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Desde laicos que dicen misa hasta la abolición de la castidad, retos de la biomedicina, San Juan Pablo I, los curas del Lacio.

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Las primeras noticias sobre el sínodo de la Amazonia están levantando pasiones. Sí lo que se pretendía era reabrir por enésima ver la posibilidad del acceso al sacerdocio de hombres casados el objetivo está conseguido cum laude. El abanico de posibilidades va desde los laicos que pueden decir misa hasta la abolición del celibato. Cuando se habla de la abolición del celibato todo apunta a la abolición de la castidad, que es otra cosa bien distinta. El melón está abierto de nuevo y lo seguirá por algunos meses. Los partidarios no pierden ocasión y, a pesar de la repetidas negativas del Papa Francisco, cualquier escusa es buena para retomar el argumento. Los contrarios buscan razones de todo orden que justifique lo que hoy se llama inmovilismo. Todo este debate se produce en medio de un mundo que está apostatando masivamente y donde estos temas quedan reducidos a diálogos de carmelitas.

No se puede vivir y gobernar con el privilegio. El privilegio es la privación de la ley, no se cambia pero se aplican excepciones, que pueden terminar siendo más importantes que la propia ley. Cuando se plantea la resurrección del diaconado permanente se nos vendió que era para solucionar la carencia de sacerdotes en Africa y otros lugares de misión. El resultado ha sido que donde abundan es en Estados Unidos y en Europa. Tenemos la sensación de que se nos vende por progresista lo que ya ha sido superado por la historia. El discurso de la abolición del celibato lleva vivo desde los tiempos conciliares. Muchos de los que pensaron que era una cosa ya hecha, cosa de días, ya han dejado este mundo. Hoy no vemos masas de curas jóvenes defendiendo el fin del celibato. Vivimos en una sociedad con una profunda crisis matrimonial y muchos jóvenes ya no ven el matrimonio con la mentalidad de sus padres y abuelos. Si analizamos las vocaciones de hoy veremos que provienen, en su mayor parte, de matrimonios rotos y esto marca. Estamos seguros de que ya vivimos una nueva lectura reforzada y positiva de los que supone el celibato, y la virginidad consagrada,  y de los muchos valores que aporta al ejercicio del ministerio sacerdotal en tiempos de tormenta. Sin duda que es revolucionario, y anti sistema, y esto molesta, y es bueno que así sea. El sacerdocio debe de ser un aldabonazo continuo que recuerde la presencia de la transcendencia en una sociedad secularizada. Hoy, más que nunca, es necesario hacerlo visible y los deseos de diluirlo en una presunta normalidad son el camino hacia su destrucción. Lo mismo podemos decir de la vida religiosa que muchos desean que termine en una especie de comunas de espiritualidad ecológica.

La biomedicina nos pone delante de retos insospechados y necesitaremos tiempo y sabiduría para profundizar en las cosas nuevas que ya están aquí. Defender hoy el aborto con las actuales técnicas en donde podemos ver la mirada del niño en el seno materno es muy difícil de sostener. No todo es negativo, ni mucho menos, pero el respeto a la vida humana en todas sus situaciones es de suma urgencia.

Todo lo que rodea la muerte de Juan Pablo I sigue siendo objeto de polémica. Parolin y Becciu nos anuncian que este capítulo se quiere cerrar y que su beatificación está próxima. Nos dicen que la muerte fue natural y punto, como si no hubiera muchas formas de matar. En otros tiempos se cerraban así los oscuros episodios de la  historia, hoy nos tememos que esto activará de nuevo todas las preguntas sin resolver.

Los obispos del Lacio, la región italiana en la que se encuentra la diócesis del Papa Francisco, emanaron un polémico documento sobre la inmigración con tintes muy partidistas que pidieron fuera leído en las parroquias. Hoy sabemos que se ha leído en muy pocas y que los párrocos, con una sobredosis de sentido común, han decidido que repose en el dimenticatorio. Vemos una tendencia generalizada de los obispos a mirar hacia lo alto olvidando el pueblo de Dios a ellos confiado. El rebaño está muy encabritado.

El tema Viganò y su última entrevista sigue siendo objeto de análisis y preguntas sin respuesta que promete nuevas entregas que nunca tienen desperdicio.

Terminamos con la petición de San Francisco de Asís a los hermanos sacerdotes, las cosas solo están oscuras para el que no las quiere ver:  “Oídme, hermanos míos: si la bienaventurada Virgen es de tal suerte honrada, como es digno, porque lo llevó en su santísimo seno; si el Bautista bienaventurado se estremeció y no se atreve a tocar la cabeza santa de Dios, si el sepulcro, en el que yació por algún tiempo, es venerado, ¡cuán santo, justo y digno debe ser quien toca con sus manos, toma en su corazón y en su boca y da a los demás para que lo tomen, al que ya no ha de morir, sino que ha de vivir eternamente y ha sido glorificado, a quien los ángeles desean contemplar!

«…y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo pagará.»

Buena lectura.

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