El Libro de Jonás, una metáfora de Israel

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I

En el invierno del año 57 y en la ciudad de Corinto, San Pablo dictó a su discípulo Tercio (Rm.16,31) la más importante de sus epístolas, la destinada a los Romanos, el mejor exponente del corazón de la teología paulina como era la salvación de todos los hombres –judíos y paganos- por la fe en Cristo Jesús. Esta doctrina, pese a su aparente novedad, no suponía una ruptura con la fe del pueblo de Israel sino más bien el punto culminante de su historia sagrada, como por otro lado anunciaron sus grandes profetas. Hababuc, por ejemplo, proclamará que “el justo vivirá por la fe” (Hab. 2,4). E Isaías anunciará que:

 

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                                     “Las naciones caminarán a tu luz, y los reyes al fulgor de tu aurora.

Alza en torno tus ojos y mira; todas se han reunido, vienen a ti;

tus hijos vienen de lejos, y tus hijas son llevadas sobre la cadera”

(Is. 60,2-3)

Sin embargo, sólo una minoría de judíos aceptó a Jesucristo, el Mesías, pues “vino a los suyos y los suyos no le recibieron” (Jn. 1,11), y ello produjo una terrible congoja en San Pablo, que llegará a decir:

“pues tengo gran tristeza y dolor incesante en mi corazón; pues yo pediría a Dios ser yo mismo excomulgado de Cristo en favor de mis hermanos, de mis parientes según la carne; porque son israelitas, a ellos pertenece la adopción filial, y la presencia esplendorosa de Dios, y las alianzas y la legislación y las promesas, a ellos pertenecen los patriarcas y de ellos desciende según la carne, el Mesías (¡Dios que está sobre todo, sea bendito por los siglos! (Rm. 11,33).

Pero siglos antes de que naciera San Pablo, un extraordinario narrador postexílico, nos expuso en forma de relato didáctico esa misma visión universalista de la historia judía, al evocar la figura histórica de Jonás, que profetizó durante el reinado de Jeroboán II (786-746 a.C.) a mediados del siglo VIII a.C. Y lo hizo mediante una prodigiosa narración corta –apenas cuatro breves capítulos-, incluida en la colección de profetas menores de la Biblia. Su obrita, como mostraremos en este trabajo, representa una crítica acerba –en la misma línea paulina (ver Hch. 13,46)-, a esa tendencia del pueblo judío a cerrarse en sí mismo y despreciar los oráculos que le destinaban a un fin mucho más glorioso que la posesión de un pedazo de tierra en la parte oriental del Mediterráneo. Porque el protagonista de este libro, el profeta Jonás –digámoslo desde ahora- simboliza al pueblo judío. Jonás, el profeta empeñado en hacer exactamente lo contrario de lo que debería hacer.

En efecto, la estructura de la historia de Jonás que nos relata su libro parece ser una copia de todos los hitos fundamentales de la historia de Israel, desde la elección por Dios hasta los celos por la conversión de los gentiles, pasando por fases de rebeldía y arrepentimiento. En ese sentido el libro de Jonás, aunque no nos narra en rigor los oráculos de un profeta sino más bien el cumplimiento a regañadientes de una misión divina, es abiertamente profético pues en esta historia se nos anticipa el hecho trágico de que los judíos:

“Con el oído oiréis, pero no entenderéis

Lo que se dice ver, veréis, pero no percibiréis.

Pues el corazón de este pueblo se ha embotado,

Oyeron con oídos endurecidos

Y entornaron sus ojos”

(Hch. 28, 26-27, Is. 6,9-10 LXX).

El autor del portentoso “Libro de Jonás” escribió esta obra probablemente años después del retorno del exilio babilónico, sobre el año 400 a.C (la presencia de arameísmos en el texto así parece confirmarlo), y en un contexto de feroz nacionalismo, merced a las normas impuestas por el sacerdote Esdras y el gobernador Nehemías. En aquellos libros bíblicos, intitulados con los nombres de ambos personajes, comprobamos que el rechazo de las primeras generaciones de retornados hacia los gentiles fue inmisericorde, hasta el punto que se obligó a muchos judíos a repudiar a las mujeres cananeas con las que se habían casado (y a los hijos habidos con ellas) para preservar la pureza racial y religiosa. Podemos imaginar, dicho sea de paso, la miseria que tal medida produjo a sectores más desprotegidos de aquella sociedad, mujeres y niños.

