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El desplome de los religiosos y el florecimiento del laicado en medio del mundo por vocación cristiana

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Un signo de los tiempos primeros del cristianismo y de los actuales En nuestros días contemplamos la caída en vertical del número de religiosos y de sus vocaciones, especialmente en el mundo occidental, en los países tradicionalmente cristianos. El golpazo nos deja como aturdidos e incapacitados, al menos de momento, para disfrutar del sorprendente florecimiento del laicado en medio del mundo por vocación cristiana. Parece como si la existencia numerosa de religiosos fuera connatural a la Iglesia y siempre tuviera que ser como antes de mediados del siglo XX. La estructura parroquial y los Movimientos eclesiales son ahora dos pilares básicos de la nueva evangelización. Urge reactivar la fidelidad del cuarto pilar, el de los religiosos, a su carisma fundacional. Conviene ver la realidad sin la nariz pegada a la pared de los acontecimientos, o sea, con perspectiva histórica completada por la eterna o de fe.  Así caeremos en la cuenta de que estamos retornando a los primeros siglos de la Iglesia cuando ocurrió algo similar e incluso mucho más radicalizado. 1. EN LOS TRES PRIMEROS SIGLOS DE LA IGLESIA HABÍA CLERO, MATRIMONIOS Y LAICADO CÉLIBES EN MEDIO DEL MUNDO POR VOCACIÓN CRISTIANA 1.1. El clero y el laicado[1] Además de algo connatural en toda colectividad que no quiera precipitarse en el caos anárquico, el doble estamento “directores-dirigidos”, “pastores-ovejas[2]” es algo querido por Jesucristo, quien “eligió” a unos para “apóstoles” (Jn 15, 16-21, etc.), a otros para “discípulos” (los 72) de entre “los muchos, la multitud”, aunque a todos les predica y exige la santidad y el apostolado (Mt 5,1ss., etc.). Ya el papa Clemente Romano (año 90), en su Carta a los Corintios, afirma el origen divino del clero (cf. Ibidem 42; 44), termino no usado por él, y del laicado (40; 41,1), designación empleada aunque de modo implícito (40,5). La división de los “cristianos” (nombre o vocación común) en “clérigos” (sacerdotes, diáconos, etc.) y “laicos” estaba tan divulgada en el siglo III que la enuncia un gobernador pagano en el acta martirial (año 259-260) del “laico Nicéforo”, muerto mártir mientras apostataba el “presbítero” Sapricio. “El gobernador: ¿De qué familia eres?. Sapricio: Soy cristiano. Gobernador: ¿Clérigo o laico?. Sapricio: Tengo el orden del presbiterado[3]”. 1.2. Los laicos casados Prescindo ahora de los laicos solteros (o personas que no se casan por hallarse en el estadio previo al matrimonio o por las circunstancias de la vida); mucho más de los  solterones (no casados por talante comodón, por placer o por mero egoísmo). En los primeros siglos de la Iglesia el matrimonio de cristianos es válido con tal que “la unión se celebre con conocimiento del obispo para que sea conforme al Señor y  no solo por deseo pasional”[4]. No había ningún rito especial, específicamente cristiano, ni en un templo cristiano ni presidido por un sacerdote como testigo cualificado. Con el tiempo se ha “clericalizado” y “burocratizado” seguramente en exceso tanto la celebración del matrimonio como la declaración de su nulidad. ¿Lo simplificarán los dos próximos Sínodos de la Familia? 1.3. Los/las célibes en medio del mundo por vocación cristiana[5] Pero, ya en los inicios mismos de la Iglesia, de entre los laicos o no clérigos se destacó un grupo caracterizado por ser célibes en medio del mundo por vocación cristiana. Las y los laicos, célibes en medio del mundo por vocación cristiana, son solteros/as, pero unos solteros cristianamente cualificados. Viven la soltería vitalicia voluntaria por motivos religiosos por un pactum o “compromiso” privado[6], por una “opción personal”[7]. Y la viven no fuera del mundo como los monjes, sino en el mundo. “Huyen” de lo mundano, no del mundo, para entregarse del todo a la contemplación del Señor dondequiera vivan y trabajen[8]. Viven en casa de sus padres o en la de hospederos –familiares o no-, a veces varios del mismo sexo en la misma casa, sin hábito ni distintivo externo, sin clausura, ocupados en la contemplación del Señor durante la oración y el trabajo profesional, imitando