor[5](en ambos no encontramos afirmaciones al respecto). Encontramos en San Clemente Romano[6]dos Cartas a las vírgenes[7], en donde  alaba y da una serie de recomendaciones a los «bienaventurados hermanos vírgenes que se dan a la guarda de la virginidad por amor del reino de los cielos y a las hermanas vírgenes sagradas»[8]. Si bien no hay referencia directa al celibato como don que el sacerdote debe vivir, habla en general del celibato y la virginidad y desarrolla la cita de Mt 19, 12[9] y la vida celibataria que llevan los que son vírgenes[10]. Da además una serie de recomendaciones que después el Magisterio irá dando a lo largo de los siglos, como son la no habitación del célibe con personas de otro sexo (salvo madres, hermanas o personas que no presenten peligro alguno)[11]. En sus demás escritos no hemos encontrado nada sobre el celibato sacerdotal.   San Ignacio de Antioquia en sus escritos[12] no menciona nada relevante al respecto más allá de la necesidad de llevar una vida pura. Exhortará a que si alguno «se siente capaz de permanecer en castidad para honrar la carne del Señor, que permanezca sin engreimiento»[13]. En San Policarpo de Esmirna tampoco encontramos alusiones claras al tema del celibato sacerdotal. Sabemos de él que como sacerdote abrazó la vida célibe[14], y desde su experiencia alabó la vida virginal que llamó vida de «continencia o eunouchía»[15].   A la vez tampoco hay expresiones claras al tema en Bernabé[16] ni en Papías de Hierápolis[17].   A partir del siglo III en adelante, se empieza a meditar más en el ideal de la  virginidad y continencia del clero. Clemente de Alejandría aduce como motivo para el celibato la mayor disponibilidad para el apostolado y el ejemplo de vida[18]. Y habla en su Stromata, de la continencia que San Pablo describe en 1Cor 7, como algo que vivieron los apóstoles para dedicarse plenamente al servicio del Evangelio[19].   Quinto Séptimo Florencio Tertuliano, natural de Cartago nació alrededor del año 155. Sabemos que al final de su vida tuvo problemas de fe, específicamente con el montanismo; sin embargo, es igualmente cierto que su reflexión fue clave en el progreso de la teología en los primeros años del cristianismo. En cuanto al celibato sacerdotal, Tertuliano no da una sentencia definitiva; trata algunos elementos en su exhortación a la castidad, donde explica que el clérigo que vive el celibato contrae matrimonio con Dios. Sin embargo es importante recordar que estamos aún en una época donde el tema dista de ser claro y definitivo. Ahora bien, Tertuliano «ensalza la virginidad y la continencia. Para este fin cita incluso a la visionaria montanista Prisca: “La santa profetisa Prisca declara asimismo que todo santo ministro sabrá cómo administrar las cosas santas. Porque –dice ella- la continencia produce la armonía del alma»[20].   El tema de la castidad lo aborda con una clara intención apologética. Resaltan en su exhortación, la importancia que recibe la voluntad bien encaminada en la fidelidad al compromiso de la castidad como obediencia a la voluntad divina. Luego, complementa explicando que nuestra santificación tiene como base el que nos adhiramos a este designio de Dios, que quiere que su imagen –nosotros- sea semejante a Él[21]. Tertuliano argumenta que «el celibato está bastante difundido entre el clero, pero no habla de obligación»[22].Tanto él como Orígenes dirán que esta continencia por el Reino de los Cielos favorece la oración más eficaz y la necesaria pureza para el trato de los divinos misterios.   El gran maestro de oriente, Orígenes (s. III)  resaltó el celibato (de modo general, sin hacer especificaciones sobre el sacerdocio) como camino para imitar auténticamente a Cristo; recomienda este camino -tanto interior y exterior- como manera de serle fiel a Jesucristo[23].   