Editorial Centro Católico Multimedial. “Alguien debe detener esto”

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Centro Católico Multimedial.- Parece inútil el grito de ¡Ya basta! cuando ascienden los crímenes, agresiones y atentados contra periodistas en México. Apenas la semana pasada, el 8 de mayo, este Centro Católico Multimedial condenó, a través de la opinión dominical, la muerte del periodista Luis Enrique Ramírez Ramos abatido en Sinaloa.

Unas horas después de la publicación de ese editorial en el que se preguntó ¿Qué más tiene que pasar para que todo esto cambie?, otras dos profesionales de la información, la directora de ‘El Veraz’, Yessenia Mollinedo, y la camarógrafa Johana García, fueron acribilladas en Cosoleacaque, Veracruz. A plena luz del día, los asesinos esperaron a las víctimas cuando se acercaran a su vehículo y apretaron el gatillo dándose a la fuga. Las mujeres quedaron gravemente heridas falleciendo en camino al hospital.

El conteo de profesionales de la información parece habernos anestesiado acerca de la gravedad de estos asesinatos. Matar a cualquier persona es deleznable y condenable, asesinar a un periodista provoca el luto por la pérdida de una vida humana y es oprobio para una sociedad que impide el derecho a la verdad.

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El 3 de mayo, Reporteros Sin Fronteras publicó su vigésima edición de la Clasificación Mundial de Liberta de Prensa para evaluar las condiciones en las que se ejerce el periodismo en 180 países del mundo destacando el fenómeno de la polarización informativa, la represión a la prensa independiente, la desinformación, impulsada por las redes sociales y donde se da un número récord de países donde ejercer el periodismo es considerada como “muy grave”.

En 2022, México se mantiene como “uno de los países más peligrosos y mortíferos del mundo para los periodistas”. País “mortífero” cuando en los tres años de gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador suman ya 1,945 ataques contra la prensa, entre los cuales se encuentran 34 asesinatos de periodistas y dos desapariciones según la organización Artículo 19.

Reporteros Sin Fronteras ahonda más en las causas de este desastre: “La retórica tan violenta como estigmatizante contra los periodistas, a los que acusan regularmente de promover a la oposición”. ¿Desde dónde se propicia esta violencia? Una gran responsabilidad la tiene el actual gobierno. El presidente de México “ha criticado a los periodistas por su falta de profesionalidad y ha calificado a la prensa mexicana de “parcial”, “injusta” y de “desecho del periodismo”.

Cuando en este país se pone en tela de juicio al periodismo y se mata a los profesionales de la comunicación, puede afirmarse que está en vías de ser un estado fallido que ya no está en posibilidad de proteger y tutelar el derecho a la vida y el de estar comunicado e informado. La desgracia del autoritarismo no es una posibilidad, ya es amenaza real y cuando la verdad es criterio que hace evidente la corrupción, la represión y el odio son los instrumentos del tirano para ejecutar la violencia y desatar la muerte.

En marzo pasado, el arzobispo de Morelia, Carlos Garfias Merlos, al lamentar el asesinato de Armando Linares, expresó lo que significan los periodistas para la Iglesia y señaló de forma categórica: “Tenemos que recordar que, en la actualidad, los periodistas siguen siendo objeto de ataques, encarcelamientos, secuestros y asesinatos por ejercer su profesión… los periodistas para la Iglesia representan la gran oportunidad para transmitir buenas noticias y para promover en nuestra sociedad: La unidad, el diálogo, el perdón, la reconciliación y la paz”.

Otras dos periodistas fueron asesinadas y no parece haber mayor conmoción que la de la nota del momento. Ojalá las palabras pudieran detener las agresiones, pero en esta polarización y crudeza, la verdad resulta muy incómoda. ¿Qué mas tiene que pasar?, nos preguntábamos. México mortífero es el país donde la verdad se odia. Hay que desaparecerla, no importan cuantas vidas dependan de ello. Alguien debe detener esto.

