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Ecumenismo político. Con los tecnócratas y con los antiglobalización

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El Papa Francisco se ha puesto a la cabeza de los «movimientos populares» anticapital. Pero al mismo tiempo ha entregado el IOR a la multinacional Promontory, desde hace unos días suspendida en el estado de Nueva York por Sandro Magister

ROMA, 21 de agosto de 2015 – Con los superpoderes mundiales de las finanzas el Papa Francisco se desdobla. Por un lado les da implacables bastonazos, como ha hecho en la encíclica «Laudato si», aunque siempre de forma genérica, sin que pueda llegar a saberse si bajo su guadaña caen también Mario Draghi y el Banco Europeo, Christine Lagarde y el Fondo monetario, Janet Yellen y la Reserva Federal. Por otra parte llama al Vaticano precisamente al Gotha de la tecnocracia mundial para poner orden en sus desastrosas finanzas, comenzando por el IOR, el Instituto para las Obras de Religión, entregado ya de hecho al Promontory Financial Group, con sede central en Washington. Era de Promontory Rodolfo Marranci, hoy director general de la banca vaticana. Son de Promontory Elizabeth McCaul y Raffaele Cosimo, jefes respectivamente de las sedes de Nueva York y Europa, nombrados «senior adviser». De ultramar ha venido también Antonio Montaresi, para dirigir la central de riesgos. Y trabaja en Promontory, tras un periodo de aprendizaje en  Goldman Sachs, Louis-Victor Douville de Franssu, cuyo padre, Jean-Baptiste, es el actual presidente del IOR. Promontory tiene una posición única en el mundo. Opera en el límite entre lo público y lo privado, como un controlador y regulador en la sombra que las autoridades americanas usan para penetrar, mediante sus consultorías, en las operaciones más opacas de los bancos de todos los países. Su fundador y jefe, Eugene A. Ludwig, era superintendente en la oficina de cursos monetarios durante la presidencia de Bill Clinton y lo siguieron otros ex dirigentes de la U.S. Securities y de la Exchange Commission. Pero esta fama de implacable brazo de la ley que Promontory se ha ganado durante años, también en el Vaticano, se ha derrumbado el pasado 3 de agosto, cuando el departamento de servicios financieros del Estado de Nueva York ha suspendido las operaciones futuras de la sociedad en dicho estado, por no haber bloqueado las transferencias de capital en Dubai hechas por el banco inglés Standard Chartered en favor de beneficiarios de Irán, a pesar de que este país estuviera afectado por sanciones. La suspensión no afecta a la actividad que los hombres de Promontory siguen desarrollando en el Vaticano, pero no deja de ser un fuerte golpe a su imagen. La sociedad ha anunciado un recurso ante la corte suprema del Estado de Nueva York. Por parte de la Santa Sede no ha habido ningún comentario, pero es fácil imaginar la irritación de Jorge Mario Bergoglio. El incidente reforzará aún más en el Papa Francisco la convicción de que el mundo está en manos de un imperio transnacional del dinero, que tiene en el beneficio su único objetivo y en el «descarte» de las crecientes multitudes de pobres su instrumento. Bergoglio no ha leído a Thomas Piketty y su libro de culto «El capitalismo en el siglo XXI», pero suscribe sus tesis de fondo, es decir, el aumento estructural de las desigualdades. El pasado 12 de julio, interrogado a quemarropa por un periodista alemán en el vuelo de vuelta de Paraguay, Francisco admitió el «error» de descuidar en sus análisis a la clase media, pero añadió que ésta «es cada vez más pequeña», al estar estrangulada por la polarización entre ricos y pobres. No importa que los números reales digan lo contrario. El Papa ha decidido de qué parte estar. Ha convocado a su presencia una vez en el Vaticano y otra en Bolivia, en Santa Cruz, a los que él llama «movimientos populares», que son en realidad los antiglobalización, los antiexpo, los Ocupa Wall Street, los Indignados, los Cocaleros, en suma, la multitud de los rebeldes al dominio del capital, en los que él ve la vanguardia de una nueva humanidad. El manifiesto de la visión política de Francisco se halla en sus dos discursos a los «movimientos populares». No es casualidad que el más cercano al Papa en esta materia, el prelado argentino Marcelo Sánchez Sorondo, haya reclutado a Naomi Klein, estrella mundial de los antiglobalización,  para comentar en el Vaticano la «Laudato si'». El pasado 13 de marzo, en el abarrotado Teatro Cervantes de Buenos Aires, acompañado por un complacido Sánchez Sorondo, el filósofo italiano Gianni Vattimo ha invocado entre aplausos una nueva Internacional comunista y al mismo tiempo «papista», con Francisco a la cabeza. Pero la utopía del Papa es más argentina que postmarxiana. Su rasgo más característico es el populismo, la identificación con un pueblo considerado bueno, el de las «periferias» de las ciudades y del mundo, el del «subsuelo del planeta», el de los «barrios populares donde subsisten valores ya olvidados en los centros enriquecidos». Son palabras de Bergoglio, pero podrían serlo de Juan Domingo Perón.

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