Texto clásico: «Los dos poderes» (Jean Ousset) VI

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El problema es más delicado cuando se han suscripto acuerdos entre la jerarquía católica y los poderes civiles progresistas, comunistas, etc.
Las fórmulas son conocidas. Promesa, incluso juramente de respetar lealmente el régimen de esas democracias populares. Promesa, incluso juramento, de no combatir al Estado.
Lo cual puede justificarse en el plano de un interés apostólico que no podemos juzgar.
Pero ¿a quién compromete eso?
¿A los seglares o a los clérigos?
¿O a los clérigos solamente?
El malestar empieza cuando se formula la pregunta de a qué título y en qué medida la acción temporal del laicado se halla condicionada por esos acuerdos.
¿Es admisible que, por una táctica planteada como puramente apostólica, el poder eclesiástico pueda comprometer e incluso sacrificar (no, ciertamente, con intención, pero sí inconscientemente y de hecho) los intereses temporales (cristianos) de una laicado (no menos cristiano)?
Y no son sólo los proclames de Hungría, de Polonia, del Norte de África los que tratamos de evocar aquí. Tenemos entre nosotros el caso de la elaboración de un estatuto escolar al cual únicamente fue invitado el poder espiritual. El derecho fundamental (temporal) de los seglares cristianos, padres de alumnos, fue al tiempo escandalosamente menospreciado. Sin que al parecer se hayan conmovido muchos clérigos por tal violación contra derechos tan elementales. Ejemplos todos éstos que prueban hasta qué punto es necesario recordar esa distinción entre lo temporal y lo espiritual.
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Como ha dicho Jean Madiran [2], si los hombres de la Iglesia, en interés de una pastoral mundial, estiman que deben rehusar su apoyo a la defensa de algunas patrias terrenales –no pueden en absoluto, no pueden sin abuso, no pueden sin crimen disuadir a los ciudadanos de defender el humilde honor de las casas paternas, la libertad de la ciudad, el interés legítimo y la vida de la misma patria
“Además, las oportunidades de desaparición o de supervivencia de las fuerzas políticas, de las clases sociales, de los pueblos y de las civilizaciones, son constantemente modificadas por la acción de los seglares. Y es su deber, su vocación, modificarlas, sin creerse aprisionados en el pronóstico especulativo que se haya podido hacer, aun con toda exactitud, en un momento dado.
“Por ejemplo, se puede formular, en tal momento, el pronóstico de que el comunismo tiene todas las posibilidades de ganar en un país o en un grupo de países. Ante este pronóstico, los hombres de la Iglesia toman las disposiciones o precauciones apostólicas que crean deben tomar, y en esto son jueces y responsables ante Dios.
“Pero si, en función de este pronóstico, los hombres de la Iglesia emprenden, además, la tarea de persuadir al conjunto de los católicos de que deben desvincularse de todo anticomunismo temporal, entonces estos hombres de la Iglesia aseguran de ese modo, positivamente, la victoria del comunismo, desmovilizando, dispersando o paralizando la resistencia. Es, precisamente, cuando el comunismo tiene posibilidades objetivas de triunfar en un país cuando más importa combatir esas posibilidades, hacer cambiar ese pronóstico especulativamente fundado, hacer la historia en lugar de sufrirla.”
Esto, ciertamente, implica un combate. Un combate temporal.
Y puede suceder que en estos tiempos del imperio de la opinión, de la radio, de la prensa, de guerra ideológica y psicológica, el clero se incline a no participar en esta lucha por escrúpulos apologéticos, por reservas apostólicas, por deseo de no molestar demasiado a aquellos a quienes deberá evangelizar mañana. ¡Es cosa suya!
A los seglares corresponde el combate y montar la guardia, ya que se trata de la defensa de su patria y de su hogar.
Con frecuencia ha conseguido la victoria aquel a quien los demás consideraban vencido, pero que supo batirse bien. Por eso sería una traición, un crimen del clero, impedir este lucha, enervar esta resistencia en nombre de pronósticos totalmente teóricos, tremendamente desencarnados, por apostólicos que se les considere.
Si los clérigos estiman preferible no hablar en absoluto del comunismo o incluso actuar como si éste no existiese, ¡es cosa suya! El abuso e incluso el crimen comienzan a partir del momento en que la misma actitud, el mismo comportamiento son propuestos o se imponen a los seglares como un deber de ortodoxia cristiana, de unidad apostólica.

Cardenal József Mindszenty (1872-1975), arzobispo de Esztergom y primado de Hungría
víctima de la Ostpolitik del Papa Pablo VI


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[2] Itinéraires, núm. 67, p. 203… en separata «Notre désaccord sur l’Algérie et la marche du monde», 4, rue Garancière, París, VI.e
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