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Qué diría Jesús si fuese un padre sinodal

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También él concedería el divorcio “por la dureza del corazón”, como en los tiempos de Moisés. El monje Innocenzo Gargano reinterpreta así las palabras de Jesús sobre el matrimonio. Nuevos desarrollos de la discusión por Sandro Magister

ROMA, 3 de julio de 2015 – A pesar que el documento preparatorio de la próxima sesión del sínodo sobre la familia aprieta decididamente el freno, los partidarios de un cambio de la doctrina y/o de la praxis de la Iglesia sobre el matrimonio no se han detenido en absoluto. Su más célebre representante, el cardenal Walter Kasper, ha vuelto a defender con fuerza sus tesis en un ensayo publicado en el número de julio de la acreditada revista católica alemana «Stimmen der Zeit», disponible también en su totalidad en una traducción italiana: > Nochmals: Zulassung von wiederverheiratet Geschiedenen zu den Sakramenten? > Ammissione dei divorziati risposati ai sacramenti? A este artículo de Kasper le ha contestado rápidamente el profesor Juan José Pérez-Soba, del Pontificio Instituto Juan Pablo II para Estudios sobre el Matrimonio y la Familia, en la Universidad Lateranense de Roma: > El adulterio es una injusticia La comunión a los divorciados que se han vuelto a casar es de lejos la cuestión más discutida. Efectivamente, sus implicancias son enormes. Está en juego la admisión o no del divorcio en la Iglesia Católica, así como también una revolución en la relación entre justicia, verdad y misericordia, con toda la ventaja para esta última. En esta dirección se ha expresado recientemente «La Civiltà Cattolica» – la revista de los jesuitas de Roma impresa con el «placet» de la cúpula vaticana y dirigida por un íntimo amigo del papa Francisco, el padre Antonio Spadaro – con un editorial del jesuita Gian Luigi Brena, filosófo y antropólogo: > Misericordia e verità Pero las tesis del padre Brena fueron duramente replicadas por el cardenal Carlo Caffarra, arzobispo de Boloña y gran experto en teología de la familia, también él muy estimado por el papa Francisco. Con un comentario crítico desde el título: > Misericordia e verità, una falsa contrapposizione Y no es menos afilado en las conclusiones: «Hablar de prioridad de la misericordia en el sentido que ella legitima excepciones a una ley tiene sentido solamente en el interior de una construcción legalista: ¡en la reflexión ética es un capítulo cerrado!». En su nota, el cardenal Caffarra no ha dejado de rechazar también las «excepciones» a la prohibición de la comunión para los divorciados que se han vuelto a casar, sostenidas en mayo, siempre en «La Civiltà Cattolica», por el teólogo dominico Jean-Miguel Garrigues, entrevistado por el padre Spadaro. Excepciones ya criticadas anteriormente por otros teólogos: > Sínodo. El duelo de dos jesuitas y dos dominicos  Como se puede advertir, la casi totalidad de la discusión desarrollada hasta aquí insiste sobre la doctrina y sobre la acción pastoral de la Iglesia, es decir, sobre su “tradición”. Pero está también quien recorre senderos diferentes y más audaces, yendo directamente a los orígenes, es decir, a las palabras de Jesús en los evangelios, respecto al matrimonio y al divorcio. Es lo que está haciendo desde hace tiempo un biblista y patrólogo de clara fama, Guido Innocenzo Gargano, monje camaldulense, ex prior del monasterio romano de San Gregorio en el Celio, docente en el Pontificio Instituto Bíblico y en la Pontificia Universidad Urbaniana. En el invierno pasado, en un ensayo publicado en la revista cuatrimestral de teología «Urbaniana University Journal», el padre Gargano sostuvo que en el reino de los cielos predicado por Jesús – de acuerdo con sus mismas palabras – hay lugar también para quien usufructúa la concesión mosaica del repudio por la “dureza del corazón”: > Para los «duros de corazón» vale siempre la ley de Moisés La exégesis del padre Gargano (citada por el cardenal Kasper en su artículo en «Stimmen der Zeit») ha suscitado naturalmente vivas reacciones. Y de cuatro de éstas – la última de las cuales es la de Luis Sánchez Navarro, profesor ordinario de Nuevo Testamento en la Universidad San Dámaso de Madrid – ha dado cuenta el blog «Settimo Cielo» que acompaña a este sitio web: > Matrimonio e seconde nozze. Cosa direbbe nel sinodo sant’Agostino > Che cosa ha detto Gesù sul divorzio. Le due interpretazioni > Divorziato, risposato, comunicante. Una testimonianza > Divorzio sì o no. Il biblista duella col monaco Pero ahora el padre Gargano vuelve al campo con un nuevo