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Adiós al bibliotecario de Dios, Mons. Héctor Rogel Hernández

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Llegó a su fin una vida longeva y por demás, fecundísima. Héctor Rogel Hernández, sacerdote y formador de sacerdotes, murió como vivió: en la discreción y sencillez al cobijo de la casa de la cual nunca salió para ser párroco. Quizá el único cargo eclesiástico fue el de canónigo que le concedió el cardenal Norberto Rivera, el que era como “la chichi de la abuelita…” decía de forma picaresca.

Rogel Hernández nació en una época convulsa y de confusiones, 1928. Y fue de esas vocaciones que parecía dedicada a una sola cosa. Desde pequeño ingresó al Seminario, cuna de los egregios que ya están grabados en bronce y que, las generaciones volátiles, sólo leen sus nombres sin dar like.

En 1928 vio la luz en Tejupilco, Estado de México, cuna de la familia conformada por siete hijos. Héctor fue enviado al seminario por disposición del padre. Ingresó al Seminario de Temascalcingo y de ahí partió a Roma para estudiar en la Universidad Gregoriana en el Colegio Pío Latinoamericano, ordenado en 1954 a los 26 años. Quizá ahí en ese momento fue el inicio de lo que marcó su vida ministerial, su segunda vocación, la de bibliotecario.

De Rogel se recuerda cómo en Roma su afición predilecta era coleccionar libros. Se cuenta que en sus ratos libres iba a las librerías de oportunidad para detectar los tesoros que otros pasaban de largo. Era estudiante de filosofía y teología en Roma y su ojo se especializó en la compra de los libros raros, de los que estaban agotados, fuera de circulación. Su propósito era claro según cuentan quienes lo conocieron, nuevos enforques, nuevos elementos de estudio, nuevos modos pedagógicos para enseñar. Por eso la afición a los libros se convirtió en la obsesión de su vida.

Era un acumulador de información. En Roma, prefería las librerías a las tardes libres de recreación. Era un apostolado cultural que puso en práctica cuando, en 1959, a su regreso de Roma, el rector Guillermo Schulemburg le impuso una tarea por demás titánica: organizar la biblioteca del Seminario Conciliar de México, la colección de libros que provenía de un tiempo de persecución y violencia.

Rogel estaba en su ambiente. Esa fama de acumulador y organizador de libros era como la del esplendor medieval de los monumentos del conocimiento. Su inclinación especial, los libros de arte. Cuando llegó al caos de esa biblioteca de los años 40, de los 60 mil libros muchos era repetidos, reduciendo a 32 mil, los útiles para su proyecto. El producto de la venta fue aprovechado para adquirir nuevas obras. Se dice que Rogel aumentó el acervo a más de  170 mil libros desde 1959 hasta 1994 cuando fue relevado del cargo de director. No era raro ver al bibliotecario, siempre vestido de saco y corbata, de colores chillantes y contrastantes, abrazando voluminosos ejemplares que tendrían su último reposo en las estanterías, corazón y centro neurálgico de la casa de formación.

Era estricto, conocer las entrañas de la biblioteca, poco más que una odisea que sólo algunos privilegiados podían sortear por consentimiento del director. Quienes nos formamos a finales de la década de los noventa en Casa Tlalpan, aprovechamos un tiempo de apostolado obligatorio: clasificar libros. Así pudimos invertir cuatro horas semanales, sentados en frente aquellas voluminosas pantallas para conocer, de primera mano, todo eso que Rogel consiguió. El sistema decimal de clasificación Dewey permitió la organización de los miles de ejemplares, incluso implantado por el canónigo honorario cuando fue el primer director de la biblioteca Lorenzo Boturini de Basílica de Guadalupe, la cual organizó en sus tiempos libres. Gracias a él, esa biblioteca realmente se especializó en temas guadalupanos, de historia de México, teológicos y filosóficos, además de la mariología y ciencias religiosas hasta que se retiró en 1975 para dejarla en manos del segundo director, el padre Alfredo Ramírez Jasso.

En 1997, el académico de la lengua, Tarcisio Herrera Sapién, amigo de Rogel en sus años de formación romana, comenta una de las mayores alegrías del llamado bibliotecario de Dios. Relevado de la dirección, tuvo dos objetivos: completar colecciones y la docencia. Invertía su propio dinero en comprar obras raras y valiosas. ¿Cuál fue esa alegría? Una placa de bronce, la cual recuerda Tarcisio Herrera de la siguiente forma:

“No recuerdo haber visto nunca más feliz a mi amigo Héctor Rogel cuando una vez llegué a visitarlo y me dijo:

-Tarcisio, te quiero enseñar algo.

Y me llevó a ver la placa de bronce que dice: ‘Biblioteca P. Héctor Rogel H’.

Sólo me comentó:

-Dicen que los homenajes son mejores en vida.

Lo primero que le respondí, ya más de uno se lo habrá dicho: ‘Así como en la Francia del siglo XVIII, el Rey Sol decía El Estado soy yo, así tú puedes decir mejor que nadie la Biblioteca del Mayor, soy yo”.

