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De Martini a Bergoglio. Hacia un Concilio Vaticano III

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El sínodo del pasado mes de octubre debía ser sobre los jóvenes. Pero por el contrario, al concluirlo el papa Francisco dijo que “su primer fruto” ha sido la “sinodalidad”.

En efecto, los parágrafos más sorprendentes del documento final – y también los más confrontados, con decenas de votos contrarios – han sido justamente los que se refieren a la “forma sinodal de la Iglesia”.

Sorprendentes porque de sinodalidad prácticamente no se habló nunca, ni en la fase preparatoria del sínodo ni en el aula sinodal, ni en los grupos de trabajo. Excepto al verla aparecer en el documento final, en cuya redacción “L’Osservatore Romano” ha revelado que también participó el Papa.

“Una manipulación evidente”, la definió el arzobispo de Sydney (Australia), Anthony Fisher, dando voz a la protesta de no pocos padres sinodales por este modo contradictorio de imponer una idea de gobierno colegial con una acción imperial caía desde lo alto.

Pero después llegó “La Civiltà Cattolica”, voz oficial de la Casa Santa Marta, para confirmar que así debe ser, titulando su editorial que comenta el sínodo: “Los jóvenes han despertado la sinodalidad de la Iglesia”.

Así el pensamiento se vuelve inexorablemente a ese sínodo de 1999 en el cual el cardenal Carlo Maria Martini, jesuita como Jorge Mario Bergoglio, bosquejó el “sueño” de una Iglesia en perenne estado sinodal, detalló una serie de “nudos disciplinarios y doctrinales” que debían ser afrontados colegialmente y concluyó que para esas cuestiones “ni siquiera un sínodo podría ser suficiente”, sino que sería necesario “un instrumento colegial más universal y autorizado”, en esencia, un nuevo concilio ecuménico, dispuesto a “repetir esa experiencia de comunión y de colegialidad” que fue el Vaticano II.

Entre las cuestiones enumeradas por Martini estaban precisamente las que hoy están en el centro del pontificado de Francisco:
– “la posición de la mujer en la Iglesia”,
– “la participación de los laicos en algunas responsabilidades ministeriales”,
– “la sexualidad”,
– “la disciplina del matrimonio”,
– “la praxis penitencial”,
– “las relaciones ecuménicas con las Iglesias hermanas”,
– “la relación entre leyes civiles y leyes morales”.

Y, como Martini, también Francisco golpea y responde en el “estilo” con el que la Iglesia debería afrontar esas cuestiones. Un “estilo sinodal” permanente, o sea, “un modo de ser y de trabajar juntos, jóvenes y ancianos, en la escucha y en el discernimiento, para llegar a decisiones pastorales que respondan a la realidad”.

Esto en lo que se refiere a la vida ordinaria de la Iglesia, en todos los niveles.

Pero después la sinodalidad es invocada también como forma de gobierno jerárquico de la Iglesia universal, de la cual son expresiones los sínodos propiamente dichos – no por nada llamados “de los obispos” – y los concilios ecuménicos.

Hoy, la idea de un nuevo concilio ecuménico es cultivada por pocos. Alentada por Francisco, es más fervorosa la discusión sobre cómo hacer evolucionar no sólo los sínodos, tanto locales como universales, de consultivos a deliberativos, sino también las conferencias episcopales, descentralizando y multiplicando los poderes, y dotándolos también de “alguna autoridad doctrinal auténtica” (“Evangelii gaudium” n. 32),

Pero no hay que excluir que también la hipótesis de un nuevo concilio vea crecer rápidamente a sus partidarios. ¿Entonces por qué no prepararse y volver a estudiar qué han sido los concilios en la historia de la Iglesia y qué pueden continuar siendo en el futuro?

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El cardenal Walter Brandmüller, reconocido historiador de la Iglesia y presidente el Pontificio Comité de Ciencias Históricas, desde 1998 hasta el 2009, dio una conferencia justamente sobre este tema, el pasado 12 de octubre en Roma, reproducida íntegramente en esta otra página de Settimo Cielo:

> Che cosa significa storia dei concili e a qual fine la si studia

A continuación presentamos dos muestras.