Comentarios
1 comentarios en “Editorial Centro Católico Multimedial. “Alguien debe detener esto”
  1. Estimado Sursum Corda,
    he leído con tristeza esta noticia; ante la exclamación de su artículo «¡Alguien debe detener esto!» y ante la pregunta de cierre «¿Qué más tiene que pasar?», me remito a un libro de otro periodista, muy famoso en su época, George Huber. En el «Brazo de Dios»: «En el libro de Isaías, Dios compara las grandes potencias políticas y militares a la cosa más minúscula para las gentes de entonces, desconocedores de la física nuclear: un grano de polvo, una gota de agua. «…los pueblos son como gotas de un cubo y como polvillo en la balanza son reputados». Y Dios va más lejos para hacernos comprender mejor la pequeñez de las grandezas humanas: «Todos los pueblos son como nada delante de Él, como nulidad y vacuidad son por Él reputados».
    Ninguna de estas verdades ha perdido su valor en nuestra época: Pío XI juzgó oportuno recordárselo al Führer en su encíclica Mit brennender Sorge, del 14 de marzo de 1937. Parece que Hitler montó en cólera viendo al «viejo del Vaticano» comparar las grandes potencias del mundo a una gota de agua suspendida de un cubo .Lo que, con la Biblia, decía de las naciones Pío XI vale igualmente para los individuos. «Estamos continuamente suspendidos de la omnipotente y gratuita acción creadora de la Causa primera». «Existimos, por así decir lo, en el borde de la nada, sin consistir por nosotros mismos».
    Lo que la Sagrada Escritura y los exegetas afirman de los reyes y los príncipes podemos aplicarlo igualmente al mundo político, económico y financiero de hoy. Dictadores, jefes de Estado, presidentes de consejos, dueños de los instrumentos de comunicación social, escritores, etc., todos poseen medios de acción durante algunos años o algunos meses; pero son las suyas fuerzas prestadas, y estos personajes sirven, sin saberlo, a designios distintos a los suyos. La política humana está secretamente integrada en una política divina.
    […] Esto es lo que enseñaba Pío XII en un mensaje sobre la Providencia radiodifundido el 29 de junio de 1941, en lo más álgido de la Segunda Guerra Mundial: «Todos los hombres no son sino niños a los ojos de Dios, incluso los pensadores más profundos y los más experimentados conductores de pueblos. Ellos juzgan los acontecimientos con mirada temporal, del tiempo que pasa y desaparece sin retorno, en tanto que Dios los considera desde las alturas y desde el centro inmóvil de su eternidad. Los hombres tienen ante los ojos el estrecho panorama de unos cuantos años; Dios tiene ante él el panorama completo de todos los siglos. Los hombres pesan los acontecimientos humanos según sus causas próximas y sus efectos inmediatos; Dios los ve en sus causas más lejanas y profundas y los mide en sus más lejanos efectos.»
    Y el Papa exhorta a los cristianos a dar crédito a Dios. ¿Y cómo? «Con toda la fuerza de una voluntad sostenida por la gracia y el amor, a pesar de todas las dudas sugeridas por las apariencias contrarias; abandonándose a la omnipotencia, la sabiduría, el amor infinito de Dios.» Dar crédito a Dios «es creer que nada en este mundo escapa a su Providencia, tanto en el orden general como en los detalles; que nada sucede, grande o pequeño, que no esté previsto, querido o permitido, y siempre dirigido por la Providencia a sus fines elevados y que en este mundo son siempre fines de amor hacia los hombres. Es creer que Dios puede permitir a veces en este mundo, por un tiempo, el predominio del ateísmo y de la impiedad, dolorosos oscurecimientos del sentido de la justicia, violación de derechos, tormentos de personas inocentes, sin defensa y sin apoyo. Es creer que Dios deja así a veces abatirse sobre los individuos y sobre los pueblos prue-bas cuyo instrumento es la malicia de los hombres, en un designo de justicia, para castigar los pecados, para purificar individuos y pueblos por las expiaciones de la vida presente y llamarlos así a Él; pero es creer, al mismo tiempo, que esta justicia es siempre, en este mundo, una justicia