Explicará que tanto el celibato como el matrimonio son un carisma dado por Dios[24]; sin embargo «no encontramos en Orígenes ninguna afirmación clara acerca del celibato o la continencia obligatoria para los obispos, sacerdotes y diáconos»[25]. Explica el motivo fundamental de la virginidad: la libertad y fecundidad espiritual[26]. Vincula así el celibato asumido por Dios con el servicio de Dios[27].   Sabemos además que Orígenes tuvo problemas al interpretar de modo literal el consejo dado por el Señor en Mt 19, 10-12 cuando habla de los eunucos por el Reino de los Cielos.   Entre los Padres Capadocios (s. IV) destacan por su doctrina a favor de la virginidad y el celibato (en general, pues no lo destacan únicamente en el sacerdocio)  San Gregorio de Nacianzo y San Gregorio de Nisa. El primero, sin llegar a explicitar el tema del celibato sacerdotal, se acercará a él hablando de la Virgen María, dice:   «Gran cosa son la virginidad y el celibato; los veo colocados al mismo nivel de los ángeles y de la naturaleza simple, y me atrevo a decir que también de Cristo; pues aunque quiso nacer por nosotros que hemos nacido, al nacer de una Virgen decretó la ley de la virginidad para sacarnos de aquí y suprimir el poder de este mundo, o, mejor aún, para traspasar un mundo al otro, el presente al futuro»[28].   El segundo, en su tratado sobre la Virginidad[29], hablando desde términos filosóficos, expone este ideal de vida basándose para ello en su propia experiencia. Lo propone como un camino de libertad, que si bien implica una pureza en el cuerpo, requiere sobre todo una pureza en el alma. Pureza que incluso dice se puede encontrar en la vida matrimonial, pero que busca sobre todo elevarse para tener un corazón indiviso[30]. En otros escritos suyos hablará no del celibato sacerdotal directamente, pero si de temas relacionados; explicará lo que piensa sobre la virginidad[31] (para lo cual cita a San Pablo en 1Cor 7) y la necesaria castidad de vida[32].   San Ambrosio de Milán (333-397), profundizando un poco más en el tema y siendo más explícito que los anteriores, dice que no debe el clérigo tener hijos durante su ministerio sacerdotal; invita a la continencia perfecta a los sacerdotes de la Nueva Alianza. Escribirá un tratado llamado Sobre las vírgenes y la virginidad. Aquí, explicando el llamado del Señor,  dirá lo siguiente:   «Por eso en oyendo los Apóstoles que el Maestro la anteponía a las demás virtudes replicaron: “ Si así ha de entenderse este negocio del matrimonio, no conviene casarse”; que fue reconocer en un punto las graves y peligrosas cargas de la vida conyugal, y la gracia amable de la integridad casta. Pero el mismo Señor, que exhortaba a todos a su observancia, sabiendo así mismo que tendría poco seguidores, añadió: “ No todos sin embargo entienden esta doctrina, sino aquellos a quienes por especial enseñanza les es manifestada”. Como si dijera: no es la integridad corporal cosa común ni vulgar, ni concedida a hombres flacos, sino virtud excelsa, rara y nobilísima, según reza aquella sentencia: “ Hay eunucos que a sí mismo se hicieron tales por amor al Reino de los Cielos ” en la cual se envolvía un sentido figurado, oculto a muchos de los que le escuchaban, y por eso añadió el Maestro: “ Quien sea capaz de entenderlo, que lo entienda”»[33].   Y haciendo la comparación con el sacramento del matrimonio, más adelante se refiere a la castidad (no mencionando explícitamente el celibato sacerdotal) como un precepto:   «De donde concluyo, que pareciendo poco al Señor la alabanza de la castidad, la preceptúa, como después de establecer la indisolubilidad del vínculo conyugal, explica a reglón seguido de la gracia y don de la integridad, prefiriéndola al matrimonio, aunque sin condenarlo, porque es sacramento. La mujer soltera y virgen entrégase  libremente a la meditación de las cosas celestiales, para ser santa en el cuerpo y en el espíritu, pero la casada ha de pensar en los negocios del mundo y estudiar continuamente el modo de agradar a su marido, que no es poca molestia»[34].   