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La reunificación de los católicos y de los ortodoxos

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El primado del obispo de Roma y su ejercicio durante los primeros siglos de la Iglesia.


El subtítulo de una de las bitácoras anteriores “el primer milenio cristiano modelo para la unidad entre la Iglesia católica  y las Iglesias ortodoxas” acotaba el tiempo de “la unidad de los cristianos”. En el comienzo mismo del segundo milenio (año 1054)  se operó oficialmente el cisma o ruptura entre ortodoxos y católicos. Una de las dificultades para restaurar su unión es seguramente el primado del obispo de Roma. San Juan Pablo II Magno, Benedicto XVI y el papa Francisco han propuesto estudiar cómo desempeñaba el obispo de Roma el primado  durante el primer milenio para restaurarlo y facilitar el retorno a la unidad. Puede verse una exposición completa y más pormenorizada en mi estudio “La  estructura y el gobierno de la iglesia del siglo  II  al IV desde la  perspectiva ecuménica: el primado y la colegialidad episcopal, el obispo y el colegio presbiterial de inmediata publicación en el próximo volumen de “Teología del Sacerdocio” (Facultad de Teología, Burgos). Es muchísimo más lo que nos une que lo que nos separa Las relaciones entre las Iglesias orientales y la Iglesia católica han estado marcadas por un tono apologético de signo polémico durante no poco tiempo, últimamente más bien irénico. Se ha insistido más en lo diferencial, considerado mejor y más correcto por cada parte, que en lo común. Desde el decreto Unitatis redintegratio, “La restauración de la unidad” (n. 14 y siguientes, año 1964) del concilio Vaticano II y sobre todo desde san Juan Pablo II Magno (carta apostólica Orientale lumen, “La luz de Oriente”, año 1995) se ha invertido esta orientación. Así lo indica el principio  formulado por el mismo papa Juan Pablo II que señala el camino de la unidad: “la puesta en común de tantas cosas que nos unen y que son ciertamente más que las que nos separan” (Tertio millenio adveniente, “Ante el advenimiento del tercer milenio”,  n. 16).  Comunes son y nos unen todas las creencias y prácticas durante el primer milenio de la existencia de la Iglesia de Jesucristo. De ahí la oportunidad y trascendencia de la encomienda de los últimos papas, a saber, el estudio del modo cómo el obispo de Roma desempeñó su “primado” respecto a la Iglesia universal, interpretado de manera divergente tras cisma o separación en el año 1054, lógicamente con algunas rasgaduras antes del cisma definitivo. En nuestros días, se quiere partir de la unidad firmada en el concilio de Florencia (decreto Laetentur caeli, “Alégrense los cielos”, 6.VII.1439), pero no realizada. Se trataba de la reunificación entre la Iglesia latina y la griega sobre la base de su paridad, no del retorno de las Iglesias ortodoxas a “la Iglesia madre”. El cisma sería como un muro que la reunificación derriba, permitiendo el encuentro gozoso y el abrazo de las dos partes (cf. Giancarlo Pani, S. J., “Per giungere alla piena unità”. Dal Concilio di Firenze all´ abbraccio di Istanbul, “La Civiltà Cattolica”, 166 (6.II.2014) pp. 209-217). Puede leer la bitácora completa aquí.

Comentarios
3 comentarios en “La reunificación de los católicos y de los ortodoxos
  1. ¿Admitirían los ortodoxos los Concilios Ecuménicos convocados por Roma después del año 1054,por ejemplo? Si se hicieron cismáticos por no aceptar al fin y al cabo el Tu eres pedro y sobre esta piedra edificará mi Iglesia no se reintegrarán a menos que se retire esa piedra oara ellos de escándalo de la supremacía del Vicario de Cristo que fue pedro y de sus sucesores. Es decir, que si hay lo que se dice unión y no reintegración en la Unidad de FE querrá decirse que Roma se ha unido a los cismáticos porque ha renunciado a la investidura del oòbispo de Roma como Sumo Sacerdote de la Religión Católica que es la única sacraklizante por emanante de la Iglesia de Jesucristo.
    ¿Conllevaría la readmisión de los católicos viejos de Utrech y los ya no cismáticos de Lefebvre?
    Se supone que no se trata de una maniobra, después de todo, para dejar ignorado, entre paréntesis o congelado en hidrógeno líquido al Concilio de Trento muy en particular que tiene atragantados a todos los interconfesionales con su Doctrina Sacramental y de la Gracia…

  2. El problema del «ecumenismo» es como el de la enseñanza del actual sistema: consigue la unidad rebajando todos los niveles. Esa unificación a la baja tiene grandísimos problemas.
    Estamos cansados y escandalizados de que se rece los domingos, casi sin fallar un presbítero, el «credo de los apóstoles» y no el «nicenoconstantinopolitano» (hoy casi desconocido) que el la base de nuestra fe.
    Y todo por el «filióque» (… procede del Padre Y del Hijo).
    Tanto que incluso en el prólogo del documento «Dominus Iesu» (Congregación para la Doctrina de la Fé, año 2000) se elude mencionarlo.

  3. «-Recuerda: la Unidad vendrá con humildad y amor. Y ahora, deja que tu corazón atesore lo que debo decir: para adquirir la unidad necesito expiaciones…

    ¿De mí, Señor?

    -De ti y de todos los que son generosos. ¿No soy Yo tu principal Amor?

    Sí, lo eres, Jesús. » TLIG 30.09.1993

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