Frente a tal particularismo, el autor del libro de Jonás –al igual que el del Libro de Rut, escrito por la misma época- contrapuso, con bastante ironía, una visión abierta y universal de la historia del pueblo al que Dios destinó, muy a su pesar, para ser “luz de los gentiles”.

Aquí, en definitiva, examinaremos la compleja figura de Jonás, cuya epopeya tragicómica se identifica con impresionante precisión con cada uno de los pasos históricos del Pueblo Elegido, y que podemos sintetizar así:

–         La elección de Israel por pura Gracia de Dios / La llamada a Jonás.

–         La desobediencia a la Alianza/ La escapada de Jonás a Tarsis, huyendo de Dios.

–         El castigo ante la infidelidad de los judíos / Jonás en la tormenta y luego en el vientre de la ballena.

–     El arrepentimiento, el perdón y el retorno a la tierra prometida tras el destierro / Conversión de Jonás en el vientre de la ballena y cumplimiento del mandato divino.

–      Los celos de Israel por la entrada de paganos en el Reino / Celos de Jonás ante el arrepentimiento de los ninivitas.

Sin descartar algún trasfondo histórico, la tragicomedia de Jonás, debido a sus elementos legendarios, se juzga hoy por los biblistas como una narración didáctica, que puede dividirse en tres actos con un epílogo o coda. Nosotros analizaremos el Acto I (huida y naufragio) en los tres primeros capítulos de nuestro trabajo; el Acto II (conversión en el vientre del pez) en el capítulo IV; el acto III (cumplimiento del mandato de predicar a Nínive) en el capítulo V; y finalmente, en nuestra conclusión examinaremos la coda final y el paradójico enfado del profeta por el éxito de su misión.

II

Este drama en tres actos principia con la Palabra de YHWH dirigida a Jonás, hijo de Amittay (Jo. 1,1), para encomendarle una espinosa misión: predicar a Nínive –capital de Asiria, el perfecto símbolo de crueldad, agresión e imperialismo contra Israel- la pronta destrucción de su populosa ciudad a causa de sus pecados.                         

Según II Reyes 14, Jonás era un profeta natural de Gat-ha-Hefer, localidad galilea muy cercana a Nazaret (1), y predicó en tiempos del rey israelí Jeroboán II, rey poderoso, aunque severamente juzgado por la Biblia. Jonás había anunciado a este rey que extendería las fronteras de Israel  hasta los máximos límites de su historia “desde la entrada de Hamat hasta el mar de la Arabah” (mar de la sal) (2 Rey. 14,25).

Con ese dato que nos proporciona II Reyes –un oráculo favorable a un rey pésimamente valorado en las Sagradas Escrituras- podemos intuir que Jonás pudo ser un ferviente patriota israelí, orgulloso del poderío alcanzado por el Reino del Norte, pues como señala además una tradición judía fue el profeta que ungió al fanático y cruel rey Jehú por encargo de Eliseo (2 Rey. 9,1 y ss.).  No obstante, como anunciaban otros profetas, en realidad se trataba de un Estado con los pies de barro no sólo por las graves amenazas exteriores (fundamentalmente Asiria, gobernada por entonces por Salmanasar III), sino por la situación de injusticia social que se vivía en el interior del país. Amós, contemporáneo de Jonás, condenó esos graves desafueros, y profetizó la catástrofe acaecida años después (722 a.C.) cuando los reyes Salmanasar V y Sargón II destruyeron el Reino del Norte y desterraron a Asiria a sus habitantes (Amós 2).

 

Con una evidente intención, por tanto, el autor postexílico del libro escogió a esta oscura figura del tiempo de gloria del Reino del Norte, que vivió siglos atrás. De hecho, la mentalidad patriótica de Jonás explicaría su disparatado proceder después de que YHWH le ordenase: “Levántate, vete a Nínive, la gran ciudad, y clama contra ella, pues su maldad ha subido hasta mi presencia” (Jo. 1,2). Si Dios pretendía destruir Nínive, la capital de Asiria, la única razón por la que este terrible acto debía comunicarse previamente por medio de un profeta israelí a los paganos ninivitas, era para moverles a la conversión, y poder evitarse el castigo.

Eso lo intuyó Jonás, como nos lo revelará al final del libro:

“¡Oh, YHWH! ¿No era esto lo que yo me decía cuando estaba en mi tierra?” (Jo. 4,2).

