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El último arzobispo de México leal a España

“¿Quién debía ser luz en aquellas tinieblas y mano robusta en aquel desconcierto? ¿Quién? ¡El pastor que no huye cuando ve venir el lobo…!
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México cumple 200 años de vida independiente. El 27 de septiembre de 1821 es más bien una fecha anecdótica que festiva. Tomamos mejor el estandarte de Hidalgo que la bandera de Iturbide, acta de nacimiento de un Imperio que después fue configurándose en la República.

Muchos permanecen en el silencio y en las sombras como la calavera de Iturbide que no pudo ganar su sitio entre los restos de los próceres del movimiento. En catedral, paradójicamente, una urna oculta protege sus huesos identificados sólo con el retrato del emancipador.

Reposa junto a la sede del arzobispo que no reconoció la Independencia de México y dejó el arzobispado para volverse a España. Oculto en las nieblas de la historia es el último arzobispo de México, leal a la corona. Pedro José de Fonte Hernández nació en mayo de 1777 en Aragón. Abogado en leyes civiles y canónicas vino a México al tiempo que Francisco Javier Lizana y Beaumont fue promovido al arzobispado del mismo nombre en 1802. Según el historiador Luis Navarro García, Fonte era un clérigo hábil, párroco y profesor que ocupó buenos cargos y con astucia, manejó los recursos monetarios de la administración eclesiástica: «Fonte fue catedrático de la Universidad de México; luego fue párroco por oposición de la iglesia del Sagrario de México, y poco después, también por oposición, la canonjía doctoral de la catedral. En los años de 1810 a 1814, Fonte fue juez ordinario, visitador de testamentos, capellanías y obras pías, cargo de gran importancia en el manejo de los bienes del arzobispado para la concesión de préstamos, y así lo encontramos en una reunión con el virrey el 11 de diciembre de 1811 para la concesión de un préstamo de 252.548 pesos”.

Su época fue de las más difíciles. La Nueva España ardía con los intentos de independencia y el levantamiento de Hidalgo en 1810. Su nombramiento, el último desde del reino para un arzobispo de México, vino en enero de 1815 tras la muerte del arzobispo Francisco Javier de Lizana y Beaumont, su mentor. Fue consagrado el 29 de junio de 1815 en catedral de México. Tenía 38 años.

Cuando Iturbide proclamó el Plan de Iguala, el arzobispo José de Fonte lo condenó en un documento público para demostrar la lealtad debida a Fernando VII. Con el movimiento, la Independencia de México veía su consumación atrayendo a las diversas tendencias políticas y eclesiásticas, pero no era unánime la aceptación en el alto clero de la agonizante Nueva España.

Pedro José exhortó a Iturbide a la obediencia al monarca y a la Constitución. No había ningún pretexto para un levantamiento salvo “tendencias antirreligiosas”. El arzobispo, viendo que el movimiento independentista  se dirigía a la emancipación, tuvo una entrevista con el último representante del rey, Juan O’Donojú, Agustín de Iturbide y el arzobispo de Puebla, José Antonio Joaquín Pérez Martínez y Robles, uno de los más fervientes partidarios del futuro emperador, para saber cuál debería ser la actitud del arzobispo ante la pérdida del virreinato.  El mismo Luis Navarro lo dice según las memorias del arzobispo: La consulta de Fonte planteaba cual habría de ser su conducta en el caso de que el gobierno español no aprobase el Tratado de Córdoba y se rompiese definitivamente el vínculo entre México y España. La respuesta hubo de ser que en tal caso debía regresar a la península, guardando la obediencia jurada al rey”.

Y así lo hizo, Fonte Hernández primero abandonó su arzobispado en 1822 y, según los historiadores, la Santa Sede lo obligó a que renunciase a la mitra o volviera a sus obligaciones. El 20 de febrero de 1823 “embarcó en una lancha en la que navegó por el río Pánuco para salir al mar donde, no sin correr algún peligro, abordó el bergantín El Hiena. Navegando desde La Habana en un buque francés, llegó a El Havre el 12 de mayo, y siguió a París, donde se detuvo diecisiete días, y luego fue a descansar a Bagneres de Bigorre. Llegó Madrid el 21 de noviembre, cruzándose en el camino con el duque de Angulema que acababa de poner término al Trienio español. Contaba entonces Fonte 46 años”.

De ese abandono, el padre Ángel María Garibay Kintana, el notable estudioso de las culturas del México antiguo formado en el Seminario Conciliar de México, escribió en su Elogio fúnebre de los arzobispos de México (México 1946). Tratado de pusilánime, el canónigo desdeña a quien dejó el arzobispado en los momentos del nacimiento del imperio mexicano y sentencia: “¿Quién debía ser luz en aquellas tinieblas y mano robusta en aquel desconcierto? ¿Quién? ¡El pastor que no huye cuando ve venir el lobo…! ¡No fuiste tú, Pedro José de Fonte, no fuiste tú ese pastor! ¿De qué sirvió a tu sede el más largo pontificado si sus treinta y tres años quedaron tan lejos de los años de Cristo? Seis años escasos estás frente a tu pueblo y lo abandonas. A la hora en que él necesita luz que lo guíe, tú te oscureces; cuando exige una mano que lo sostenga, tú te sustraes; en el momento en que lanza su gemido de hijo huérfano, tú estás ausente. Pudo más en tu alma la lealtad al trono, que tus juramentos de fidelidad a Cristo…” 200 años después, cualquier parecido al momento actual, no parece ser coincidencia.

 

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