Pero los capítulos más anecdóticos que guardan los cientos de alumnos que se sentaron a escuchar, aprender y memorizar las lecciones de introducción a la filosofía, ontología, teodicea, lógica o síntesis filosófica, son las preguntas a veces en serio, a veces en broma, que los alumnos poníamos en los pizarrones previo a la llegada de Rogelito. Las leía, se carcajeaba y las contestaba sea cual fuere la materia. A muchos chocaba su implacable metodología de la memoria, del repaso de las formas del silogismo o de la precisión, por punto y coma, de las más variadas definiciones de la filosofía.

Muchos tal vez tenemos recuerdos personales de Rogelito.  Un día, siendo yo estudiante de filosofía, próximo al terrorífico examen de Universa y de la obligatoria tesina, consulté a Rogel acerca del pensamiento de Tomás Moro. Se quedó pensando y me dijo que lo resolvería. Un día, por la tarde, sin previo aviso, un sonoro llamado a la puerta de mi cuarto llamó mi atención creyendo que era uno de mis compañeros. Era el padre Rogel, sabía quién era yo y el número de mi cuarto. Me invitó a caminar por los pasillos de la casa mayor como para demostrarme haber resuelto y corregido, incluso al santo mártir Tomás. Por más de una hora, Rogelito me llevó de la mano desde la escolástica hasta llegar al renacimiento inglés para situarme en el planteamiento de la tesina. Salió de su santuario de libros para buscar al estudiante perdido.  Era Rogel sacerdote y pastor, el del apostolado del conocimiento.

Su amor platónico fue la actriz Edith González, nunca lo negó ni ante estudiantes y formadores. Pero magno fue el amor y admiración por dos grandes de la cristiandad: Tomás de Aquino y Agustín de Hipona. El primero, según Rogel, más “macizo y preciso” que el de Tagaste. Como todos los hombres, quizá de sus pecadillos fue una soberbia intelectual de la cual se jactaba sin pudor cuando lo dijo a un medio de comunicación con motivo de la publicación de su libro “Historia de las Herejías” (Porrúa, 2014):

“Me enorgullece haber escrito “Historia de las herejías”. Asimismo, terminé una crítica al catecismo de Ripalda y detecté 72 errores, no se me escapa ningún filósofo sin detectarle algunos errores; soy buen crítico, don divino de nuevo, que lo estoy aprovechando”.

En su discreto ministerio, Rogelito vio poco a poco menguadas sus fuerzas. Cuando cumplió 86 años declaró que a esa edad, su aspiración era ser mejor sacerdote cada día. Siempre después de la comida, hacía una visita al Santísimo y celebraba diariamente la eucaristía a las religiosas. Imprescindible la oración del breviario, la liturgia de las horas, muchas veces guardando polvo en los libreros de no pocos sacerdotes.

Hacia finales de su vida, la biblioteca Héctor Rogel H. resguarda más de 200 mil ejemplares. Desde los más sencillos, pasando por los más interesantes e incluso raros, como el libro de Los Fastos de Ovidio, de los más antiguos en el recinto de Tlalpan con más de 500 años. Bien escribió el académico Tarcisio Sapién: “El padre Rogel, luego de más de un tercio de siglo, ha construido un monumentum aere perennius, un monumento más perenne que el bronce…”

Y así es. Irónicamente, ese pasquín electrónico arquidiocesano que tomó el nombre de un extinto semanario llamó “último gigante del Seminario Conciliar” a Héctor Rogel. Ironía sí, porque implícitamente reconoce que ahora estamos en el tiempo de los enanos. Algunos son, literalmente, cortos de estatura y de pensamiento; otros, pretenden creerse grandes midiendo su talla por el tamaño de los picos e ínfulas del sombrero que usan, falseando su estatura por la pastoral de utilería y ser aplaudidores del Tartufo de capelo rojo.  Enanos, sí.

Difícil será que aparezca de nuevo un Héctor Rogel. Tenía como pendiente escribir una autobiografía. No sé si lo consiguió. Pero en quienes tuvimos una pincelada de su talante, guardamos ahora un recuerdo perenne de un hombre que atesoró la filosofía y la teología. Su herencia son esos libros que, como escribió Herrera Sapién, “son ventanas hacia horizontes del espíritu y una puerta hacia el avance del Reino de Dios”.

 Descanse en paz.

Comentarios
2 comentarios en “Adiós al bibliotecario de Dios, Mons. Héctor Rogel Hernández
  1. Estimado Ángel, gracias por tu comentario.

    Rogelito se va y ahora, como bien dices, elabora los preciosos silogismos ya no para gloria de Dios, sino ante la gloria de Dios. Que su testimonio y ministerio sean merecedores para ocupar su lugar en la asamblea de los santos celebrando la liturgia que no se acaba.

    Aprecio mucho tu lectura. Dios te bendiga.

  2. Estimado Guillermo, tu atinado artículo me permitió rememorar esos años de filosofía en el Seminario Conciliar. El padre Héctor Rogel, Rogelito, es parte fundamental de esos recuerdos. Aún me sonrío al acordarme de la prisa por redactar las preguntas con la que lo recibíamos en cada clase de lógica, o el permanecer de pie para repetir todos los modos del silogismo. Ahora que también, como él, doy clases de filosofía, ruego a Dios por el eterno descanso de ese gigante del querido SCM y que, en la bienaventuranza, siga elaborando preciosos silogismos para mayor gloria de Dios.

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