Y por ello decidió desobedecer a Dios, huyendo a la otra punta del mundo –Tarsis-, como si creyese que la presencia de Dios se concentraba en Palestina, y olvidando la lectio prima de cualquier judío enseñada por Moisés, y es que Adonai no sólo era Señor de Israel sino de la tierra entera (Ex. 19,5).

Si nos preguntamos entonces por qué Dios elegiría para esta misión a un profeta tan inadecuado y con un comportamiento tan errático y absurdo (y no optó por otros más leales como los combativos Oseas o Amós, el pastor de Tecua), la única respuesta es que la elección de YHWH –en este caso y en todos- es absolutamente libre, por pura Gracia, y no está condicionada por la mayor o menor grandeza, la mayor o menor inteligencia, o la mayor o menor santidad del elegido. Elige, aunque el predestinado sea desobediente y de dura cerviz. Así hizo con Israel, entre todos los pueblos de la tierra:

“No se ha prendado de vosotros YHWH y os ha elegido porque sois más numerosos que todos los demás pueblos, pues sois el más insignificante de todos ellos sino por amor a vosotros (…) (Dt. 7,7-8).

Y si el Señor ha regalado a ese pueblo una tierra “que mana leche y miel” (Num. 14,8):

“No por justicia ni por rectitud de tu corazón vas a entrar en posesión del país de aquéllos, sino a consecuencia de la impiedad de tales naciones las expulsa de delante de ti YHWH, tu Dios (Dt. 9,5).

III

Como nos narra Ex. 24, Moisés descendió del monte Sinaí, y en las faldas del mismo erigió un altar y puso doce massebás (piedras votivas), una por cada tribu israelí. Moisés encargó a unos jóvenes que sacrificasen novillos y luego puso la mitad de la sangre sobre lebrillos y la otra mitad la derramó sobre el altar. Tomó a continuación el Código de la Alianza (el Decálogo) “y lo leyó a oídos del pueblo, el cual exclamó: “¡Todo lo que nos ha dicho YHWH haremos y obedeceremos!”. Moisés entonces cogió la sangre y la vertió sobre el pueblo  y dijo: “He aquí la sangre de la alianza que YHWH ha pactado con vosotros de acuerdo con todas estas palabras”.

Pero desde el principio el Pueblo Elegido fue desobediente a tal privilegio otorgado por el único Dios, ligarse con Él de manera exclusiva de entre todos los pueblos de la tierra. Desde el principio. El mismo Moisés reconocerá que “Habéis sido rebeldes a YHWH desde el día que os conocí” (Dt. 8,34), y muy poco antes de la catástrofe del destierro a Babilonia, el profeta Jeremías anunciará una Alianza Nueva, pues “ellos han quebrantado mi alianza, cuando yo me había desposado con ellos” (Je. 31,32). Idéntica esperanza  proclamará, ya en Babilonia, el profeta Ezequiel (Ez. 11, 27-30).

El Libro de Jonás nos cuenta que éste, ante el mandato divino, tomó el camino opuesto a Asisia, primero hacia la localidad costera de Jope, para embarcar en dirección al occidente, a Tarsis. Es decir, desobedeció y de una manera insensata, huyendo físicamente de Dios.

El primer lector/oyente de este libro, el judío retornado tras el destierro (que creía ser el único con derecho a gozar de la benevolencia y misericordia de Dios), debió desconcertarse y luego reírse ante tamaña estupidez de este profeta, pero posiblemente no captó –al menos de principio- la intención del narrador. En el fondo, éste le decía a aquél las mismas palabras que Natán usó contra David tras el doble crimen –adulterio y asesinato- cometido por el rey contra su fiel soldado Urías: “Tú eres ese hombre” (2 Sam. 12,7).

Es decir, la lección que daba el genial escritor al hipotético lector/oyente judío era muy clara: “David –siendo no más que el ultimo hijo del betlemita Jesé (1 Sam. 16,20)- fue bendecido por Dios de un modo tan generoso que le aseguró “su realeza para siempre” (2 Sam. 7,16). Y, sin embargo, prevaricó gravemente. Como lo hicieron tus antepasados y fueron castigados. Como sigues haciendo tú, que has olvidado el oráculo de YHWH, recordado por Oseas: “Misericordia quiero y no sacrificios”. Como haces tú ahora, abandonando y entregando a la miseria a tu mujer y a tus hijos, sólo por no ser de tu raza”.

