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«Jurassic World. El reino caído», el blockbuster del verano

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Esta semana vamos a dedicar el post a la película que pretende ser el blockbuster veraniego por antonomasia: Jurassic World. El reino caído (J.A. Bayona, 2018). En efecto, tres años después del éxito de su predecesora, Jurassic World (Colin Trevorrow, 2015), llega a nuestras pantallas su consabida secuela, un film que procurará superar (o al menos igualar) la recaudación y el aplauso de aquella. Para ello, se ha contado esta vez con el prometedor cineasta español Juan Antonio Bayona, el cual, aunque solo tenga en su haber cuatro películas (incluida esta), ha sabido conquistar a la platea de medio mundo con su magnífico arte, heredado directamente y sin disimulo del cine de Steven Spielberg; tanto es así que fue precisamente su penúltimo film, Un monstruo viene a verme (2016), que no deja de ser una versión personal y actualizada de E.T., el extraterrestre (1982), el que le abrió de manera definitiva las puertas de Hollywood, pues propició que el famoso Rey Midas del séptimo arte le encargase esta quinta entrega de la saga jurásica.

 

Como veremos a continuación, y como es lógico, lo que ha hecho Juan Antonio Bayona con esta oportunidad que la ha brindado la meca del cine (y con la que probablemente ha soñado más de una vez) es acomodarse servilmente a los requisitos que esta le ha presentado. En efecto, lo que Hollywood pretende en fechas estivales es ofrecer mero espectáculo, para que el público llene las salas, coma palomitas, beba Coca-Cola, profiera algún grito, se emocione y aplauda a rabiar; es decir, y, en definitiva, que se lo pase bien durante dos horas delante de una pantalla gigante. No es extraño, pues, que, para esta nueva entrega de la saga, Steven Spielberg, ideólogo máximo del concepto de blockbuster mediante su film Tiburón (1975), el primero de la historia que acuñó dicho término, eligiera al que hoy se presenta como su alumno más aventajado, el mencionado cineasta español Juan Antonio Bayona; por este motivo, tampoco es extraño que este último, acariciador onírico de la meta hollywoodense, al aceptar el encargo de aquel, se sometiera estrictamente a sus órdenes, que pasaban por realizar un filme que se ajustase a la medida de los cánones veraniegos. Por suerte, Spielberg, que sabe lo que hace en el campo cinematográfico, no eligió con Bayona a un cualquiera, sino a alguien que sabe aunar arte y entretenimiento a partes iguales; de este modo, el espectador no se siente como un mero consumidor pasivo de imágenes en movimiento, sino como una persona que, al mismo tiempo que está disfrutando del espectáculo, está recibiendo calidad narrativa y cinematográfica (de hecho, con sus más y sus menos, esto es lo que caracteriza tanto al cine de Spielberg como al cine de Bayona).

 

¿Y es malo este afán por aunar arte y entretenimiento en una sola película? Evidentemente, no. Como ya hemos indicado, el primer cineasta que ideó este concepto, y que él mismo denominó blockbuster, fue Steven Spielberg, quien, a través de su relato sobre el escualo gigante, entretuvo al público a la par que le otorgaba calidad artística; de hecho, su decisión de ocultar al manido tiburón, o de insinuarlo mediante la estupenda música de John Williams, o través de la cámara en primera persona, cautivó a toda la platea y hoy es imitada por multitud de directores exitosos (el otro gran inventor del término fue George Lucas mediante La guerra de las galaxias, que nada tiene que ver con la deriva ideológica que ha tomado actualmente la saga: aquí). El cine nació hace más de cien años en Francia con esta clara vocación al entretenimiento (a la sazón, la gente se agolpaba para ver a los obreros saliendo de una fábrica, al tren llegando a su estación o a un niño gamberro divirtiéndose a costa de un incauto jardinero); pero, como sus iniciadores, los hermanos Lumière, eran fotógrafos profesionales, conocían a la perfección la alegoría de la imagen, por lo que a los espectadores de entonces no solo les ofrecían espectáculo, sino también calidad artística. Por este motivo, podemos decir que, pese a quien le pese, la saga jurásica se inserta en este concepto originario del séptimo arte, que no siempre está llamado al agrado de unos pocos, sino al aplauso de muchos.

 

 

 

Todo el mundo conoce ya la trama de la película (por desgracia, a uno solo le basta con ver el tráiler de la cinta para ello). En efecto, tres años después de los acontecimientos vistos en Jurassic World, los protagonistas se enfrentan a un nuevo desafío: la extinción de los dinosaurios que ellos mismos han creado. Ciertamente, el volcán que corona la isla Nublar, esa misma donde se construyó el primigenio Parque Jurásico, que luego sería remozado y reabierto bajo el nombre de Jurassic World, está a punto de entrar en erupción, una fatalidad que condenaría a muerte a todos los dinosaurios. La situación es tan peliaguda que incluso llega a las altas instancias del Gobierno norteamericano, que no vacila en abrir el debate sobre lo que han de hacer con ellos: o bien dejarlos morir, o bien rescatarlos. Mientras tanto, una empresa de biogenética vinculada al fallecido profesor Hammond (el mítico Richard Attenborough), se decanta por esta última opción, por lo que decide enviar un equipo de investigación y de rescate a la ínsula, con el propósito de salvar el mayor número posible de criaturas. Para ello, cuenta con la ayuda de Owen (Chris Patt) y Claire (Bryce Dallas Howard), dos supervivientes de los problemas acaecidos en la anterior aventura.

 

Evidentemente, la sinopsis de la cinta no es original; uno solo tiene que echar un vistazo a los primeros minutos de ella para percatarse de que sigue los mismos derroteros que, en su día, tomara El mundo perdido. Jurassic Park (Steven Spielberg, 1997), secuela inmediata de Parque Jurásico (Steven Spielberg, 1993). De este modo, vemos que la historia del film es propiciada por el deseo que tienen algunos de exportar a los dinosaurios de la isla; que la empresa que tiene esta intención está vinculada a John Hammond; que los primeros que son contratados por esta última son una suerte de cazadores furtivos, cuyos únicos motores parecen ser el éxito y el dinero (además, tanto el Ted Levine de esta como el Pete Postlethwaite de aquella coleccionan colmillos de sus presas); que el protagonismo recae sobre una mujer resuelta que quiere salvar a los animales a toda costa (antes, Julianne Moore; ahora, Bryce Dallas Howard), y que su decisión impulsa la del hombre que le va a la zaga (antes, Jeff Goldblum; ahora, Chris Patt); que tenemos que padecer la presencia de una niña repelente (antes, Vanessa Lee Chester; ahora, Isabella Sermon), y que, finalmente, aumenta el grado de violencia y oscuridad, para alejarse, así, de los compases marcados por sus respectivas predecesoras (por supuesto, tenemos algún giro argumental más que une ambas cintas, pero nos reservaremos aquí el deseo de expresarlas, para evitar caer en el temido spoiler). Pero esta falta de originalidad es normal, puesto que, si lo pensamos fríamente, la película pretende seguir la estela que marcó Jurassic World hace tres años, es decir, actualizar la saga que, en su momento, inició Steven Spielberg con la mentada Parque Jurásico.

