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¿Mi libertad termina donde empieza la del otro?

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Que mi libertad termina donde empieza la del otro puede quedarse en un eslogan simplemente teórico, nada práctico, si se reduce la libertad a un concepto exclusivamente individualista, convirtiendo, además, dicha concepción en un absoluto. Entendida la libertad en estos términos, esta frase es un eslogan vacío de contenido, porque nadie sabe exactamente cuál es ese lugar donde termina la libertad de uno y empieza la del otro, y mucho menos quién y cómo fija ese límite.

Una concepción de la libertad individualista, por tanto, reduccionista, está detrás de otra frase que hemos oído muchas veces: “Hago lo que quiero porque soy libre”. Millones de personas la han esgrimido para hacer cuanto les viene en gana, sin saber que, en realidad, no están haciendo un uso de la libertad que les humanice. En efecto, esta sentencia parece hablar a favor de la libertad del ser humano, pero, en el fondo, es signo de una gran esclavitud: la esclavitud del yo.

La visión de una libertad individualista se entiende únicamente como posibilidad de elegir, no como capacidad para respetar mi dignidad y hacer el bien a los demás. Estos no son los que están cerca de uno y comparten las mismas opiniones; sino, sobre todo, son aquellos con los que nos encontremos a lo largo de nuestra vida, especialmente, los más débiles y vulnerables.

Un primer paso hacia la plena libertad consistiría en la autorregulación, es decir, en un control de nuestros deseos, asumiendo la responsabilidad de nuestra actuación personal.

Un segundo paso sería llevar a cabo en nuestra vida el dicho por todos conocido: «Trata a los demás como querrías que te trataran a ti o no hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti«.

Un tercer paso sería ser empáticos, es decir, ser capaces de ponerse en lugar del otro. No hay auténtica empatía, si no ponemos en práctica acciones para no ofender a los demás. No juzguemos: ¡Antes de juzgar mi vida o mi carácter… ponte en mis zapatos!

Somos libres para hacer el bien, para ser responsables de los demás y del mundo. Una libertad meramente individual, olvidándonos del otro, se convierte en libertinaje. El ser humano no es un ser aislado, no es una isla, sino que es un ser que vive en convivencia con los demás. No se es independiente como si no se tuviese relación con los otros. Las acciones de todo ser humano influyen en uno mismo y en los demás.

1 comentarios en “¿Mi libertad termina donde empieza la del otro?
  1. Esa expresión del título como la otra tan común «mi derecho empieza y termina donde empieza y termina el derecho de los demás», son una mentira, un engaño, una farsa. Como en la realidad no existen iguales niveles de libertad ni iguales niveles de derechos, la libertad de cada uno tendrá el desempeño de los límites a su posibilidad de realización concreta, de igual forma con los derechos, no existe derecho como tal si no se garantiza su ejercicio, si no se posibilita su ejercicio.
    La libertad religiosa o derecho de culto es un clarísimo ejemplo de las «restricciones y limitaciones».
    Recordemos el Concilio EVAT II Dignitateis Humanae
    «Es evidente que todos los pueblos se unen cada vez más, que los hombres de diversa cultura y religión se ligan con lazos más estrechos, y que se acrecienta la conciencia de la responsabilidad propia de cada uno. Por consiguiente, para que se establezcan y consoliden las relaciones pacíficas y la concordia en el género humano, se requiere que en todas las partes del mundo la libertad religiosa sea protegida por una eficaz tutela jurídica y que se respeten los supremos deberes y derechos de los hombres para desarrollar libremente la vida religiosa dentro de la sociedad.
    Quiera Dios, Padre de todos, que la familia humana, mediante la diligente observancia de la libertad religiosa en la sociedad, por la gracia de Cristo y el poder del Espíritu Santo, llegue a la sublime e indefectible «libertad de la gloria de los hijos de Dios» (Rom., 8, 21)».

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