Lo que sigue después de la Jornada de Oración

|

La convocatoria de la Iglesia católica para rezar por la paz durante julio tuvo una respuesta reflejada en las acciones que diócesis y parroquias realizaron llamando la atención de las autoridades locales y federales. Desde iniciativas parroquiales como recordar a los sacerdotes asesinados y a los desaparecidos exhibiendo sus retratos como muestra de que ellos tienen nombre y apellidos y no sólo son estadísticas, hasta las manifestaciones públicas donde cientos, vistiendo de blanco, tomaron las calles pacíficamente para decir ¡basta! a la violencia que han enlutado los hogares de México.

Así lo hicieron diócesis heridas e incendiadas por la violencia como la de Apatzingán, encabezada por Cristóbal Ascencio García, o la caminata por la paz que la arquidiócesis de Xalapa hizo el 29 de julio, animados por el arzobispo Jorge Carlos Patrón Wong, en la que jóvenes de diversas partes del país y fieles de las parroquias arquidiocesanas tomaron las calles para hacer una denuncia pública y mostrar que el mal puede vencerse con las armas de la fe.

Estas demostraciones de paz no cayeron bien, sobre todo a quienes tienen la responsabilidad de procurar la justicia y la seguridad. Al iniciar julio, algunos obispos alzaron la voz y denunciaron lo que otros rechazan: haber sufrido en carne propia la afrenta del crimen organizado cuando fueron retenidos ilegalmente, ser blanco de sicarios que cobran el derecho de piso o amenazados afectando su ministerio; sin embargo, ese negacionismo se ha extendido incluso por acólitos del presidente que incitan al descrédito de la Iglesia como provocadora de la violencia que diezma al país.

<

La Jornada por la Paz también tuvo otro contraste que es imposible ignorar. La reunión de funcionarios federales de alto nivel con algunos de los obispos del país tuvo efectos que quisieron moderar y hasta suavizar sus declaraciones y acciones. El secretario de Gobernación se reunió con el cardenal Robles Ortega para mostrar empatía con el prelado y decir que con la Iglesia hay buen diálogo; en otro momento, la secretaria de Seguridad y Protección Ciudadana y la titular del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública sostuvieron una reunión con el arzobispo de Monterrey, Rogelio Cabrera López, presidente de la CEM y el secretario general del organismo, el obispo de Cuernavaca, Ramón Castro Castro, en medio de la guerra justificatoria de cifras que insiste en lanzar la cortina de humo del descenso del número de delitos cuando la realidad muestra el tremendo dolor de miles de mexicanos que, lo que menos tienen, es paz y seguridad.

Es imposible distraer la atención de lo que fue causa de la jornada por la paz. El asesinato de los jesuitas de Cerocahui. A más de un mes de su muerte, no hay ni pista del homicida. La Compañía de Jesús insistió en el reclamo de justicia, atizando las conciencias. El provincial jesuita, Luis Gerardo Moro Madrid, llamó a las cosas por su nombre. ¿Las causas? Más profundas: Una estructura de pecado, “pecado estructural” que toca al poder en todas sus formas. 

Después de la Jornada de oración por la paz de julio, la Iglesia parece firme en una causa: Justicia y exigir estrategias efectivas por la seguridad. No caerá bien a los defensores de los “abrazos y no balazos” la insistencia para cambiar el rumbo, tapando los ojos para negar lo que nos sigue consumiendo cuando millones viven incertidumbre y zozobra. Al finalizar este día en el que se publica esta opinión, serían asesinadas 10 mujeres; 14 personas habrán desaparecido, 115 morirán por causas violentas y cientos, si no miles, serán blanco de delitos menores. A todos nos puede tocar.

¿Qué sigue después de la Jornada? El camino parece claro. Cada comunidad católica será una casa de artesanos de paz, pero no artificial o perniciosa. No habrá monólogo de lambiscones, sino diálogo interpelante y, sobre todo, oración fundada en una de las más antiguas, pero vigentes proclamas del cristianismo, reverberante en cada conciencia y corazón que sabe que hay posibilidad para que las cosas cambien de forma radical: ¡Bienaventurados los que procuran la paz, pues ellos serán llamados hijos de Dios!

Comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *