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Fundamentos del celibato sacerdotal a partir de la lectura de Presbyterorum Ordinis 16 (IV)

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En la Sagrada Escritura

1.1. Antiguo Testamento

  En el Antiguo Testamento no encontramos testimonios que nos hablen de una disciplina del celibato vinculada al sacerdocio. Mencionaremos algunos elementos vinculados a este tema en el Antiguo Testamento con el solo fin de presentar el contexto en el cual la disciplina del celibato sacerdotal surge en el Nuevo Testamento.   Es importante ver que en el Antiguo Testamento mas bien había una mala opinión de la continencia y la virginidad, pues ésta se ligaba con la esterilidad, humillación para cualquier israelita. Por ende su práctica no solamente era ajena a la vida espiritual del judío, sino que significaba en no pocos casos una maldición, un castigo divino[1].   Ahora bien, el sacerdocio en el Antiguo Testamento estaba ligado a la necesidad de llevar una vida pura ¿Qué significa esta vida pura? Al estar consagrados al ministerio en el Arca de la Alianza en la Tienda del Encuentro, debían vivir una pureza interior y exterior que les permitiese estar preparados para tener este contacto con lo divino. Esta pureza podía significar varias exigencias[2] dependiendo el ritual que se hacía. Algunos requerimientos iban desde  el alejamiento de animales impuros, cuidado en las secreciones corporales, el no cometer sacrilegios, el no tener contacto con cadáveres, hasta, en algunos casos, la abstención de relaciones sexuales[3].   Hubo sin embargo en el Antiguo Testamento algunos casos de personas que vivieron en continencia voluntaria[4], pero que significaron ejemplos aislados; los motivos fueron diversos. Tal es el caso del profeta Jeremías[5] (continencia que anuncia como un símbolo el castigo que caería cobre Israel), Judit[6] (vida de penitencia y viudez voluntaria), Débora[7], Ana[8] (la cual no quiere volver al matrimonio para estar más cerca al Señor) y Juan Bautista[9] (que prepara la venida del Señor).   Hay además una cierta valoración positiva de la continencia cuando se trata de la viudez o de los eunucos[10].  

1.2. Nuevo Testamento

 