ensayo, replicando a los críticos y desarrollando posteriormente su exégesis de las palabras de Jesús sobre el matrimonio y el divorcio. Uno de los fundamentos de su interpretación es la supuesta cercanía de Jesús con una corriente del judaísmo de la época, la de los “esenios moderados”, quienes se inspiraban contemporáneamente en dos leyes: la estable, eterna, “escrita en las estrellas”, anterior a Abraham y Noé, y la más condescendiente de Moisés, que por el contrario, iba al encuentro del hombre concreto y de su “dureza de corazón”. A partir de este trasfondo y de la afirmación de Jesús de “no he venido a abolir la ley [de Moisés] sino a darle cumplimiento”, el padre Gargano dice que ha “llegado a la conclusión que Jesús no intentó abolir el repudio permitido por Moisés, sino que señaló la posibilidad de servirse de él para alcanzar el objetivo pretendido por el Padre desde el comienzo de la creación del hombre y de la mujer”. El nuevo ensayo del padre Gargano está escrito en forma de carta al coordinador de este sitio web. A continuación se reproduce un extracto de esa carta. Pero el texto completo es siete veces más amplio. Y es en su totalidad de gran interés, desde la gentil polémica inicial con el cardenal Gerhard L. Müller, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, hasta la brillante cita final de la «Divina Commedia», de Dante, a partir del tercer canto del Paraíso, con Piccarda bajo el emblema de los “mínimos” que encuentran lugar en el reino de los cielos: > La legge di Mosè e la proposta di Gesù sul matrimonio También quien disiente – y serán muchos, muchísimos – podrá de un modo u otro reconocer que aquí está en juego la voluntad de adherir a las palabras de Jesús comprendidas rectamente. No de adherir al espíritu del tiempo, como acontece por el contrario en gran parte de las actuales reivindicaciones para la admisión del divorcio en la Iglesia Católica. __________ DE: LA LEY DE MOISÉS Y LA PROPUESTA DE JESÚS SOBRE EL MATRIMONIO por Innocenzo Gargano […] Frente a la pregunta “¿Es lícito o no es lícito?” Jesús responde serenamente, según el evangelio de san Mateo: “¿Qué está escrito en el libro del Génesis?”. Ahora bien, esos capítulos del libro del Génesis se refieren ciertamente a lo que sucedía en la época anterior de Noé, y también a fortiori en la época pre-mosaica, que ha permanecido en la historia con el sello de una tragedia enorme, el diluvio universal, que perturbó al mundo y a los proyectos de Dios. En consecuencia, se debería poder concluir que Moisés tomó nota que ese punto de llegada querido obviamente por Dios al comienzo del mundo, según la tradición registrada por el libro del Génesis, no fue tan fácil de alcanzar; y dado el respeto, querido por Dios mismo, de la libre elección del hombre, ¡decidió proponer, no sin la condescendencia de Dios, un acercamiento progresivo a ese ideal! ¿Y qué impediría concluir que también Jesús se puso en la misma línea de Moisés, al responder a los interlocutores de los que habla el evangelio según san Mateo? […] Y entonces, cuando Jesús respondió “es por la dureza de vuestro corazón que Moisés les permitió dar el libelo de repudio” para vivir en libertad (cf. Mt 19, 8), a pesar de la propia debilidad, ¿no se podía quizás tratar de una atención al hombre concreto, sí, precisamente al hombre pecador, quien no se detiene a mirar fijo al objetivo que hay que alcanzar, sino que lamentablemente está obligado simplemente a tomar nota de sus propios límites, concluyendo que entre el deseo buscado y la realización misma del deseo, hay de por medio toda una vida y las inevitables fragilidades humanas, propias y ajenas? ¿Estamos verdaderamente legitimados por las palabras de Jesús a no ofrecer otra posibilidad al pecador arrepentido que admite haberse equivocado, pero que está sinceramente decidido a recomenzar de nuevo? Quien tenga un mínimo de experiencia pastoral sabe muy bien cuánto sufrimiento se esconde en numerosas situaciones personales de este tipo. ¡Y sabe también cuánta crueldad se puede esconder en esa “dura lex sed lex” de nuestros tribunales humanos! A esto se agrega que Jesús declara explícitamente “No he venido a abolir la ley de Moisés, sino a darle pleno cumplimiento” (Mt 5, 17), es decir, a hacerla realidad, a concretizarla. […] A partir de esta frase he llegado a la conclusión que Jesús no pretendía abolir la autorización de Moisés, sino que por el contrario indicaba la posibilidad de servirse de ella para alcanzar el objetivo previsto por el Padre desde el comienzo de la creación del hombre y de la mujer. En realidad Jesús vino como el que se inclina hacia el que no lo