San Pablo VI, “amor al mundo, pero también decirle la Verdad”

Según Paulo VI al Papa es “a quien corresponde enderezar, reunir, volver coherente lo que es incoherente”.
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La noche del 6 de agosto de 1978, Paulo VI pasaba de este mundo al Padre. Las confidencias de su secretario, Pasquale Macchi, cuentan de la dura lucha y agonía de las últimas horas de Montini. Asociado al dolor con Cristo, sus palabras últimas fueron acogidas en la oración y amistad con el Redentor.

“Que mis funerales sean sencillos, piadosos, quítese el catafalco ahora en uso para las exequias pontificas y sea sustituido por una pompa humilde y decorosa. La tumba: quisiera que fuera en tierra verdadera, con un humilde signo que indique el lugar e invite a la piedad cristiana. Ningún monumento para mí. Amor al mundo, pero también decirle la Verdad…” ese era el testamento espiritual.

Del Papa santo todavía nos falta mucho por descubrir y más por amar. Su enjuta estampa contrasta con su gigantesca dimensión humana la que empezamos a comprender cuando se proyecta a la sobrenatural gloria de los altares. Paulo VI es gigante porque supo hacerse humilde. En las tribulaciones, recurrió a la comprensión del pensamiento de autores e intelectuales católicos en los que se podía dar razón fundada de la fe y esperanza.

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Del Papa santo necesitamos comprender su pensamiento y, en efecto, sumergirnos en la minuciosa sensibilidad característica. Al final de su vida, pidió la comprensión de la humanidad a la que respondió con apasionado servicio y gentil amor. Contemporáneos suyos, particularmente íntimos amigos, vieron en él al amante de lo humano que “se ponía en el lugar del otro y sufría con él” como afirmaría Jean Guitton (1901-1999), por 27 años confidente de Paulo VI.

Un año después de la muerte de Montini, Guitton pondría en manos del público el libro de encuentros y diálogos que, durante 27 años (1950-1927), sostuvo con Paulo VI. Como lo escribe el más preclaro laico participante en la organización del Concilio Vaticano II, Montini, a pesar de haber sido considerado complejo y casi shakesperiano, “era un cura ordinario, sin responsabilidad… sin rojo ni violeta, un simple pájaro negro”, esa fue la impresión que le causó aquel clérigo que no parecía serlo, “abierto, directo, inmediato, sin unción de prelado, sin nada de eclesiástico, de precavido, un oumo vivo e un uomo fresco, nada evasivo…”

San Paulo VI nos deja una puerta abierta para la reflexión sobre el catolicismo y el futuro de la cristiandad. Preservando la tradición y fidelidad al depósito de la fe quiso entrar en diálogo con el mundo. “Lo que está en juego es la fe”, dice Guitton en confidencia, pero a diferencia de esas generaciones de la revolución de 68 que incriminaron al Papa de «no estar a tono con los tiempos», los nuestros tendrán en el pontífice santo al ser humano creyente y Papa fiel para decirnos que, aun cuando hay muchas formas de pensar, la Verdad es única. Proféticamente, Pablo VI afirmó que el católico necesita coherencia y el Papa es “a quien corresponde enderezar, reunir, volver coherente lo que es incoherente”.

 Apabullada por los escándalos, la Iglesia debe mirar a sí misma para redescubrir su misión y recuperar la confianza de los pequeños quienes sufren por la infidelidad e incoherencia que pone lo políticamente correcto antes que el Evangelio. En el nuevo santo podremos redimensionar el sentido de nuestra fe y pertenencia al Cuerpo de Cristo.

 

En este cambio de época donde todo es relativo y líquido, Paulo VI resplandece no por su poder temporal sino por su proyección universal cuando fue un apasionado del cristianismo, convencido de que el credo de Jesucristo “es siempre coherente en sí mismo pero nunca está satisfecho consigo mismo…la fe que tiene el talento de la reforma y de la novedad tanto como el de la tradición y el de la fidelidad porque tiene el secreto de la vida”.

San Paulo VI, ruega por nosotros.

Comentarios
3 comentarios en “San Pablo VI, “amor al mundo, pero también decirle la Verdad”
  1. Solo diré que, en ciertas cuestiones del concilio Vaticano II y el posconcilio, el pudo haberse manejado mejor, en mi opinión. Tampoco, siempre en mi opinión, debió ser declarado santo, no digo que no fuera un Cristiano ejemplar, pero tampoco a tal punto de que su vida fuera modelo para todos los cristianos. Su canonización obedeció más a cuestiones ideologías de Francisco, en él, veía la canonización del concilio, o más bien del «»espíritu del concilio»», y creo que quizás fue así también con Juan XXIII. No digo que no fueran buenos cristianos, pero de ahí a la canonización… repito, es solo mi opinión.

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