Ratzinger visitó a la Guadalupana; Benedicto XVI, no. ¿Por qué el Papa no se postró ante la Virgen?

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El orbe católico llora al pontífice emérito. Se abre ahora un período inédito, un Papa reinante presidirá las exequias y honras fúnebres de su antecesor. Su muerte sacudió el mundo, redes sociales, noticieros, expertos, opinólogos, todos alaban o acusan a Benedicto XVI, mejor recordado por renunciar al papado hace casi 10 años en febrero de 2013.

La Conferencia del Episcopado Mexicano mostró la consternación de la Iglesia y el agradecimiento del casi centenar de prelados por el ministerio del Papa emérito. Especialmente la visita a León, del 23 al 26 de marzo de 2012, es de los recuerdos más notorios salpicado de anécdotas; un Papa en México, el único que no visitó la Basílica de Guadalupe bajo pretexto de la altura de la capital del país, perjudicial para la salud.

Antes de 2012, Joseph Ratzinger estuvo en México en condiciones distintas. Mientras el avión papal volaba hacia México, Benedicto XVI hizo memoria de una visita cuando era cardenal, guardián de la sana doctrina. Fue una visita a Jalisco y Ciudad de México. En mayo de 1996, el prefecto encabezó el Segundo Encuentro de presidentes de Comisiones Doctrinales de las Conferencias Episcopales de América Latina.  En esa reunión se criticó la teología de la liberación; del interés del cardenal Ratzinger fueron el asesinato del arzobispo Juan Jesús Posadas Ocampo, la teología india impulsada particularmente por el obispo Samuel Ruiz García, el relativismo, la retractación de la cristología, la irrupción de la Nueva Era y los movimientos religiosos que, justo en ese 1996, trató el arzobispo de México en una instrucción pastoral.

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Asistieron 25 obispos representantes de las Comisiones Episcopales de Fe de América Latina, comenzaba a figurar Tarcisio Bertone, en ese momento, secretario de la Congregación comandada por Ratzinger, futuro secretario de Estado y delegado papal al VI Encuentro Mundial de la Familias de México en 2009. El documento final de esa reunión puede leerse aquí.

Ratzinger se dio tiempo de visitar México. En Guadalajara celebró misa en la parroquia Madre de Dios; en Chapala disfrutó el pescado lenguado y alabó la fe del pueblo de Jalisco; ofreció una conferencia de medios conjunta con el arzobispo Juan Sandoval Íñiguez. Después, viajó a Ciudad de México acompañado del secretario de la Congregación, Tarcisio Bertone. Era el tiempo del nuncio Girolamo Prigione; Norberto Rivera tenía unos meses de instalado en la arquidiócesis de México y Guillermo Shulenburg, abad de Guadalupe.

Visitó catedral metropolitana y el 12 de mayo presidió la misa en Basílica de Guadalupe, concelebraron Prigione y Rivera Carrera. Su homilía resaltó la importancia evangelizadora de la Virgen de Guadalupe solicitando a fieles y clero tener el coraje para realizar la tarea de la expansión de la Buena Noticia. Estimó su visita a Basílica como peregrinación para encomendar la sana doctrina a Santa María de Guadalupe.

Esos momentos fueron grato recuerdo en la memoria del cardenal Ratzinger como  dijo a los periodistas en el avión que lo trajo a México en 2012, de los últimos viajes antes de su renuncia; sin embargo, convertido en Benedicto XVI, el Papa no pisó Ciudad de México. El anuncio de la visita se hizo el 12 de diciembre de 2011 cuando presidió la misa por los pueblos de Latinoamérica, concelebró el arzobispo de México y el deseo del pontífice era un viaje apostólico antes de la santa pascua para confirmar en la fe a los pueblos latinoamericanos.

Con Norberto Rivera concelebrando en la misa pontificia en Roma, todo apuntaba a que un Papa pisaría el recinto mariano siguiendo los pasos de Juan Pablo II. En enero de 1979, Wojtyla celebró la apertura de la III CELAM a los pies de la guadalupana; en mayo de 1990, beatificó a Juan Diego; clausuró el Sínodo de América en enero de 1999 y en 2002 canonizó a los cajonos de Oaxaca y al beato Juan Diego. Por quinta ocasión, el Sucesor de Pedro podría estar en el Tepeyac, era el año de la fe 2012-2013 y los obispos de Latinoamérica llegarían a México, 20 años después de la IV Conferencia del Episcopado y del Caribe de 1992 donde estuvo Juan Pablo II y en conmemoración del bicentenario de los pueblos latinoamericanos.

Pero las cosas se enrarecieron, la agenda de la visita papal se dio a conocer y sólo tendría a León como la única arquidiócesis con un solo arzobispo anfitrión, José Guadalupe Martín Rábago, antecesor de Carlos Aguiar en la CEM de 2003 a 2006, y quien ya conocía a Ratzinger, al menos desde esa visita de 1996 cuando era presidente de la Comisión Doctrinal del Episcopado. Todo comenzó a tejerse desde la nunciatura apostólica y la presidencia de la Conferencia del Episcopado Mexicano, pero se necesitaba una excusa que sirviera de tapadera. Lo de siempre, la altura de la Ciudad de México para un anciano de 85 años podría ser perjudicial; no obstante, Juan Pablo II, con toda la carga de su enfermedad, llegó a Basílica de Guadalupe 10 años atrás, en 2002, con 82 años a cuestas y la salud deteriorada para canonizar a Juan Diego y a los mártires cajonos de Oaxaca, pero Benedicto, ni pensarlo.

¿Por qué no visitó Basílica de Guadalupe? ¿Realmente por salud? A más de diez años, ahora se sabe que esa tapadera sirvió para cubrir las intrigas de dos hombres: el presidente de la CEM y del CELAM, arzobispo de Tlalnepantla y ambicioso en su carrera hacia el cardenalato: Carlos Aguiar Retes y otro, personaje clave para impedir la visita papal la Basílica, cercano a Aguiar y quien facilitaría, cinco años después, en una decisión que coronaría la carrera del oportunista prelado, el nuncio Christoph Pierre. Ambiciones cubiertas de piedad.

Aguiar Retes no podía tener una sombra sobre sí. Fuentes confiables han asegurado que los motivos del Papa Benedicto no fueron precisamente los que se dijeron. Aguiar concentraba un poder muy grande en el CELAM y el Episcopado Mexicano y necesitaba una visita papal que no podía quedar en manos del arzobispado de México. Lo mejor era un lugar secundario con un conocido, el arzobispo Martín Rábago, bajo las intrigas de Aguiar y Pierre. Benedicto XVI, tres años después, reconoció que de México sólo lamentó una cosa y por eso su visita fue incompleta. Ahora sabemos por qué.

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