1.2.1. El celibato como consejo del Señor

  Sabemos que «celibato sacerdotal no es de derecho divino»[11]. Se trata más bien de un consejo, un llamado y por ende un don. «Jesús no promulgó una ley, sino que propuso un ideal del celibato para el nuevo sacerdocio que instituía»[12]. Ahora bien ¿Podemos afirmar que existen en la Sagrada Escritura elementos que nos hablen de una relación clara entre el celibato y el sacerdocio? Evidentemente sí, pues el consejo tiene como objetivo una consagración en aras a servir con total disponibilidad al Señor y  sus cosas, llevando a querer entregarse más plenamente al anuncio del Evangelio.   Encontramos la primera y más clara alusión al celibato sacerdotal en Mt 19, 10-12:   «Dícenle sus discípulos: «Si tal es la condición del hombre respecto de su mujer, no trae cuenta casarse». Pero él les dijo: «No todos entienden este lenguaje, sino aquellos a quienes se les ha concedido. Porque hay eunucosquenacieron así del seno materno, y hay eunucos que se hicieron tales a sí mismos por el Reino de los Cielos. Quien pueda entender, que entienda»»[13].   Se trata del texto más claro que se encuentra en los Evangelios. El contexto es el discurso sobre la indisolubilidad del matrimonio dado en Judea por Jesús. Y ante las dificultades que ven los discípulos para vivir el matrimonio, le dicen a Jesús que mas convendría no casarse. Y ante esto, Jesús propone el ideal del celibato. El motivo es el Reino de los Cielos, y se trata de «un signo “presente” del reino futuro»[14].   El Señor muestra este camino distinto preparado para los que tendrán que seguirlo más de cerca y estar listos para un amor universal consagrándose totalmente al anuncio del Reino de los Cielos. «En este texto el celibato encuentra un fundamento bíblico, ya que es anunciado en un evangelio  y por Cristo mismo: el celibato es un don de Dios para los que, ante la venida del reino, de tal manera están poseídos por ella que realizan un gesto de eunouchia»[15].   Este lenguaje no es entendido por todos sino por los que han sido llamados; por ello el mismo Señor dice «no todos entienden»[16]. Será clave entender que se trata de un don de Dios. El celibato en el sacerdocio es ante todo un don que Dios ofrece a ciertas personas en orden a la consagración por el Reino de los Cielos. Don que no todos entienden; dice Jesucristo «no todos entienden este lenguaje, sino aquellos a quienes se les ha concedido…Quien pueda entender, que entienda»[17]. Por ello dice el Papa Juan Pablo II que «ha de ser considerado –el celibato sacerdotal- como una gracia especial, como un don…que nodispensa de la respuesta consciente y libre por parte de quien la recibe, sino que la exige con fuerza especial»[18].   Este consejo del Señor fue entendido cada vez con mayor madurez hasta llegar a ser una práctica muy común en la naciente Iglesia. Así como hubo discípulos del Señor que fueron célibes (el caso, por ejemplo de San Juan[19], San Pablo, entre otros), hubo también otros que eran casados. El caso más evidente es el de San Pedro, del cual leemos en la Sagrada Escritura que tenía una suegra y que ella fue bendecida por la misericordiosa curación del Señor: «Al llegar Jesús a casa de Pedro, vio a la suegra de éste en cama, con fiebre. Le tocó la mano y la fiebre la dejó; y se levantó y se puso a servirle»[20].   El término eunuco (eunoucoi) se puede entender en el pasaje que estudiamos en tres sentido. El que es eunuco por causas naturales[21]; por intervención deliberada (castración) que lo hace impotente[22]. Se entiende en este segundo sentido de modo figurado cuando se habla del hombre incapaz de satisfacer su sensualidad[23]. Éstos hombres se dedicaban muchas veces a ser los servidores o guardianes del harén de los antiguos monarcas orientales[24], ya que para dicho oficio (y a veces también para la edu­cación de los niños) se empleaban exclusi­vamente eunucos[25]. Era una persona de confianza del rey[26], o uno de los principales de la corte de Jerusalén[27] u otros destacados jefes militares[28]. Pero Jesús lo utiliza en un tercer sentido. El del celibato.   Este término lo encontramos solamente dos veces en el Nuevo Testamento[29]. El referido en Mt 19, 10-12 y en Hech 8, 27ss., cuando se narra el encuentro de Felipe con el eunuco etíope. Jesús pensará, al afirmar el tercer tipo de eunuco, en hombres que renunciando al matrimonio se dediquen a totalidad a las cosas del Reino de los Cielos[30]. Al respecto dice el  Cardenal Biffi que Jesús «propuso con seriedad –contra todo convencimiento, tanto de judíos como de paganos- como posible y deseable justamente el ideal de la castidad perfecta…Nunca en Israel se había oído una opinión tan distinta a lo que pensaba la gente corriente»[31].   El exegeta y traductor Francisco Lacuela, al traducir el término eunoucisan («se hicieron eunucos»), menciona en una nota que puede traducirse el término por «se quedaron célibes»[32]. Esta es una posible traducción según el contexto en el que Jesús se dirige a los apóstoles. Su Santidad Juan Pablo II reflexiona sobre el término eunuco, lo siguiente:   «Según la ley de Moisés, los eunucos quedaban excluidos del culto (ver Dt 23, 3) y del sacerdocio (ver Lev 21, 20). Un oráculo del libro de Isaías había anunciado el fin de esta exclusión (ver Is 56, 3-5). Jesús abre una perspectiva aún más innovadora: elegir voluntariamente por el reino de los cielos esa situación considerada indigna del hombre. Desde luego, las palabras de Jesús no quieren aludir a una mutilación física, que la Iglesia nunca ha permitido, sino a la libre renuncia a las relaciones sexuales…No todos lo pueden entender, en el sentido de que no todos son capaces de captar su significado, de aceptarlo y de poner en práctica….No hay que asombrarse, por tanto, de que muchos, al no entender el valor del celibato consagrado, no se sientan atraídos hacia él, y con frecuencia ni siquiera sepan apreciarlo. Eso significa que hay diversidad de caminos, de carismas, de funciones, como reconocía San Pablo, el cual hubiera deseado espontáneamente compartir con todos su ideal de vida virginal»[33].   El Señor propone en el evangelio de San Mateo de manera explícita la vivencia de la virginidad por el Reino de los Cielos. Eso es  algo inusual para la época debido al aprecio por el matrimonio que había  ente los judíos. El Señor usa esta situación para instruir a sus discípulos sobre el valor religioso y moral de la renuncia al matrimonio, que tiene como motivo el Reino de los Cielos[34]. Así lo ve el padre Leal: «Jesús ve en ese renunciamiento al matrimonio un aspecto más elevado, un estado o una condición de vida mejor para servir a Dios. Este pensamiento lo desarrollará más tarde bellamente San Pablo»[35].   San Juan Crisóstomo, citado por Santo Tomás de Aquino en la Catena Aurea, comenta este pasaje: «Así como no es pecado la acción involun­taria, así la justicia no se consume en la obra, si la voluntad no asiste. Por consecuencia no merece aplauso aque­lla continencia, que no se puede in­fringir por la impotencia del cuerpo, sino aquella que se tiene por cumplir un santo propósito»[36]. Asimismo, San Jerónimo, en la misma Catena Aurea,  explica que: «a los que se castraron a sí mismos por el reino de los cielos, les esta prometida una recompensa; más a los otros a quienes la necesidad y no la voluntad, ha hecho castos, nada se les debe»[37].   Jesús no habla de este tercer tipo de eunucos en sentido literal (como se ve sobre todo desde la prohibición de la castración contenida en la ley del AT[38]), sino se refiere a los que, con el fin de un seguimiento más pleno del Señor, renuncian voluntariamente al matri­monio. La expresión «se hicieron así», es decir, «se hicieron eunucos», da a entender el carácter definitivo y permanente de la renuncia al matrimonio[39]. Según el padre Leal en su comentario bíblico, dice que «la castidad cristiana absoluta y perpetua se deduce de la explicación de Cristo, y así lo han entendido todos los intérpretes católicos, comenzando por los Santos Padres»[40].   El consejo sobre el celibato no es para todos, sino para que «entienda el que pueda». Los capaces de entender son aquellos a quienes se les ha concedido. Todo esto implica no solamente comprender dicho camino, sino la ascética de una gran renuncia en vistas a un ideal mayor[41].   Encontramos una segunda alusión bíblica que tiene cierta relación con el celibato (aunque de modo indirecto)  en la respuesta que el Señor da a los discípulos que ven marcharse al joven rico que se negó a seguir la invitación de Jesús. Nos referimos al pasaje de Mc 10, 21-30 y sus paralelos[42]. No encontramos aquí un llamado explícito a vivir el celibato en el sacerdocio, sino mas bien un trasfondo fundamental para entender dicho llamado: la motivación por el Reino de los Cielos y el apostolado que llevan a una renuncia a cosas que de suyo son buenas pero que se sacrifican en orden a una consagración total porJesús y sus cosas. Estas cosas son los bienes materiales, el propio tiempo y el ritmo de vida, así como la propia familia. Sin entrar en detalles, es claro que el Señor llama de modo particular a este joven a seguirlo dejándolo todo por Él:  «una cosa te falta: anda, cuanto tienes véndelo y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven y sígueme»[43]. Los discípulos, a diferencia de este joven, habían dicho sí. Sí a seguir al Señor por el Evangelio dejándolo todo. Es interesante, porque en este todo, está también el tema de la renuncia a la familia. Lo vemos en el relato evangélico, en el caso de Pedro y los apóstoles:   «Pedro se puso a decirle: «Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido». Jesús dijo: «Yo os aseguro: nadie que haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o hacienda por mí y por el Evangelio, quedará sin recibir el ciento por uno: ahora al presente, casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y hacienda, con persecuciones; y en el mundo venidero, vida eterna»[44].   Si bien habla aquí el Señor del abandono de la propia familia y no explicita el celibato, el espíritu de la cita así lo da a entender. Se refiere a un desprendimiento total por el Señor y el anuncio del Evangelio: padres, madres, hijos y mujer[45]. Una renuncia necesaria para la plena dedicación a las cosas del Señor que la práctica apostólica ya unirá a ese volverse eunuco por el Reino de los cielos. Es verdad que el celibato para los sacerdotes en la Iglesia Latina se convirtió en obligación canónica a partir del s. IV (lo cual veremos más adelante), sin embargo era ya una costumbre vivida desde antes. Así nos explica el padre De La Potterie:   «Anteriormente, desde la época apostólica, ya se les sugería a los ministros de la Iglesia el ideal de vivir en castidad (o en celibato); y que muchos entonces sintieron y vivieron profundamente ese ideal como una exigencia (por ejemplo, Tertuliano y Orígenes), pero que entonces no se imponía a todos los clérigos de las órdenes mayores: era un principio vital, una simiente, claramente presente desde la época de los apóstoles, que solo se debía ir desarrollando progresivamente hasta la legislación eclesiástica del siglo IV»[46].   El modelo para los sacerdotes será el que da Jesús célibe, cuya vida entera estuvo dedicada al servicio del Plan del Padre mediante una consagración total[47]. Es Jesús el modelo del célibe que se entrega a las cosas de su Padre. Y si bien este fundamento no tiene un cita explícita, sabemos bien que Jesús se entregó de lleno a la misión que el Padre le encomendó, dedicando su vida entera a este ideal. Su vida fue una verdadera consagración que deja todo de lado por el Reino de los Cielos.   El sacerdocio ministerial, al actuar in persona Christi Capitis[48], requiere de una identificación total con Cristo, y ello implica también la identificación con Cristo Sacerdote célibe. Es cierto que, como hemos mencionado, de suyo el celibato no es de derecho divino e indispensable para el sacerdocio (así lo muestra la disciplina de la Iglesia Oriental), pero siguiendo el consejo dado por Jesucristo y su ejemplo, la Iglesia Latina lo entendió como fundamental. Y es que «la más profunda motivación del celibato presbiteral reside en la sequela Christi»[49]. El Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros[50], dirá que el sacerdote necesita vivir y seguir el ejemplo de Jesús célibe[51]. Lo expresa también S.S. Pablo VI:   «Cristo permaneció toda la vida en el estado de virginidad, que significa su dedicación total al servicio de Dios y de los hombres. Esta profunda conexión entre la virginidad y el sacerdocio en Cristo se refleja en los que tienen la suerte de participar de la dignidad y de la misión del mediador y sacerdote eterno, y esta participación será tanto más perfecta cuanto el sagrado ministro esté más libre de vínculos de carne y de sangre»[52].   El sacerdote está llamado a identificarse totalmente con el estilo de vida de Jesús. Se trata «no solamente de participar de su oficio sacerdotal, sino también de compartir con El su mismo estado de vida»[53].    