El primero se refiere a la superioridad del concilio sobre el Papa, afirmada por el Decreto de Constanza “Haec sancta”, de 1415, reivindicada hoy por no pocos teólogos.

El segundo se refiere a la eventualidad de un futuro nuevo concilio y a su puesta en práctica, con casi el doble de obispos respecto al Vaticano II.

¡Feliz lectura!

*

CONSTANZA O LA SUPERIORIDAD DE LOS CONCILIOS SOBRE EL PAPA

Desde el principio el Decreto de Constanza “Haec sancta”, de 1415, ha sido objeto de encendidos debates entre los que sostenían la superioridad del Concilio sobre el Papa, y sus opositores.

Recientemente, fue el jubileo del Concilio de Constanza, en 1964, lo que volvió a encender la discusión.

El problema considerado particularmente urgente era cómo conciliar el Decreto de Constanza “Haec sancta” – que no sólo Hans Küng, Paul de Vooght y otros, y en el momento posterior Karl August Fink, celebraron como “Carta Magna” del conciliarismo, es decir, la anteposición del Concilio al Papa –con el dogma de 1870 sobre el primado jurisdiccional y la infalibilidad doctrinal del Papa.

¿En este caso un concilio y un dogma no contradijeron quizás otro en una cuestión de fe importante?

En esa época, entonces, no pocas eruditas plumas teológicas, entre ellas también la de un eminentísimo dogmático de Friburgo, se pusieron en movimiento llevando a cabo intentos de armonización, con un considerable uso de perspicacia y con una audacia a veces casi acrobática.

Y sin embargo… habría bastado un poco de historia para reconocer la inexistencia del problema: El «concilio» que en abril de 1415 había formulado el Decreto “Haec sancta” – la piedra de tropiezo – fue de hecho totalmente diferente a lo que es un concilio universal; fue más bien una asamblea de partidarios del [antipapa] Juan XXII. La asamblea de Constanza se convirtió en Concilio universal sólo cuando se unieron a ella los partidarios de los otros dos “Papas cismáticos” en julio de 1415 y en el otoño de 1417.

En cuanto a lo decidido en 1415 en Constanza estaba privado de autoridad, tanto canónica como magisterial. Y de hecho, cuando el neo-electo papa Martín V aprobó los Decretos decididos en los años 1415-1417, excluyó conscientemente a “Haec sancta”.

*

CÓMO CONVOCAR UN FUTURO CONCILIO, CON UN NÚMERO INMENSO DE OBISPOS

En las últimas décadas se escuchó hablar reiteradas veces de un concilio “Vaticano III”. Según algunos, éste debería corregir los desarrollos equivocados llevados a cabo por el Vaticano II, mientras que según otros debería completar las reformas que ahora se reclaman.

¿Debe – y entonces puede – haber una vez más un Concilio universal y ecuménico en el futuro?

La respuesta a esa pregunta depende esencialmente de cómo nos deberíamos imaginar un concilio similar “gigante”, porque eso es lo que sería.

Si hoy se convocara a un concilio, los obispos que tendrían un lugar y voz en él serían 5237, según los datos del 2016. Durante el Vaticano II los obispos participantes fueron cerca de 3044. Es suficiente una mirada a estos número para comprender que un concilio de corte clásico debería fracasar ya por este motivo. Pero suponiendo también que sea posible resolver las inmensas dificultades logísticas y económicas, hay algunas simples consideraciones lógicas de tipo sociológico y socio-psíquico que hacen parecer irrealizable una empresa tan gigantesca. Un número tan alto de participantes en el concilio, que en su mayor parte no se conocen entre ellos, sería una masa fácilmente manipulable en las manos de un grupo decidido, consciente de su propio poder. Las consecuencias son demasiado fáciles de imaginar.

La pregunta es entonces cómo, en qué formas y estructuras, los sucesores de los apóstoles pueden ejercer en manera colegial su ministerio de maestros y pastores de la Iglesia universal en las circunstancias ya citadas, en un modo que corresponda a los requisitos tanto teológicos como prácticos-pastorales.

