Editorial Centro Católico Multimedial. «Lagos de Moreno, lagos de sangre»

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Editorial CCM / Indecible, agobiante… ningún calificativo parece suficiente ante el video de los jóvenes de Lagos de Moreno. Decir que fue “filtración” es cosa que solo haría agachar la cabeza. Una forma deliberada, con toda intención, de mandar un mensaje a nuestras manos, cualquiera lo puede ver, oír, sentir… Sea niño o joven, adultos o ancianos, abrir los dispositivos para aturdir nuestros sentidos, el horror de personas masacradas ante la complacencia de desconocidos.

 Roberto Olmeda, Diego Lara, Uriel Galván, Jaime Martínez y Dante Cedillo son los cinco de Lagos de Moreno, la región de los Altos donde la violencia se recrudece. Nadie sabe por qué esos jóvenes debían sufrir de esa forma, pero eso es la constancia de una guerra sin fin, la que se ha pasado por el arco del triunfo, la política de los abrazos y no balazos.

 Sin embargo, la respuesta de las más altas instancias de gobierno fue la de la burla, aunque luego se quiso tapar el pozo. Cuestionado por los medios, al final de su conferencia mañanera, un cínico presidente sabe responder con la forma de los idiotas: el chascarrillo fuera de lugar… “No oigo, no oigo…” decía la socarrona ocurrencia que es, en el fondo, el reconocimiento del fracaso cuando este país es una fosa de cadáveres, un campo de batalla, un páramo quemado de los carteles de la narcoviolencia que actúan bajo la complacencia de la impunidad.

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 Lo de Lagos de Moreno no es nuevo. En Jalisco, hay gobiernos paralelos. Estados de poderes fácticos. Es el Estado de las narcobombas. De miles de desaparecidos y de los retenes. Pocos recuerdan cómo, antes de la pandemia, tráileres frigoríficos conteniendo cientos de cadáveres, circulaban por Guadalajara. Cuerpos sin reconocer o identificar, víctimas del crimen organizado. Camiones de la muerte que podían ir y venir sin que nadie pusiera un alto o diera una explicación.

 Lo de los jóvenes de Lagos de Moreno despierta indignación, pero pronto podría pasar este estupor. Nuestra memoria es corta. El secuestro y desaparición de los cinco jóvenes se sumó a la estadística de las cerca de 15 mil personas sin localizar en Jalisco. De ellos, conocemos sólo el nombre de una decena gracias a la acción emprendida por sus familias, de la mayoría, sólo la cifra anónima que nos vuelve insensibles que nos acostumbra a la salvaje y vertiginosa violencia.

 Tras los hechos y conocer las evidencias de que los jóvenes podrían haber sido asesinados, decenas de laguenses ocuparon la escalinata que lleva al templo de Nuestra Señora de la Asunción. Ahí montaron un memorial mientras la bandera de México yacía en el piso, mojada por la lluvia y doblegada por el peso de los desaparecidos. Una elocuente imagen de cómo la consternación puede pasar a la acción por la paz, pero hay que pasar a otro nivel, al del castigo, al de reparar, al de saber la verdad, al de garantizar que esto no volverá a repetirse.

 En 1950, en un mensaje a los representantes de la prensa católica y a la opinión pública, el Papa Pío XII afirmó, con un sorprendente profetismo, que no era exagerado afirmar que el futuro de la sociedad moderna y la estabilidad de la vida interior dependían, en gran forma, de un equilibrio entre la fuerza de las técnicas de la comunicación y la capacidad de reacción del individuo. Así es. Pongamos la estrategia del narco de desapariciones, miedo y el mensaje de violencia, añadamos la indolencia y socarronería del presidente; añadamos también la debilidad y confusión de un gobierno estatal agobiado por los desaparecidos y fosas. ¿El resultado? Lagos de Moreno, lagos de sangre.

 

 

 

 

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