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Así es, hace ya la friolera de veinticinco años, el famoso director de Ready Player One (2018) sorprendió al mundo entero con el estreno de Jurassic Park (Parque Jurásico), una película que batió todos los récords de taquilla conocidos hasta el momento. Y no es de extrañar, pues sus efectos especiales nos hicieron creer que los extintos dinosaurios habían vuelto a la vida (los espectadores que la vimos en su momento, nos encontramos reflejados en la sorprendida expresión de los carismáticos Sam Neill y Laura Dern cuando ven a la gigantesca criatura por primera vez, y hasta espetamos la famosa frase que profiere el también entrañable Jeff Goldblum -«ese hijo de… lo ha logrado«-, aunque nosotros, por supuesto, no la dijimos en relación a Hammond, sino al propio Spielberg, autor de esa maravilla); además, y como hemos dicho arriba, se trató de un magistral ejercicio de narrativa cinematográfica, pues remozó para siempre el cine de aventuras exóticas. Desafortunadamente, la inevitable saga que siguió a la película cayó en desgracia muy pronto, puesto que la segunda parte no contó con el mismo entusiasmo de su director (pese a los grandes aciertos que todavía ostenta), ni la tercera contó siquiera con su participación, más allá de las labores de producción (aunque pasó el testigo de la dirección a su buen amigo Joe Johnston, autor de la siempre reivindicable Jumanji); por eso, esta razón fue más que suficiente para cancelar las otras secuelas que estaban previstas (amén de la razón económica, puesto que cada película recaudaba menos dinero que la anterior). Sin embargo, los directivos de Hollywood vieron que este era el momento idóneo para resucitar la dinomanía que se vivió durante la década de los noventa, puesto que, asaltados como estamos por la nostalgia (nunca ha habido tantas secuelas, remakes reboots del cine que nos gustó), no era una opción descabellada traerla nuevamente a colación; pero, esta vez, no con una cuarta parte que continuara la acción donde acabó la tercera, sino con un saga que corrigiera aquello en lo que la anterior había fallado. La película en cuestión fue Jurassic World, una obra que, ciertamente, ha sabido erguirse como una digna heredera de lo que, hace veinticinco años, consiguió Jurassic Park (Parque Jurásico); por este motivo, además, la nueva entrega de la saga camina sobre las huellas seguras que dejó en el suelo la secuela de esta última, pues pretende ser la segunda parte que en realidad nunca tuvo (misma trama, diferente desarrollo) y abre las puertas a la continuación que Joe Johnston no se atrevió a hacer (atención al plano final… ¡y a la escena postcréditos!), ya que solamente repitió la fórmula de la primera.

 

En cuanto a la dirección de Bayona sobre la película, poco más podemos añadir a lo que hemos advertido arriba, puesto que se trata de un producto made in Hollywood empacado y listo para su consumo rápido, por lo que él tiene poco que ver con el acabado final. Ciertamente, podemos detectar en la película neuras que son propias de su cine (como es la ausencia materna y los problemas que esto origina en los niños), pero no dejan de ser pequeñas concesiones que autoriza el productor (a la sazón, Steven Spielberg) para congraciarse con el cineasta que esté bajo su mandato (por otro lado, esas disfunciones familiares también están muy presentes en el cine de Spielberg, así que a este no le habrá costado mucho ceder a las aspiraciones de Bayona). Es verdad que parece transparentarse el nihilismo que el director ya dejó de manifiesto tanto en Lo imposible (2012) como en Un monstruo viene a verme, sobre todo en la figura del recuperado Jeff Goldblum, que niega la intervención de Dios en las fatalidades que están azotando al antiguo Parque Jurásico (o incluso en la repelente niña interpretada por Isabella Sermon, que tiene una relación antinatural y casi transhumanista con los dinosaurios); sin embargo, no sabemos hasta qué punto forma parte de su malicia (si es que la tiene) o de un discurso más que asumido (aunque a todas luces erróneo). Lo que sí tenemos claro es que el filme no sirve de trampolín adoctrinador a la ideología moderna e infecta que hoy nos invade (como sí lo es la nueva saga de Star Wars), sino que se trata de un estupendo relato de aventuras destinado solo al mero entretenimiento del espectador.

 

 

 

Para terminar, pues, podemos decir que esta semana nos ha llegado un buen estreno a nuestras pantallas. En efecto, sobre gustos no hay nada escrito, por lo que es probable que haya espectadores que no sientan interés alguno por esta película; sin embargo, a ellos les recomendamos desde aquí que vayan a verla sin prejuicios, puesto que no tiene mayor empeño que el de entretener al respetable. Recordemos que muchos de nosotros comenzamos a amar el cine gracias a títulos como estos, puesto que, aunque ahora apostemos por obras de Dreyer o Ingmar Bergman, lo cierto es que el séptimo arte nos engatusó gracias a directores como Steven Spielberg, George Lucas o Robert Zemeckis. Y es que estos, ciertamente, entendieron que el cine es un arte, pero también un espectáculo, por lo que supieron aunar ambos factores en grandes películas que hoy perduran el magín de muchísimos cinéfilos. El blockbuster de este año, pues, ya está servido, y no da opción a un segundo plato, por lo que solo podemos ceder a la tentación de comprarnos un bol de palomitas y un vaso de nuestro refresco favorito, y disfrutar durante dos horas del regreso de los dinosaurios.

 

 

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