hace. Se inclina hacia el débil, se inclina hacia el pecador, se inclina hacia el publicano, se inclina hacia el paralítico, se inclina hacia una mujer de la calle. Jesús parte de la situación histórica y concreta de la persona humana. No vino para juzgar o para condenar, sino para que ha venido para salvar, y esto significa para dar al hombre una energía nueva – explicitada por el perdón – para entrar de nuevo, a pesar de todo, en el camino que conduce a la salvación, tomando nota que no puede hacer esto por sí solo. ¡En consecuencia, le da una mano! Esta condescendencia por parte de Jesús no quitaba en absoluto el ideal de lo que “se debería” y hacia el cual “debemos caminar todos”, sino que tomaba nota que el camino del individuo podía ser, y puede ser también hoy, un camino diferenciado. Al descubrir estas cosas comencé a darme cuenta que Jesús distingue entre grandes y pequeños. Al escriba que enseñaba a amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas, y a amar al prójimo como a sí mismo, Jesús responde: “No estás lejos del Reino de Dios” (Mc 12, 34), dejando entrever un hombre coherente y decidido que se podría definir como “grande”. Pero esto no quita que Jesús acoja con simpatía y misericordia también a los mínimos, a los pequeños, quienes no llegan a observar la ley hasta la «iota unum». […] Un punto ulterior de mi discurso parte de la consideración hecha por Jesús en el mismo contexto que sintetizo de este modo: hay algunos que, por caminos diferentes, pueden estar vinculados por la naturaleza, otros por la violencia de los hombres, otros por último por una elección libre. Pero todos deberían buscar comprender en qué medida están puestos por Dios como profecía de una realidad nueva que va más allá de los límites de la naturaleza, de las imposiciones humanas e inclusive de la propia elección libre, admitiendo simultáneamente otra cosa muy importante y es que está presente en todos un misterio no fácilmente comprensible desde el punto de vista humano. De allí la observación final de Jesús: “El que pueda entender que entienda” (Mt 19, 12b). En la exégesis tradicional la expresión “el que pueda entender que entienda” estaba referida siempre al voto de virginidad, como si Jesús se refiriera aquí a la dimensión profética del monje o de la monja. En realidad, parece que la expresión “el que pueda entender que entienda” debe entenderse ante todo en el contexto de la respuesta recién dada por Jesús sobre la problemática relativa al repudio en el marco de la fidelidad matrimonial. Para entender mejor la declaración hecha por Jesús se podría además hacer referencia al sermón de la montaña en su totalidad, en el que Jesús da determinadas indicaciones, que precisamente son indicaciones y no un tomar o un dejar, o un aut aut. Como cuando, por ejemplo, Jesús dice “bienaventurados los pobres”, a lo que san Mateo agrega: “de espíritu” (Mt 5, 3). ¿Se trata, en este caso, de una formulación limitativa? ¿O estamos frente a una indicación de un camino, en el sentido de una caminata por la senda de la realización de la pobreza, creciendo en la confianza depositada únicamente en Dios, a pesar que este objetivo permanezca en tránsito sin llegar a realizarse jamás en forma plena como nos gustaría que fuese? Y se podría agregar también un sobreentendido de este tipo: ¡miren que si avanzan o se frenan por cosas que no están de acuerdo con la felicidad de los pobres, podrían correr el riesgo de no entrar en absoluto en el reino de los cielos! En consecuencia, si lo que declara la letra de la ley mosaica, con todo lo que se debería buscar sistemáticamente en ella, como “spiritus”, es una orientación de vida en la que está de por medio justamente la vida eterna y la posible felicidad en la tierra, es absolutamente importante tomarla en serio. Pero esto significa también: no abolir la ley de Moisés a favor de quién sabe cuál idealidad perfeccionista, sino más que nada darle confianza, aceptando la sabiduría intrínseca también cuando “respeta” nuestra “dureza de corazón”. Se debe, en síntesis, proseguir para dar confianza a Moisés, como ha hecho precisamente Jesús, y no decidir abolir del todo sus indicaciones. Jesús no ha venido para abolir a Moisés, sino para favorecer su cumplimiento. En efecto, su Ley no está fijada, no es perfeccionista, sino dinámica. Y si esto vale para las bienaventuranzas, se descuenta que debe valer también para toda otra enseñanza de Jesús documentada por el Nuevo Testamento. […] __________ Traducción en español de José Arturo Quarracino, Temperley, Buenos Aires, Argentina. __________

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