1.2.2. La práctica Apostólica

  Sabemos que acogiendo la invitación de parte del Señor muchos discípulos en la naciente Iglesia asumieron el celibato en la vivencia de su sacerdocio ministerial. Es interesante ver que los documentos iniciales en los que se norma el celibato sacerdotal (tres Decretales de alrededor del 385 y un Decreto del Concilio de Cartago del 390 –los cuales veremos más adelante-) mencionan como fundamento para vivir el celibato en el sacerdocio lo que la Iglesia vivió desde su origen en la práctica apostólica[54].   Al margen de San Pedro (que se menciona como un discípulo casado), «los evangelios no hablan jamás de mujeres o de hijos cuando se refieren a los Doce»[55]. Lo mismo sucede cuando se habla de San Juan Bautista. Es en la voluntad apostólica de vivir las enseñanzas del Señor que encontró fundamento la naciente Iglesia para entender y vivir el celibato sacerdotal. Se ve así tanto en Oriente como en Occidente:   «El Oriente bizantino y el Occidente no han creído jamás poder justificar la difícil disciplina de la castidad sacerdotal sino a través de la voluntad positiva de los Apóstoles, sin explicarla con la evolución que habría llevado muy lentamente a la transformación de un consejo evangélico en un precepto»[56].   Así fue que en la naciente Iglesia se vio dos tipos de presbíteros: los casados y los célibes. Decretar el número en cada caso sería prácticamente imposible por no tener material histórico al respecto; sin embargo sabemos por la tradición que el número de presbíteros célibes fue aumentando. Las legislaciones posteriores no fueron un invento del Magisterio, sino el recoger y normar una vivencia que se daba ya desde esta época apostólica.    

1.2.3. El testimonio de San Pablo

  En San Pablo encontramos no solamente la práctica del celibato por el Reino de los Cielos, sino además un intento de categorización del mismo. Veamos algunos pasajes.  

a.  1Cor 7

  En la primera carta a los Corintios mencionará San Pablo el sentido del celibato desde la misión apostólica y el servicio total a Dios:   «En cuanto a lo que me habéis escrito, bien le está al hombre abstenerse de mujer…Mi deseo sería que todos los  hombres fueran como yo; mas cada cual tiene de Dios su gracia particular: unos de una manera, otros de otra. No obstante, digo a los célibes y a las viudas: Bien les está quedarse como yo…Yo os quisiera libres de preocupaciones. El no casado se preocupa de las cosas del Señor, de cómo agradar al Señor. El casado se preocupa de las cosas del mundo, de cómo agradar a su mujer; está por tanto dividido. La mujer no casada, lo mismo que la doncella, se preocupa de las cosas del Señor, de ser santa en el cuerpo y en el espíritu. Mas la casada se preocupa de las cosas del mundo, de cómo agradar a su marido»[57].   En este texto volvemos a encontrarnos con la idea vista al inicio: el celibato es fundamentalmente un carisma, un don dado por Dios a ciertas personas en aras de un servicio al Señor sin divisiones; una consagración a Dios y sus cosas[58].   No encontramos aquí una negativa al matrimonio ni mucho menos un desprecio a esa vocación, sino un elevar la mirada al estado en el que viviremos en el Cielo. San Pablo exhorta a los que, como dice Jesús en Mt 19, 10-12, puedan entender este lenguaje y vivir consagrados a Dios para su servicio, como fue su propio caso (que es usado como ejemplo en el pasaje). El que se casa responde a otra vocación, a otro carisma y no hace mal: «Mas, si te casas, no pecas. Y, si la joven se casa, no peca….Por tanto, el que se casa con su novia, obra bien. Y el que no se casa, obra mejor»[59].   Pero ¿Realmente San Pablo entiende el celibato como un carisma?   La palabra carismaaparece 17 veces en el Nuevo Testamento (16 de las cuales están en las cartas de San Pablo). Este término ha tenido diferentes traducciones (no es una palabra unívoca ni técnica), las cuales han dependido del contexto en las que se les coloque. Así, según La Nueva Concordancia greco-española del Nuevo Testamento[60], el término se ha traducido como “don” (la mayoría de veces es traducida así, tanto en plural como en singular, como se ve en los pasajes de Rom 1, 11; 1Cor 1, 7; 7, 7; 12, 4, etc.), “dádiva” (Rom 5, 16), “gracia” (Rom 6, 23) y “merced” (Rom 11, 29; 2Cor 1, 11). En el texto de 1Cor 7, 7 carisma está usada en singular (como lo está también en 1Cor 1, 7). Sin embargo es claro que todo apunta a los mismo: un don de Dios.   No encontramos problema al momento de  traducir el texto paulino; las traducciones coinciden entre sí. En el griego original encontramos varias versiones que entre sí muestran una armonía y concordancia. Es decir, no hay alteraciones sustanciales entre una y otra versión[61]. En las traducciones al castellano[62] encontramos igualmente armonía. Así, se traduce este vocablo como don, carisma y gracia. Es interesante ver que si «bien en los primeros versículos el matrimonio es una especie de “mal menor”, en el versículo 7 el celibato es un carisma»[63].   San Pablo menciona las distintas vocaciones como dones dados por el Señor: «Por lo demás, que cada cual viva conforme le ha asignado el Señor, cada cual como le ha llamado Dios»[64]. Son pues, tanto el celibato como el matrimonio carismas[65]; ambos son un llamado (que no se escoge o rechaza por propia iniciativa) y en ese sentido implican un don: carisma[66]. Dice San Agustín: «No sólo la continencia es un don de Dios, sino también la castidad de los casados»[67]. Y si bien el celibato implica la vivencia de la virtud (de los ejercicios ascéticos por vivirla), es fundamentalmente la gracia dada por Dios[68]. Y añade el mismo santo de Hipona:   «Toda mi esperanza no estriba sino en tu gran misericordia. Da lo que me mandas y manda lo que quieras. Nos mandas que seamos continentes: “Y como yo supiese, dice uno, que ninguno puede ser continente si Dios no se lo da, entendí que también esto mismo era parte de la sabiduría, conocer de quién es este don”… ¿Mandas la continencia? Da lo que mandas, y manda lo que quieras»[69].  

b.  1Cor 9, 5

  San Pablo mencionando el testimonio de su vida en cuanto al celibato, escribe más adelante, en la misma primera carta a los Corintios, sobre el derecho que pueden tener los discípulos de tener una mujer (que por el contexto se trataría de una esposa cristiana[70]). Este derecho él lo ha dejado de lado por los motivos ya dados en 1Cor 7. «¿No tenemos derecho a llevar con nosotros una mujer cristiana, como los demás apóstoles y los hermanos del Señor y Cefas?»[71]. Sin embargo él ha renunciado a esto por los motivos que expuso en 1Cor 7 hablando de la libertad para la evangelización.  

c. Cartas a Timoteo y Tito («unius uxoris vir»)