 El mismo pensamiento expondrá San Pablo en su carta a los Romanos:

“conoces su voluntad e instruido por la ley sabes discernir lo mejor, y estás convencido de que tú eres guía de ciegos, luz de los que están en la oscuridad, educador de insensatos, maestro de párvulos porque tienes en la ley la formulación de la ciencia y de la verdad. O sea, que tú que enseñas a otros ¿no te enseñas a ti mismo? Tú que predicas ¡no robar! ¿Robas? Tú que dices “no adulterar” ¿adulteras? Tú que abominas los ídolos ¿saqueas los templos? Tú que pones tu orgullo en la ley ¿deshonras a Dios por la transgresión de la ley? Pues como está escrito, el nombre de Dios a causa de vosotros es blasfemado entre los gentiles” (Rm. 3, 18-25).

Frente a la huida física de Jonás, Israel protagonizará una huida moral, un abandono progresivo de las leyes de santidad. De este modo irá cayendo en graves pecados religiosos (idolatrías) y cometiendo terribles injusticias con los más pobres del país. El propio Israel estaba advertido que tales acciones no quedarían nunca impunes, pues YHWH era y es:

“un Dios celoso que castiga la iniquidad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación, respecto a quienes me odian, y en cambio uso de misericordia hasta la milésima con quienes me aman y guardan mis mandamientos” (Ex. 20,5-6).

Jonás, como profeta del Altísimo, debía conocer sin reserva mental que éste era el proceder del Dios de Israel. Sin embargo, insensatamente, desobedeció. Muy pronto sufrió las consecuencias de su desatino.

IV

Uno de los elementos estructurales más notorios de la Biblia es el binomio “transgresión-castigo”. En efecto, a lo largo del texto sagrado encontramos esa conexión de naturaleza jurídica, y aplicada al pueblo de Israel (como miembro de una Alianza) y a personas individuales. En el primer caso, baste citar tres esquemas: los cuarenta años de estancia errática de Israel en el desierto, los setenta años en Babilonia o la época de Antíoco IV Epífanes, contenida en los Libros de los Macabeos, y donde además de vincular culpa y castigo, destacará algo que aparece igualmente a lo largo de la Biblia: la naturaleza no sólo punitiva sino sobre todo correctiva del castigo:

“Exhorto a los lectores de este libro a que no se sientan deprimidos por las desgracias, que piensen que los castigos no son para destruir nuestra raza sino para corregirla” (2 Mac. 6,12).

 Pues como se reconoce en el Salmo 119:

“Bien me ha venido ser afligido, para que aprendiera de tus estatutos” (Sal. 119,71).

Pero los castigos también se imponen ante las transgresiones individuales, y la Biblia nos muestra diversos ejemplos. A veces por desobedecer normas litúrgicas y cultuales (como lo acaecido con los hijos de Aarón, Nabad y Abihú, que murieron probablemente por encender un fuego distinto del Altar del holocausto (Lv. 10,1-2), o el caso de Uzá, fulminado por violar la intangibilidad del Arca de la Alianza (2 Sam. 6, 6-7). Otras veces la pena se inflige por graves pecados personales sin relación al culto, y ahí tenemos el caso ya citado de David.

Como ya hemos indicado, el autor del libro de Jonás, en la historia de su peculiar héroe, sigue con precisión las vicisitudes de la historia judía, e incluye también el castigo con la función de que el profeta recapacite y, arrepentido, retome el mandato impuesto por Dios.

En efecto, poco después de embarcado, rumbo a Tarsis:

“YHWH desencadenó un viento recio sobre el mar y hubo en éste tan grande tempestad que se pensó que el navío se quebraría” (Jo. 1,4).

Y llama la atención que mientras los marineros (probablemente fenicios), aterrados, rezaban a sus dioses y descargaban el lastre del buque, Jonás se encontraba en profundo sueño, como si esta acción del Señor no fuese con él. Con esa actitud pasiva, en contraste con la desesperación de los demás tripulantes, podemos apreciar la convicción absoluta de Jonás de que Dios le iba a quitar la vida por su rebeldía, de modo que no tenía sentido quejarse porque prefería morir a cumplir el mandato misericordioso de Dios. El hecho de que pida expresamente ser echado al mar –con lo que la muerte sería ya inminente- más que un gesto de compasión hacia los marineros, confirma sus intenciones abiertamente suicidas. En vez de arrepentirse, intenta matarse.

