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Católicos divorciados y vueltos casar, y la comunión eucarística

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 familia

La Iglesia ha manifestado una gran preocupación por la salud espiritual de católicos divorciados y vueltos a casar. Con dolor hay que reconocer que cada vez son más frecuentes estas situaciones y sus consecuencias son cada vez más patentes en el conjunto de la vida social. Dan pena muchos niños y niñas que al hacer la Primera Comunión experimentan en sus corazones inocentes junto la alegría de recibir a Jesús Sacramentado la tristeza de ver a sus padres de verdad separados y, a la vez presentes en la ceremonia con parejas distintas como si aquí no pasara nada. Muchos besitos pero los críos perciben las grandes contradicciones que quedan al descubierto al celebrar el gran misterio de amor y fidelidad que es la Eucaristía. Tanto en parroquias como en colegios cuando llegan las Primeras Comuniones uno de los momentos tristes es tener que “consensuar” con las familias el rito de la paz para trazar un recorrido en zig-zag del niño o de la niña que tienen que besar a mucha gente, en un orden preestablecido, de manera que todos queden contentos.

Pero la Iglesia es Madre. Benedicto XVI en su Exhortación Apostólica postsinodal Sacramentum Caritatis decía: Puesto que la Eucaristía expresa el amor irreversible de Dios en Cristo por su Iglesia, se entiende por qué ella requiere, en relación con el sacramento del Matrimonio, esa indisolubilidad a la que aspira todo verdadero amor. Por tanto, está más que justificada la atención pastoral que el Sínodo ha dedicado a las situaciones dolorosas en que se encuentran no pocos fieles que, después de haber celebrado el sacramento del Matrimonio, se han divorciado y contraído nuevas nupcias. Se trata de un problema pastoral difícil y complejo, una verdadera plaga en el contexto social actual, que afecta de manera creciente incluso a los ambientes católicos. Los Pastores, por amor a la verdad, están obligados a discernir bien las diversas situaciones, para ayudar espiritualmente de modo adecuado a los fieles implicados.  El Sínodo de los Obispos ha confirmado la praxis de la Iglesia, fundada en la Sagrada Escritura (cf. Mc 10,2-12), de no admitir a los sacramentos a los divorciados casados de nuevo, porque su estado y su condición de vida contradicen objetivamente esa unión de amor entre Cristo y la Iglesia que se significa y se actualiza en la Eucaristía (n. 29)

Los divorciados vueltos a casar siguen siendo hijos de la Iglesia y todos debemos ayudarles a que jamás se “divorcien” de esta Madre. Decía Benedicto XVI en el mismo documento:  los divorciados vueltos a casar, a pesar de su situación, siguen perteneciendo a la Iglesia, que los sigue con especial atención, con el deseo de que, dentro de lo posible, cultiven un estilo de vida cristiano mediante la participación en la santa Misa, aunque sin comulgar, la escucha de la Palabra de Dios, la Adoración eucarística, la oración, la participación en la vida comunitaria, el diálogo con un sacerdote de confianza o un director espiritual, la entrega a obras de caridad, de penitencia, y la tarea de educar a los hijos (ibídem).

¿Ya nunca más podrán comulgar?  La gran mayoría de los que viven en esta situación, si tienen fe, aman al Señor y son honrados llevan ese sufrimiento con la esperanza de que algún día Dios reconducirá las cosas. Saben también que no es una cuestión de disciplina eclesiástica  (como decidir si en Madrid el día de San Isidro sea día de precepto o no) sino de cambio en sus vidas y de cómo actuará la inescrutable Providencia paternal de Dios.

Juan Pablo II en su Exhortación Apostólica Familiaris Consortium  abordó este tema: La reconciliación en el sacramento de la penitencia —que les abriría el camino al sacramento eucarístico— puede darse únicamente a los que, arrepentidos de haber violado el signo de la Alianza y de la fidelidad a Cristo, están sinceramente dispuestos a una forma de vida que no contradiga la indisolubilidad del matrimonio. Esto lleva consigo concretamente que cuando el hombre y la mujer, por motivos serios, —como, por ejemplo, la educación de los hijos— no pueden cumplir la obligación de la separación, «asumen el compromiso de vivir en plena continencia, o sea de abstenerse de los actos propios de los esposos” (n. 84).

Esta misma enseñanza se recoge en el Catecismo de la Iglesia Católica. Hoy son numerosos en muchos países los católicos que recurren al divorcio según las leyes civiles y que contraen también civilmente una nueva unión. La Iglesia mantiene, por fidelidad a la palabra de Jesucristo («Quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra aquélla; y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio»:Mc 10,11-12), que no puede reconocer como válida esta nueva unión, si era válido el primer matrimonio. Si los divorciados se vuelven a casar civilmente, se ponen en una situación que contradice objetivamente a la ley de Dios. Por lo cual no pueden acceder a la comunión eucarística mientras persista esta situación, y por la misma razón no pueden ejercer ciertas responsabilidades eclesiales. La reconciliación mediante el sacramento de la penitencia no puede ser concedida más que aquellos que se arrepientan de haber violado el signo de la Alianza y de la fidelidad a Cristo y que se comprometan a vivir en total continencia (n. 1650).

Una consideraciones finales pueden ser éstas: siempre fidelidad a Cristo, nunca “divociarse” de nuestra Madre la Iglesia, tampoco arrogarse la autoridad  para excluir a nadie de la Iglesia, confiar en la misericordia divina, rezar por todos.

Jorge Salinas

 

 

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