  Expresando el vivir de las primeras comunidades cristianas, San Pablo le escribirá a Timoteo[72] y a Tito[73] una serie de consejos que los obispos, presbíteros y diáconos deben vivir; en la línea de la castidad les pide que sean hombres de una sola mujer (es decir, casados una sola vez[74]).  ¿Puede un texto sobre el ministro casado ser fundamento para el celibato sacerdotal? ¿Qué quiere decir que el ministro sea hombre de una sola mujer (unius uxoris vir)? Ignace De La Potterie afirma que este texto era usado, antes del siglo IV como «argumento bíblico a favor del celibato de inspiración apostólica»[75], siendo así una garantía de la continencia de los casados que habían sido luego ordenados. Se ahonda más aún cuando se lee este pasaje desde la relación esponsal de Cristo y la Iglesia.   Podemos preguntarnos ¿Cuál sería el sentido que busca San Pablo al hacer explícita esta referencia a los ministros? Si lo que deseaba es recomendar que no fueran polígamos, lo debería haber hecho a todos los cristianos por ser éste un requerimiento universal. Y si lo que buscaba era evidenciar que si la esposa del ministro moría no podía casarse de nuevo uno se pregunta ¿Por qué no? Si el matrimonio del ministro era bueno y santo, y compatible con su ministerio sacerdotal ¿Cuál sería el problema de contraer nuevamente nupcias estando ya ordenado? Esto nos lleva a buscar el sentido auténtico por el cual el Apóstol de las gentes quiso darle a los ministros tales recomendaciones.   Un primer elemento está en el uso que hace San Pablo del término «unius uxoris vir». Esta fórmula no la usa San Pablo al hablar de las relaciones de los esposos cristianos (por ejemplo se ve en Ef 5, 22-33); la usa específicamente para hablar de la relación del ministro casado con su esposa. Esta fórmula hablaría de la relación Cristo e Iglesia, relación a la que está invitado a vivir el ministro[76].   Un segundo elemento sería la invitación que tiene el ministro casado a vivir, luego de su ordenación, en continencia, pues la ordenación lo transforma en representante de Cristo esposo en relación con la Iglesia esposa; por ende, no podría vivir ya con otra esposa que no fuese la Iglesia; Cristo es esposo de una sola esposa, y así debe ser el ministro ordenado[77]. Así lo afirma De La Potterie:   «Cada vez fue viéndose más claramente en la Tradición que, para un ministro de la Iglesia que estaba unido una sola vez en matrimonio con una mujer, la aceptación del ministerio le significaría que él, en adelante, debería vivir en continencia…la fórmula “unius uxoris vir”, tomada al pie de la letra e interpretada materialmente, no se puede aplicar directamente a los sacerdotes de hoy, puesto que no están casados»[78].   El padre Ghirlanda, al hablar de esta fórmula paulina, acentuará el hecho de la imposibilidad de unas segundas nupcias por parte de los ministros ordenados.   «En 1Tim 3,2 y en Tit 1,6 se afirma simplemente que el obispo y el presbítero tienen que haber tenido una sola mujer, en el sentido de que no pueden ser admitidos al ministerio los que después de enviudar han contraído segundas nupcias, así como que tampoco pueden contraerlas si han quedado viudos después de haber recibido el ministerio»[79].     [1]Ver De Lorenzi, L. “Virginidad”. En: Rossano, P., Ravasi, G., Girlanda, A. (directores). Nuevo diccionario de teología bíblica. Madrid; Ed. Paulinas 1990, pp. 1944 ss. En situaciones específicas fue bien visto el celibato como algo temporal, como por ejemplo en algunos momentos del matrimonio del sumo sacerdote (ver Lev 21, 13ss.). [2] Se puede ver Num 19 y Lev 11-15. [3] Ver Neusner, J. “La pureza y el sacerdocio en las Escrituras hebraicas y en la Tradición Rabínica”. En: Sánchez, José. Solo por amor. Reflexiones sobre el celibato sacerdotal. Buenos Aires; San Pablo 1993, pp. 126-134. Ver también De Lorenzi, L. “Virginidad”. En: Rossano, P., Ravasi, G., Girlanda, A. (directores). Op. Cit., p. 1946. [4]Lo cual se trataría de un signo profético. Ver De Lorenzi, L. “Virginidad”. En: Rossano, P., Ravasi, G., Girlanda, A. (directores). Op. Cit., pp. 1949 ss. [5] Ver Jer 16 , 3ss.10‑13. [6] Ver Jdt 8, 4s; 16, 22. [7] Ver Jue 5, 7. [8] Ver Lc 2, 37. [9] Ver Jn 3, 29. [10]Ver De Lorenzi, L. “Virginidad”. En: Rossano, P., Ravasi, G., Girlanda, A. (directores). Op. Cit., pp. 