Frente a esta abyección de Jonás, es importante destacar que el autor del libro describe a los marineros como hombres piadosos, pues clamaron a sus dioses, aunque pronto supieron que ese mal provenía del pecado de Jonás. Éste les confesó:

“Soy hebreo y reverencio a YHWH, Dios de los cielos, que hizo el cielo y la tierra firme” (Jo. 1,9),

y ellos no dudaron de que “huía de la presencia de YHWH” (Jo. 1,10) con lo que concibieron gran temor. El autor de este libro de algún modo nos presenta el implícito reconocimiento por los paganos de la grandeza del Dios único, del Dios escondido (Is. 45,15). Pero más aún: frente a la actitud egoísta e insolidaria de Jonás –dormido mientras todos se afanaban en salvar el barco-, esos paganos no sacrifican a Jonás echándole al mar en un primer momento, pese a tener la certeza de que ha sido su pecado el causante de la tempestad que les acosa. Ni siquiera hacen caso a la petición del profeta desobediente de que lo tiren por la borda. De hecho, el Libro de Jonás nos indica que pretendían retornar a tierra, volver a Jope, y sólo cuando verificaron la imposibilidad de hacerlo, decidieron quitar de en medio a Jonás -y cumplir de paso su voluntad suicida-. Pero antes:

“clamaron a YHWH, y se dijeron: “¡Oh YHWH, no nos hagas perecer por la sangre de este hombre y no nos imputes sangre inocente, pues tú YHWH has obrado como has querido!” (Jo. 1, 14).

Es decir, eran conscientes de que cumplían un mandato divino al deshacerse del desobediente Jonás y, precisamente, gracias a esta acción -que en principio parecía homicida y por tanto contraria a las leyes divinas-, “el mar se calmó en su furia”. Y aquellos paganos –como luego harían los habitantes de Nínive- se convirtieron, pues “cobraron gran temor a YHWH, y le ofrecieron sacrificios y le hicieron votos” (Jo. 1,15).

 

Así se cierra el primer acto de este excepcional libro –como un prólogo del mismo-, donde nos resume en sentido del mismo, presentándonos a un judío desobediente frente a paganos receptivos a los mandatos de único Dios.

Pero Jonás está ahora en el mar a merced de las olas, y es entonces cuando ocurre el hecho más comentado y espectacular de este libro (que tiene representaciones gráficas desde la época de las catacumbas). Pero que no es, precisamente, el hecho milagroso de que un inmenso pez devore a Jonás y lo escupa vivo en tierra al tercer día. El verdadero milagro es que Jonás –esa calamidad de profeta- se convierte en el vientre de ese animal monstruoso (aunque sólo durante un tiempo).  

V

«Te he probado en el horno de la tribulación” manifestará el Deuteroisaías (Is. 48,10). Y el libro deuterocanónico de Baruc –redactado sobre los años 150 y 100 a.C- recordará las palabras de Moisés cuando advirtió de un castigo para el pueblo desobediente, pero también de que “recapacitarán en el país de su deportación” (Bar. 2,30).

Como hemos dicho, los marineros lanzaron al mar a Jonás y pronto cesó la tempestad, pero un gran pez devoró al profeta. La Biblia vincula el mar al “peligro mortal” (Sal. 69,3), y el mismo Libro de Jonás lo considera vecino al Seol (Jo. 2,6).  Y el poderoso simbolismo del océano como regresión a lo primordial ha sido destacado por Carl Gustav Jung:

“La inmersión en el “mar” significa una “solutio”, en el sentido físico y en Dorneus al mismo tiempo la solución de un problema. Es una regresión hacia el oscuro estado inicialen el líquido amniótico del útero grávido” (Jung. La psicología de la transferencia).

Es interesante retener esta cita del gran sabio suizo y traer a colación que el mismo Señor, en la conocida charla nocturna con Nicodemo, para ejemplificar el concepto de conversión, usó la imagen de retorno al vientre materno (Jn. 3,3-5), expresando así la necesidad de renacer del agua y del espíritu. En realidad, todos los significados de la poderosa imagen de Jonás, defenestrado al mar y engullido por una ballena se funden en esa idea de purificación y renacimiento, que exige necesariamente un lugar misterioso y apartado –como el desierto- durante un tiempo determinado.

