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LA GRAN SINFONÍA DE LA SANTIDAD

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«La Iglesia y el mundo necesitan del gran espectáculo de la santidad», del Cardenal Ángelo Amato

San Juan XXIII, San Josemaría y Beato Álvaro del Portillo
San Juan XXIII, San Josemaría y Beato Álvaro del Portillo

                  Va a hacer dos meses aproximadamente, el 27 de Septiembre, en que se celebró en Madrid la Beatificación de uno de los grandes protagonistas del Concilio Ecuménico que se llevó a cabo en el Vaticano hace unos cincuenta años, Álvaro del Portillo. En la homilía de la beatificación, el Prefecto de la Congregación para la Causa de los Santos, el Cardenal Ángelo Amato dejó caer esta perla preciosa: “La Iglesia y el mundo necesitan del gran espectáculo de la santidad”. Entendí que quería dar a conocer que estamos asistiendo a un grandísimo concierto donde se interpretan las notas de una sinfonía sobre la santidad en este nuevo siglo de oro, en los últimos 60 años dentro de la Iglesia.

         Siguiendo con esta imagen, me fijo en el Director de orquesta, que no es otro que el Concilio Ecuménico Vaticano II, abierto en 1963 por San Juan XXIII. ¡El auténtico Concilio Vaticano II! No descubro nada nuevo si digo que aún vivimos con el aire contaminado de aquel otro Concilio que nunca se llegó a celebrar y que los Medios de Comunicación se empeñaron en presentar a media humanidad. En el auténtico, el celebrado en el aula conciliar, los padres conciliares dejaron que una bocanada de aire fresco entrara en la Iglesia, tal y como lo había querido Juan XXIII –detrás entró la contaminación y la confusión del demonio-, tal y como lo avisó el Beato Pablo VI.

         De lo que he estudiado y leído del Concilio Vaticano II, que es mucho más de lo que han hecho aquellos que lo critican o anuncian un tercero, para superar al que, dicen, ha quedado anticuado, aprendí que estamos llamados a ser santos, a alcanzar la santidad trabajando en la misión y con la vocación que Dios nos ha concedido. A más a más, tengo la vocación al Opus Dei, que no se cansa de recordarme esta verdad, que puedo alcanzarla viviendo el espíritu específico que recorrió San Josemaría Escrivá de Balaguer.

         En mis primeros veinte años de sacerdocio ministerial lo he pasado bajo el pontificado de San Juan Pablo II, al que tuve la oportunidad de ver en tres ocasiones. He realizado mi ministerio sacerdotal en parroquias donde hubo sacerdotes santos, algunos de ellos declarados beatos oficialmente.

         Todo ello porque la Iglesia proclamó que el camino del cristiano es el camino de la santidad. Y, con mucha alegría, veo que los “primeros espadas”, si se me permite la expresión taurina, de esta sinfonía, hoy son venerables, beatos y santos. En una atacada, me surge esta pequeña lista: San Juan XXIII, Beato Pablo VI, Venerable Juan Pablo I, San Juan Pablo II, San Josemaría, Beato Álvaro del Portillo… Hay más, pero lo dejo aquí para no extender la lista.

         “La Iglesia y el mundo necesitan del gran espectáculo de la santidad”. Los primeros testigos de esta verdad son los que han dirigido la Iglesia en el último medio siglo. Testigos cualificados que bebieron directamente de las sesiones del Concilio Vaticano II y supieron poner en práctica lo allí expuesto. Ahora la Iglesia nos recuerda que, como ellos, también nosotros hemos de formar parte de esta gran sinfonía, porque la “orquesta” estaría incompleta sin el testimonio de los cristianos de hoy.

         Sólo para ilustrar esta consideración he querido poner en la cabecera la fotografía en la que en un palmo de terreno aparecen juntos dos santos y un beato. Testimonio fotográfico de lo que he querido decir.

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