Infovaticana
Yo y mi casa serviremos al Señor
Sursum Corda

Yo y mi casa serviremos al Señor

antonio maria domenech
13 Julio, 2016

El libro de Josué, cuya lectura del día siguiente a la muerte de mi amigo, nos hacía empezar la mañana, me ha recordado el día que Miguel y Mari Carmen me pidieron que fuera a bendecir su casa porque ya era diácono… Han pasado muchos años y muchas cosas. Aquél día, como el de su boda, como el de cada Misa a la que iban, le ofrecían a Dios su casa y su familia.

También, cada mañana, al salir a trabajar, ella le decía a él: ¡Cuánto nos queremos! ¿Nos querremos así toda la vida?. Y él contestaba: Si queremos sí.  Así me lo contaba Mari Carmen mientras su esposo se estaba muriendo. Le dije que le diera gracias a Dios porque se lo había podido decir muchas veces; porque muchos pierden a sus seres queridos sin habérselo dicho nunca. Y enseguida, alzó la cabeza, se puso seria y me dijo: DÍGALES QUE SE LO DIGAN, QUE DA MUCHA PAZ AHORA, DESPEDIRSE DE ÉL, SABIENDO QUE SIEMPRE ESTUVO SEGURO DEL AMOR QUE LE TENÍA. 

Quizás ha sido el momento más entrañable de estas horas terribles y hermosas a la vez, donde el tanatorio de la Magdalena de Castellón se convirtió por una jornada en misión del Cielo, donde grandes y pequeños, unos dibujando como en una gran guardería, con Irene, la esposa de Santiago (cuñado, amigo, legionario como él, trozo de su alma) les cuidaba y jugaba con todos. Gracias Irene por tu ejemplo, por tu estar en tu lugar en este día y siempre. No sé cuántos había pero agrandaba el corazón verte.

De Carlos, el marido de Manoli, una de las hermanas de Migue, me quedo con haberlo preparado todo sin que se le viera casi nada. Él es médico del hospital donde murió, y por la noche, casi al final, Mari Carmen me decía: ¿quién ha preparado todo esto? ¿cómo se hace? ¿qué hay que hacer ahora?  No sufras que está Carlos. Él se encarga de todo. 

Los abrazos de sus seis hijos, la fortaleza de sus padres, tantos y tantos hermanos de dos familias grandes que se unieron para siempre, desde aquella boda que celebraron dos veces, por no perderse una fiesta, porque ellos eran primos. Porque sus familiares son los mismos, su dolor multiplicado, de su Fe mejor no hablamos. Debes verla. Si los conoces tendrás ocasión, y si no, no te preocupes que te lo digo yo, porque le prometí a ella que contaría qué es quererse hasta el final.

Hace unos años un vecino decía: “Como estos quedan pocos”. Y al preguntarle por qué, explicaba que cada mañana, cuando él iba al trabajo, al girar la esquina, se giraba y decía adiós. En el balcón estaba ella despidiéndose. Porque, como los niños, de los que son como ellos es el Reino de los Cielos.

Ahora lo que queda es una subida al Calvario de cada día. Pero nunca sola, Mari Carmen. Con la Virgen Dolorosa, con la Causa de nuestra alegría. A enseñar a tus hijos lo que papá haría y cómo lo haría. A estar siempre juntos, a dejarse querer por la familia, por los tuyos. Por aquellos que Dios puso en tu camino para que estos años, todos tus años, fueran un regalo del Cielo para irlo devolviendo a quien más lo necesite a tu alrededor. Para arreglar lo que puedas entre aquellos que te rodean. Como has hecho siempre, como hacía él. Como mi secadora o el altavoz que, en mis pueblos, amplifica el Rosario de los entierros. Daba igual lo que fuera: él lo arreglaba todo.

Sólo me quedan dos cosas. La impresión del jefe, su esposa y los compañeros del trabajo. Las secretarias, las administrativas, los técnicos. Tenía tantas ganas de conocerlos. Amaba tanto lo que hacía cada día. Como si la empresa fuera suya, como si dependiera de su alegría, de su tiempo y de su vida, el futuro de cada casa, de cada empresa, de cada batería. Arréglanos las nuestras para que no se nos apague la fuerza de la gracia divina. Gracias a toda la empresa por vuestra ayuda y compañía.

…una carta y un retrato de una divina mujer…

Y para terminar, después de haber visto la paz de Mari Carmen al firmar, al poneresposa en el papel donde donaba todos sus órganos, los vitales y las córneas, para que vea un ciego, por el que no tenga riñón, o necesite un corazón… un corazón grande como el suyo, al oír como nos daba las gracias el médico jefe de la UCI del Hospital General de Castellón, que tan bien se ha portado con nosotros; quiero deciros a todos, que aquél que pueda, no deje de darse a los demás, como hizo Migue. A su familia, a sus amigos, a los que no conocía. También yo quisiera darlo todo, el alma, el corazón, la vida y los órganos a quien los necesite; y, sobre todo, a Dios.

La ciudad de Castellón, la Virgen de Lidón, su Patrona, no han perdido una gran persona. La han ganado para el Cielo, porque aquí, en la tierra, estuvo siempre donde toca. Con el Palio, para el Corpus, con su bandurria en la tuna, en la mili a la legión, bajo el paso de costalero, por la noche en Adoración y siempre, con su esposa Mari Carmen, sus hijos y sus padres. Otra vez,  se me ha muerto un amigo, pero éste, éste ha dolido. Miguel ¡cómo te quería! Ayúdame a quererles, a ayudarles, a imitarte y, tantas veces, como tú, a callarme. Os hablaría de Mari Carmen, pero no cabe, y sé que ella prefiere que no hable. IMG_20160611_121453[1]

En estos momentos, en la Parroquia de la Sagrada Familia están celebrando la Santa Misa funeral, previa a su entierro. Sus hermanos sacerdotes, desde Roma y Venezuela, las hermanas misioneras Ana y Mariví, sus cuñadas Inma y María Teresa… Querida hermana María de los Ángeles, desde el Cerro de nuestra España, o en los bautizos de este fin de semana, en mis pueblitos de la Mancha, le ofrecemos a Dios, vivirlo desde tan lejos. Hasta el Cielo, Amigo, hasta el Cielo, hermano. Hasta el Cielo, hijo.

 

antonio maria domenech


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