Los tres días de estancia de Jonás en el vientre del pez han sido estudiados desde numerosos puntos de vista, comparándolos con abundantes ejemplos de la literatura universal, desde mitos sumerios, la saga griega de Herakles y Perseo, los Diálogos de Luciano de Samotasa, hasta llegar nuestros días con los cuentos populares de Pinocho o Caperucita Roja. Hay que incidir, no obstante, que el Libro de Jonás no se advierte la menor traza de mitología. Y que para el lector judío de este libro era fácil asociar el vientre “acogedor” de ese monstruo con la experiencia de Israel en el desierto y/o en el exilio, una experiencia de regeneración, de conversión.

Probablemente ningún profeta expresó con mayor expresividad ese dramático tiempo de conversión del pueblo judío en el desierto “inmenso y espantoso” (Dt. 1,19) –o en el futuro destierro- como Oseas, contemporáneo de Jonás, quien ejerció su actividad profética en Samaría sobre los años 755 al 735 a.C. Y lo hizo mediante una de las imágenes más hermosas y profundas utilizadas por los autores sagrados, la metáfora matrimonial (que también será empleada por un autor del exilio como Ezequiel (Ez. 16).

“Por tanto, he aquí que Yo la seduciré y la conduciré al desierto, y la hablaré al corazón,

y le daré desde allí mismo sus viñas

y el propio valle de `Akor como puerta de esperanza:

y responderá allí, como en los días de su juventud

y como el día que subió del país de Egipto.

Y sucederá aquel día –oráculo de YHWH-

Que ella me llamará `Isi (marido mío)

y no me denominará más Ba`ali (dueño mío)” (Os. 2, 16-19).

La estancia en el desierto evoca “el nacimiento del pueblo de Dios”. Y el exilio, el “renacimiento”, la “conversión”, “un nuevo éxodo”. Y al igual que el desierto/exilio para Israel, los tres días de Jonás en la ballena son un tiempo de soledad y arrepentimiento. Escuchemos a Oseas:

“Venid, volvamos a YHWH, pues Él dilacerá, pero nos curará;

hirió, pero nos vendará. En un par de días nos dará la vida

Y al día tercero nos resucitará y reviviremos en su presencia” (Os. 6,1).

Y también esos tres días de purificación en la ballena, nos evocan sugestivamente las tres negaciones de San Pedro, seguidas de lágrimas de arrepentimiento (Mc. 14,72).

Durante su estancia en la barriga de aquel cetáceo, Jonás exclamará más que una petición de socorro, una verdadera oración de acción de gracias, confeccionada con versos e ideas de los cinco libros de oración colectiva del pueblo de Israel, los Salmos. Quizá esta plegaria en verso –la única de un texto redactado íntegramente en prosa- no proceda del primitivo autor del relato, pero ciertamente su encaje en el conjunto de la obra para mostrarnos la conversión de Jonás no es abrupto.

Con la obediencia de Jonás, se cierra el telón del segundo acto de esta narración. Jonás, ya entrado en razón, se dispone a predicar a Nínive, la gran ciudad de más de 120.000 habitantes. Pero aún persiste algo anormal; el profeta desea de corazón fracasar en su empeño. En su dramática oración a Dios lamenta «ser rechazado» o «no poder volver a contemplar su santo templo», pero ni una palabra de misericordia sobre los ninivitas a los que su predicación salvaría. Es, por tanto, una conversión fallida, puesto que elude aquello que exigió el Señor por medio de Oseas, más misericordia con los pobres y menos sacrificio en el templo. Unas palabras de Jeremías parecen escritas para él:

«No confiéis en palabras mendaces, exclamando «¡Templo de YHWH! ¡Templo de YHWH! ¡Templo de YHWH es! Ciertamente, si mejoráis vuestro proceder y vuestras acciones; si realmente practicáis justicia entre unos y otros; si al extranjero, el huérfano y la viuda no oprimís (…) entonces habitaré con vosotros en este lugar» (Jer. 7,4-7).

En definitiva, no desea el éxito de su predicación pues ha olvidado que «una religión limpia e inmaculada ante Dios padre es ésta: visitar huérfanos y viudas en su tribulación» (St. 1,27). Pero triunfará a su pesar.