San Jerónimo (349-417), al escribir sobre el celibato en el sacerdocio, le responde a Joviniano (cuya doctrina llevó a oponerse al celibato) y explica que los apóstoles, diáconos y sacerdotes han sido y deben ser continentes perfectos[35]. Fundamenta esto diciendo que los apóstoles dejaron incluso a sus esposas por el Reino de los Cielos[36].   Al momento de hacer la exégesis de Mt 19, 10-12 (donde Jerónimo no menciona directamente el celibato sacerdotal),  dirá que el estado del eunuco por el Reino de los Cielos es un don concedido a los que así lo piden[37]:   «Y él les dijo: No todos entienden esto sino solamente aque­llos a quienes les ha sido concedido. Nadie piense que con estas pa­labras se introduce la noción de destino o acaso; serían vírgenes aquellos a quienes Dios se lo hubiera concedido o que alguna cir­cunstancia ha llevado a este estado; por el contrario, es un don concedido a los que lo han pedido, que lo han deseado y que se han fatigado por alcanzarlo»[38].   Y presuponiendo la necesidad de vivir en el sacerdocio el celibato, dará recomendaciones de cómo debe ser el trato sobrio que éstos tengan con las mujeres:   «¡Cuánto más en los clérigos, y en clérigos monjes, cuyo sacerdocio se realza por la profesión monástica, y la profesión monástica por el sacerdocio! Y no digo esto porque tema nada semejante en ti o en los santos varones, sino porque en toda profesión, en todo orden y sexo se encuentran buenos y malos, y el vituperio de los malos es loa de los buenos»[39].   San Jerónimo habla también de la disciplina oriental en cuanto al celibato en el sacerdocio:   «¿Qué harían las Iglesias Orientales? ¿Qué harían las de Egipto y la Sede apostólica, ellas, que no aceptan jamás miembros del clero a menos que no sean vírgenes continentes, o, si se trata de hombres casados (los aceptan solamente) si renuncian a la vida matrimonial?»[40].   Finalmente, vemos su visión sobre el celibato en el sacerdocio cuando le escribe una carta a un joven sacerdote.   «Nunca, o muy de tarde en tarde, entren las mujeres en tu habitación. Ama por igual o ignóralas por igual a las jóvenes y a las vírgenes de Cristo. No vivas con ellas bajo el mismo techo ni te creas seguro por tu pasada castidad. Tú no eres más santo que David ni más sabios que Salomón…en el caso de enfermedad que te asista cualquier hermano santo o la madre, la hermana u otra mujer d probada virtud y buena fama…Yo sé de algunos que curando su cuerpo enfermo, enfermaron en su espíritu. Con ninguna mujer te sientes y hables a escondidas y a solas ni siquiera por atender el deber de tu estado…No debes dar pie a sospechas maliciosas»[41].   A finales del siglo IV San Epifanio habla de la práctica del celibato sacerdotal incluso hasta en los subdiáconos:   «Al que aún vive en matrimonio, aunque sea en primeras nupcias y trata de tener hijos, la Iglesia no le admite a las órdenes del diácono, presbítero, obispo o subdiácono; admite solamente a quien, o vive de su única esposa, o ya la ha perdido; lo cual se practica principalmente donde se guardan fielmente los sagrados cánones»[42].   San Agustín (s. V), dirá que el celibato sacerdotal es algo observado desde el inicio de la Iglesia  y tiene por ello autoridad apostólica[43]. Lo ve como una consagración a Dios en la entrega de la virginidad[44]. Y al tratar el fundamento escriturístico en San Mateo, explica quiénes son los eunucos por el Reino de los Cielos:   «Lo dice Cristo, lo dice la Verdad, los dice la Virtud y la Sabiduría de Dios que los que por un piadoso propósito se han abstenido de tomar mujer, se han hecho a sí mismos eunucos por amor al Reino de los Cielos»[45].   