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La Virgen María y las obras de Misericordia: Comer, beber y vestir
Sursum Corda

La Virgen María y las obras de Misericordia: Comer, beber y vestir

antonio maria domenech
4 Septiembre, 2016

Les adjunto una de las homilías predicadas en las Novenas de los pueblos de la diócesis de Cuenca. Espero que les acompañe en su oración:

A mí me gustaría que hicieran el esfuerzo de pensar que estamos tú y yo solos, o con Jesús. La Reina, la hermana, usted, la última chica que ha entrado del coro, el presidente, los niños… pero solos, charlando de las cosas de Dios, sin prisa. Ser muchos en la iglesia tiene la ventaja de que uno se siente acompañado, pero tiene el inconveniente de que se puede perder en el anonimato y que Jesús ya no hable conmigo. Pero Él es infinito, a Él no se le acaba, puede tener un trato personal directo, cercano y lleno de ternura con cada uno tanto como queramos, y como además nos conoce, es sencillo, porque cuando hablas con una persona por primera vez, como que tienes que hacerle una introducción, y cuando hace años que te conoce ya no hace falta. Hay personas que dicen: “A mí me cuesta menos confesarme con un sacerdote que no me conozca de nada”. Y otros dicen: “No, no, yo prefiero que me conozca, como que ahorramos tiempo”.

Entonces, no en el contexto de una confesión, sino en el contexto de una charla entre amigos o hermanos, yo quisiera decirles que San Lorenzo muere mártir dando su vida por Jesucristo (no vamos a decir de golpe porque tuvo tiempo de decirle al verdugo: Hazme el favor de darme la vuelta porque por este lado ya estoy tostado… Como que encima está de broma el hombre, pero no duraría mucho más). Se puede ser mártir de golpe o poco a poco. Nadie tiene amor más grande que el que da su vida. Porque le cortan la cabeza por Jesucristo o porque la está dando cada día a los demás. Y si uno consigue eso, es feliz. Porque en el darse a los demás, solo cuesta el primer paso. Cuando ya has dado uno, la ilusión de haberlo dado te hace dar dos más y hasta saltar. Y hoy nos toca hablar de unas obras de misericordia corporales. Hay dos tipos, las del alma, las que no se ven, que se llaman espirituales: dar un consejo  al que lo necesita, consolar al triste, rezar a Dios por vivos y difuntos, sufrir con paciencia los defectos de los demás, que ya lo hemos meditado, perdonar las injurias, que tocará algún día… Estas son del alma. Quizás más difíciles de hacer y de recibir, y de saber cómo.

Las del cuerpo son sencillas. Dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, dar posada al peregrino, vestir al desnudo, enterrar a los muertos. Vamos con las primeras. ¿Cómo daría de comer la Virgen Santísima al hambriento cuando era su Hijo? Desde los cuadros de la Virgen de la Leche que sale nuestra Madre del Cielo amamantando a Dios hecho Hombre hasta lo que pudiera ver o adivinar de la Última Cena, ¡cuánto se preocuparía la Virgen de lo que Jesús comía! De hecho, es una pregunta típica de las madres, y luego la vida te enseña que no sólo de las madres, sino también de las abuelas y de todo el mundo que te rodea, que no sé si te ven mala cara porque van diciendo: ¿Has comido, hijo mío? Pero Padre, hace usted mala cara. ¿Ha comido usted? Pues mirad, cuando dais de comer a vuestros hijos o cuando lo habéis hecho, dice Jesús, conmigo lo hicisteis. Entonces, una puede darse cuenta de que está preparando su banquete del cielo empezando aquí, y si cuesta para una señora preparar la comida de Navidad durante cuatro, cinco horas, siete horas, y que luego desaparezca en veinte o cuarenta minutos. Y que luego llegue el momento de recoger y aunque seamos veintisiete siempre recoja la misma. Y aunque nos cambiemos de casa siga recogiendo la misma. Uno piensa: en aquella casa era la dueña y en esta, ¿qué debe ser? Debe ser la tonta. Y yo no sé quién era, en una película sobre el seminario que está de protagonista Fernando Fernán Gómez, al segundo, que no me acuerdo quién es, le dicen: “Pero bueno, ¿tú eres bueno o eres tonto?” Y dice el otro: “No lo sé,  las dos cosas van tan unidas…” Cuando os pase eso, cuando os sintáis la tonta, sabed que estáis dando de comer al hambriento, que puede ser tu esposo, tu hijo o tu madre.

¿Y el sediento? Está Jesús en el pozo con la samaritana y le dice: El que beba del agua que yo le daré no volverá a tener sed. Y aquella mujer empieza a pensar: Pero si no tienes cubo, ¿cómo vas a darme agua? Y Jesús le sigue el juego: Bueno, pues déjame el cubo. Pero… pero esta agua, ¿tienes un pozo mejor que este pozo? Y ahí empieza a tratar con Jesús, como podría hacer con cualquiera de vosotras. Y aquella chica se va del pozo, convencida de que no va a volver a tener sed, porque bebe el agua de la Vida. Cree en Jesús. Y a la Virgen de Manjavacas le pido que nos dé de esa agua, porque no están los tiempos para pasar sed. Hace muchos años en España se pasaba sed en algunas zonas, pero ahora digamos que agua tiene todo el mundo. Pero cuando vas camino de Santiago, hace bastante sol, la cantimplora está en la furgoneta y quedan doce kilómetros para llegar a la parada, y empiezas a ver borroso, y el suelo se sube y se baja… aparece un hombre en un pueblo y te dice: ¿quiere agua?, tú te lo quedas mirando como si fuera Dios. Claro que quiero agua. Pase, pase a beber agua. Hay momentos en la vida espiritual que unos se quedan sin agua. ¿Pero te ha pasado algo? ¿Se ha muerto alguien? No, pero me he quedado sin agua, como el coche. Que como no pares se rompe la junta de culata, el motor, y ya te lo puedes cambiar. Se quedó el coche sin agua.

Yo creo que la que nos da el agua es la Virgen María. Y esto lo entenderán con las plantas. Las plantas necesitan luz y agua. Y tú puedes regar mucho una planta, pero si no tiene luz sube blanca, como las lentejas que se colocan en los monumentos del coro… Queda bonito pero aquellas lentejas, no… blanca… Algunos te dicen: yo… es que yo tengo fe, pero no recibo los sacramentos porque ya rezo. Pues te va a pasar como las lentejas. Sin fotosíntesis. ¿Se ha muerto la planta? No, reza, la planta vive, pero perdió el color. Tenía agua. Y otros te dicen: yo es que soy muy de misa, sabe usted, pero no rezo nunca. Esa tiene luz, tiene sacramentos, pero no tiene agua. Se seca. Hace falta rezar y hace falta recibir los sacramentos y María es el agua.

Y si no les ha gustado lo de las plantas, a los hombres con la obra. El agua hace falta para hacer la casa, pero para todo: para el cemento, para el albañil (y si no déjelo sin agua y ya verá como mañana no vuelve), para dentro de la casa… En la iglesia María puede ser el agua, y en el alma también. Y si te das cuenta de que te estás alejando de la Virgen te estás quedando sin agua.

Vestir al desnudo. La Virgen María vestiría a Jesús tantas veces… Las niñas pequeñas tienen sus muñecos y los visten y los desvisten y les cambian el vestido y se lo vuelven a cambiar. En Santa María, supongo que aquí también pasará, las damas y las reinas piensan en el vestido de la noche, en el de la mañana, en el de los toros, en el de la tarde de los toros, en el de la noche de la tarde de la mañana de los toros… ¡Madre mía! Será importante para ellas vestirse…

Y si no queréis que hablemos de vestidos, vamos a hablar de zapatos. Nunca te llegue una chica y te pida que le ayudes al traslado de sus zapatos porque puede que no acabes nunca. Esos zapatos que pueden ser el calzado del peregrino que camina por la vida. Quizás hoy día dar posada al peregrino… pues sí. En Sto. Domingo de la Calzada, en Burgo de Osma, en Burgos, en Calahorra pues tienen ocasión de hospedar peregrinos. Pero nosotros a lo mejor no podemos dar la casa, pero sí ayudar a caminar. Los zapatos. Dice el Evangelio: si hay alguien que te pide para que le acompañes una milla, acompañale dos. Nueva York es la ciudad que tiene más habitantes solos. Mucha gente, muchos solos. Quizás puede pasar con Mota. Yo conozco poco del pueblo, pero puede pasar que haya gente sola que no encuentre nadie con quien caminar, o que le duelan los zapatos.

Hoy me gustaría que si alguien siente frío en el alma, sepamos arroparle. Porque nos da miedo. Yo no sé si fue… creo que fue sor Piedad, que estuvo aquí, que cuando salió el papa Francisco, en los ejercicios espirituales, nos encontramos en un pasillo y le dije: ¿ha visto lo que ha dicho el Papa? “Sí, es muy bonito, pero nadie le hace caso”. Y a mí me dejó pensando, porque el Papa habla de ternura, de cariño, de que los cristianos deberíamos amarnos, más, como los primeros cristianos. Mirad cómo se aman, pero nos da miedo. Porque como hay que pasar una serie de barreras: lo que pensará la vecina, lo que me dirán en casa, lo que yo voy a perder si me preocupo del otro y lo que no voy a ganar porque hoy día nadie da sin nada a cambio (definición de amistad, pero sirve para la vida, dar sin nada a cambio) nos da miedo arropar y nos da miedo cantar, caminar, acompañar.

A mí me gustaría que nadie saliera de la iglesia sin pensar a quién le va a dar algo de comer, de quién se va a preocupar que pueda acercarse a la Virgen para beber del agua viva. Lo que pasa es que no lo hacemos… ¿Con quién podemos caminar un poco? o ¿quién necesita que le arropemos?  Y empiezo por mí mismo. Vamos en silencio a pedirle a la Virgen que nos dé la luz suficiente para ponerle nombre y apellidos a lo que estamos diciendo, porque si no, la Novena puede ser muy bonita pero inútil. Tú tienes una amiga que te necesita, o una hija, o una madre.

Con María. A María. Por María. Que así sea.

Pueden leer alguna más en https://sellenarondeinmensaalegria.wordpress.com/

antonio maria domenech