al Señor “Virgen de Virgen” (san Jerónimo, Adu. Iouinianum 1,8), modelo y molde o conformador de los/as vírgenes, adelantando al más acá de la muerte la existencia “angelical” y bienaventurada de la trasmuerte y libres para la fecundidad espiritual, para el apostolado[9]. II. LA APARICIÓN Y ESPLENDOR DE LOS MONJES Y RELIGIOSOS A juzgar por los testimonios conocidos, los monjes cristianos aparecen en la segunda mitad del siglo III, al principio como realidad aislada: Pablo de Tebas (Egipto), san Antonio Abad (muerto año 356) y sus imitadores, los eremitas (griego éremos = “desierto”). A finales del siglo IV el anacoretismo o “retirada” del mundo se convirtió en un fenómeno geográfico, estadístico y social. En el 320 san Pacomio funda el primer “monasterio”[10] devida en común (“cenobio”), conjunto de celdas, protegido del contacto del mundo exterior por un muro. Los pacomianos vivían allí ascéticamente, ya con hábito especial, con trabajo manual en obediencia total –todavía sin votos- al superior. María, hermana de Pacomio, funda el primer monasterio femenino en el 340. La primera bendición o consagración de una virgen, es decir, la primera “monja” o “religiosa” en el sentido pleno de la palabra, fue Marcelina, hermana de san Ambrosio, la cual (en torno al año 353) hizo la profesión de virginidad o voto de castidad en el Vaticano ante el papa Liberio y recibió el hábito en esta ceremonia[11]. San Basilio funda en el 358 el primer monasterio de vida cenobítica dedicada a la oración y al trabajo, también al intelectual. En 345-346 Eusebio de Vercelli funda el primer monasterio de monjes clérigos, no laicos. En la segunda mitad del siglo IV surge la división trimembre del pueblo cristiano: “clérigos, laicos y monjes/religiosos” vigente hasta nuestro tiempo, que coexistió durante cierto tiempo (como ahora) con un cuarto elemento, el del laicado célibe en medio del mundo por vocación cristiana. El monacato fue laical en sus orígenes. San Antonio Abad y san Pacomio, padres respectivamente del movimiento eremítico y del cenobítico fueron laicos. La línea divisoria entre el laicado y el monacato, al menos en sus comienzos, no está marcada por la condición clerical y sacerdotal de los monjes, sino por razones sociológicas (sistema de vida retirada del mundo y del trabajo profesional al desierto real o al simbólico del monasterio, hábito pacomiano). Pronto adquirió rasgos jurídico-teológicos, a saber, la profesión religiosa, los tres votos aunque siempre habían procurado vivir las tres virtudes correspondientes: castidad-virginidad, pobreza y obediencia, esta desde el inicio de la vida en común –los pacomianos-, evidentemente no en la eremítica. III. EN NUESTROS DÍAS El desplome de los religiosos (con excepciones maravillosas confirmatorias de la regla general) es causa de sufrimiento moral para los afectados y de lamentación para todos. Pero las lágrimas por un pasado perdido nos están impidiendo contemplar “el florecimiento primaveral”, “nuevo Pentecostés”, “don particular del Espíritu Santo a la Iglesia en nuestro momento histórico” como san Juan Pablo II Magno[12] definía los Movimientos eclesiales y la floración vocacional de sus miembros, muchos de ellos célibes en medio del mundo por vocación  cristiana. Aunque lo sean, no son solo metáforas bellas, sino reflejo de la realidad misma. Cuando leí por vez primera las frases transcritas de Juan Pablo II pensé: cada uno tiende a proyectar fuera de sí lo que llena su interior y, como el Papa es tan bueno no ve sino bondad, como el avaro no ve sino dinero y el lujurioso, placer sexual. Mi colaboración en un libro sobre “el estado de España” en el plano político, económico, literario, médico, etc., preparado con ocasión del año 2000[13], me asombró al comprobar la realidad maravillosa de los Movimientos eclesiales. ¿Cómo quedarían la Iglesia y el mundo si desaparecieran como por arte de encantamiento, dejando una especie de “agujero negro” en la galaxia eclesial y en la sociocultural). A juzgar por los testimonios conocidos, los laicos/as, célibes por compromiso de amor cristiano, florecieron desde el siglo I hasta el siglo V[14]. Fue eclipsándose hasta su extinción, cuando se impuso la espiritualidad monástica, más tarde la de los religiosos en un entorno cada vez más cristianizado. Y esto hasta tal extremo que parecía como si solamente pudieran ser santos y proclamados tales los retirados al desierto real o simbólico (monasterios). Parecía que el paganismo había quedado sepultado para siempre. Pero sus raíces han rebrotado, y desde el siglo XX, su realidad es ya floreciente[15]. Ahora, están eclipsándose las órdenes y congregaciones religiosas, mientras florece el laicado célibe en medio del mundo por vocación cristiana. Piénsese en los incontables Movimientos eclesiales (Obra de María –Focolares-, Comunión y Liberación, etc.,), en el Camino Neocatecumenal y en el Opus Dei, que es una prelatura personal o estructura jerárquica de la Iglesia, pero que ha sido como el catalizador de los Movimientos eclesiales. Desde hace unos doscientos años se ha ido gestando el proceso alternativo e inverso, que ha nacido o hecho público desde mediados del siglo XX.   Manuel GUERRA  GÓMEZ     [1] Cf. M. Guerra, Sacerdotes y laicos en la Iglesia primitiva y en los cultos paganos, Eunsa, Pamplona 2002; IDEM, El laicado masculino y femenino (en los primeros siglos de la Iglesia), Eunsa 1987.   [2]  Metáforas evangélicas, presentes ya en la Iliada  homérica (siglo VIII a. C.). [3] Acta mart. Sti. Nicephori  3 (D. Ruiz Bueno, Actas de los mártires, B.A.C., Madrid 19743, 845-846). [4] San Ignacio de Antioquía, Carta a Policarpo, 5,2 (en torno al año 107). [5] M. Guerra, Un misterio de amor. Solteros, ¿por qué? Eunsa, Pamplona 2002.  [6] Cf. canon 13 del concilio de Elvira/Granada en torno al año 300, cf. G. Martínez-F. Rodríguez, La colección canónica hispana…, 246. [7] Trad.epostolica 12 SCh 11, 68 (año 215); san Jerónimo, Epist 54,215-216 (año 384). [8] Cf. la bella y completa exposición de Orígenes en su comentario de In Leuit 11,1;12,4  y  Num 24,2 GCS 29,446-448, 451 y 30, 229. [9] Cf. la exposición de M. Guerra, Un misterio de amor…, especialmente las pp. 123-337, 361-414. [10] “Monasterio” = “lugar o residencia de los solos/solitarios –griego: monakhós”, de donde monje/monja, Mónaco. München/Munich. [11] San Ambrosio, Virgin 3,1 PL 16,231; también en 7 PL 16, 364; De instit. Virg 17 PL 16,345-348. En la segunda mitad del siglo IV la “profesión de virginidad”, por no decir “profesión religiosa”, era una ceremonia tan generalizada e importante que hablan de ella hasta los escritores no cristianos, por ejemplo, Amiano Marcelino (Rer. Gestar 18,10). [12] Por ejemplo en su Discurso durante el encuentro mundial de los Movimientos eclesiales (20,5.1998). [13][13] Cf, M. Guerra, Los Movimientos eclesiales en España en Real Academia de Doctores de España, El estado de España, Borealia Asesores Editoriales, Barcelona 2005, 80-93.  [14] Hablan de ellas los Hechos de los Apóstoles (21,8-9), el Apocalipsis (14,3-5), Clemente Romano en el siglo I; Ignacio de Antioquía, Policarpo, Justino, Pastor Hermas, Atenágoras, Minucio Félix, Taciano, la exposición Sobre el 100,  el 60 y el 30 por uno, el médico no cristiano Galeno(siglo II); Tertuliano, Orígenes, Cipriano, Metodio de Olimpo, Clemente de Alejandría, las Pseudo-clemeninas a los y las vírgenes, el filósofo anticristiano Porfirio(siglo III), concilio de Elvira (Granada, España), Eusebio de Cesarea, Ambrosio, Atanasio,  Basilio, Gregorio de Nisa, Juan Crisóstomo, el tratado Sobre la virginidad, etc., (siglo IV), cf. sus textos en M. Guerra, Un misterio de amor…, 96-122). [15] He aquí algunas muestras: el paganismo pragmático o la huida de la cruz que, para los paganos y para Nueva Era, sigue siendo “escándalo y sandez” como para los paganos y judíos coetáneos del Apóstol (1Cor 1,23); la justificación teórica y promoción del paganismo (por la masonería –cf. León XIII, enc.  Humanum Genus AAS 16, 1883-1884, 422- y por la “Nouvelle Culture” de moda tras  el estructuralismo y la “Nueva Izquierda”); la eclosión mágico-supersticiosa y de irracionalismo religioso, la irrupción de lo demoniaco en su triple modalidad; luciferismo, satanismo y brujería como en el siglo II d. C.; el permisivismo sexual y legalización de sus degradaciones; el politeísmo de las innumerables “religiones alternativas” al cristianismo en Occidente; la restauración formal de la religiosidad telúrica (floreciente en su versión mistérica, desde el siglo II al IV d. C.) por Nueva Era.