Sin explicitar que se trate del celibato sacerdotal, habla de la castidad diciendo que «es mejor la castidad virginal que la pureza conyugal»[46].  Pero hará la salvedad para aquellos que no se ven llamado a este consejo: «Quien pueda entender, que entienda.-Pero, dice, no pue­do.-¿No puedes? -No puedo. Viene en tu apoyo cierta autoridad nutritiva del Apóstol, que ordena: Si no pueden guardar continencia, cásense. Hágase algo para llegar a lo que esta permitido como concesión»[47].   Sin abordar directamente el tema del celibato en el sacerdocio (pero muy ligado a ello), da una serie de recomendaciones a los que viven la virginidad (sin distinguir a quién se refiere), en particular en su obra De Sancta Virginitate . Y recomienda el santo de Hipona considerar la virginidad como un don de Dios que debe ser valorado como tal. Luego expone cuán necesaria es la humildad para proteger y guardar este precioso regalo divino[48]. Pero dirá que es necesario cooperar con ese don:   «La integridad virginal y el abstenerse de todo contacto carnal por la religiosa continencia. Tiene algo de participación angélica, es la ascensión a la incorruptibilidad perpetua en la carne corruptible»[49].   Mediante una explicación espiritual acerca de la fidelidad, distinguirá dos tipos de vida: la del casto y la del casado:   «Si desagradó a Dios es que sustrajesen una parte del dinero que se había ofrecido a él, dinero que sin duda es necesario para la vida de aquellos hombres. ¿ Cuál no será su ira cuando se le promete castidad y no se cumpla? Esta promesa, en efecto, va dirigida a la utilidad de Dios y no a la de los hombres. ¿Qué es lo que acabo de decir: “A la utilidad de Dios”? Significa que Dios  hace de sus santos una cosa para sí, se construye un templo en el que se digna habitar»[50].   Y en cuanto a la disciplina de la Iglesia de Oriente, S.S. Pío XI recuerda que los Santos Padres orientales alabaron la vivencia del celibato.   «Y no faltan textos, aun de Padres orientales insignes, que encomian la excelencia del celibato católico, manifestando que también en este punto, allí donde la disciplina es más severa, era uno y conforme el sentir de ambas Iglesias, latina y oriental»[51].   Finalmente, con Cochini, concluimos:   «…la disciplina del celibato en sentido estricto, que prohibía el matrimonio después de la ordenación y la disciplina del celibato-continencia, que imponía a los clérigos casados después de su ordenación la continencia perfecta con la propia esposa están, como acabamos de ver, ampliamente testificados desde el siglo IV por los mejores representantes de la época patrística. De otro lado numerosos documentos confirman el origen apostólico de ambas disciplinas. Algunos en términos explícitos, como las decretales de Siricio o los concilios africanos; otros, como Epifanio, el Ambrosiaster, Ambrosio o Jerónimo, en modo indirecto, pero no menos seguro. Ahora bien, si no poseemos algún otro texto relativo a esta obligación del celibato para los primeros tres siglos, tampoco tenemos aquellos que nieguen su existencia»[52].   [1]Ghirlanda, G. Op. Cit., p. 183. [2] Ver Jedin, Hubert. Manual de Historia de la Iglesia, tomo I. Ed. Herder; Barcelona 1980, pp. 432ss. [3] S.S. Pablo VI. Encíclica Sacerdotalis coelibatus, n. 6. En: Esquerda Bifet, J. Op.Cit., p. 336. [4] Didaché o Doctrina de los doce apóstoles. En: Ruiz Bueno, Daniel (versión, introducción y notas). Padres Apostólicos. Madrid; BAC 1993 6ta edición, pp. 29 ss [5] Que hace alusiones a la castidad en general. Ver HERMAS. El Pastor. Madrid; Ed. Ciudad Nueva 1995, pp. 131, 137, 147 y 261. [6] Sus obras de se pueden ver en: Ruiz Bueno, Daniel. Op. Cit., 101 ss. [7]San Clemente Romano. Carta a las vírgenes. En: Ruiz Bueno, Daniel. Op. Cit., 267 ss. [8]San Clemente Romano. Primera carta a las vírgenes, cap. I. En: Ruiz Bueno, Daniel. Op. Cit., 267. [9] Ver San Clemente Romano. Primera carta a las Vírgenes, cap. III, nn. 3-4. En: Ruiz Bueno, Daniel. Op. Cit., p. 270. [10] Ver San Clemente Romano. Primera carta a las Vírgenes, cap. VII, n. 2. En: Ruiz Bueno, Daniel. Op. Cit., pp. 277-278. [11] Ver San Clemente Romano. Segunda carta a las Vírgenes, cap. I ss. En: Ruiz Bueno, Daniel. Op. Cit., pp. 295 ss. [12] Ver San Ignacio de Antioquía. Cartas. En: Ruiz Bueno, Daniel. Op. Cit., pp. 375 ss. [13]San Ignacio de Antioquía. Carta a San Policarpo, V, 2. En: Ruiz Bueno, Daniel. Op. Cit., p. 500. [14]Ver Ruiz Bueno, Daniel. Op. Cit., pp. 698-700. [15]Ruiz Bueno, Daniel. Op. Cit., p. 704. [16]Bernabé. Cartas. En: En: Ruiz Bueno, Daniel. Op. Cit., pp. 729 ss. [17] De él se tiene solamente algunos fragmentos. Ver Ruiz Bueno, Daniel. Op. Cit., pp. 863 ss. [18] Ver Jedin, Hubert. Manual de Historia de la Iglesia (tomo II). Barcelona; Ed. Herder 1980, pp. 381ss. Además, exhortará a los que viven la castidad (sin distinguir a quién se refiere): «La castidad es puro y sencillo, porque la pureza es una virtud que dispone para un género de la vida limpia, sin mezcla de torpeza; y la sencillez es una virtud que suprime a lo superfluo». San Clemente de Alejandría. El Pedagogo. Madrid; Ed. Ciudad Nueva 1994, III, 54, 1-55, 4 (p. 453). [19] Ver Crouzel, Henri, SJ. El celibate y la continencia eclesiástica en la Iglesia primitiva: sus motivaciones. En: Coppens, Joseph (director). Sacerdocio y celibato. Madrid; BAC 1972 2da edición, p. 272 [20]Quasten, Johannes. Patrología (tomo I). Madrid; BAC 1991, p. 602. [21] Ver Tertuliano. Exhortación a la castidad; cap. II, V y IX. En: Ante-Nicene Fathers (vol. 4). Massachussets; Hendrickson Publishers 1995, pp. 50-58. La traducción es nuestra. [22]Crouzel, Henri, SJ. Orígenes. Madrid; BAC 1998, p. 203. [23]«Para lograr esto (la lucha contra las pasiones) hay que practicar continuamente la mortificación de la carne. Esta lucha conduce a la renuncia del matrimonio. No es que Orígenes rechace el matrimonio, pero al que quiere ser verdadero imitador de Cristo recomienda el celibato y el voto de castidad. “Si le ofrecemos (dice Orígenes) nuestra castidad, quiero decir, la castidad de nuestro cuerpo, recibiremos de ella castidad del espíritu…Este es el voto del nazareno, que es superior a los demás votos”». Cholij, Roman. “El celibato sacerdotal en los Padres y en la historia de la Iglesia”. En: Sánchez, J. Op. Cit., p  407. [24]Ver Crouzel, Henri, SJ. Op. Cit., p. 202. [25]Crouzel, Henri, SJ. Op. Cit., p. 203. [26]Ver Crouzel, Henri, SJ. Op. Cit., p. 204. [27]Ver Crouzel, Henri, SJ. Op. Cit., p. 205. [28]San Gregorio de Nacianzo. Or. 43, 62. En: Quasten, Johannes. Patrología (tomo II). Madrid; BAC 1985, p. 281. [29] Ver San Gregorio de Nisa. La Virginidad. Madrid; Ciudad Nueva 2000. [30] Ver los numerales I y V.Otros Padres de la Iglesia que han hablado del tema son San Epifanio de Salamina (315-403), el cual argumenta que los apóstoles practicaron desde el inicio la continencia perfecta siguiendo la conducta de Jesús. Yel Ambrosiaster(entre 366 y 384), que da argumentos a favor del celibato similares a los dados por el Papa Siricio (algo que será abordado en el tema magisterial). [31] Ver San Gregorio de  Nisa. Sobre la vocación cristiana. Madrid; Ed. Ciudad Nueva 1992, pp. 95 ss. [32] Ver San Gregorio de  Nisa. Sobre la vocación cristiana, pp. 70 ss. [33] San Ambrosio de Milán. Sobre las vírgenes y la virginidad. Madrid; Ed. Rialp 