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Editorial Centro Católico Multimedial. «Ayotzinapa, otro fracaso de AMLO»

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Editorial CCM / Mientras AMLO transcurría su conferencia matutina, por la puerta trasera, los normalistas de Ayotzinapa lograron lo impensable. Usando como ariete una pick-up de CFE, una de las puertas de Palacio Nacional cayó haciendo visible lo que días atrás venían realizando: Constantes protestas y acciones que algunos estiman como vandálicas ante los escasos avances para saber la verdad en torno a la noche de Iguala y el paradero de los estudiantes normalistas desaparecidos.

Muchas son las preguntas y pocas las respuestas. Empantanado, todos los elementos infieren la comisión de delitos y de complicidades para ocultar y establecer el pacto de silencio escalando a niveles escandalosos de corrupción.

La serie de responsabilidades de los funcionarios quizo generar un nuevo paradigma en el derrumbamiento de la verdad histórica; sin embargo, aunque también se apuntó hacia la presunta participación de las fuerzas armadas, no existen aún detenidos de gran calibre, los pesos pesados a quienes se les podría imputar la responsabilidad directa de los hechos trágicos de Iguala, se pasean en la impunidad. AMLO quiso aparecer como de los principales comprometidos para esclarecer la verdad, siempre en tono triunfal, pero, como se recuerda en alguna de las ocasiones en las que los padres de los normalistas acudieron con el presidente, como lo dijo la representante de los padres, María Martínez Ceferino, es que todos esos discursos que pretendieron la demolición de la verdad histórica del antiguo fiscal, fueron, en realidad, puro flatus vocis: “No tenemos nada”, diría la madre quien en esa ocasión los acentos faltantes en un discurso que parecía desviar el cometido fundamental que era el anhelo de los padres y madres reunidos.

La gravedad y quizá hasta resistencia del presidente de México es el temor quizá al compromiso de no cumplir, de fallar para llegar al punto medular, de jamás conocer por qué desaparecieron, de no saber dónde están… porque la culpa podría extenderse al instituto que más le ha confiado en poder, el ejército. Todo detuvo cuando las investigaciones apuntaron hacia la responsabilidad de las fuerzas armadas que podrían estar involucradas en la desaparición de los estudiantes.

En octubre de 2014, los obispos de México, a través de un comunicado sobre los acontecimientos de Iguala, afirmaron un resumen perfecto de lo expresado a seis años de esa noche trágica. La preocupación del Episcopado “por toda forma de violencia, corrupción, actividad ilícita, nexos con el crimen organizado e impunidad”, además de hacer un llamado urgente a las “autoridades a redoblar esfuerzos para encontrar a los estudiantes desaparecidos, sancionar a los culpables y hacer prevalecer el estado de derecho, a fin de garantizar la seguridad y una vida digna a todos los mexicanos y mexicanas”.

Hoy, mientras las campañas polìticas sirven de escaparate para prometer lo que no se ha podido cumplir, los 43 son esa herida que se niega a cerrar. Es el permanente recuerdo de lo que nuestra sociedad y sistema político es realmente. La colusión de autoridades civiles, políticos corruptos, fuerzas armadas y grupos del crimen organizado parecen ser la mezcla letal que, en unas horas, pusieron un nombre, Ayotzinapa, en el escenario internacional por ser de los casos criminales contra los derechos humanos más deleznables en la última década. Hoy la furia crece. Y la manipulación del caso, también es lacerante y evidente. Los 43 persistirán en nuestra memoria. Y son el fracaso de AMLO que prefirió el refugio de la “verdad histórica” antes que castigar al poder corruptor enquistado en las fuerzas armadas.

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