paternal, inspirada y dominada por el amor. Por dura que pueda parecer la mano del cirujano divino cuando hace penetrar el acero en la carne viva siempre guiada y empujada por el amor; es únicamente el verdadero bien de los individuos y de los pueblos lo que la hace intervenir tan dolorosamente. Es creer, en fin, que las pruebas, en toda su acuidad, como el triunfo del mal, no durarán aquí abajo sino un cierto tiempo y nada más; que llegará la hora de Dios, la hora de la misericordia, la hora de la santa alegría, la hora del cántico nuevo de la liberación y del gozo (Salm. 96); la hora en la que, después de haber dejado que el huracán ruja un momento sobre la pobre humanidad, sea detenido y disipado por la omnipotente mano del Padre celestial, con un gesto imperceptible; la hora en la cual, por vías insospechadas para las inteligencias y los espíritus humanos, las naciones verán restablecerse la justicia, la calma y la paz».
    `[…] señala Jean Calvet, crítico literario contemporáneo que ha tenido el mérito de sacar a la luz la vigorosa personalidad de Vicente de Paúl. «A medida que avanza en su obra y que su actividad se extiende a nuevos países, Monsieur Vincent, extrañado de lo que ocurría, reflexiona sobre su calidad de obrero del Señor y viene a pensar que no es realmente obrero, sino más bien instrumento. Para hablar propiamente, él no hace nada (por sí mismo); es Dios quien lo hace todo a través de sus manos.» «Esta doctrina del instrumento le parecía que convenía tan bien a sí mismo, a sus hijos y a sus hijas, que la reconsidera y la profundiza sin cesar. El instrumento está siempre dúctil y dispuesto entre las manos de Dios, dócil a la menor inflexión de su mano. No está orgulloso del trabajo que realiza con éxito; no se abate por sus errores y sus fracasos. Todo ello no es cosa suya, sino de Dios. El instrumento es humilde, pero está siempre en su puesto»
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    «No son los hombres los que hacen que las cosas vayan bien, sino Dios, escribe el santo. Honran soberanamente a Nuestro Señor quienes siguen su Providencia y no quieren pasar sobre ella»«Los asuntos de Dios se realizan por sí mismos, y los que él no hace, perecen pronto.» «Sabéis bien, dice a sus colaboradores, que Dios lo puede todo y que vosotros no podéis nada y, sin embargo, os apoyáis más sobre vuestra industria que sobre su bondad, sobre vuestra pobreza más que sobre su abundancia. ¡Oh, miseria del hombre!»
    Lo que resulta paradójico, y revelador de la miopía de los juicios del hombre, es esto: pre-cisamente a causa de esta ausencia de precipitación, Vicente de Paúl, uno de los más grandes hombres de acción de la Iglesia de Francia, al decir de Daniel-Rops, fue tratado de santo remolón.
    […] David es plenamente consciente del papel decisivo del Señor de la historia en los campos de batalla: «Por Dios valientemente nos batiremos y Él ha de hollar a nuestros enemigos». San Roberto Belarmino comenta así este versículo, que revela el secreto de las victorias militares: «es Dios el que arrolla a nuestros enemigos sirviéndose de nuestras manos como de un instrumento».»
    Así es que si queremos un cambio para bien el los dirigentes que gobiernan, es fundamental que obtengamos esa gracia de quien todo lo puede, de Dios, a través de la oración y el ayuno… Si usted, por lo que deduzco de sus diferentes expresiones, conoce a buenos sacerdotes, anímeles a hacer una gran campaña, perseverante, de oración y sacrificios por México, sus gobernantes y sus periodistas. Lo que nosotros no podemos hacer, ¡Dios lo puede! debemos pedírselo con insistencia, Él no dejará de responder el clamor de su pueblo, eso lo demuestra la historia de Israel y de la Iglesia… ¡Los sacerdotes pueden hacerlo!, pueden convocar a la oración y al sacrifico, pueden dirigirlo, pueden ofrecer el Máximo Sacrifico a Dios para alcanzarlo: La Santa Misa con devoción verdadera. Los periodistas pueden difundir este movimiento de oración y sacrificio por México.
    Dios le bendiga!!!

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