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La amnistía de Dios y los simulacros del diablo

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I

Si uno se fija atentamente, el cristianismo es ante todo la historia de una amnistía universal que Dios ha regalado a la humanidad. Amnistía anunciada vigorosamente por los profetas del Antiguo Testamento, y que fue establecida solemnemente al comienzo de la vida pública de Nuestro Señor Jesucristo, cuando la proclamó en la sinagoga de Nazaret, ante el pasmo de los que le escuchaban. En efecto, el Señor leyó entonces unos sublimes versículos de Isaías, aplicándolos a su Persona:

«El Espíritu del Señor está sobre mí

porque me ha ungido para proclamar a los pobres la Buena Noticia,

me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos

y la vista a los ciegos,

para dar la libertad a los oprimidos

y proclamar un año de gracia del Señor»

                          (Lc. 4, 18-19).

 

El sentido de este último e impresionante versículo debemos encontrarlo en aquella otra promesa de Dios a su pueblo, en virtud de la cual: 

«Yo Soy, Yo Soy quien borra tus delitos por Mí Mismo, y no me acordaré de tus pecados»

                                                            (Is. 43,25).

Idéntica reflexión encontramos en el profeta Miqueas, que profetizó sobre el siglo VIII a.C:

«¿Qué Dios hay como Tú, que quite la iniquidad

y pase por alto la prevaricación al resto de tu herencia?

No mantendrá por siempre su cólera

porque gusta de la compasión.

Volverá a compadecerse de nosotros,

hollará nuestras iniquidades

y arrojará a la profundidad del mar

todas nuestras iniquidades»

(Miq. 7, 18-19).

El día de Pentecostés, Pedro y los demás apóstoles anunciaron la llegada del Espíritu Santo -el inicio del perdón y sus condiciones-, usando una preciosa expresión trinitaria:

«A ese Jesús lo resucitó Dios, cosa que de la que todos nosotros somos testigos. Así pues, una vez que ha sido elevado a la derecha de Dios, y ha recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, lo ha derramado, que es esto que vosotros veis y oís»   

(Hch. 2,32-33).

La promesa del perdón absoluto de las prevaricaciones no sólo abarcaba al pueblo judío, sino a la humanidad entera, y requería el bautismo en el nombre de Jesucristo, a fin de que el Espíritu Santo operase en el hombre una radical transformación, que el mismo Jesús resumió en la poderosa palabra «conversión»  (Mc. 1,15):

«Pedro les dijo: Arrepentíos, y que cada uno de vosotros se bautice en el nombre de Jesucristo para obtener el perdón de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo, pues la Promesa es para vosotros y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos, a cuantos convoque el Señor nuestro Dios» 

(Hch. 2, 38-39).  

La amnistía, cuyo principal efecto era el perdón de los pecados y el comienzo de una nueva vida, tenía sin embargo un tiempo fijado –el año de gracia del Señor-; en sentido bíblico un periodo indeterminado (1 Ped. 3,8) que concluirá con la segunda venida de Jesucristo para una restauración universal

«Así que arrepentíos y convertíos a fin de que se borren vuestros pecados , para que así vengan, desde la presencia del Señor, tiempos de alivio y envíe a Jesús, el mesías destinado a vosotros, a quien el cielo tiene que recibir  hasta el tiempo de la restauración universal , del que habló Dios por boca de sus santos profetas de antaño» 

(Hch. 3, 19-21).

La humanidad entera -aunque no lo sepa hoy porque no se predica- sigue viviendo bajo los efectos de esa generosa amnistía, que concluirá cuando venga el Señor, restaure todo y juzgue a cada uno de los hombres por su acogida personal a ese don inmerecido que recibimos de Él.  A los que decidieron cobijarse bajo ella y aceptaron sus requisitos, les serán perdonados sus pecados y entrarán a ese reino restaurado; pero a los que insensatamente despreciaron esa inmerecida bondad del Creador, sólo les quedará oír de Él un terrible: «No os conozco» (Mt. 7,23). 

Por todo ello, como nos exhorta la Epístola a los Hebreos, «Así pues, no perdáis vuestra confianza, para que después de hacer la voluntad de Dios, consigáis la promesa (…). Nosotros no somos de los que se echan atrás cobardemente y terminan sucumbiendo, sino de aquellos que buscan salvarse por medio de la fe» (Hb. 10, 35 y 39).

II

Dios fijó esta bondadosa amnistía al inaugurar con su Hijo una nueva etapa de la historia de la humanidad,  del tiempo de la ley de Moisés al tiempo de la Gracia y la Verdad (Jn. 1,17), pues toda amnistía presupone el paso de una época antigua a otra nueva, la definitiva:

«No recordéis las cosas pasadas,

no penséis en lo antiguo.

Mirad, voy a hacer algo nuevo,

ya está brotando ¿No lo notáis?

(Is. 43, 19).

Y es muy importante incidir en esto. La amnistía, por esencia, es única e irrepetible cuando se implementa en una nueva época histórica, sea política o espiritual. Es decir, no puede darse una segunda amnistía tras un tiempo iniciado con un perdón general después de una etapa histórica ya cancelada. Y no se puede porque supondría una desvalorización no sólo de la amnistía concedida, sino también -con mayor intensidad- de esa segunda, convertida en farsa. Repetir una amnistía implica asumir el fracaso de la primera, y es una blasfemia juzgar como fracaso la bondad de Nuestro Señor al traernos el perdón de nuestros pecados. La amnistía cristiana no es un juego, sino algo muy serio, pues «canceló el acta de acusación por nuestros pecados con sus cláusulas adversas a nosotros, lo quitó de en medio». Y lo hizo, nada más y nada menos, «clavándolo en una cruz» (Col. 2,14). La oportunidad que nos da Cristo es de una vez para siempre (Hb. 9,12), y la razón de su amnistía fue su amor inmerecido, en consideración a que con su Vida entre nosotros, hoy «estamos en la última hora» (1 Jn. 2,18). No hay, pues, otra alternativa que «conversión o muerte» y no habrá segundas oportunidades, no habrá posteriores amnistías, pues: 

«Si después de recibir el conocimiento de la verdad, pecamos deliberadamente ya no queda otro sacrificio por el pecado sino la espera angustiosa de un juicio y el fuego voraz que consumirá a los rebeldes»

 (Hb. 10,26-27). 

La amnistía por lo tanto es irrepetible, y se vincula directamente a un nuevo tiempo y a un «hombre nuevo» (Ef. 4,24), fruto de la conversión, de la metanoia, de un cambio de mente en el que debe permanecer siempre pese a los obstáculos. Porque se nos da la promesa de que «el que persevere hasta el final se salvará» (Mt. 24,13).  Sin segundas oportunidades. 

III

Ahora bien, si bajamos del Cielo de la Salvación y examinamos detenidamente el presente de nuestro país, uno observa que esta bonita palabra «amnistía», se ha deformado hasta tornarse irreconocible. Concretamente, en el terreno político pretende aplicarse -por segunda vez en nuestra actual historia constitucional- a sujetos que han cometido recientemente graves delitos contra la nación y el erario público. Gente muy soberbia y desagradecida que, tras conocer que van a ser amnistiados, se reafirman con arrogancia en el «ho tornarem a fer». A cuenta de ello, hay acalorados debates en periódicos, radios y televisión sobre si esa ley es o no constitucional, o si la cuestión de fondo es el peaje que un gobernante paga a los probados enemigos de la patria para no salir del poder (en román paladino, un acto de felonía), o sobre muchas más cosas conexas. Especialmente llama la atención los bruscos cambios de opinión de tantos políticos y periodistas acerca de este tema y, en definitiva -hablemos claro-, la miseria moral de al menos la mitad de nuestro parlamento nacional; unos diputados que han certificado con su voto favorable que son de la estirpe de Esaú, que vendió su primogenitura por un plato de lentejas. En fin, parece incomprensible que cada mañana se puedan mirar al espejo sin sentir vergüenza de sí mismos, aunque probablemente sean de aquellos que piensan ande yo caliente y ríase la gente. 

Por todo ello, creo que en esta chusca historia nos encontramos con una clarísima performance de ese ser al que Chesterton definió genialmente como el mono de Dios. Alguien a quien le gusta imitar el proceder del Altísimo, por ejemplo vendiéndonos amnistías disparatadas -sin las mínimas condiciones jurídicas y éticas para ello- a través de títeres humanos como el ególatra presidente de nuestro gobierno, de cuyo nombre no quiero acordarme. En cualquier caso -y como apuntamos anteriormente al tratar de la historia de la salvación-, llevado al ámbito político de nuestro país, el admitir una segunda amnistía (tras la de 1977) implica asumir el fracaso sin paliativos de nuestro periodo constitucional pues significa una impugnación abierta al sistema de 1978. Si es necesario transgredir burdamente los principios de legalidad y seguridad jurídica para garantizar una presunta paz social en una región levantisca de nuestro país, se reconoce implícitamente que esa ley es mala; ergo la norma que en teoría debía garantizar esa armonía –la constitución de 1978- es inútil. En última instancia -aunque suene fuerte- el objetivo es implementar un procedimiento para socavar nuestro actual Estado de Derecho, y abrir un túnel tenebroso de discordia nacional. Es decir, diabólico por los cuatro costados. Estoy convencido de que la mayoría de los diputados que han apoyado este dislate, aparte de cobardes y apesebrados, son bastante cortitos y cortoplacistas como para alcanzar las últimas consecuencias de sus actos. Sin embargo, respecto del presidente innombrable y del ser espiritual que le ha instigado, no tengo la menor duda de que conocen al dedillo el destino de esa siniestra hoja de ruta.

En fin, a qué seguir…; muchos han hablado de este tema en los últimos meses con mejores argumentos y no quiero continuar generándome bilis a causa de la repugnancia de contemplar cómo se deshacen delante de mis ojos los muros de la patria mía, por lo que lo dejo aquí.

IV

Y concluyo. Como hemos visto, el caso español apunta a una deformación diabólica de nobles y viriles conceptos como el perdón o la generosidad, pero eso es un síntoma local de una enfermedad universal y global que hoy podríamos denominar en sentido amplio buenismo, y que ha afectado gravemente al único administrador universal de esa amnistía divina, la Iglesia Católica. A excepción de aquellos sitios  donde abiertamente se persigue a los cristianos, ya no luchamos por «la fe que los santos recibieron de una vez para siempre» (Jd. 3), sino por otros objetivos mundanos como la paz, la ecología, la tolerancia,…, cosas que no son malas en sí mismas, pero inútiles para procurarnos la salvación si no se ligan “al buen combate de la fe”  (1 Tim. 6,12). Ya no aspiramos a que el cristiano viva en un estado de «vela» (como nos exigió Jesús -Mc. 14,38-), consciente de que su existencia cristiana es una milicia sin cuartel contra el pecado. Ahora deseamos que pase su vida cómodamente, sin la menor tensión escatológica y que pueda ser bendecido -¿y por qué no amnistiado?- aunque viva y permanezca por sus pecados apartado de la Gracia de Dios (véase fiducia supplicans). Se busca, en fin, la convergencia de los eternos principios cristianos con los valores que el mundo occidental impuso hace tres siglos, pero se produce el nocivo efecto de deformar los nuestros -los eternos- y confirmar los otros -los caducos-; de diluir los primeros en los segundos. 

En consecuencia ¿nos puede extrañar que el Señor dijese que cuando vuelva no encontraría fe en la tierra? ¿Nos sorprende que se nos advierta en las Sagradas Escrituras que «si uno se ha alejado de la inmundicia del mundo por el conocimiento de Nuestro Señor y Salvador Jesucristo y de nuevo se deja enredar y se rinde su final es peor que su principio» (2 Ped. 2,26)? ¿Comprendemos hoy aquella parábola que narró el Señor en la que un demonio abandonó a una persona, pero luego volvió a ella con varios demonios más y «el postrer estado de aquel hombre viene a ser peor que el primero» (Lc. 11, 24-26)?

Si no la comprendemos, deberíamos avanzar un poco más en la lectura del pasaje para darnos cuenta de que el Señor no sólo hablaba a sus discípulos sino preferentemente a nosotros hoy. Y para advertirnos, -sin buenismo alguno, con la fuerza de su Palabra performativa- que «así acontecerá también a esta mala generación». 

En suma, la amnistía de verdad, la que el Padre nos regaló a todos con su Hijo Jesucristo, dejará fuera a muchos de esta generación nuestra, porque definitivamente ha sido juzgada como mala al preferir los simulacros del diablo.    

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