En la búsqueda de eventuales ejemplos históricos, la mirada se dirige ante todo al Concilio de Viena, el 1311-1312, en el que participaron 20 cardenales y 122 obispos. La particularidad está en cómo se llegó a esos números. Se conservan dos listas de los invitados, una papal y una real. Quien no había sido invitado podía ir, pero no estaba obligado a hacerlo. De ese modo el Concilio pudo mantenerse en dimensiones controladas, aunque los criterios para la elección de los invitados – confrontando las dos listas – no estaban privados de dificultades. Para prevenir problemas como ese, la elección de las personas a invitar debería someterse a criterios objetivos, institucionales.

Pero hoy y mañana un proceso sinodal gradual podría hacer que las objeciones no tuvieran razón de ser. Se podría tomar como ejemplo a Martín V, que en la fase preparatoria del Concilio de Pavía-Siena había dado la indicación – de todos modos seguida por pocos – de preparar el Concilio universal con dos sínodos provinciales. En forma parecida, también el Concilio Vaticano I fue precedido por una serie de sínodos provinciales– cfr. la “Collectio Lacensis” –, que en una forma o en otra prepararon los Decretos de 1870. Así, en varias partes del mundo, es decir, en las diferentes áreas geográficas, se pudieron llevar a cabo Concilios particulares para discutir, en la fase de preparación del Concilio universal, los temas previstos por el mismo. Los resultados de esos Concilios particulares podrían ser presentados, discutidos y confrontados en forma definitiva, eventualmente ya bajo la forma de borradores de Decretos, durante el concilio.

Los participantes en el concilio serían elegidos por los concilios particulares que lo precedan y serían enviados al concilio universal con mandato para representar a sus Iglesias particulares. De este modo podría ser definido con razón como “universalem Ecclesiam repraesentans” y actuar como tal.

Este modelo permitiría no sólo preparar un concilio ecuménico con gran anticipación, sino también desarrollarlo con una duración y un número de participantes limitados. ¿Por qué entonces no mirar en retrospectiva, al primer Concilio universal, es decir, al de Nicea del 325, que ha entrado en la historia como el Concilio de los 318 padres (318, como los “siervos fieles” de Abraham, en Gn 14, 14)?El “Credo” formulado por ellos es el mismo “Credo” proclamado también hoy por millones de católicos en todo el mundo, los domingos y en las fiestas. De este modo, el primer Concilio general de apenas 318 obispos es hasta ahora un punto de cristalización en el que la verdad y el error se separan.

*

(La exigencia de hacer preceder a los sínodos y concilios universales de momentos sinodales en las diversas Iglesias locales es resaltada también en el amplio documento sobre “La sinodalidad en la vida y en la misión de la Iglesia”, publicado el 2 de marzo del 2018 por la Comisión Teológica Internacional).

6 comentarios en “De Martini a Bergoglio. Hacia un Concilio Vaticano III
  1. ¿Donde anda la sinodalidad en la desautorización a última hora del plan de los obispos estadounidenses siquiera de discutir el tema de la pederastia y la homosexualidad cuando está que arde en el país? Una verdadera patraña. Si alguno no se daba cuenta de que Francisco es incapaz de gobernar la Iglesia, aquí tiene una prueba contundente. ¿Cómo se puede gobernar con bandazos de este tipo y llenarse la boca de sinodalidad mientras por el otro lado de la boca la niega y humilla a un episcopado de más de 300 miembros.

  2. Me parece puro cínismo. Un sínodo sobre la juventud, en el cual no se habla de «sinodalidad», resulta que aparece en las conclusiones. O sea que, tienen la caradura de poner unas conclusiones que no se han tratado en el sínodo, y encima le quieren llamar «sinodalidad», cuando es pura manipulación.

  3. Estamos claramente ante un hecho historico NUEVO

    Berg oglio es un Heresiaca

    Nunca antes un Heresiaca fue Obispo de Roma

    Recomiendo releer el Calugula de Camus

    Pero dejando de lado a este Emulo de Jim Jones, el de Guyana, como es posible que haya en el Episcopado mundial y en Roma tantos felones que se someten a las ocurrencias cotidianas de este autentico chiflado?

    Es evidente que falta Virilidad en la Iglesia

    Y recordar a Caton el Censor

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