1956, cap. VI, numeral 29 (pp. 185-186). [34] San Ambrosio de Milán. Sobre las vírgenes y la virginidad, cap. VI, numeral 29 (p. 187). [35] «El Cristo virgen y la Virgen María han representado para ambos sexos los inicios de la virginidad; los Apóstoles fueron o vírgenes o castos después del matrimonio. Los obispos, los sacerdotes y los diáconos son elegidos vírgenes o viudos; en cualquier caso, una vez recibido el sacerdocio, ellos observan la perfecta continencia». San Jerónimo, CSEL 54,365 y 368-387. Citado por Cochini, Ch. Art. Cit., pp. 40-41. [36] Ver Crouzel, Henri, SJ. El celibate y la continencia eclesiástica en la Iglesia primitiva: sus motivaciones. En: Coppens, Joseph (director). Op. Cit., p. 272. [37] Explicará además las diferencias entre los eunucos de los que habla el Señor: «Unos son los que nacieron así del seno de su madre, otros fueron hechos tales por la esclavitud o por el capricho de grandes damas. Los terceros son los que se castraron a sí mismos por el Reino de los cielos y que, pu­diendo ser hombres, se hicieron eunucos por Cristo. Es a estos a quienes se promete la recompensa; a los otros, para quienes la castidad es fruto de la necesidad, no de la voluntad, no se les debe ab­solutamente nada…Por eso concluye: El que pueda entender que en­tienda, para que cada uno mida sus fuerzas v vea si podrá observar los preceptos de la virginidad y de la castidad. Por sí misma la cas­tidad es agradable y atrae a cualquiera. Pero es necesario conside­rar las propias fuerzas para que el que pueda entender que entien­da. Es como si la voz del Señor exhortara e impulsara a sus solda­dos a alcanzar el premio de la castidad: El que pueda entender que entienda, el que pueda luchar, que luche, aventaje y triunfe». San Jerónimo. Comentario al Evangelio de Mateo. Ed.  Ciudad Nueva; Madrid 1997, n, 12 (pp. 206–207). [38] Ibid., n, 11 (pp. 206–207). [39] San Jerónimo. Carta a Nepociano, presbítero: Trato con mujeres”. En: Pascual Torró, Joaquín. Valencia; EDICEP 1991, pp. 81. [40]San Jerónimo. Adversus Vigilatium, 2. En: Cholij, R. Art. Cit., p. 37. [41] San Jerónimo. Carta a un joven sacerdote. En: Moreno, Francisco. San Jerónimo. Madrid;  BAC 1986, pp. 124-126. [42] San Epifanio. Adversus haeres. Panar. 59, 4. En: S.S. Pío XI. Encíclica Ad catholici sacerdotii, capítulo II, n. 50. En: Esquerda Bifet, Juan. Op. Cit., p. 66. [43] «Aquello que es observado por toda la Iglesia y que siempre se ha mantenido sin haber sido fijado por los concilios, se tiene rectamente por un hecho que pudo haber sido transmitido sólo por la autoridad apostólica». San Agustín. De baptismo contra Donatistas, L. VII, IV, 31. En: Cochini, Ch. Op. Cit., p. 64. [44] «Tampoco tiene su honor la virginidad por ser integridad, sino por estar consagrada a Dios, y aunque se cus­todie la carne, se conserva por el espíritu de devoción y re­ligión». San Agustín. Sermón 354, n. 3. En: San Agustín. Obras completas (tomo XXVI). Madrid; BAC 1985, pp. 231 – 242. [45] San Agustín. Sobre la Santa Virginidad. Madrid; BAC 1954, n. 23 (p. 171). [46] San Agustín. Sobre la Santa Virginidad, n. 8 (p. 147). [47] San Agustín. Sermón 354 A. En: San Agustín. Obras completas, p. 243. [48] Ver San Agustín. De Virginitate; numerales 8-12 y 15-16. En: Nicene and Post-Nicene Fathers, first series, vol. 3. Hendrickson Publishers; Massachusetts 1995, pp. 417-438. [49] San Agustín. Sobre la Santa Virginidad, cap. XX, párrafo 12 (p. 153). [50] San Agustín. Sermón CXLVIII, n. 2. En: San Agustín. Obras Completas (tomo XXIII). Madrid; BAC 1983, p. 345. [51] S.S. Pío XI. Encíclica Ad catholici sacerdotii, capítulo II, n. 50. En: Esquerda Bifet, J. Op. Cit., p. 66. [52] Cochini, Ch. Art. Cit., p. 60.

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