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Reino de Cristo, reino del diablo

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La inmensa mayoría de los que hoy estudian los hechos históricos protagonizados por Jesucristo lo hacen desde una metodología racionalista que excluye a priori cualquier milagro, aunque no pueden negar el hecho evidente de que fue un taumaturgo y sanador excepcional. Todas las fuentes históricas recogen ese dato, incluso las más contrarias a su Persona (Porfirio, Celso, el Talmud judío…). Nos cuentan los Hechos de los Apóstoles «que ciertos exorcistas judíos ambulantes invocaban el nombre de Jesús para expulsar a los espíritus malos» (19,13), a pesar de que durante su vida pública los judíos hostiles le acusaban de acoger el poder de Belcebú ¡para expulsar al mismo Belcebú! Donosa contradicción, que llevo al Señor a sentenciar esa profunda frase de que «si un reino está dividido contra sí mismo no puede subsistir» (Mc. 3,24). 

Pero los que conocieron de cerca al Señor -en vida y tras su muerte- no explicaron su misterio con la pobre metodología reduccionista del racionalismo moderno, llena de prejuicios cientificistas. Ni obviamente con la ristra de insultos incongruentes de los judíos.

«Lo que han visto nuestros ojos, lo que contemplamos y palpamos con nuestras manos” (1 Jn. 1,1), es que ese hombre, que pasó haciendo el bien y liberando a todos los oprimidos por el diablo, era el Mesías, el Señor y, en definitiva, la última y exclusiva Palabra de Dios sobre el mundo, de tal modo que «sólo en el nombre de Jesús podemos ser salvos» (Hch. 4,12).

En la Epístola de San Pablo a los Colosenses encontramos esta impresionante frase:

“por él mismo (por Jesucristo), fueron creadas todas las cosas, las de los cielos y las de la tierra (…) absolutamente todo fue creado por él y para él” (Col. 1-16).

Es una afirmación contundente de la divinidad del Señor, pues remite a la acción creadora de Dios en Gn. 1, con la que se identifica. Parece además una frase muy impropia de una mentalidad judía como era la de Pablo, educado en un rigurosísimo monoteísmo a los pies de Gamaniel (Hch. 22,3). Pero no había más opción que reconocer con todas sus consecuencias, so pena de traicionarse a sí mismo:

«eso que hemos visto y oído»

El apóstol ya había llegado a la fe en la divinidad de Cristo por habérsele revelado el Señor en su resurrección (1 Cor. 15,8,  Hch. 9,3 y ss.) y por sus experiencias místicas (2 Cor. 12, 2-4). Pero también había escuchado a los discípulos del Señor de primera mano (Gal. 1,18) episodios sobre la vida de Jesús y su poder, no sólo como taumaturgo, sino también sobre la naturaleza. Por ejemplo, les oiría narrar cómo el Señor multiplicó unos panes y unos peces, o cómo pacificó una tempestad, prodigios que implican un total dominio cosmológico, eventos que sólo Dios puede realizar.

Pero hay que preguntarse el motivo principal por el que el Señor hacía milagros. Y si examinamos estos, encontramos que Jesús nunca interviene para demostrar su poder (su divinidad) ante los atónitos espectadores, sino por motivos mucho más sencillos y humildes: para dar de comer al hambriento, para quitar la angustia de sus discípulos y -atención a esto- «porque os he dado ejemplo, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis» (Jn. 13,15). Como si nos dijera: sí, podéis multiplicar milagrosamente los panes al constituir una comunidad nueva (el Reino de Dios), tan impregnada por mi Espíritu que lleguéis a afirmar «entre ellos no había ningún indigente» (Hch. 4,34). Y eso es un milagro tan impresionante como el que realicé, porque si saqué unos peces de la nada, el cristiano con la gracia ha llegado a transformar su ser, destruyendo al hombre viejo y naciendo un hombre nuevo, un prodigio mayor que el que hice yo multiplicando unos peces.

También seréis capaces de parar el terror de una tormenta si me lleváis consigo en todas y cada una de las tribulaciones de vuestra vida –aunque os parezca que estoy ausente, “dormido en el cabezal de popa” (Mc. 4,38)-, porque yo siempre estoy con vosotros (Mt. 23,20) y en la vida y en la muerte sois del Señor (Rm. 14,8). Y suceda lo que suceda, sabéis que creyendo en mí «todas las cosas cooperan para nuestro bien» (Rm. 8,28). ¡Incluso os digo que «si tuvierais fe como un gramo de mostaza, le diríais a ese monte que se viniera aquí y vendría» (Mt. 17,20)!

Nuestra mentalidad actual, ferozmente racionalista y cientificista, nos recalca que hay en el universo unas reglas inmutables que ni Dios puede cambiar, pero debemos tener fe en que Jesús es el Señor de la creación, de la historia y del universo, por lo que jamás debemos dudar de que todo lo que pidamos en su nombre pueda realizarse. Y de que los milagros existen.

Jesús los hacía, como hemos visto, como muestra de caridad hacia sus paisanos y hacia todos aquellos que se iban a verle por diversas necesidades, sin distinción de judíos o paganos. Pero también -y es lo más decisivo- como ejemplo a seguir para la comunidad que formaba y que iba a ser el embrión de lo que Él denominaba el Reino de Dios. Esta expresión encerraba, sin duda, la clave de toda su predicación, el corazón de su misión. «Si yo echo fuera los demonios, ciertamente el reino de Dios ha llegado a vosotros» (Mt. 12,28). Y la primera consecuencia es que «el que cree en mí hará también las obras que yo hago y aún mayores, porque yo voy al Padre. Y todo lo que vosotros pidáis en mi nombre yo lo haré para que el padre sea glorificado en su Hijo» (Jn. 14,12).

De las parábolas del Señor deducimos por tanto que el Reino no es sino una continuación en nosotros, sus discípulos, de su misma vida, durante la cual pasó haciendo el bien. En la parábola del grano de mostaza, el Señor explica con luminosa sencillez su obra presente y futura: Él se entregará por nosotros (el grano que si no muere no fructifica, tal y como nos refiere Juan 12,23). Sin embargo, de ese único grano (pues sólo en Cristo nace el auténtico Reino), precisamente por morir, ha brotado un bellísimo arbusto; sus ramas somos los cristianos de ayer y de hoy que “debemos andar como Él anduvo» (1 Jn. 2,6). Y hacerlo de tal modo que, con nuestra ardiente caridad y buenas obras (obra de su Gracia y de nuestra cooperación con ella), hagamos crecer ese árbol para que los pájaros del cielo -las bendiciones celestiales- se posen sobre nosotros.

Con la palabra Reino -en su fase histórica- se alude, pues, a la iglesia cristiana, Cuerpo Místico de Cristo, inflamado de caridad, pero que debe estar en perpetua vela (Mc. 13,37) para evitar un mal que ya comenzó en la época apostólica y se multiplicó con el tiempo (sobre todo si éste era propicio para la Iglesia): que, a causa de la expansión de la Iglesia, se enfríe esa caridad inicial que brota de la semilla de Cristo muerto y resucitado. Y suceda que el Señor nos reproche -como hizo a la iglesia de Éfeso, símbolo según Leonardo Castellani de la primera iglesia apostólica- «que has dejado el amor primero» (Ap. 2,4).  Curiosamente, la única de las siete cartas del apóstol Juan que no expresa crítica alguna, es la dirigida a la iglesia de Esmirna, la cual representa –si seguimos esta interpretación del maestro argentino- a la iglesia machacada durante grandes persecuciones romanas. Nunca olvidemos aquello que nos advierte San Pablo: “todos los que quieran vivir piadosamente en Cristo Jesús sufrirán persecución” (2 Tim. 3,12). Y el Señor no nos llama bienaventurados cuando triunfamos sino cuando nos persiguen.

Hay que vivir, en consecuencia, en nuestras comunidades cristianas con caridad ardiente y generosidad sin límite porque su Caridad nos urge (2 Cor. 5,14); compartir hasta de lo que no se tenga (Hch. 4, 32-35), apreciar a los demás como superiores a nosotros mismos (Fil. 2,3), en el Espíritu del Señor que “por amor a vosotros, siendo rico se hizo pobre, para que vosotros con su pobreza fuerais enriquecidos» (2 Cor. 8, 9).  El verdadero Reino no es, en definitiva, un espectáculo de fuegos artificiales, está más bien “dentro de nosotros” (Lc.17, 21), transforma nuestras vidas y nos permite trabajar, como hicieron las generaciones del pasado, por un mundo donde Christus vincit, Christus regnat, Christus imperat.  

II

Pero hoy escuchamos una seria objeción de los adversarios de la fe cristiana y de los incrédulos. Nos dicen que el Reino es una ensoñación, que no vemos ninguno de sus frutos y que la vida de los cristianos es un calco de los comportamientos de los que no lo son (a excepción de los extraños ritos que practican una minoría).

No parece en principio un juicio injusto. Si nos fijamos con detenimiento, a día de hoy la inmensa mayoría de las sociedades occidentales conservan las hermosas cáscaras de un pasado cristiano –vemos iglesias, catedrales, días de fiesta señalados en los calendarios, a veces procesiones…-, pero los verdaderos templos del Espíritu Santo (1 Cor. 6,19), que somos los bautizados, llevamos un corazón de piedra que en nada desmerece al de los paganos, los cuales además ya nos van ganando en número (con lo que pronto no quedarán ni las cáscaras). Es lo mismo que se nos narró en aquella escena conmovedora de la película El Padrino III, en la que futuro papa Juan Pablo I, le enseña a Michael Corleone una piedra que se encontraba dentro de una fuente y la compara con el cristianismo en Europa. Por fuera sí estaba húmeda (pues no había ningún país del viejo continente y del mundo occidental que no hubiese sido impregnado con la Palabra del Señor), pero al partirla, su interior estaba seco. Cristo no reinaba de verdad en las vidas de los europeos.

Pero en todo caso, ese aparente juicio sensato de ateos y agnósticos es erróneo, y así hay que recalcarlo porque no atiende muchas de las características del Reino y menos aún las condiciones en las cuales ese reino se consumará definitivamente. Si hubieran leído con detenimiento las Sagradas Escrituras, se darían cuenta de que todo se está cumpliendo:

1º.- El vínculo del Reino con la historia universal siempre será secreto y misterioso (sólo Dios puede desvelar ese misterio). Leemos en Marcos (Mc.  4, 26-29): 

“Así es el Reino de Dios,  como cuando un hombre echa una semilla en la tierra; duerme y se levanta, de noche y de día, y la semilla brota y crece sin que se sepa cómo” (Mc.  4, 26-29).  

 

El Señor nunca vincula el desarrollo del Reino con hechos espectaculares y notorios (Lc. 17,21), sino con la oscuridad y la invisibilidad del crecimiento de una planta desde una semilla. Aunque nos parezca que el Reino en algún momento de la historia alcanzaba su plenitud, luego nos damos cuenta de que era un error, un grotesco espejismo. Nuestro Rey es un Rey crucificado ¿lo olvidamos?, y es precisamente cuando más padecen los cristianos el momento en que el Reino va creciendo, pues como afirmó Tertuliano en su Apología, “la sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos”.  Las coordenadas para juzgar a los reinos mundanos son inútiles para explicar la novedad espiritual del Reino de Dios.  

2º.- La fase histórica del Reino (que no debemos confundir con el Reino en sí mismo o su consumación) se ha ido implantado durante los siglos en los que el cristianismo servía de guía espiritual –e incluso de base legal- a los pueblos más importantes de la tierra. Y, en todo caso, la Palabra del Señor ha sido llevada en nuestros días por los heroicos misioneros a todos los lugares del mundo. Y el hecho de que parezca que haya cundido poco, o que la fe dé señales alarmantes de retroceder en el mundo más desarrollado, también estaba previsto. El Señor, con su parábola  del trigo y de la cizaña (Mt. 13, 24-30), nos advirtió que existe un enemigo -el diablo- que siembra la cizaña cuando duermen los hombres (13,25). Es decir, si el cristiano incumple el mandato estricto de velar, el demonio puede arruinar su obra. Los hombres modernos, embriagados por el progreso material y los impresionantes descubrimientos de los últimos siglos (y que además han mejorado considerablemente su vida y su confort),  dejaron de rezar,  luego de creer en Dios y finalmente han llegado a creer –con el demonio- que pueden alcanzar la meta de “ser como dioses”, con autonomía plena “para decidir el bien y el mal” (Gn. 3,5). 

3º.- Y en tercer lugar, si los ateos y descreídos leyesen bien las Sagradas Escrituras, se percatarán de que precisamente el progresivo retroceso del cristianismo, en las naciones cristianas y en sus ciudadanos, es una conditio sine qua non para que se cumpla lo que los cristianos pedimos día a día en la oración del Padrenuestro: que venga a nosotros tu Reino (o dicho de otro modo: que hagas llegar a su plenitud tu Reino, que nosotros torpemente preparamos). Ese retroceso será tan espectacular en los últimos tiempos (y las causas que lo provocarán tan terribles), que el Señor tuvo que consolarnos con la promesa de que «se «acortarían esos días para no poner en riesgo la salvación de los elegidos«, porque si no «nadie sería salvo» (Mt. 24,22).  

Concluyo ya, y vuelvo a lo que es la esencia del Reino. El Reino –como indicó Jesús- reside con toda su radicalidad transformadora dentro de cada uno de nosotros, para que demos como hombres y como comunidades los mejores frutos al mundo. Ahora bien, si la convicción de su implantación procede de nuestros cálculos y nuestros instrumentos y no de su Gracia, aunque usemos de excelentes medios para propagarlo, y aunque triunfemos y las estadísticas nos puedan  asegurar que hay más católicos que nunca, al final nos encontraremos con sociedades barnizadas de fe, pero cuya madera está siendo pertinazmente devorada por las termitas del diablo. Y al final el barniz se caerá, y contemplaremos el rostro siniestro de quien “como león rugiente anda alrededor, buscando a quien devorar” (1 Ped. 5,8).

Lo que percibo en nuestro tiempo es que los cristianos hemos dejado de luchar (y ese es el peor error de un cristiano, que debe estar permanentemente en vela) y hemos permitido que la vorágine del mundo abiertamente anticristiano (1 Jn. 5,19) arramble con todo, desde las cruces en las encrucijadas de los caminos hasta las leyes morales en nuestros códigos, que parecen redactarse con la intención explícita de insultar abiertamente a Dios. Es terrible el tiempo en que vivimos, pero para nosotros, junto con muchas sombras, se abre una tenue luz pues se están dando las condiciones que fijan las Sagradas Escrituras para que el Señor vuelva y consume definitivamente su Reino. Y esos requisitos, esos signos de los tiempos, se resumen en una palabra: apostasía.  

¿Qué queda, pues, por hacer a nuestra generación? A mi juicio, juzgar con claridad que estos tiempos son de conversión y penitencia, en los que quedará “un pueblo humilde y pobre que esperará en el nombre del Señor»  (Sof. 3,12) y en el que deberemos integrarnos. No aspiremos a ser una inmensa secuoya, no. Únicamente quedará –como dijo Nuestro Señor- un pequeño arbusto donde se posarán ¡ojalá! las aves del cielo. La vuelta del Señor para consumar su Reino se realizará en un mundo que ha perdido la fe, como manifiesta el mismo Señor en Lucas (Lc. 18,8). Por eso el escritor cristiano -no católico- Rod Dreher, propone en su imprescindible obra «La opción benedictina» constituir pequeñas comunidades cristianas –siempre en comunión con la Iglesia de Roma y el Santo Padre si somos católicos-, como último refugio de la vida moral y piadosa devastada por el mundo moderno, un mundo al que podemos calificar ya sin ser hiperbólicos como reino del diablo. No salir del mundo (1 Cor. 5,10), pero sí construir refugios sanos. 

Oremos sin cesar y pidamos que el Señor venga pronto. Asumamos con alegría que son tiempos de purificación y de persecución, con la certeza de fe de que los padecimientos del presente podemos unirlos a la cruz de Cristo, con inmensa fuerza de salvación no sólo para nosotros sino para los demás. Tan es así, que deberíamos “alegrarnos por sufrir por vosotros, porque de esta manera completo en mi propio cuerpo lo que falta de los sufrimientos de Cristo por su cuerpo que es la Iglesia» (Col. 1,24). Al unirnos con nuestros sufrimientos a Cristo crucificado, producimos un milagro más grande aún que curar un cáncer terminal o frenar un huracán de nivel cinco: cooperamos a la redención del Señor, salvando muchas almas. 

¡Que el Señor nos permita ser sarmientos unidos a su vid! (Jn. 15,1). Que nos conceda vivir con la guía clarificadora que es su Palabra, la fuerza de su Gracia, la obediencia a sus dulces mandatos, el alimento de la Eucaristía y la sanación de los demás sacramentos. Y ojalá que podamos decir de cada una de nuestras comunidades -que esperan al Señor que no tardará-, aquellas emocionantes palabras que San Pablo dirigió a los cristianos de Colosas:

«Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de mansedumbre, de paciencia; soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviera queja contra otro. Cristo os ha perdonado, así hacedlo vosotros. Y sobre todas estas cosas vestíos de caridad, que es el vínculo perfecto. Y la paz de Dios gobierne en vuestros corazones, a la que asimismo fuisteis llamados en un solo cuerpo» (Col. 3, 12-14).

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