Editorial Centro Católico Multimedial: «Un año lleno de dificultades»

|

Editorial CCM / Este domingo 11 de diciembre, la Iglesia católica de México realiza la última jornada de oración, mismas que ha venido realizando a raíz del asesinato de los dos jesuitas de la Tarahumara. Ahora, en víspera de la mayor de las festividades populares religiosas, las parroquias y comunidades están invitadas a orar a Santa María de Guadalupe en señal de agradecimiento por los 491 años en los que Dios ha realizado “las maravillas realizadas en la Nación mexicana”.

En un mensaje, la Conferencia del Episcopado Mexicano afirma que el año 2022 fue lleno de dificultades, pero los hechos se han vivido con fe, conscientes de que son oportunidad para “reavivar nuestra esperanza” al amparo de las palabras atribuidas a la Virgen de Guadalupe: “¿No estoy yo aquí que soy tu Madre?” A la vez, recuerda las diferentes jornadas de oración programadas a lo largo del año en donde se pidió por los sacerdotes, religiosas y religiosos asesinados, las víctimas de las violencias, las personas desaparecidas y sus familias, las víctimas de trata de personas y por el fin de la impunidad y corrupción en el sistema judicial que impide la consecución de la justicia.

Sin lugar a duda, este tiempo fue difícil en especial para la Iglesia. Perder a los ministros de una forma violenta y aún impune, la quiso activar sacudiéndola para llamar la atención con jornadas de oración como la mejor arma de la que se puede echar mano para cambiar las cosas. Pero hay un compromiso que rebasa las paredes de los templos: la construcción de la paz.

<

Y aunque se ha querido dar un impulso y revitalización para no perder de vista la causa que dio origen a las jornadas mensuales, tal parece que ahora el mejor aliado de la impunidad es la pérdida de la memoria. Aun se nos debe la aprehensión de los responsables de la muerte de los jesuitas, además de la del padre José Guadalupe Rivas Saldaña, de la arquidiócesis de Tijuana, quien, unos días antes de los asesinatos de Chihuahua, fue privado de la vida violentamente sin que, a la fecha, se sepa con quiénes o por qué decidieron darle una muerte tan sádica.

No obstante, la esperanza subsiste y eso mismo es de las virtudes que hace posible la vida de fe en el Señor. Celebrar a Santa María de Guadalupe, después de una prolongada pandemia, implica reconocer que hay luz al final del túnel. Millones pasarán bajo su manto en señal de agradecimiento por los milagros que desconocemos, pero son guardados por cada corazón que llegará a las faldas del Tepeyac. Con todo, los mexicanos, cristianos y guadalupanos, debemos reconocer que nuestra forma de llevar la fe no ha sido la mejor cuando estamos en una situación tan delicada como jamás en nuestra historia. Vivir en una época de polarización política y social nos ha llevado a acentuar las brechas que creíamos superadas, especialmente por los desastrosos liderazgos que han puesto a este país al borde de un caos que nadie desea si aspiramos a subsistir como país.

Recuperar a la Virgen de Guadalupe no es sólo una demostración anual masiva de millones cada 12 de diciembre. Debe ser puesta como un símbolo vivo de la unidad que es urgente. Hace 491 años, después del caos de la conquista, vino una Mujer vestida de Sol y forjó una identidad mestiza. Fue emblema de libertad y de reconciliación; ahora, en este tiempo, debe ser signo de paz y esperanza basado en ese mensaje que portó en su seno. Su mensaje es actual y vital. De no comprenderlo, entonces estaremos jugándonos nuestro destino como nación.

Comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *