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Editorial Centro Católico Multimedial. «Indignación e indolencia»

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Editorial CCM / En lo que marca la “Segunda etapa del Diálogo Nacional por la Paz”, los obispos de México han convocado a emprender nuevas acciones que “impulsen el diálogo, la articulación e incidencia” por uno de los bienes más escasos y preciados, la paz en México.

Como es sabido, desde el asesinato de los jesuitas de Cerocahui, Chihuahua, la Conferencia del Episcopado Mexicano, la provincia mexicana de la Compañía de Jesús en México y la Conferencia de Superiores Mayores Religiosos, han impulsado jornadas y, de manera esencial, el Diálogo Nacional por la Paz realizado en Puebla el pasado septiembre de donde derivó la agenda nacional.

Algunas iglesias particulares han tomado en serio esta convocatoria de los obispos. Quizá, de lo más destacado, es el trabajo por la paz que se realiza en la provincia eclesiástica de Morelia encabezada por el arzobispo Carlos Garfias Merlos. Ese arzobispado y las cinco diócesis sufragáneas se han convertido en un referente indiscutible por la construcción de la paz al estructurar toda una serie de iniciativas organizadas que ya atienden a las víctimas de las violencias. Sin duda, el modelo michoacano de la Iglesia en esa parte del país es ahora interpelante porque desafía también al crimen organizado, no con las armas, sino con la Palabra y la acción que también es motivada por la esencia del Evangelio como fuente de reconciliación.

Así, en la pasada reunión provincial realizada en la diócesis de Apatzingán, el pasado 29 de enero, los prelados de las diversas diócesis michoacanas “cerraron filas” para estar “en el ojo del huracán”, como dijo el arzobispo Garfias, un punto de la geografía del Estado convulsionado por la violencia y los enfrentamientos entre el crimen organizado. Cristóbal Asencio García, obispo de esa diócesis, no se amedrentó y habló con convicción profética al llamar a los delincuentes a una conversión y deponer las armas: “Dejen de hacer el mal”, dijo el prelado cuando, en últimos días, Apatzingán ha tenido un alza en hechos violentos principalmente por la disputa entre carteles del crimen organizado: “En nombre del Señor, cambien su vida… con caridad se los digo, dejen de hacer el mal, están siendo causa de mucho sufrimiento para tantas personas, acérquense a Cristo, los sacerdotes, los obispos, los escucharemos para acercarlos a Cristo, no para pactar… sino para ayudarles a acercarse a quien es fuente de la paz verdadera”.

Sin embargo, la insistencia del arzobispo de Morelia fue más allá teniendo en cuenta la delicada situación especialmente en tiempos electorales. Llamando al diálogo abierto, franco “que nos ayude a colaborar con el gobernador, con los presidentes municipales, con las autoridades del gobierno federal, con la sociedad civil, los empresarios…” el clero michoacano llamó también a una “reintegración social” de quienes dejen las armas para volver a los caminos de la paz. Este llamado es fundamental, especialmente a los que detentan una responsabilidad pública puesto que, en reiteradas ocasiones, se ha insistido en el fracaso de la estrategia de seguridad que ha provocado más violencia y más de 170 mil homicidios dolosos en el presente sexenio.

 

En este sentido, la segunda etapa de las acciones por la paz de la Iglesia en México ahora se encamina a un diálogo con quienes están en la contienda por la presidencia de la República. En esta capacidad de convocatoria, llama a todos los especialistas a elaborar “Estrategias de Políticas Públicas para la paz” y entregarlas a “todas las candidaturas a cargos de elección pupular a través de la Red Nacional por la paz”.

 

La Iglesia en México ya considera que la violencia en México es una tragedia. Efectivamente, esta lamentable situación se ha extendido por 18 años. La política de los abrazos y no balazos es pura retórica mientras la sangre corre y las autoridades dicen que todos somos felices y vivimos en un país pacífico y de armonía. Hay “indignación e indolencia” especialmente cuando millones han visto su esperanza frustrada. Engañados por la promesa de un cambio que, por el contrario, ha decidido pactar con los poderes fácticos que mantienen en vilo la seguridad e integridad de millones de personas que no saben si mañana habrá una oportunidad para vivir.

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