Esta fue la verdadera imagen de Benedicto XVI

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Los análisis sobre la imagen pública buscan incidir sobre los mejores elementos para persuadir, apuntalar empresas o destacar marcas a fin de lograr competencias exitosas generando percepciones favorables entre consumidores, electores, simpatizantes o públicos especiales.

En los políticos se busca la imagen de poder y seguridad conjugando señales amistosas para ser agradables, no repulsivos, modernos, frescos, capaces de producir sensaciones o sentimientos de aceptación, de distinción, enterados de los problemas y decididos para resolverlos, bien informados, pero no necesariamente ser sinónimo de cultos.

Se ensaya la sonrisa, ademanes, ropa, el nudo y color de la corbata para proyectarlo como un estadista, influyente, capaz de captar el voto del electorado o satisfacer sus aspiraciones a los cargos públicos. Es típico el ejemplo de dos políticos del siglo XX cuando la imagen es éxito o fracaso de candidaturas. El primer debate en televisión entre John Kennedy y Richard Nixon en las elecciones de 1960; la película “Nixon” (1995) de Oliver Stone exageró la debacle del vicepresidente ante el senador por Massachusetts, pero fue real. Un republicano, nervioso, sudoroso, frente a un demócrata joven, impávido, bien vestido, moderno, una figura del poder que ocupó, por escaso margen, la malograda presidencia de los Estados Unidos. La manufactura del poder.

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En la religión la cosa no es diferente. Las iglesias electrónicas o televangélicas hacen del cristianismo la religión del éxito y la prosperidad contra las ideas pauperistas y de humildad de las iglesias tradicionales. Pastores televangélicos son mesías de congregaciones en arrebato frenético invocando los dones del espíritu mientras él grita, gesticula y reprende al mal enfundado en trajes de línea y accesorios exquisitos e imposibles para la mayoría de los bolsillos de sus ovejas.

La respuesta es a través del dinero como prueba porque a Dios no se le ofrecen migajas, saben usar lo justo en la imagen para construir megaiglesias y el rebaño lo entroniza como un profeta espiritual y líder temporal.

El lector coincidirá que la imagen de Benedicto XVI en las redes sufrió una evolución desde el inicio de su pontificado, aceptándolo como el anciano que impone reverencia y respeto para creyentes y no creyentes. Es un fenómeno que llama la atención frente a las teorías de la imagen construida sobre elementos persuasivos. Un asesor de imagen, quizá, no sugeriría imitar la de un anciano de pelo revuelto y encorvado, enfundado en una sobria sotana blanca; sin embargo, Benedicto XVI supo cómo influir usando los signos y símbolos del poder pontificio impactando a millones de seres humanos.

En abril de 2005, Benedicto XVI tenía 78 años. Muchos arquearon las cejas renuentes a la elección del sucesor de san Juan Pablo II, el Panzerkardinal. Fue blanco de burlas, sátiras y comparaciones que denostaron su personalidad comparándolo con un dictador de que traería una era de oscurantismo a la Iglesia, comparado con personajes de ficción de la saga de la Guerra de las Galaxias y en publicidades y campañas “antiodio a favor de la tolerancia” francamente grotescas cuando el Papa simulaba un beso, boca a boca, al Imán Ahmed El Tayyeb   

Al inicio de su ministerio, Benedicto XVI no tuvo el impacto como el de su predecesor, pesaba sobre él Juan Pablo II, el atleta de Dios, hecho para las pantallas, desenvuelto en los escenarios y enérgico en el discurso. En la sociedad de la imagen, Ratzinger no cubrió esos requisitos, su parsimonía y formas pausadas proyectaron al intelectual y tímido académico con un timbre y tono que exigían la máxima atención de los receptores si es que querían saber su mensaje.

Irían minando sus fuerzas, particularmente después de la visita a México en 2012  y frente al destape de los vatileaks, pero Benedicto XVI consiguió un impacto envidiable que fue creciendo hasta su renuncia. ¿Por qué fue posible esto? Quizá una primera clave hay que entenderla desde los gustos especiales de Ratzinger por la sobriedad y belleza de los símbolos, la pedagogía e influjo de la liturgia como la acción de Cristo y deshacerse de elementos papales adversos a la unidad de los cristianos. Al mundo son agradables los títulos y Benedicto XVI renunció a ellos para tender puentes hacia otras confesiones y propiciar el diálogo interreligioso; prescindió de las ínfulas y enfatizó las distinciones del pastor más que las del soberano.

Una segunda clave es la disposición de Ratzinger para entrar en contacto con el mundo usando los elementos del mundo. Esto fue un efecto renovador de la imagen del anciano Papa capaz de trabar un diálogo moderno usando twitter y predicando en 140 caracteres; platicó con periodistas respondiendo a las preguntas más urgentes que cualquiera quisiera hacer a un Sucesor de Pedro y la hizo de entrevistador cuando en mayo de 2011 se puso en la posición del curioso al interrogar a los astronautas de la Estación Espacial Internacional y del transbordador Endeavour, hito que ningún Pontífice había sostenido en conversación directa con seres humanos más allá del planeta.

Una tercera clave es la renuncia a la sede de Pedro. El polémico pontificado tuvo un cierre con broche de oro. Todo mundo se preguntó sobre la licitud de la renuncia y si Benedicto XVI estaba legitimado para botar su tarea a causa de la pérdida de las fuerzas abriendo interesante discusión sobre el trato, vestiduras, título y posesión de los emblemas pontificios.

Aunque fueron debatidas las formas para un Papa emérito, el fondo de la renuncia dejó impronta única a la imagen de Ratzinger para decir que el poder no es lo máximo y es necesario dar paso a la virtud suprema de la humildad de cara a Dios. Las palabras “ya no tengo fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio petrino” iniciaron un alud de opiniones, de la conveniencia de renunciar ante la incapacidad, pero elevando a Ratzinger como un campeón de la sinceridad en la sencillez del peregrino agradecido “que empieza la última etapa de su peregrinación en esta tierra. Pero quisiera trabajar todavía con mi corazón, con mi amor, con mi oración, con mi reflexión, con todas mis fuerzas interiores, por el bien común y el bien de la Iglesia y de la humanidad”.

El Papa Benedicto fue signo de contradicción ante las imágenes resumidas, de corbatas y colores, de sonrisas plásticas y cirugías cosméticas a la self-demand, bien construidos y articulados, artificiales, vacíos y arrogantes fincados en la cultura líquida. Quizá los cibernautas vieron en la imagen de Benedicto XVI el conjunto de valores que urgen en la sociedad extravagante del pensamiento diluido y reblandecido. Esta fue la imagen exitosa del Papa emérito. La imagen exitosa del hombre que cree en Él, del sacerdote que sabe que sólo hay Uno que debe imperar, esa es su identidad cristocéntrica porque Cristo es imagen de Dios, “se ha hecho hombre. En Él, el Crucificado, se lleva al extremo la negación de las falsas imágenes de Dios” (Encíclica Spe Salvi, No. 43). Y eso no puede ser reproducido por los asesores de imagen.

 

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