VI

El capítulo 11 de los Hechos de los Apóstoles comienza con la sorpresa de la Iglesia ante la actuación de Pedro, quien había acudido a la casa del centurión Cornelio en Cesarea, para convertirlo a la fe en Cristo, y bautizar a él y a toda su familia. “¡Entraste en casa de incircuncisos y comiste con ellos!” (Hch. 11,3), le reprocharon al principio. Sin embargo, tras la explicación de Pedro, que les manifestó con rotundidad que “el Espíritu Santo descendió sobre ellos como sobre nosotros al principio” (Hch. 11,15), tuvieron que glorificar a Dios porque había dado “a los gentiles el arrepentimiento para conseguir la vida” (Hch. 11,18). Aunque Pedro fue la primicia de la misión con los paganos, el Apóstol por excelencia de la misma, como sabemos, fue San Pablo, el cual en la Epístola a los Gálatas reconoce que “se me ha confiado la evangelización de los incircuncisos” (Ga. 2,7).

Lo cierto es que San Pablo no tuvo mucho éxito en la evangelización de los judíos, pero sí en la de los paganos. En Antioquía de Pisidia lo expresará claramente (Hch. 13,46), citando a Isaías:

“Había que exponer la Palabra de Dios primeramente a vosotros. Puesto que la rechazáis y nos consideráis dignos de la vida eterna, fijaos, nos damos la vuelta en dirección a los gentiles, pues así nos lo ha ordenado el Señor: “Te he puesto como la luz de los gentiles para que tú sirvas de salvación hasta lo último de la tierra” (Is. 49,6).

Como decía el mismo Isaías, “la mano de YHWH no es demasiado corta para salvar” (Is. 59,1). Por eso mismo, el Señor instó a Jonás a acudir la populosa ciudad de Nínive, a fin de advertirles de su mal camino, exigirles penitencia y castigarles en el caso de que no atendieran sus avisos. Pero no hizo falta destruirlos porque atendieron el dramático llamamiento del profeta. El mismísimo monarca asirio –suponemos que se trataría de Salmanasar III- se arrepintió de sus pecados y se vistió de saco. Y con gracia comentará el autor de este libro que hasta se obligó a las bestias a hacer penitencia, limitándoseles el acceso al pienso y al agua.

En definitiva:

“Las gentes de Nínive creyeron en `Elohim, proclamaron un ayuno y se vistieron de sacos, desde el mayor de entre ellos hasta el más pequeño”(Jo.3,6).

“Creyeron en Elohim”. O lo que es lo mismo: “El justo vivirá por la fe”, como sentenciará Hababuc (Hab. 2,3). Y ese principio capital será recordado por el mismo Pablo (Rm. 1,17) y por el excepcional teólogo que compuso la Epístola a los Hebreos (Hb. 10, 37). La gran tragedia es que sólo fueron justos –es decir, creyeron- los paganos, mientras que los judíos, que habían recibido “las promesas” (Rm. 9,4), “aun buscando una ley de justicia no llegó a esta ley (…) porque no buscaron por el camino de la fe” (Rm. 9,31-32)

Jonás obedeció al final el mandato del Señor pues hizo diligentemente la obra que le encomendó, pero su corazón quedó tan mustio como el ricino bajo el que se sentó tras convertir a Nínive. Al igual que al pueblo judío, le faltó lo esencial: “la fe, mostrándose activa mediante la caridad” (Ga. 5,6).

VII

Moisés, el gran libertador, contempló melancólico desde el monte Nebo la tierra prometida (en la que nunca entraría), y entonó ante la comunidad un emotivo cántico donde contrastó la fidelidad de YHWH con la infidelidad de Israel (Dt. 32,1-43). Y en un momento de esa elegía profetizará lo siguiente:

“Me han provocado a celos con lo que ´Él no es`, me han enfurecido con sus ídolos vanos.

Yo también los provocaré con lo que pueblo no es, con una nación loca los enfureceré” (Dt. 32, 21).

La profecía mosaica se irá iluminando en el Antiguo Testamento, pero culminará con plenitud en el Nuevo (el mismo San Pablo recordará esos versos en Rm. 10,19).

 

Cumplida la misión de Jonás –el único profeta israelí enviado a los gentiles-, el último capítulo del libro es como un epilogo con cierto humor negro, que ratifica la tesis central de la obra. Encontramos al profeta sentado bajo un ricino seco a las afueras de esa ciudad salvada. Al igual que Moisés con la tierra de Canaán, la contempla desde lejos, pero no con añoranza como aquél sino con rabia, con celos. Además, está dolorido por una insolación y retorna a su vieja tendencia suicida: “Mejor es para mí morir que vivir” (Jo. 4,8). Pero ese ricino, antes frondoso, lo puso y lo agostó el mismo Elohim para darle la última lección al díscolo profeta.

“Tú te compadeces del ricino por el cual no te has tomado fatiga alguna ni lo has hecho crecer (…), que en una noche surgió y en una noche pereció, ¡y no habré yo de compadecerme de Nínive, la gran ciudad, donde hay más de ciento veinte mil personas (…) y numerosas bestias!” (Jo. 4,10-11).

Si Nínive –la ciudad fundada por el soberbio Nemrod (Gn. 10,11), la “sin city” de su tiempo- alcanza el perdón, ¿Quién quedará excluido? Dios «es bueno con los desagradecidos y malos» (Lc. 6,35). Esa es la tesis básica del libro. La gran ironía del relato es que Jonás, el profeta rebelde, es el único personaje que conoce y habla con Dios, mientras que los paganos –marineros y ninivitas-, que no saben quién es el misterioso y verdadero “Dios escondido”, cumplen sus mandatos y con creces. La misma ironía trágica que nos describe San Pablo en su Carta a los Romanos.

En definitiva, es muy probable que el autor del Libro de Jonás fuese un docto israelita, buen lector de las Escrituras, y capaz de usarla para un fin didáctico muy particular: zaherir con su sátira el asfixiante ambiente judío postexílico generado por las rígidas reformas de Esdras y Nehemías, las cuales condenaban a la miseria –y literalmente a la muerte- a muchísimas mujeres y a sus hijos. Es posible también que tuviese en mente a viejos compañeros en la profecía, como Nahún, cuyo libro profético es, según algunos, una liturgia de acción de gracias por la destrucción de Nínive (acaecida en el año 612 a.C.). Pero como tantos escritos de la Biblia, su librito alcanzó un significado más universal, pues de algún modo intuyó (y nos anticipó) el rechazo del pueblo de Israel al Evangelio del Mesías frente a la feliz acogida por los paganos. De hecho, el Señor se referirá en varias ocasiones a este libro y a su protagonista como un verdadero signo (Mt. 16,4), tanto de la conversión de los paganos (Mt. 12,41) (Lc. 11,29-30), como de su propia muerte y resurrección (Mt. 16,40). Nunca un libro tan breve gozó de una fama tan larga, como para ser citado más de una vez por Nuestro Señor.

Y concluimos. Como hemos visto, tanto Jonás como San Pablo recibieron de Dios una difícil tarea, el mandato de convertir gentiles. Y ambos la cumplieron –uno forzado y otro con entusiasmo-, con resultados desiguales. Paradójicamente el que más éxito tuvo, Jonás, quedó bajo un ricino seco, mascando su resentimiento, mientras que San Pablo –cuyos logros evangelizadores fueron tantos como sus desventuras -, a punto de ser “vertido como libación”, pudo afirmar con orgullo: 

“He luchado la noble lucha, he llegado al fin de la carrera, he guardado la fe. Para adelante me está reservada la corona de la justicia, que el Señor, el Juez justo, me dará en pago aquel día, y no sólo a mí, sino también a todos aquellos que con amor hayan deseado su manifestación” (2 Tim. 4,7-8)

A día de hoy, el pueblo judío como si fuera una ballena varada en la orilla de una playa, sigue atascado “entre Jonás y San Pablo” –entre la cerrazón y la apertura, pero sin dar el paso definitivo hacia la fe-, aunque nosotros sabemos por el mismo Apóstol que, al final de los tiempos, “todo Israel se salvará” (Rm. 11,25). Sin embargo, este acontecimiento aún no ha sucedido. El libro de Jonás se cierra con el atribulado profeta sufriendo terribles cefaleas y protestando ante Dios con insidiosos celos por haber sido compasivo con Nínive. Pero dada la precisión con la que se han ajustado hasta ahora los eventos del pueblo judío a los episodios de su vida y a la teología paulina, no nos cabe duda de que la conversión de Jonás algún día será definitiva, pues «Dios encerró a todos -a judíos y a paganos- en la desobediencia para tener misericordia de todos» (Rm. 11,32).

Y quién duda, leyendo íntegramente las Escrituras, que este profeta tan peculiar, tan malhumorado, tan decepcionante y decepcionado, terminará mirando con cariño a Nínive y convencido de que, como proclama con inmensa emoción el Apóstol de los gentiles:

“¡Oh, qué profundidad de la riqueza y de la sabiduría, y de la ciencia de Dios!¡Qué inescrutables son sus designios e imposibles de seguir sus caminos! (Rm. 11,33).

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