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El Quinto Evangelio, de Biffi (y VI)

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4Con esta última entrega termino la serie sobre Biffi y os doy una recomendación: Buscad el Quinto Evangelio de Biffi y leedlo. (Sobre el Quinto Evangelio) Andad a adoctrinar a todos los pueblos, bautizándoles en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he encomendado (Mt 28, 19-20). * Id por el mundo entero y dialogad; de la libre confrontación de las opiniones brotará la verdad.   La idea del «anuncio» se expresa en los evangelios tradicionales con una dureza que se hace insoportable a nuestros oídos. El mismo Jesús habla con afirmaciones tajantes: no asocia a nadie a una búsqueda que, por otra parte, tampoco él lleva a cabo. El simplemente «dice», no indaga, no hace hipótesis, no dialoga. Se presenta como el que no sólo tiene la verdad, sino como el que es la misma verdad. A los apóstoles les recomienda el mismo estilo: deben exponer un hecho, no provocar debates. Son los portadores de una perla preciosa que no debe ser arrojada a los cerdos, sino guardada como un bien inestimable. El que acepta el evangelio es bienaventurado; el que lo rechaza permanece en las tinieblas: ni siquiera el polvo se puede tener en común con él. Y así parten a proponerlo a los hombres. El proselitismo afanoso —que él reprende en los fariseos— es una actitud desconocida en Cristo y no la recomienda a sus enviados. Pero aunque sobre la repulsa del proselitismo podemos estar todos de acuerdo, sobre el sistema de hacer «el anuncio» tenemos algunas reservas. Este, de hecho, como el proselitismo, condiciona la libertad e impide pensar a cada uno por su cuenta. Y no es razón suficiente el que el anuncio cristiano sea una proclamación de la verdad. Al contrario, es éste un motivo mayor para callar: la verdad, por tener en sí una fuerza inmanente extraña al error, determina en mayor grado el comportamiento del que llega a conocerla. Por eso se puede permitir a los sembradores de falsedades proclamar y hacer propaganda de sus doctrinas; pero a nosotros no: nuestro testimonio debe ser lo más silencioso posible. Sobre todo —y aquí está el engaño mayor— la idea del anuncio parece suponer que la verdad desciende de lo alto ya guisada, sazonada, lista para comer, y no sería por consiguiente fruto de la búsqueda, de la libre discusión, de nuestro espíritu insomne. Si se comienza por admitir el anuncio, se acaba tarde o temprano por aceptar el concepto de una revelación objetiva y externa.

Ahora bien, si no han sido enviados a anunciar, ¿a qué han sido enviados los apóstoles? El texto ofrece una aclaración definitiva: la misión del apóstol es estimular el debate, dirigirlo con imparcialidad, de modo que todas las opiniones se puedan expresar libremente. La verdad, oculta en el corazón y en la mente del hombre —o más exactamente en el corazón y en la mente de «la humanidad»— encontrará el camino para emerger y para afirmarse y podrá ser acogida por todos no como una tirana despótica que siempre tiene razón, sino como una hija querida a la que nosotros mismos fatigosamente hemos engendrado. Observamos que este quinto evangelio identifica el método de Jesús con el de Sócrates. Si a alguno le resulta extraño, que no sea porque estos dos tipos humanos le parezcan demasiado diferentes. Baste al respecto recordar el entusiasmo con que el filósofo ateniense —sin temor, sin disgusto, sin tristeza— se bebió la cicuta.

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