1948 ss. [11]Nicolau, Miguel. Ministros de Cristo. Madrid; BAC 1971, p. 374. [12] S.S. Juan Pablo II. “La lógica consagración en el celibato sacerdotal”, n. 4. En: S.S. Juan Pablo II. Catequesis sobre el Credo: La Iglesia. Tomo IV/1, n. 478. [13] Mt 19, 10-12. [14]De Lorenzi, L. “Virginidad”. En: Rossano, P., Ravasi, G., Girlanda, A. (directores). Op. Cit., p. 1950. [15]Bianchi, E. Celibato y virginidad. En: De Fiores, S., Goffi, T. Guerra, A. (directores). Nuevo diccionario de espiritualidad. Madrid; Ed. Paulinas 1991 4ta edición, p. 232. [16] Mt 19, 11. [17] Mt 19, 11-12. [18] S.S. Juan Pablo II. Pastores dabo vobis, n. 50. [19] Ver Nicolau, M. Op. Cit., p. 377. [20]Mt 8, 14-15. [21] Ver Mt 19, 12; Sab 3, 14. [22] Ver Mt 19, 12b. [23] Ver Eclo 20, 4. [24] Ver Sobrino, José A. Así fue Jesús. Vida informativa del Señor. Madrid; BAC 1984 2da edición, pp. 661-662. [25] Ver Est 1, 10; 2, 3.14; 4, 4; Dan 1, 3.7. [26] Se da el caso por ejemplo con Putifar, eunuco de la corte del faraón. Ver Gen 37, 36; 40, 2. [27] Ver 2Re 8, 6; 23, 11; 24, 12.15; Hech 8, 27. [28] Ver 2Re 25, 19. [29]Ver Schneider, J. “eunoucoV”. En: Kittel, G. (fundador). Grande lessico del Nuevo Testamento (volume III). Brescia; Paideia 1967, p. 1179. [30] Ver Schneider, J. “eunoucoV”. Kittel, G. Op. Cit., pp. 1187-1188. [31] Biffi, Giacomo. Jesús de Nazaret. Madrid; Ed. San Pablo 2001, p. 61. [32] Lacueva, Francisco. Nuevo Testamento interlineal griego-español. Editorial Barcelona; Clie 1990, p. 83. [33] S.S. Juan Pablo II. “La castidad consagrada”, nn. 3-5. Catequesis sobre la Iglesia en la Audiencia general del 16 de noviembre de 1994. En: Juan Pablo II. Catequesis sobre el Credo: La Iglesia. Tomo IV/2. Lima; VE 2001, nn. 757-759. [34] Ver Schmid, Josef. El Evangelio según San Mateo. Barcelona; Herder 1981 3era edición, pp. 402-403. [35] Ver Leal, Juan (director). La Sagrada Escritura I, Evangelios. Madrid; BAC 1961, p. 238. [36]  Santo Tomás de Aquino. Catena Aurea, San Mateo (II parte). Buenos Aires; Cursos de Cultura Católica 1948, p. 134. [37] Santo Tomás de Aquino. Op. Cit., p. 134. [38] Ver Dt 23, 2; Lev 22, 24 (aquí la referencia va directamente hacia los animales que se ofrecerán). [39]  Ver Schmid, Josef. Op. Cit, p. 404. [40] Ver Leal, Juan (director). Op. Cit., p. 238. [41]  Ver Reuss, Joseph. El Nuevo Testamento y su mensaje. El Evangelio según San Mateo (tomo 2). Barcelona; Herder 1980 3era edición, pp. 166-167. [42]Se puede ver los paralelos: Mt 19, 27ss. y Lc 18, 28ss. [43] Mc 10, 21. [44] Mc 10, 28-30. [45] Como se ve en los paralelos de Mt 19, 27ss. y Lc 18, 28ss. [46] De La Potterie, Ignace. “El fundamento bíblico del celibato sacerdotal”. En: Sanchez, J. Op. Cit., pp. 11-12. [47] Ver Amato, A. Jesús el Señor. Madrid; BAC 1998, cap. “El celibato de Cristo”. [48] Ver CEC, n. 1548. [49] Tomko, Cardenal Josef. “Estudio introductorio” (intervención en el Sínodo de Obispos de 1971). En:Celibato y Magisterio. Intervención de los Padres en el Concilio Vaticano II y en los Sínodos de Obispos entre 1971 y 1990; Obra dirigida por Santarsiero, Antonio, OSJ. Lima; Conferencia Episcopal Peruana 1994, p. 172. [50] Congregación para el Clero. Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros. Lima; Conferencia Episcopal Peruana 1994. [51]Ver n. 59. [52] S.S. Pablo VI. Encíclica Sacerdotalis coelibatus, n. 21. En: Esquerda Bifet, J. Op.Cit., p. 342. [53] S.S. Pablo VI. Encíclica Sacerdotalis coelibatus, n. 23. En: Esquerda Bifet, J. Op.Cit., p. 343. [54] Ver De La Potterie, I. “El fundamento bíblico del celibato sacerdotal”. En: Sanchez, J. Op. Cit., p. 15. [55] S.S. Juan Pablo II. “La lógica consagración en el celibato sacerdotal”, n. 3. En: S.S. Juan Pablo II. Catequesis sobre el Credo: La Iglesia. Tomo IV/1, n. 477. [56] Cochini, Ch., SJ. “La ley del celibato sacerdotal en la Iglesia latina. Compendio histórico”. En: Celibato y Magisterio, p. 73. [57] 1Cor 7, 1. 7-8. 32-34. [58] Ver Leal, Juan. S.J. “Primera Carta a los Corintios”, cap. 7. En: Profesores de la Compañía de Jesús. Sagrada Escritura, texto y comentario. Nuevo Testamento (tomo II). Madrid; BAC 1961, pp. 388ss. [59] 1Cor 7, 28.38. [60] Petter, H. La Nueva Concordancia greco-española del Nuevo Testamento. Madrid; Mundo Hispano 1980. [61] Las versiones que hemos tomado como referencia son las siguientes:

  • Versión Stephen’s textus receptus (1550). Es igual a la Byzantine/Majority tex form greek New Testament. En: LOGOS BIBLE (programa que contiene diferentes versiones de la Sagrada Escritura).
  • Lacueva, F. Nuevo Testamento Interlineal. Barcelona; Clie 1990.
  • Versión Nestlé-Aland, 26 ed. En: LOGOS BIBLE (programa que contiene diferentes versiones de la Sagrada Escritura).
  • Versión Scrivener’s textus receptus (1881). En: LOGOS BIBLE (programa que contiene diferentes versiones de la Sagrada Escritura).
  • Bover y O’Callaghan. Nuevo Testamento Trilingüe. Madrid; BAC 1988.

[62] Las versiones que hemos revisado son las siguientes:

  • Lacueva, F. Nuevo Testamento Interlineal. Barcelona; Clie 1990.
  • Bover y O’Callaghan. Nuevo Testamento Trilingüe. Madrid; BAC 1988.
  • Biblia de Jerusalén. Edición española dirigida por José Ángel Ubieta. Bilbao; Desclée de Brouwer 1975 2da edición.
  • Biblia traducida por Monseñor Straubinger. Buenos Aires; Club de lectores 1986.
  • Ver Leal, Juan. S.J. “Primera Carta a los Corintios”, cap. 7. En: Profesores de la Compañía de Jesús. Sagrada Escritura, texto y comentario. Nuevo Testamento (tomo II). Madrid; BAC 1961, pp. 331ss.
  • Nueva Biblia Española. Madrid; Cristiandad 1975.

[63] Ver Walter, E. Primera Carta a los Corintios. Barcelona; Herder 1977, p. 110. [64] 1Cor 7, 17. [65] Ver Ghirlanda, Gianfranco. El derecho en la Iglesia misterio de comunión. Madrid; Paulinas 1992, p. 395. [66]Ver Walter, E.. Op. Cit., pp. 110-111. [67] San Agustín. De Dono Persev., 14, 37. Texto citado en: Lumen Gentium 11 (nota 21). En: Documentos completos del Concilio Vaticano II. [68] Ver Hold, L. “La lex continentiae”. En: Coppens, Joseph. Sacerdocio y celibato. Madrid; BAC 1972, pp. 417ss. [69] San Agustín. Confesiones, X c. 29, 40. Tomado de Hodl, L. Op. Cit, p. 418 [70] Ver Biblia de Jerusalén, nota de 1Cor 9, 5. [71] 1Cor 9, 5. [72] 1Tim 3, 2: «Es, pues, necesario que el epíscopo sea irreprensible, casado una sola vez, sobrio, sensato, educado, hospitalario, apto para enseñar». Para el caso de los diáconos, 1Tim 3,12: «Los diáconos sean casados una sola vez y gobiernen bien a sus hijos y su propia casa». Esta realidad puede también aplicarse al presbítero dada la frecuencia con la que en la primitiva iglesia se usa indistintamente tanto el término epíscopo como el de presbítero para hablar de la misma persona. En ese sentido se puede ver Nicolau, M. Op. Cit., pp. 104ss. [73] Tit 1,6: «El candidato debe ser irreprochable, casado una sola vez, cuyos hijos sean creyentes, no tachados de libertinaje ni de rebeldía». [74] Ver Nicolau, M. Op. Cit., pp. 380ss. [75] De La Potterie, Ignace. “El fundamento bíblico del celibato sacerdotal”. En: Sanchez, J. Op. Cit., p. 14. [76] Ver Ibid., p. 23. [77] Ver Ibid., p. 24. [78]Ibid., p. 25. [79] Ghirlanda, Gianfranco. Op. Cit., p. 183.

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  1. «Dícenle sus discípulos: “Si tal es la condición del hombre respecto de su mujer, no trae cuenta casarse”. Pero él les dijo: “No todos entienden este lenguaje, sino aquellos a quienes se les ha concedido. Porque hay eunucosquenacieron así del seno materno, y hay eunucos que se hicieron tales a sí mismos por el Reino de los Cielos. Quien pueda entender, que entienda”»[13].
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    Todo esto sería más fácil de entender si sin complejos se admitiera que en aquel primigenio Paraíso Terrenal, donde no existía la muerte y el dolor: Todo allí crecía y se multiplicara como por la generación espontánea que se desprende del infinito poder del Dios creador. Dicho sea donde todo allí se gestaba y paría, cíclicamente, y sin dolor en mujer o hembra virgen; – Dicho sea como la mujer María- Virgen y Madre – » por el poder de Dios» gestó y parió a su hijo llamado Jesús el Cristo, – Sea sin causa y consecuencia de la cópula carnal racional. Y aquí en esta interferencia contra el original crecer y multiplicarse, por el poder de Dios: la rebeldía del Hombre y la Mujer en creerse como Dios, dueño de su propia creación que nos sumió al poder de la muerte en Pecado Original transmitido de generación en generación.

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