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A Jesucristo le emociona la confianza que ponemos en él

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Pbro. José Juan Sánchez Jácome / ACN.- Habituados a sus beneficios y al ambiente que nos ofrece para ir tejiendo nuestra relación con Dios, hablamos de ella de manera muy general, refiriéndonos quizá con cierta simpleza a uno de los dones más trascendentes que recibimos en la vida.

Pero con el paso del tiempo y en la medida que vamos avanzando caemos en la cuenta del poder que tiene una vida de fe, de todas las posibilidades y recursos que ofrece una vida de fe.

No es fácil definirla ni encapsularla, aunque nos referimos a ella como si agotáramos su gran potencial. Sin embargo, su dinámica nos va llevando a probar cada una de las dimensiones que conlleva una vida de fe. Sin la pretensión de agotar todo su significado podemos señalar algunas de las dimensiones más importantes de una vida de fe.

Al señalar estas dimensiones, parto sobre todo de la experiencia de nuestros fieles, de su anhelo por conocer más a Dios, de su emoción por encontrarlo y de su compromiso por construir una vida auténticamente cristiana.

Casi siempre nuestra vida espiritual tiene como punto de partida creer en Dios. La fe se percibe en primer lugar como creer. No siempre lo sabemos explicar, pero tenemos razones profundas para sostener que Dios existe. Creemos en Él y esta experiencia no la asumimos como el resultado de una conquista personal, como la meta de nuestras investigaciones y pesquisas, sino que se trata de un don de Dios.

No quiero con esta afirmación faltar al respeto a mi propia inteligencia, o desconfiar de la capacidad de la razón humana para elevarse en el conocimiento de Dios. Pero en esta primera aproximación, en esta experiencia espiritual, hay algo más sublime y poderoso que lo que alcanza mi razón. Se trata, pues, del don de la fe, del regalo que Dios hace posible para no sólo llegar a conocerlo, sino sobre todo llegar a tener una relación con él.

Sobre esta primera dimensión sostiene Lazar Kovacs Akos, intelectual húngaro y profesor universitario: “No sé si Dios me ama, pero creo que Dios me ama. La fe es más fuerte que el saber. Yo antes pensaba que el saber era lo más importante, pero la fe es más importante”.

Muy pronto la fe nos va llevando a disfrutar y progresar en nuestra relación con Dios. Así como creemos en Dios, la fe también nos lleva por el camino de la confianza. No basta creer, sino que estamos llamados a confiar, sobre todo cuando hay cosas que no alcanzamos a comprender del todo o no aceptamos de acuerdo a nuestra razón.

Llega el momento en que no tenemos todas las explicaciones y respuestas a lo que nos pasa, por lo que la fe nos va llevando a la confianza en los designios de Dios. Hay cosas que no entendemos, que no se nos hacen lógicas, que percibimos incluso como injustas desde nuestra propia manera de juzgar, por lo que en situaciones complejas como éstas hace falta confiar, considerar que Dios sabe más que nosotros, que él ve más que nosotros y que la fe pide de nuestra parte un acto de confianza.

Mons. Fulton Sheen se expresaba de esta manera acerca de la fe: “La fe no es, como muchos creen, una confianza emocional; no es la creencia de que algo te va a pasar a ti; no es ni siquiera una voluntad de creer a pesar de las dificultades. Más bien la fe es la aceptación de una verdad por la autoridad de Dios revelador”.

Este segundo aspecto de la fe, el P. José Antonio Sayés lo expresaba de manera magistral en un tono de oración, planteando las cosas así: “Cuando tengo algún problema le rezo al Señor así: Mira, Señor. Sé que Tú me has sacado de todas. Sé que también me sacarás de esta, aunque no sé cómo. Ese ‘aunque no sé cómo’ le encanta al Señor, porque eso es fiarse de Él. Sepan que a Jesucristo le emociona la confianza”.

Si a partir de estas dos características se comienza a vislumbrar el potencial de una vida de fe, llega el momento en que la fe también pide un acto de abandono. Debemos hacer lo que nos toca a pesar de las contrariedades y de que no veamos todo con claridad. Se trata de uno de los actos más puros y más sublimes de la fe, donde nos entregamos por completo a Dios, a pesar de no ver ni comprender lo que estamos viviendo, incluso a pesar de los pronósticos desfavorables desde nuestra visión humana.

No se trata de estresarnos o amargarnos la vida calculando nuestro futuro a partir de lo que vemos actualmente o a partir de los pronósticos que hacemos. Un acto de abandono nos lleva a confiar en la Providencia y a reconocer que Dios siempre acompaña a sus hijos en la historia.

Por eso, para san Francisco de Sales la “fe es un acto superior de amor que arrastra también a la razón y a la inteligencia”. De ahí que la fe no sólo es creer en Dios, sino que nos va llevando a vivir una relación íntima con él, a través de un acto de confianza y abandono.

Los santos han sabido vivir y expresar estos aspectos de la fe, tanto en su vida misma como en la manera como se dirigían a Dios a través de la oración.

Santa Teresita del Niño Jesús destacaba así la confianza y el abandono en el Señor: “¡Oh, qué fácil es complacer a Jesús, cautivarle el corazón! No hay que hacer más que amarle, sin mirarse una a sí misma, sin examinar demasiado los propios defectos. Mi director, que es Jesús, no me enseña a contar mis actos, me enseña a hacerlo todo por amor, a no negarle nada, a estar contenta cuando él me ofrece una ocasión de probarle que le amo; pero esto se hace en la paz, en el abandono, es Jesús quién lo hace todo, y yo no hago nada”.

Por su parte, Don Dolindo Ruotolo destacaba el carácter preminente de un acto de abandono: “Mil oraciones no valen lo que un acto solo de abandono. Recuérdenlo bien. No existe novena más eficaz que ésta: ‘Oh, Jesús, me abandono en ti. ¡Ocúpate Tú!’”.

Cuando el miedo, los peligros e incluso nuestros cálculos y razonamientos humanos nos dificulten creer y confiar en el Señor, así como abandonarnos en su infinita misericordia, recordemos nuestra confianza ciega de niños, nuestra espontaneidad para abandonarnos por completo en nuestros padres. Así también lo debemos hacer con María Santísima, como nos exhorta San Josemaría Escrivá:

“Todos los pecados de tu vida parece como si se pusieran de pie. No desconfíes. Por el contrario, llama a tu Madre Santa María, con fe y abandono de niño. Ella traerá el sosiego a tu alma”.

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