Comentarios
0 comentarios en “El desplome de los religiosos y el florecimiento del laicado en medio del mundo por vocación cristiana
  1. El laicismo «se está imponiendo desde arriba, por la fuerza de los poderes económico-políticos en orden a implantar lo común a todas las religiones y éticas, es decir, una sola religión y una sola moral» Poderes politicos, económicos…y religiosos D.Manuel

  2. Muchas gracias por el post Don Manuel. El florecimiento del laicado en los últimos años lo veo como un signo más de la cercanía del fin de los últimos tiempos. Todos los signos y procesos que se vivieron en la primera venida de Cristo en humildad y pobreza se repiten (typo y antitypo) ahora, cuando estamos tan cerca de su parusía. El derrumbamiento de la Iglesia, la frialdad de los fariseos, la negación de los signos de los tiempos, las apariciones de la Virgen llamándonos a la conversión ante la inminencia de su venida (como antes los profetas del AT lo hicieron también, y el poco caso que se les hizo y se le ha hecho a Ella), la persecución religiosa, etc… ¿Qué opina?

  3. Invito a no olvidar de la esencial funcion ejemplificadora que tiene la vida consagrada en la Iglesia Católica.

    Y agradecería que alguien me explicara:
    «con el tiempo se ha “clericalizado” y “burocratizado” seguramente en exceso tanto la celebración del matrimonio como la declaración de su nulidad. «

  4. Es cierto que algunas órdenes religiosas tienen que cerrar sus monasterios por falta de vocaciones y que les preocupa la situación actual. Vivimos tiempos convulsos, donde las raíces cristianas familiares parecen diluirse, quedando en actos a veces sociales, de popularismo esacervado, y de un «no molestar o herir sensibilidades». La Iglesia necesita de sus miembros por insignificantes que sean, todos debemos anunciar con nuestra vida la Buena Nueva y si nos unimos en comunidades nos fortalecemos en la fe mutuamente y serviremos mejor al hermano en precariedad. Cristo Eucaristía quedó con nosotros y Él nos precede en el camino a seguir ahora.

  5. Digan lo que digan, el papel de los religiosos es insustituible y el del laicado siempre será residual respecto de aquél.

    Y, por cierto, la caída de las vocaciones religiosas no es por casualidad, sino por la descristianización galopante de Occidente, lo que también implica una reducción alarmante del número de cristianos practicantes, es decir, de laicos comprometidos.

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